¿Y qué con los demonios?

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¿Y qué con los demonios?

por Les Thompson

¿Por qué será que el tema de los demonios se ha vuelto tan popular en nuestros días? Al estudiar este fenómeno, veamos la manera en que en estos años recientes ha aparecido ese énfasis extraordinario sobre los ángeles y los demonios. En algunas iglesias hoy se habla más del diablo que de Cristo. Se ha llegado a sustituir sutilmente el evangelio de Jesucristo por un mensaje dedicado a los demonios. Puesto que este énfasis es bastante nuevo, podemos trazar con facilidad la manera en que fue introducido gradualmente.

La Biblia nos dice que «el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar» (1 Pedro 5.8). Esta es una declaración general que sencillamente explica la presencia de Satanás en el mundo y habla de su naturaleza devoradora. El texto no da detalles, meramente explica que Satanás se parece a un león. El problema surge cuando tan breve explicación no satisface a los curiosos. Quieren saber más de ese misterioso ser. Y la Biblia nos cuenta más. San Pablo, en el capítulo 6 de su carta a los Efesios, habla de una lucha que no es contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los poderes de este mundo de tinieblas, y contra unas huestes espirituales de maldad en las regiones celestes.

Estas breves frases, aunque contienen poco detalle, están preñadas con múltiples posibilidades, refiriéndose no sólo a poderes demoníacos, sino también a los ángeles buenos de Dios. El que quiere ser bíblico templaría sus interpretaciones estudiando las enseñanzas claras acerca de estos ángeles buenos y ángeles caídos a través de la Biblia, ya que se encuentran importantes referencias al tema desde Génesis 3 hasta Apocalipsis 20. Si ese cuerpo de enseñanza bíblica es ignorado, la tendencia será exagerar o añadir a lo que la Biblia dice. Ahí, precisamente, estriba el problema, cuando alguien con una imaginación viva comienza a inventar y a añadir (recordemos la advertencia de Apocalipsis 22.18-19). El resultado es que se difunde un mundo de fantasía demoníaca, ideas totalmente falsas y erradas sin base bíblica.

No hay duda que la existencia de estos seres diabólicos funestos despiertan interés —y no sólo entre cristianos. Fíjense en lo que muchos cineastas incrédulos han creado y presentado: EL BEBÉ DE ROSMERY; RESCATE EN EL BARRIO CHINO; EL POZO Y EL PÉNDULO; LA NOCHE DEL DEMONIO; EL ABOGADO DEL DIABLO; LAS ABUELITAS SATÁNICAS; ESCALOFRÍO DIABÓLICO; EL ESPIRITISTA; EXORCISMO; GRITOS EN LA NOCHE; EL JOROBADO DE LA MORGUE; LAS JOYAS DEL DIABLO, por nombrar algunas producciones.

No es de sorprenderse que autores cristianos también hayan aportado sus propias creaciones. Convencidos de la realidad de un mundo diabólico, y armados con algunas ideas bíblicas, han pretendido contarnos cómo se manifiestan los demonios, cómo están organizados, cuánto poder tienen, los lugares donde aparecen hoy, y cuál es la manera de controlarlos y vencerlos. ¡Increíble la cantidad de conclusiones a que han podido llegar, a pesar de que hay tan poca base bíblica para ello! Presentamos como ejemplo libros como Líbranos del mal (Don Basham, 1972), El adversario (Mark Bubeck, 1975), Lo que los demonios pueden hacer a los santos (Cerril Unger, 1977), La posesión demoníaca y el cristiano (Fred Dickason, 1987), etc. Pareciera que con cada nuevo título se suman más ideas novedosas infernales. Por supuesto, el tema atrae a lectores curiosos que quieren conocer este mundo de espanto tenebroso.

Escuché a un colega (de otro seminario) defender estos excesos: «La Biblia —dijo— no tiene suficiente información acerca del diablo y sus demonios, por tanto tenemos que ir a otras fuentes para saber cómo son y cómo contrarrestarlos». Las fuentes a las que se refería eran brujos y personas poseídas por demonios, cosa que la Biblia rotundamente condena: «Y cuando os digan: Consultad a los médium y a los adivinos que susurran y murmuran, decid: ¿No debe un pueblo consultar a Dios? ¿Acaso consultará a los muertos por los vivos? ¡A la ley y al testimonio [la Biblia]! Si no hablan conforme a esta palabra, es porque no hay para ellos amanecer (Isaías 8.19)» (consulte también Deuteronomio 18.10-13). Cuando se llega a concluir que la Biblia no nos da suficiente información sobre un tema tan importante como lo es la doctrina de Satanás y sus demonios, equivale a decir que Dios nos ha fallado —¡una idea absurda!

Últimamente varios de nuestros autores cristianos han lubricado muy bien sus imaginaciones, han llenado sus células cerebrales de gasolina y han pisado el acelerador a fondo, creando un tremendo mundo demoníaco. Sus lectores se han vuelto locos con estas fabricaciones, imaginándose demonios dondequiera que miran. Lo triste es que muchas iglesias han aceptado estos libros como si fueran inspirados, confundiendo la ficción con la teología, demonizando los pecados y creado un exagerado mundo lleno de diablos y demonios.

No hay duda que el novelista Frank Peretti —junto a varios otros escritores— dio rienda suelta a su imaginación cuando escribió Esta Patente Oscuridad en 1986. Creó una serie de ideas que sus lectores tristemente han convertido en doctrina. La venta de esta novela, editada en varios idiomas, excede a ocho millones de ejemplares, así de popular ha sido. Como obra de ficción ciertamente es loable. Mantiene al lector atado a sus páginas, absorto en el complot. Con tal que se recuerde que todo es un invento, no hay problema. Es cuando esas ideas se toman como revelación doctrinal que es abominable. El mismo Peretti, en una entrevista con la revista World, admite que se ha quedado asombrado por la manera en que tantas iglesias han aceptado su creación como doctrina inspirada. ¿De dónde sacó Peretti esos demonios tan gráficos y atormentadores? Algunos apuntan a un escrito reciente de índole biográfico, The Wounded Spirit [Espíritu herido]i donde cuenta su difícil niñez. Nos dice Peretti que era hijo de misioneros pentecostales que trabajaban en Canadá. Nació en medio de una terrible tormenta de hielo. Siendo muy pequeño descubrieron en su cuello un quiste higromático que, cuando fue operado, se convirtió en un enigma para los médicos. Después de siete operaciones infructuosas, dice Peretti: «Mi lengua se inflamó, quedando extendida fuera de la boca, goteando una sustancia que al exponerse al aire se convertía en una costra oscura. Se me caía la baba constantemente, dejando mi boca y barbilla cubierta de sangre y de esa sustancia negruzca». En la secundaria llegó a ser objeto del abuso y ridículo de sus compañeros de clase. Oraba pidiendo a Dios auxilio y rescate pero, al parecer, nunca fue escuchado. Dice que sus padres insistían en que «tenía que ir a la escuela, hacer sus deberes, cumplir con sus estudios, mantener sus zapatos amarrados, ir a la cama a la hora indicada, comer sus vegetales sin quejarse y cumplir sin cuestionar la autoridad de ellos».

Con una niñez como esa (quizás la misma del poeta italiano, Dante Alighieri —1265 a 1321—, que fue autor de La divina comedia, en la que trata la visión que tuvo del infierno, el purgatorio y del cielo), es fácil comprender cómo se puede imaginar un mundo lleno de terribles demonios, vistiendo al diablo de rojo, dándole cuernos, colocándole un tridente negro y rodearlo de un enorme y poderoso ejército de demonios. Luego, mirando lo horrible que ocurre todos los días en nuestro triste mundo, visualizar millones de demonios en acción —sea cual sea su colorido y repugnante apariencia— sería casi lo normal. Está claro que si los demonios tienen la culpa de todo el mal que ocurre en el mundo, han de ser miles de incontables milllones, un enorme ejército bien organizado, con sus príncipes, con sus territorios bien delimitados, con sus órdenes claramente especificadas, haciendo guerra espiritual contra Dios, su iglesia —incluso contra la humanidad entera.

El problema teológico es que la Biblia no asigna la culpa del mal en el mundo ni al diablo ni a sus demonios. La Biblia dice: Cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido. Entonces la concupiscencia, después que ha concebido, da a luz el pecado; y el pecado, siendo consumado, da a luz la muerte (Santiago 1:14-15). Otra vez: He aquí, no se ha acortado la mano del Señor para salvar, ni se ha endurecido su oído para oír, pero vuestras iniquidades han hecho separación entre vosotros y vuestro Dios, y vuestros pecados le han hecho esconder su rostro de vosotros para no escuchar. Porque vuestras manos están manchadas de sangre, y vuestros dedos de iniquidad; vuestros labios hablan mentira y vuestra lengua murmura maldad (Isaías 59.1-3; véase también Romanos 3.10­-17). La raíz del mal en el mundo no es el diablo. ¡La Biblia culpa todo lo horrible en el mundo a la pecaminosidad de los hombres!

Pero, continuando con la historia, si lo que Peretti afirma fuera cierto, entonces tendríamos razón para, como el Quijote, aceptar lo propuesto de la novela, y con la ayuda de Sancho y Mengano hacerle frente a estos monstruos e invisibles fortalezas. Si aun el 60% de lo que cuenta Peretti fuera correcto — doctrinalmente hablando— entonces podríamos atribuirle al diablo y a sus demonios todo lo malo que ocurre en el mundo, desde guerras y plagas, hasta la pérdida de esos costosos aretes que se cayeron en el lavamanos. Además, cuando se pincha una llanta, la culpa sería de un demonio. Cuando se cae un niño de la mesa (donde no debiera haberse trepado), «¡Fue un demonio que lo tumbó!» También reclamarle el fricasé que se quemó, porque el desgraciado demonio se metió en la cocina. Incluso, esa cortada en el dedo picando zanahorias fue nada menos que un condenado demonio que hizo resbalar el cuchillo.

En fin, estas aborrecibles criaturas se encuentran atormentándonos día y noche, queriendo poseernos, impidiendo nuestro progreso, molestándonos a cada paso y, por supuesto —ya que así son—, tentándonos con los peores pecados. Por supuesto, arrastrando esas ideas podemos declarar que ellos son los causantes de nuestras caídas espirituales, de nuestros desvíos en el error y de nuestra indiferencia espiritual (sin mencionar todo lo que hacen para afligir a nuestros hijos, familiares, amigos y amistades). Y, como si todo esto no fuera suficiente, descubrimos que también se han dedicado a atacar nuestros hígados, riñones, vesículas, oídos, lenguas y gargantas, para enfermarnos con cánceres de todo tipo. Hoy por hoy, para seguir la última ola, se expurgan por vómitos inducidos. Si, como venimos diciendo, todo esto tuviera respaldo y origen bíblico, ciertamente sería hora como pueblo de Dios de organizarnos y unirnos para hacerles la guerra. Pero, ¿en qué libro de la Biblia se nos dan tales detalles?

Por supuesto, para abonar aun más a nuestra imaginación, han aparecido muchos otros libros. Peretti es sólo un autor entre muchos de los que se han dedicado a alertarnos en el siglo XXI del horripilante mundo demonológico que reta acabar con todos. Al parecer, cada mes descubrimos nuevos tomos con novedosas tramas y más horribles demonios, que podemos vencer al usar las extraordinarias técnicas expuestas por sus autores. En particular debemos destacar los escritos de Rebecca Brown,1 ayudada por Elaine, la bruja convertida, y los libros La Divina Revelación del Infierno y La Divina Revelación del Cielo por Mary K. Baxter, que se distribuyen como si fueran tratados teológicos con gran fundamento bíblico.

¿Qué ha pasado? Primero, todo lo malo que ocurre en el mundo lo están metiendo dentro de un mismo saco: el de los demonios. Segundo, la vida cristiana se entiende sólo en términos de hacerles guerra espiritual a estos espíritus infernales. Tercero, se ha convertido a cada cristiano en un guerrero unidireccional. Es decir, solamente ve a demonios, y no reconoce las muchas otras cosas que afectan perniciosamente a la vida del cristiano (por ejemplo, el pecado personal, el amor al mundo, y esa naturaleza humana inclinada a desobedecer a Dios). Cuando la espiritualidad sólo significa batallar con demonios, el cristianismo se convierte en un fanatismo increíblemente morboso. ¿Cuál es el resultado? Con la búsqueda y lucha contra demonios al pobre cristiano se le deja tan agotado que no tiene tiempo ni energías para disfrutar siquiera de las cosas buenas de la vida. Tampoco puede decir: «Para mí el vivir es Cristo».

Pero ¡aun peor! ¡El diablo es el ganador! Distraído por una incesante guerra espiritual, el fatigado y desgastado creyente no encuentra ni hambre ni tiempo para Cristo. Después de tanta lucha, ¿quién quiere leer y estudiar la Biblia? Ni siquiera hay tiempo para disfrutar de la familia. La vida cristiana se ha convertido en una prolongada guerra en la que no existe tal cosa como la abundancia de gozo que debe acompañar al que vive para Cristo (véase Juan 10.10).

San Pablo nos cuenta de la tendencia de los Corintios de aceptar toda nueva doctrina que aparecía, ya que les encantaba lo novedoso: Porque si viene alguno predicando a otro Jesús que el que os hemos predicado, o si recibís otro espíritu que el que habéis recibido, u otro evangelio que el que habéis aceptado, bien lo toleráis. Esa misma tendencia, no sólo de tolerar cualquier novedad predicada, sino de entrar de lleno en esas doctrinas se evidencia en nuestro mundo hoy. Por cierto, es una manifestación del postmodernismo que ha penetrado la iglesia —buscar lo que más gusta, satisfacer la intriga de lo místico, experimentar cosas sensacionales, personalizar nuestras luchas, creyendo que hacemos guerra contra unas fuerzas invisibles extraterrestres misteriosas. Es fascinante ver cuánto atrae lo macabro.

En contraste, lo bíblico —lo que requiere estudio y es sensato y provechoso—, eso parece demasiado aburrido. Hoy se persigue lo dinámico, lo peligroso, lo espeluznante, lo movido, lo que se opina es vivo y viril. Y así las multitudes se dejan llevar por estas enseñanzas. Pronto debajo de cada cama, detrás de cada puerta, tras cada accidente, a posteriori de cada cosa mala que ocurre se ven demonios escondidos. Prefieren un mundo precario, lóbrego y tenebroso —un lugar lleno de espíritus inmundos donde da miedo vivir— en lugar de este mundo hermoso que Dios creó y donde Jesucristo está estableciendo su eterno reino.

¿Qué nos enseña la Biblia en cuanto al mundo espiritual? Nos informa que Dios hizo todo, incluso los ángeles, y los hizo «bueno en gran manera». Pero, descubrimos en varios textos que hubo una rebelión en el cielo y un grupo de ángeles «no guardaron su dignidad, sino que abandonaron su propia morada» (Judas 6). En 2 Pedro 2.4 leemos que «Dios no perdonó» a los ángeles que pecaron, por tanto les espera la eternidad en el infierno. Del estudio de Salmo 78.49, Mateo 25.41, Apocalipsis 9.11 y 12.7-9 entendemos que estos ángeles caídos están asociados a Satanás y le sirven. Dios, al igual que a nosotros los hombres, les dio a todos los ángeles soberanía limitada. Esa soberanía controlada se ve ilustrada en los capítulos 1 y 2 de Job por las limitaciones que Dios les impone. Satanás y sus demonios no están sueltos en el mundo para hacer lo que les da la gana.

Sólo cuatro veces en el Antiguo Testamento (Lv 17.7; Dt 32.17; 2 Cr 11.15; Sal 106.37) se mencionan los demonios, indicación clara que no deben ser prioritarios en el pensamiento del pueblo de Dios. En la mayoría de estas citas, los demonios están relacionados con la idolatría de las religiones paganas. En el Nuevo Testamento son mencionados 63 veces, enseñando que ni son todopoderosos, ni omnipresentes, ni omniscientes. Son por cierto limitados en la manera que pueden afectar a los creyentes en Jesucristo (1Co 10.13). Es más, en todo el Nuevo Testamento no se encuentra siquiera un creyente nombrado que fuera endemoniado. Al contrario, hay frases claras que desmienten el gran poder que hoy día muchos le atañen. El apóstol Santiago dice sencillamente que todo lo que tiene que hacer un creyente es resistid, pues, al diablo y huirá de vosotros (Stg 4.7).

¿Adónde habitan? La Biblia nos informa que pertenecen al mundo invisible, sobrenatural, y no a nuestro mundo material. San Pablo dice que estas «huestes espirituales de maldad» moran en «las regiones celestes» (Ef 6.12). Esa idea de que habitan en artefactos de cerámica antigua o moderna, particularmente indígena, o que están en documentos de ancestros guardados en una gaveta, o que cuando uno transporta ciertos objetos de su tierra natal, o lleva documentos de padres y abuelos, etc., lleva a ciertos demonios, dándoles entrada a otros países, todo es puro invento, mito, fantasía y superstición. Sabemos que fueron expulsados del cielo puro y santo donde habita Dios con sus santos ángeles pero, aparte de decir que están en las « regiones celestes» y que Satanás es el príncipe de la potestad «del aire» (Ef 2.2), no tenemos más información. Cierto es que tienen acceso especialmente al mundo de las tinieblas, pero no en el mundo que pertenece a Jesucristo. Lo seguro es que un día serán sellados para siempre en el
lago de fuego y azufre preparado para ellos (Ap 20.10; Mt 25.41).

Las actividades de los demonios
A.A. Hodge en su Bosquejos Teológicos dice: «En cuanto a las almas de los hombres, Satanás y sus ángeles no poseen poder alguno ni para cambiar los corazones ni para forzar a nadie a hacer su voluntad. El poder de Satanás y sus huestes demoníacas sobre los hombres es solamente moral, ejercido por decepciones, sugerencias y persuasiones. Las frases bíblicas describiendo sus obras incluyen expresiones como «engaños y obras de injusticia», «poder, señales y prodigios mentirosos» (2 Tes 2.9-10); transformándose en «ángel de luz» (2 Co 11.14); «engaños» (Ef 6.11); «cegando la mente» (2 Co 4.4), «cautivando la voluntad» (2 Ti 2.26); «engañando, si puede, al mundo entero» (Ap 12.9). Si no gana por medio de sus persuasiones, utiliza sus «dardos de fuego» (Ef 6.16) o «abofetea[no dice posee]» a los que le resisten (2 Co 12.7). Como ejemplos de su forma de obrar, estúdiense Génesis 3; a David (1 Cr 21.1); Judas (Lc 22.3); Ananías y Safira (Hch 5.3), y la manera en que tentó a nuestro bendito Jesucristo (Mt 4)».
De acuerdo a lo que nos enseña la Biblia, Satanás y sus demonios, se especializan en tentaciones y engaños:

  1. Inducen a la impureza moral (Mt 10.1; Mr 5.13; Dt 18.9-14)
  2. Propagan doctrinas falsas (1 R 22.21-23; 2 Ts 2.2; 1 Ti 4.1)
  3. Se oponen a los hijos de Dios (Ef 6.12)
  4. Poseen seres humanos (Mt 4.24; Mr 5.8-14; Lc 8.2; Hch 8.7; 16.16), sin embargo, en todo el Nuevo Testamento no hay siquiera un caso de un creyente poseído.
  5. Y en ocasiones son usados por Dios para cumplir Sus divinos propósitos (Jue 9.23; 1 S 16.14; 1 Co 5.5; Ap 9.1-12; 16.13-16)

Recordemos que siempre emplean mentiras, señales y milagros engañosos para hacernos creer en ellos y para perjudicarnos y tentarnos a caer (Ap 16.14; 2 Ts 2.9). Su influencia, sin embargo, es sólo moral y espiritual. No tienen el poder para forzar a nadie a cometer pecado, ni para que vayan en contra de la voluntad de Dios. Todo hombre, por haber sido dotado con libre albedrío, siempre es responsable de sus propias acciones. Nunca puede decir: «¡La culpa la tiene el diablo!»

Si el diablo y sus demonios fueran los responsables de los pecados que cometemos los hombres, entonces Jesucristo murió en la cruz en vano, no tuvo que derramar su sangre «por nuestros pecados», sólo hubiera tenido que destruir a Satanás. Nosotros somos los que pecamos, nosotros somos los responsables de nuestras iniquidades, nosotros todos tenemos que rendir cuenta a Dios por nuestras obras (2 Co 5.10). Al tratar el tema de Satanás y sus demonios, de corazón y por el bien de creyentes que tienen poca instrucción, busquemos sobre todo ser bíblicos. Ya hay suficiente error, no seamos culpables de añadir más.

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