0rar es Conectarse a la Vid: Juan 15:1-18

Publicado por Editorial Clie

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0rar es Conectarse a la Vid: Juan 15:1-18

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Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el labrador.
Todo pámpano que en mí no lleva fruto, lo quitará;
y todo aquel que lleva fruto, lo limpiará,
para que lleve más fruto.
Juan 15:1-2 (1-18).

ESQUEMA

1. Implicaciones de la alegoría.

2. ¿A qué fruto se refiere?

3. ¿En qué consiste la limpieza de quienes ya llevan fruto?

3.1. La poda es difícil de aceptar.
3.2. La fecundidad depende de la permanencia.

CONTENIDO

Tal como solía hacer frecuentemente el Señor Jesús, en estos versículos, juega con una alegoría sobre la vid, que ya formaba parte de la tradición religiosa de Israel. En el Antiguo Testamento, se hace referencia, en varias ocasiones, a Israel como la viña de Dios. El libro de Isaías (5:7), en su parábola de la viña, indica: Ciertamente la villa de Jehová de los ejércitos es la casa de Israel. Para todo judío, la viña era el símbolo por excelencia del pueblo de Israel, incluso el emblema que aparecía en las monedas de los macabeos era la viña. Recordemos igualmente que en el templo, enfrente del lugar santísimo, había una gran viña de oro que representaba al pueblo elegido por Dios.

Pues bien, Jesús toma esta imagen y habla de algunas tareas propias de la viticultura, como eran podar, escamondar, o sea, limpiar las vides quitándoles las ramas inútiles y las hojas secas; y usa todo esto, para decir que el pueblo judío había dejado de ser viña de Dios, y que sólo Él era la vid verdadera, real y genuina. Esto lo habían reconocido ya los antiguos profetas: Isaías manifestó que Israel se había convertido en una especie de planta salvaje; Jeremías se quejó de que el pueblo había degenerado a un sarmiento de vid extraña; Oseas afirmó que Israel era una viña vacía; Y, en fin, el Señor Jesús al decir: Yo soy la vid verdadera, les estaba señalando que ellos eran la viña falsa. Es como si les hubiera dicho: “¡Creéis que porque sois judíos y pertenecéis al pueblo de Israel, sois pámpanos de Dios! ¡Pensáis que vuestra raza, vuestro nacimiento y nacionalidad os garantizan la misericordia del Creador! ¡Pues yo os digo que no! ¡La verdadera vid no es este pueblo desviado! ¡Vosotros os habéis convertido en una viña degenerada incapaz de dar fruto! ¡La auténtica vid soy yo! ¡Y no es hecho de ser judíos lo que os salvará, sino el mantener una comunión sincera y viva conmigo, porque yo soy la vid de Dios! ¡El camino a la salvación ya no pasa por la sangre judía, sino por la fe en Jesucristo!”

Dios no se fija en que nuestro padre, madre o abuelos sean creyentes, sino que desea ver nuestra fe personal. Ninguna credencial externa puede justificar al ser humano ante Dios, lo único que puede hacerlo es la amistad con Jesús. De manera que, en esta alegoría, el Maestro nos dice tres cosas importantes: que el Dios Padre es el labrador o el viñador que cuida la plantación; que Él mismo es la viña verdadera y que los discípulos son los sarmientos.

1. Implicaciones de la alegoría

No debe olvidarse que el evangelista Juan escribió su Evangelio, y recopiló estas palabras de Jesús, alrededor del año 90 d. C., es decir, unos 60 años después de su muerte y resurrección. Probablemente lo hizo en Éfeso (Asia Menor) pensando en las necesidades y problemas que tenían los cristianos de finales del siglo primero. Juan indica a la Iglesia de su tiempo —aunque, por supuesto, el mensaje va dirigido también a los lectores de todas las épocas— que ser pámpano de Jesús implica formar parte de misma planta que Cristo, tener su misma savia, producir sus mismos frutos, vivir su vida, ser conscientes de que en el ministerio cristiano, sin Él, nada somos y nada podemos hacer.

2. ¿A qué fruto se refiere?

El texto no precisa en qué consisten los frutos que los discípulos deben producir. Pero es muy significativo que a partir del versículo 9 se empiece a hablar del amor y, en el 12, Jesús diga: Este es mi mandamiento: Que os améis unos a otros, como yo os he amado. El fruto puede entenderse, por tanto, como la expresión del amor sin medida, y quien ama así produce también los frutos del Espíritu (Gá. 5:22-23): amor, gozo, paz, paciencia, benevolencia, bondad, fe, mansedumbre y templanza. Dar fruto tiene que ver con lo que produce Cristo en nuestra vida: con los cambios en mi persona; con la manera en que trato a mi esposa o a mi esposo, a mis hijos o a mis padres; con la forma en que me relaciono con mis semejantes, mis subordinados o mis superiores y con los cambios en mi estilo de vida, en mis intereses y actividades.

¡Dicen que cuando una persona se convierte a Cristo, el primero que se da cuenta de ello es su perro! Pero dar fruto tiene que ver también, seguramente, con lo que hacemos en favor del reino de Dios: el trabajo en la iglesia, mi disponibilidad con los demás hermanos, la eficacia y la fecundidad de mi misión, el evangelismo personal, que es algo muy parecido al testimonio individual.

Jesús no deseó crear un club privado, ni un ghetto, sino una comunidad en expansión. Todo sarmiento que esté vivo debe dar fruto. Cada cristiano tiene un crecimiento que efectuar y una misión que cumplir. Ninguna Iglesia que quiera seguir a Cristo y procure permanecer en verdad, puede practicar el amor exclusivamente en su interior, debe, necesariamente, rechazar la tentación de intimismo y salir fuera, donde sopla el viento helado de la injusticia, de soledad, de la violencia y de indiferencia. Afuera es donde se encuentran los dramas y los ¡Pero hermanos, si el amor no circula dentro, cómo vamos a salir fuera! Si en el seno de las iglesias subsisten los celos, los pleitos, las envidias o los enfados, ¿cómo vamos a llevar fruto dentro y fuera?

En algunas congregaciones, con frecuencia, se practica una especie de amor cantado, gritado, casi cacareado; un amor que sólo se ejerce con la boca o con la música pero que no brota del corazón. Hay asambleas muy piadosas donde las oraciones y las palabras de las melodías que hablan de amor y ternura coexisten con divisiones internas, rivalidades y rencores de todo tipo. Y todo esto, por desgracia, no es algo nuevo, ya el apóstol Juan escribió: Hijitos míos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad (1 Jn. 3:18). ¡A veces, la lengua ocupa el lugar del corazón o de las manos! Y entonces no es posible llevar fruto. El “no dar fruto” se debe únicamente a la mala voluntad, a no querer. Y al no querer fructificar se priva también a otros del fruto al que tendrían derecho y que debería ser destinado a ellos.

Estamos reflexionando dentro de un contexto comunitario como es la Iglesia. Y dentro de ella, la vida espiritual de cada uno, no es sólo suya, sino que forma parte de una red de corresponsabilidad. Si yo me enfado con un hermano, por ejemplo, y permito que el odio o el desamor germine en mi alma, no sólo me hago daño a mí mismo, sino que perjudico también a cuantos me rodean. Por eso tenemos la obligación de resolver cuanto antes nuestros conflictos, delante del Señor y del hermano. ¡Que no se ponga el sol sobre nuestro enojo!

El sarmiento que no produce los frutos del amor, la misericordia y del perdón es porque no está respondiendo a la vida que se le comunica. Y el Padre, que cuida la viña, lo puede cortar; es un sarmiento bastardo, que no pertenece a esa viña. Es verdad que Jesús no excluye a nadie, él dice: al que a mi viene no le hecho afuera (6:37), pero el Padre sí puede excluir, porque se encarga precisamente de quitar los pámpanos que no dan fruto. Al negarse a amar y no hacer caso del Hijo, el ser humano se coloca en la zona de la ira de Dios (Jn. 3:36).

3. ¿En qué consiste la limpieza de quienes ya llevan fruto?

Igual que el grano de trigo tiene que morir para producir fruto abundante, y la mujer embarazada ha de padecer para que nazca su hijo, también el sarmiento ha de ser limpiado. Las condiciones de la fecundidad son dos: primero, aceptar la poda y, después, permanecer en Jesucristo.

3.1. La poda es difícil de aceptar.
Precisamente quien ya da fruto es sometido a la poda, para que pueda dar más fruto. Las pruebas, las persecuciones, los obstáculos, las enfermedades, las cruces que soportamos a lo largo de nuestra vida, no constituyen algo que elijamos nosotros, sino que nos ocurren cuando menos lo esperamos. El ejemplo de Pablo es muy significativo. Él tuvo que sufrir una poda brutal en el interior de la misma comunidad cristiana de Jerusalén. Y, allí, en medio de la iglesia, se sintió aislado, incomprendido, enfermo, mirado con sospecha por los demás, porque tenía ideas que amenazaban a la comunidad. Alguno, incluso, planeaba matarlo. Y él tuvo que escapar, vivir rodando por el mundo como un delincuente perseguido. ¿Era este un trato adecuado para el gran apóstol de los gentiles? ¡No! Sencillamente, fue la poda particular que Dios permitió en su vida. ¿Para qué? ¡Pues para que llevara todavía más fruto!

A veces Dios permite la enfermedad grave y no la cura, o el dolor, la silla de ruedas, depresión, los malos tratos psicológicos, la incomprensión de los demás o las críticas injustas, como una limpieza en profundidad de todo nuestro ser. Esto puede constituir el saneamiento que necesitamos para aprender a amar de verdad y llevar fruto en abundancia, para darnos cuenta de que no somos perfectos y que debemos mejorar. En el libro de Hebreos (12:5-6), leemos: Hijo mío, no menosprecies la disciplina del Señor, ni desmayes cuando eres reprendido por él; porque el Señor al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo. La poda es siempre una operación dolorosa, porque no es un simple maquillaje externo, sino una intervención seria en profundidad. El Padre corta lo que sobra nos reduce a lo esencial.

3.2. La fecundidad depende de la permanencia.
El secreto de la vida de Jesús fue su contacto con Dios. Otra vez se retiraba a un lugar apartado para encontrarse a solas con Padre. Esto es permanecer en Él. Orar es conectarse a la vid, mientras que dejar de orar es secarse: Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí… Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que queréis, y os será hecho (Jn. 15:4,7). Son palabras radicales que denuncian el fracaso de todo esfuerzo humano desenganchado de la oración, de la adoración, de la interioridad, de la acogida de la Palabra.

Según estas frases de Cristo, no se conceden resultados a quien se coloca fuera de la permanencia en Él. No se concede nada a quien se separa del “Todo”, es decir, de Jesucristo. Quien se cierra sobre si mismo y se considera autosuficiente, quien se niega a amar al hermano, se empobrece y se esteriliza. Sin embargo, quien se coloca delante del actuales Señor, quien busca de vez en cuando las raíces de su fe para abonarlas, quien abre poros vasos para que pueda circular por ellos la savia divina y deja que su vida se llene de la Palabra, quien busca silencio la oración, quien sabe perdonar, ese es el que permanece en Jesús y lo que pide le es concedido.

Cuando la Iglesia está verdaderamente unida entre sí y con Jesús, cuando fluye amor y las palabras del Maestro permanecen en cada uno de los creyentes, la comunidad puede pedir lo que quiera, porque la sintonía con Jesús y la unión del grupo predispone el favor de Dios hacia el ser humano. ¡Cristo colabora con los suyos! ¡Pero hemos de pedir como conviene, es decir, desde el amor y para el amor! A veces se piden cosas que van contra la voluntad de Dios o contra la poda particular que Él está realizando en nuestra vida, entonces, evidentemente, Dios no las concede.

Es conocido el ejemplo de esa singular mujer, Joni Tada, quien quedó tetrapléjica en un accidente de natación, ocurrido a finales de los 60. Ella se ha preguntado en ocasiones, ante auditorios repletos de jóvenes oyentes, ¿no sería emocionante el milagro de mi sanidad? ¿No sería espectacular que pudiera levantarme ahora mismo de esta silla de medas? Pues, estoy plenamente convencida de que sería mucho más emocionante delante del Señor que hoy hubiera en esta sala más de 1600 jóvenes arrepentidos que se levantaran ante Dios y le pidieran perdón por sus pecados. Ella le ha pedido a Dios muchas veces que cuando muera pueda llevar su silla de ruedas al cielo, porque, si no hubiera sido por esa silla, no habría leído la Biblia, no habría conocido a Jesús y no habría llegado a amarle ni a servirle.

Hermanos, preguntémonos acerca de esto: ¿qué clase de pámpano soy yo? ¿Acepto mi poda? ¿Estoy siendo todo lo fecundo que debo ser? ¡Quiera Dios que jamás nos separemos de la vid de Cristo, sino que llevemos fruto en abundancia!