GP Doctrina 22: Dios, su soberanía y el problema del mal

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GP Doctrina 22: Dios, su soberanía y el problema del mal

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El tema de Dios, su soberanía, y el problema del mal ha intrigado a los filósofos por siglos. El argumento clásico contra este asunto tiene que ver con el carácter de Dios, y es el más usado por los ateos. Reza así:

  1. Si Dios fuera bueno, destruiría el mal.
  2. Si Dios fuera omnipotente, tendría poder para destruir el mal.
  3. Pero el mal no ha sido destruido.
  4. Por lo tanto, no hay Dios.

El creyente responde usando una variante del mismo argumento:

  1. Si Dios fuera bueno, destruiría el mal.
  2. Si Dios fuera omnipotente, tendría poder para destruir el mal.
  3. El mal no ha sido derrotado todavía.
  4. Por tanto, Dios puede, y algún día derrotará al mal.

a existencia del mal fue considerada por los 121 teólogos y 30 laicos evangélicos que se reunieron en 1643 en la Abadía de Westminster, en Londres, para producir lo que conocemos como la Confesión de Fe de Westminster. Su respuesta (3.1):

Dios desde la eternidad, por el sabio y santo consejo de su voluntad, ordenó libre e inalterablemente todo lo que sucede (Ef 1.11; Ro 11.33, 9.15, 18; Heb 6.17).

Sin embargo, lo hizo de tal manera, que Dios ni es el autor del pecado (Stg 1.13, 17; Juan 1.5), ni hace violencia al libre albedrío de sus criaturas, ni quita la libertad ni contingencia [posibles sucesos] de las causas secundarias, sino más bien las establece (Hch 2.23; 4.27-28; Mt 17.12; Jn 19.11; Pr 16.33).

En otras palabras:

  1. Todo lo que sucede es ordenado por Dios. (Él es la primera causa.)
  2. Dios no es el autor del pecado.
  3. Dios no viola la voluntad (libre albedrío) de sus criaturas.
  4. La contingencia (posibles sucesos) de causas secundarias (nosotros y Satanás, los que cometemos el pecado) es establecida por medio de la preordenación divina.

Juan Calvino expresó, respecto al tema:

«Primero, debemos observar que la voluntad de Dios es la causa de todas las cosas que suceden en el mundo; a su vez, Dios no es el autor del pecado (p. 169), porque “la causa próxima [Dios] es una cosa, y la remota [los pecadores] es otra”».[1]

Tomás de Aquino enseña lo siguiente:[2]

  1. Si Dios decidió crear este mundo, tiene que ser un mundo bueno (dado el carácter de Dios).
  2. Este es, pues, un mundo moralmente bueno.
  3. Por tanto, al crear este mundo, Dios hizo todo bueno (no malo).

Hay muchas maneras de reconocer que este mundo es moralmente bueno. Primero, Dios lo creó sin imperfecciones morales. Segundo, lo hizo moralmente bueno al darnos libre albedrío. Tercero, lo malo [pecaminoso] es moralmente castigado. Cuarto, lo bueno es moralmente recompensado. Quinto, Dios obra para lograr la perfección moral máxima posible.

El problema del mal es algo que siempre asombra al que cree en Dios. ¿Cómo es posible que un Dios bueno y todopoderoso permita lo malo? «Dios es perfecto», dice Aquino, «e hizo al mundo perfecto. Una de las perfecciones que nos dio es el libre albedrío,[3] lo que trajo la corrupción (privación) de la perfección. A su vez, Dios administra al mundo de forma perfecta. Y producirá la mayor perfección posible cuando triunfe el bien sobre el mal. En fin, Dios es el ser más perfecto posible; aunque este mundo ahora es imperfecto. Él está obrando en la mejor forma posible para lograr que sea el mejor mundo que podamos tener. Y como Él es todopoderoso, y derrotar lo malo no le es imposible, al fin lo destruirá».

¿Quién controla el mundo?

Hoy más que nunca tenemos que preguntarnos: ¿quién controla el mundo? De nuevo la soberanía, y el problema del mal están en juego. Esta vez el debate no es con los ateos, sino entre evangélicos, y tiene que ver con el carácter de Dios. Los puntos son:

  1. ¿Estará Dios literalmente controlando todas las cosas? Debido a que existe el mal evidentemente no lo está.
  2. Como «Príncipe del mundo», es el diablo quien controla y produce todo el mal que sufrimos.
  3. Los hombres, en nombre de Cristo, deberíamos controlar las cosas, pero no hemos aprendido cómo hacerlo, por eso hay tanta maldad.

Podríamos añadir una cuarta posibilidad: Es posible que cada uno de los mencionados controle algo, pero ninguno la totalidad. En otras palabras, la responsabilidad del gobierno del mundo la comparten Dios, el diablo y el hombre. ¡Qué terrible sería vivir bajo un gobierno así!

Hace poco, mi hijo alquiló la película Armagedón. Una increíble realización llena de acción que trata acerca de un meteoro del tamaño de Texas que está a punto de destruir al mundo. ¿Podrían los expertos del Pentágono salvarnos? Es interesante observar que no vi en la película a la gente tirarse de rodillas, arrepentirse, o pedir la intervención de Dios. Al contrario, el mundo entero cifró sus esperanzas en los expertos que subían en la nave espacial para abrirle un agujero al enorme meteoro, meterle una poderosa bomba atómica y destruirla en el espacio antes de llegar a la atmósfera. Para concluir, el presidente norteamericano se levantó y declaró: «Al fin tenemos la tecnología para controlar nuestro destino».

Pareciera que muchos evangélicos llegaron a una conclusión similar: Como hijos de Dios podemos controlar el destino del mundo. Dios espera que lo hagamos con el poder que nos dio. (¡Así le quitamos a Dios su soberanía y su trono!) Ahora, lo que tenemos que hacer es destronar al diablo con los instrumentos espirituales a nuestro alcance, con eventos como: «Tomadores de ciudades», caminatas de oración, marchas por Jesús, rompiendo ataduras, derribando fortalezas, etc., etc.

Al diablo no le molestan esas acciones, ya que, si los evangélicos creen que tienen el control, la realidad es que —como «padre» de ese concepto— logra que los hombres se fijen en él más que en Dios. Y ese es su objetivo esencial: remplazar a Dios.

Pero ¡alto!, busquemos lo que dice la Biblia.

La Biblia enseña con claridad la total soberanía de Dios

Job indica que Dios puede hacer lo que quiera. Isaías afirma que Dios hace todo lo que se propone. Pablo declara que Dios «hace todas las cosas según el designio de Su voluntad» (Ef 1.11). Son muchos los personajes y los textos que afirman la soberanía de Dios (Pr 16.1, 4. 9, 23; Is 46.9-11; 55.8-11; Dan 4.35; Sal 147.5; Job 42.2; Ec 3.11; Jn 6.64; Ef 3.9; Ap 1.18; entre otros).

Como vemos en Isaías (45.6-7: Que se sepa desde el nacimiento del sol, y hasta donde se pone, que no hay más que yo; yo Jehová, y ninguno más que yo, que formo la luz y creo las tinieblas, que hago la paz y creo la adversidad [nótese, Dios dice que ¡Él es el que crea la adversidad!, y no el diablo]. Yo Jehová soy el que hago todo esto), Dios crea aun la adversidad (el mal amoral —torbellinos, terremotos, maremotos, sequías, diluvios, pestilencias, epidemias, etc.).

Toda la naturaleza está en manos de Él. Dios hace todo menos pecar (el mal moral). Si hay otro en el universo que tenga control aparte de Dios, Él dejaría de ser soberano. Si Dios es Dios, no puede haber otra fuerza controladora.

De acuerdo con los textos citados, ¿puede el diablo hacer algo fuera del control soberano de Dios?

Satanás es un ser creado, un ángel, por tanto, limitado a la tarea de ser mensajero de Dios. Su poder es derivado. No tiene poder autogenerado (aseidad[4]) para actuar. Recibe ese poder de Dios o de los hombres. Cuando nos tienta y cedemos a sus deseos es que le damos poder para que actúe.

¿Puede el hombre hacer algo fuera del control soberano de Dios? ¡Tampoco! El hombre es un ser creado, por tanto, también es limitado, pero a diferencia de Satanás, tiene soberanía limitada —por ser creado a la imagen de Dios. La Biblia afirma que Dios es el único Rey y absoluto soberano. Todo lo creado se sujeta a su divina voluntad.

La importancia de lo que acabamos de decir

Vivimos en días en que se exalta a Satanás y se le culpa por todo lo malo en la tierra. Tiempos en que se exalta al hombre, a la vez que lo exculpamos del mal, creyendo que el pecado viene por fuentes externas, y no por una corrupción interna. Es así que en la literatura evangélica moderna leemos declaraciones que nos alarman:

  1. Satanás puede contrarrestar el campo de fuerza de Dios.[5]
  2. Si aprendemos las técnicas correctas, podemos librar al mundo del poder de Satanás.[6]
  3. La Biblia no tiene suficiente información acerca del diablo,
  4. tenemos que ir a otras fuentes para saber cómo contrarrestarlo.[7]

Rechazamos tales conclusiones porque:

  1. Exaltan a Satanás de manera desmedida.
  2. Atacan el carácter del Dios de la Biblia, achicándolo, y robándole su soberanía.
  3. Exoneran al hombre de su culpabilidad y pecado.
  4. Atacan la autoridad de la Biblia.

La Iglesia de Jesucristo ha establecido por siglos que todo lo que el creyente necesita saber sobre Dios, el hombre, el mal, el diablo, los demonios, el presente y el futuro está en la Santa Biblia. Esta es nuestra fuente fidedigna.

Es peligroso seguir las ideas sin base bíblica que se proclaman en muchos círculos, pues nos pueden llevar al error. Como los bereanos, tenemos que comparar todo lo que se dice para ver si se sujeta a la Biblia. Además, se nos manda a «probar los espíritus», ya que como «ángel de luz» Satanás se disfraza con el fin de engañarnos y separarnos de Dios y Su verdad.

La paranoia del creyente moderno

Kim Riddlebarger describe la «paranoia» que el creyente moderno sufre:

Ya muchos evangélicos no ven al mundo como antes —a través de las doctrinas de la creación, la caída, y la redención. No tienen una doctrina del pecado tan clara como para categorizar verdaderamente lo malo.

Consecuentemente oscilan entre una guerra metafísica librada por un buen Dios y sus ángeles y una lucha del diablo con sus demonios contra todos. Ya no se considera que lo que ocurre es un problema del pecado, o de la oscuridad interna que reside en el corazón humano por su rebelión contra Dios. Al contrario, se considera como algo que está fuera de uno —las conspiraciones, los humanistas seculares, los demonios. Concluyen que hay dolor y maldad en el mundo debido a la presencia de los demonios, y no porque nos rebelamos contra Dios. Bajo tal creencia, el dolor nunca puede ser visto como algo beneficioso [Ro 8.28], pues se piensa que solo es señal de que los demonios están ganando la batalla terrenal.[8]

¿Hasta qué punto es el diablo limitado?

Para ayudarnos a entender cómo surgen estas ideas que influyen en nuestras iglesias es importante reconocer que ellas vienen como efecto de nuestras perspectivas teológicas. Existen entre los evangélicos básicamente tres corrientes teológicas. Aun cuando hay que generalizar mucho para apuntar a lo que cada una de ellas cree acerca de Satanás, pienso que es posible hacerlo. Si alguien se siente aludido al leer estas proposiciones, está claro que el ánimo es dilucidar objetivamente el tema. Como observarán, aprovechamos algunos sumarios de escritos significativos.

Los de postura pentecostal-carismática[9] ven a Satanás como «Príncipe del mundo». Puede oprimirnos (depresión, tentación, frialdad espiritual); puede afligirnos u obsesionarnos (normalmente con ataques continuos en ciertas áreas, hasta con demonios que causan enfermedades físicas); puede poseernos, especialmente si vivimos en la carne. Creen que todo hombre vive sin protección del diablo, incluso los creyentes. Y, además, que luego de ser atormentado por Satanás, el creyente, por su fe en la sangre de Cristo, puede ser liberado.

Los del ala arminiana sostienen como factor fundamental el libre albedrío —cada individuo decide, sobre todo particularmente en lo que se relacione con su salvación. Podríamos describirlo así: «Yo, como ser libre, tengo que lograr mi salvación. Tengo que defenderme particularmente del diablo, porque procura destruir mi fe y mi testimonio».

El autor Francis Frangipane, por ejemplo, escribe:[10] «Si toleramos el pecado y las tinieblas, nos tornamos vulnerables al enemigo. Pues dondequiera que haya una desobediencia voluntaria a la Palabra de Dios, hay tinieblas espirituales y la virtual actividad de los demonios». En otras palabras, el cristiano determina, por su fidelidad o infidelidad, si tiene poder sobre el diablo, o viceversa. Con tal que esté viviendo «en Cristo», cree estar protegido de Satanás. Pero, como que puede perder su salvación, y volver a su estado pecaminoso, sin Cristo, en esa condición no tiene protección de Satanás. El hombre escoge o rechaza a Dios, sin interferencia, sin obligación, sin influencia externa.

El arminiano niega la predestinación y la elección divina. Considera ello como una interferencia de Dios en el libre albedrío humano.

Los calvinistas abordan todo comenzando con Dios, no con el hombre ni con el diablo. Dios es el creador; el hombre y toda otra cosa que existe es creada, por lo tanto, totalmente dependiente de los deseos, voluntad, y acción de su Creador. Como que Dios es omnipotente, omnisciente y omnipresente, nos protege del diablo y del mal. Además, Dios no yerra y tiene poder para hacer lo que le plazca. Todas las cosas (incluidos Satanás y los demonios) están bajo su total y soberano control; por lo tanto, como sus hijos, no tenemos que vivir atemorizados —ni por el hombre ni por el diablo.

Conclusión

Podríamos discutir mucho más, pero no es nuestro propósito. Queremos enfatizar la urgencia que tenemos de regresar a la Biblia para examinar el origen del mal. Por supuesto, el diablo tienta y es malo y, por ser un ángel —aunque caído—, tiene fuerza y poder para hacer daño. Pero hay otra fuente de mal muy poderosa: usted, yo y todo hijo e hija de Adán que vive sobre la faz de la tierra.

Este mundo no sufre tanto por lo que hace Satanás, sino por la acumulación terrible de los pecados que cometemos. Nuestro deber no es mirar afuera, al ambiente, al diablo. Debemos pedirle ayuda a Dios para examinar nuestros propios corazones, ver la increíble maldad de la que somos potencialmente capaces, y pedir de Dios su fuerza para vivir santamente en este mundo. El poder está en Dios, no en el diablo. Abandonemos nuestras falsas especulaciones, nuestras raras fantasías, y regresemos a la verdad de la Biblia y al Dios todopoderoso que ella exalta.

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[1] Juan Calvino, Concerning the Eternal Predestination of God, 1552.

[2] Normal Geisler, Tomás Aquino, Una apreciación evangélica, Baker Book House, Grand Rapids, MI., 1991, pp. 161-162.

[3] Es preferible hablar de «soberanía limitada», ya que como seres humanos todos tenemos limitaciones.

[4] Aseidad quiere decir que existe por sí mismo.

[5] Edward Rommen, et. al., Poder y misión, IINDEF, Costa Rica, 1997, p.22., citando a Charles Kraft.

[6] Peter Wagner, Territorial Spirits, Wrestling with dark angels: toward a deeper understanding of the supernatural forces in spiritual warfare, p. 77.

[7] Charles Kraft, citado en Poder y misión, p. 49.

[8] Kim Riddlebarger, La Religión de poder, Moody Press, Chicago, 1992.

[9] Terry Law, La verdad sobre los ángeles, Carisma, Miami, FL., 1996, p. 263.

[10] Francis Frangipane, Los campos de la lucha espiritual, Carisma, Miami, FL., 1996, primer capítulo, «El dominio de 22 Satanás».