Satanás, sutil tentador

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Satanás, sutil tentador

por Domingo Fernández

Nuestro adversario es inteligente poderoso y astuto.
Sus ataques llegan en el momento menos pensado y es de suma importancia que estemos alerta y que conozcamos por lo menos sus tácticas favoritas. De ahí el valor de este libro. Leyéndolo te harás una idea del enemigo que tienes que afrontar minuto tras minuto y de las mejores armas para combatirlo.

En el discurso que el presidente Kennedy pronunció el 22 de octubre de 1962, dejó bien claro que el mundo estaba al borde del desastre. Los aviones U-2 estadounidenses que habían estado sobrevolando la isla de Cuba habían aportado documentos fotográficos en los que aparecían bien definidos las plataformas, instalaciones de lanzamiento, sistemas de transporte de proyectiles cohetes y demás instrumentos con los que el gobierno de la Unión Soviética pretendía colocar bajo fuego las bases aéreas y cada una de las ciudades estadounidenses principales. Y lo más grave del caso era que, dada la cercanía de Cuba a los Estados Unidos les hubiera sido imposible actuar con rapidez. El haber descubierto a tiempo el poderío y las artimañas del enemigo salvó a los Estados Unidos de un peligro espantoso. Nosotros, los cristianos, tenemos también un adversario poderoso, taimado, despiadado, infatigable, que dispone de muchísimos recursos y pretende encadenarnos, destruirnos y hundirnos para siempre en la perdición. Me refiero a Satanás. ¿Nos damos cuenta del peligro que nos rodea? ¿Vivimos conscientes del adversario que tenemos enfrente? ¿Estamos haciendo cuanto podemos por conocer el carácter y las tácticas del enemigo? Sirvan las presentes páginas para alertarnos, para movernos a colocarnos en línea de combate ante el peligro que nos amenaza.

I. ¿Quién es Satanás?

“El mismo Satanás se disfraza como ángel de luz” 2 Corintios 11:14

ALGUNOS SUPONEN que es tan sólo un ser imaginario con que se personifica el mal y no creen en la existencia real de un ser maligno que ostente ese nombre. Mas lo cierto es que Satanás es el ser inteligente, poderoso y astuto en quien se originó el mal; es el padre del pecado, el culpable directo de la muerte y del infierno.

La imaginación popular nos lo presenta bajo la figura carnavalesca de un ser con cuerpo de hombre, patas y pezuñas de cabra, rabo de mono, cuernos en la cabeza, que anda armado de un tridente. Nada más lejos de la realidad. Satán es un ser de naturaleza angelical, un portador de luz, un lucero brillante, un querubín resplandeciente, que se convirtió en el “príncipe de las tinieblas” al rebelarse contra Dios.

El profeta Ezequiel y el profeta Isaías arrojan mucha luz sobre el estado de Lucifer antes de su rebelión contra el Creador y las causas de su caída. Al leer Ezequiel 28 del versículo 12 al 18, vemos que Dios ordenó al profeta que levantase la siguiente endecha sobre el rey de Tiro:«Tú eres el sello de la perfección, lleno de sabiduría y acabado de hermosura. En Edén, en el huerto de Dios, estuviste; de toda piedra preciosa era tu vestidura… Los primores de tus tamboriles y flautas estuvieron preparados para ti en el día de tu creación. A ti, querubín grande y protector, yo te puse en el santo monte de Dios… en el medio de las piedras de fuego te paseabas. Perfecto eras en todos tus caminos desde el día que fuiste creado, hasta que se halló en ti maldad. A causa de la multitud de tus contrataciones fuiste lleno de iniquidad y pecaste; por lo que yo te eché del monte de Dios y te arrojé de entre las piedras del fuego, oh querubín protector. Se enalteció tu corazón a causa de tu hermosura, corrompiste tu sabiduría a causa de tu esplendor…»

Y en Isaías 14:12-14, el profeta dice: «¡Cómo caíste del cielo, oh Lucero, hijo de la mañana! Tú, que decías en tu corazón, subiré al cielo; en lo alto, junto a las estrellas de Dios, levantaré mi trono… sobre las alturas de las nubes subiré, y seré semejante al Altísimo».

Tengo la firme convicción de que esta endecha va dirigida a Lucifer. Aparentemente, Isaías y Ezequiel se dirigen a los reyes de Babilonia y de Tiro; pero es evidente que Dios se dirige al ser superior que los inspiraba. Este caso es semejante al que nos narra San Mateo 16:21-23. Cuando Jesús anunció a sus discípulos que se dirigía a Jerusalén para someterse a la muerte redentora, el apóstol Pedro lo llamó aparte e intentó disuadirlo de tal propósito. Pero el Señor se opuso radicalmente a aquel intento:

—¡Apártate de mí, Satanás!— le dijo a Pedro.

Pedro no era Satanás, pero el Señor vio a Satanás personificado en Pedro de la misma manera que lo vio personificado en los reyes de Babilonia y Tiro.

Por otro lado, las frases descriptivas de la endecha no se pueden aplicar a un descendiente de Adán, sino a un ser creado. Los reyes de Babilonia y Tiro no fueron creados sino engendrados por sus padres; por lo tanto no se les puede atribuir “el sello de la perfección”, ni se puede decir que estuvieron en el huerto del Edén antes de que entrara el pecado, ni se les puede llamar “querubín”, nombre que siempre se atribuye a seres de naturaleza angelical.

El apóstol Pablo da a entender (1 Ti 3:6) que el envanecimiento arrastró a Lucifer a su desgraciada intentona de levantarse contra Dios. Y, tristemente, Lucifer arrastró tras sí legiones de ángeles que, por seguirlo, se convirtieron en los demonios de que nos hablan Las Sagradas Escrituras (Ef 6:12). La soberbia, el envanecimiento y la rebelión son característicos de los que siguen las pisadas de aquel querubín portador de luz que quiso ser semejante al Altísimo y se convirtió en el “príncipe de las tinieblas”.

Los nombres del maligno

LUCIFER, ya caído, aparece en la Biblia bajo una serie de nombres que reflejan su carácter. En hebreo su nombre principal es Satanás, significa: Adversario, enemigo y acusador, y aparece treinta y seis veces en la Biblia. El nombre Diablo, que viene del griego y significa calumniador y difamador, aparece veinticuatro veces.

Uno de los nombres de Satanás más significativos es Beelzebú, que se deriva de Baalzebub, nombre del dios de la ciudad de Ecrón. Al decirle a Satán Beelzebú, se le identifica directamente con el ídolo de los filisteos y, por lo tanto, con el sistema idolátrico que impera en el mundo. Las Sagradas Escrituras nos dicen que los que adoran ídolos rinden culto a los demonios y no a Dios (Lv 17:7; 1 Co 10:20). Y Beelzebú es el “príncipe de los demonios” (Mt 10:25 y 12:24).

Además del nombre Belial, que significa malvado, perverso, impío, se le identifica con los siguientes nombres y títulos: “el Tentador” en Mateo 4:3; “el malo” en Mateo 13:38; “el príncipe de este mundo” en Juan 12:31; “el dios de este mundo” en 2 Corintios 4:4; “el príncipe de la potestad del aire” en Efesio 2:2 y “el emperador de la muerte” en Hebreos 2:14.

En fin, los nombres del rebelde Lucifer nos revelan su carácter, su relación con la idolatría, su actitud para con Dios, su influencia entre los hombres, su actual posición en el mundo y su jerarquía entre los demonios.

¿Qué lugar ocupa actualmente en el mundo?

EL CATECISMO de la iglesia Católica Romana dice que los enemigos del alma son el mundo, el demonio y la carne. De estos tres, el enemigo real es el demonio. El mundo es su esfera de acción; la carne es —al menos en estos tiempos— su arma más eficaz. Su propósito es encadenar a la humanidad en las redes del pecado y hundirla en la perdición eterna.

Jesucristo y los apóstoles nos presentan a Satán como el “príncipe de la potestad del aire”, como el rey y dios de este mundo. Y no es que el Creador le haya adjudicado el título, sino que la humanidad quiere tenerlo por dios. La sociedad humana vive de espaldas a la ley divina y esa rebeldía contra Dios lleva implícita la obediencia al anti-dios: Satán. Desgraciadamente, en el mundo imperan las normas, los sentimientos y los deseos del Maligno, porque inconscientemente se rinden tributos de obediencia y adoración a Satán. Por esto es que el mundo aparece en la Biblia como lo opuesto al cielo y como el lugar de todo lo temporal, vano, bajo, pecaminoso, depravado, corrupto, injusto y opuesto a Dios. El mundo es la esfera de acción de Satán y —como rey del mundo— Satán emplea todos los medios que tiene bajo su dominio para conseguir el fin que persigue. En Efesios 2:2 leemos que Satán usa a los demonios para someter a los hombres y que luego trata de utilizar a los hombres para alejar de Dios a los creyentes.

¿Cuál es su gran propósito?

EL PROPÓSITO de Satán es arrastrar tras sí a todos los seres creados. Sin embargo, sabe que ha perdido su batalla contra Dios y que el Creador le permite ocupar temporalmente el puesto que ahora ostenta, pero que su destino eterno es estar confinado en el infierno.

El poeta Rubén Darío, en su magistral poesía titulada “Los Motivos del Lobo”, pone en labios de Francisco de Asís las siguientes interrogaciones: “¿Vienes del infierno?¿Te ha infundido, acaso, su rencor eternoLuzbel o Belial?…”

“Rencor” es lo que siente Satán contra Dios. El fuego del odio y el rencor arden constantemente en el corazón de Luzbel, porque ve derrotada su aspiración de elevarse al nivel del Creador y ser semejante al Altísimo. Convencido de que no puede con Dios, quiere alejar de Dios a los seres humanos que el Creador trajo a la existencia. Parece que su interés no radica tanto en hacer sufrir a sus víctimas como en dejar a Dios sin ángeles y sin santos que participen de su gloria y le tributen adoración y alabanza. A pesar de su rencor, sabe que no puede arrastrar al infierno a todos los ángeles ni a todos los seres humanos; pero sabe también que no lucha en vano, pues está logrando que muchos desobedezcan a Dios y le sigan a él en su camino de rebeldía, soberbia, odio y perdición.

¿Cuál es su tarea?

EN PRIMER lugar, trata de arrastrar a los seres humanos a la esfera del pecado, porque sabe que el pecado los separa de Dios y los lleva automáticamente a la perdición. En segundo lugar, se opone por todos los medios a su alcance a que los pecadores acepten el mensaje del evangelio y se salven. La Biblia afirma que el “evangelio es potencia de Dios para salvación de todo aquel que cree” (Ro 1:16). El que cree en los hechos y enseñanzas que narra el evangelio se salva del pecado y del infierno y alcanza la libertad, la paz, la felicidad y la gloria de la vida eterna. Es natural, pues, que Satanás se oponga a que los hombres crean el evangelio y obedezcan a Dios.

Aunque gran parte del mundo diría que el evangelio es bueno, no sería exagerado decir que de cada cuatro personas, tres se oponen al evangelio de Jesucristo. Se oponen los ateos y los materialistas, los que pertenecen a otras religiones y filosofías, y aun algunos de los que se llaman cristianos. Pues bien, siendo el evangelio el plan de salvación de Dios, todo el que se opone al evangelio de hecho se opone a los deseos y propósitos de Dios, y sirve de instrumento al mismo Satanás. Los que se oponen a que otros crean en el evangelio están sirviendo de instrumento al Maligno. ¡Qué triste es ser dóciles instrumentos del que busca hundir a la humanidad en la perdición que él mismo ha labrado para sí!

Cuando el apóstol Pablo pasó por Chipre en su primer viaje misionero, el gobernador de la isla lo llamó porque deseaba oír y conocer el evangelio que Pablo predicaba. Con Sergio Paulo, el gobernador, se encontraba un personaje llamado Barjesús, que se hacía pasar por mago y profeta. Este se oponía resueltamente a que Pablo expusiera el evangelio a Sergio Paulo. Ante tal actitud, el apóstol clavó en él la mirada y le dijo:

—¡Oh, lleno de todo engaño y de toda maldad, hijo del Diablo, enemigo de toda justicia! ¿No cesarás de trastornar los caminos rectos del Señor? Ahora, pues, he aquí la mano del Señor contra ti, y serás ciego, y no verás el sol por algún tiempo.

Y se quedó ciego inmediatamente. Entonces el gobernador, viendo lo que había sucedido, creyó, maravillado de la doctrina y el poder del evangelio.

Barjesús se oponía al evangelio porque éste lo condenaba. Hay muchos seres humanos que proceden como aquel farsante, porque el evangelio condena la conducta que ellos observan y la religión que practican. El que se opone al evangelio sirve a Satanás, porque éste es el fin del Maligno. Dice Jesús en Mateo 13:19 que cuando alguno oye la palabra de Dios y no la entiende, viene el malo, y arrebata lo que se le sembró en el corazón. ¡Cuántas veces hemos visto a hombres y mujeres asistir a un templo, escuchar un mensaje evangélico, manifestar que aceptan a Jesucristo como Salvador y, al otro día olvidarlo todo y continuar como si no hubieran oído nada ni hubieran formulado decisión alguna! ¿Qué ha sucedido? El Maligno quitó de sus mentes lo que habían oído y —por una u otra causa— los ha inducido a no hacer caso del evangelio sino continuar por el mismo camino que iban.

Pablo nos dice en 2 Corintios 4:4 que Satán ciega el entendimiento de los incrédulos para que no les resplandezca la luz del evangelio. La acción de entenebrecer las mentes de los seres humanos o cegar sus entendimientos constituye una de las obras maestras del príncipe de las tinieblas. Millones de personas son víctimas de esta acción satánica. Tienen una picardía enorme para el mal, pero no ven la realidad, el trágico destino que les aguarda. Una mente abierta a la luz puede ver y entender. Una mente entenebrecida por el Maligno no ve ni entiende las cosas de Dios. Satán hace cuánto le es posible por evitar que los hombres crean en el evangelio.

II. Armado hasta los dientes

“Vestíos de toda la armadura de Dios, para que podáis estar firmes contra
las asechanzas del Diablo”.
—Efesios 6:11

NO PODEMOS ENUMERAR el amplio arsenal que tiene a su disposición en su lucha contra Dios y la salvación de los hombres, pero vamos a referirnos a algunas de sus armas más conocidas:

El engaño

LA PALABRA de Dios nos dice en Apocalipsis 12:9 que “Satán… ENGAÑA AL MUNDO ENTERO”. ¿Podemos imaginarnos el alcance de esta expresión? La primera víctima de este astuto y malvado engañador fue Eva, madre de todos los seres humanos. El Maligno se le acercó y le dijo que las cosas no eran como Dios les había dicho, que la fruta del árbol prohibido, lejos de producir la muerte, tenía la virtud de convertir las criaturas humanas en seres semejantes al Creador. La cándida Eva se dejó seducir por la fantástica promesa del Maligno. Pero muy pronto tuvo que confesar que Satanás la había engañado (Gn 3:1-13). Desde aquel día hasta hoy —con excepción de Jesús de Nazaret— ningún descendiente de Eva ha escapado de la acción engañadora de Satán.

Jesús nos enseña que el Diablo es el padre de todo engaño y mentira (Jn 8:44). ¿Qué ser humano no ha sido víctima de la mentira, el engaño y las dudas en cuanto a la religión? En la esfera religiosa el evangelio de Jesucristo es el único sistema religioso verdadero. Los demás sistemas son erróneos en su totalidad o en parte. Satán es el padre de las religiones falsas y las utiliza para engañarnos. El que ignora el evangelio vive equivocado y es víctima del gran engañador. Sin embargo, frente a la mentira de Satanás tenemos la verdad de Dios. El evangelio de Jesucristo es la verdad y, como tal, es la única puerta abierta para que escapemos del error y de la mentira (Jn 8:31-38).

Satán suele presentarse ante los hombres como libertador y redentor. ¿De qué nos quiere libertar? De la obediencia al Creador, de las normas que Dios nos señala en su Palabra, de lo que Jesucristo llamó “mi yugo”. El Creador había dicho a Adán y a Eva que no comiesen del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal (Gn 2:17). El Maligno se acercó a Eva y le dijo que aquel mandamiento tenía el propósito de mantenerlos en un plano de inferioridad, sujeción e ignorancia. Le sugirió que no se sometiera a tal mandamiento sino que comiera del árbol prohibido para elevarse al nivel del Creador y libertarse de la tutela de Dios. Desde aquel día hasta hoy, Satán sigue engañando a la humanidad, prometiéndole libertad y encadenándola al error, al pecado, al remordimiento y a la condenación eterna.

Cierto hombre comenzó a asistir a la iglesia donde predicábamos. Su encuentro con el evangelio fue sorprendente:

—Después de tantos años —decía él— he encontrado la luz que ilumina el alma, la verdad que satisface la mente y el corazón.

Comenzó a estudiar la Biblia, se bebía los sermones y trataba de traer a otros a participar de lo que había encontrado en Cristo. Un día se encontró en la calle a un viejo amigo, y entablaron el siguiente diálogo:

—¿Qué pasa que te has alejado de la tertulia?— le dijo el amigo.

—Pues lo que pasa es que ahora estoy asistiendo a la iglesia y estudiando la Biblia.
—¡Nunca creí que fueras tan idiota! ¿Con los años que tienes y lo que has leído, te vas a dejar embaucar ahora por los cuentos del evangelio?

—Si vinieras conmigo a la iglesia a lo mejor cambiarías de opinión.

—Yo no voy a escuchar esas tonterías; no hay quien me haga cambiar de opinión. No me presto a ser carnero de nadie. Soy un hombre libre y jamás me someteré a las normas de una iglesia, ni a los mandamientos y enseñanzas de una religión.

—Pues yo he descubierto que la verdadera libertad está en obedecer a Dios y en aceptar a Jesucristo como Salvador y Señor.

Cuando Rodríguez me narró este diálogo, le dije:

—Su viejo amigo se cree libre, pero no lo es en realidad. No quiere someterse a Dios, pero le está sirviendo de instrumento al Diablo. En este mundo ningún ser humano es libre en el sentido absoluto: el que no obedece a Dios, automáticamente es esclavo de Satanás, le sirve de instrumento y anda en sus caminos.

El Maligno quiere libertarnos del temor de Dios, de la ley de Dios, de la obediencia a Dios. Nos induce a romper toda ligadura con el Creador y a dar rienda suelta a los deseos de la carne, el corazón y la mente. ¡Desdichados los que se dejen seducir por el canto de libertad que entona Satán! ¡Caerán bajo la más despiadada de las opresiones y tiranías! Adán y Eva tuvieron que derramar lágrimas de arrepentimiento y todo el que preste oídos a las pérfidas insinuaciones de Satán, tarde o temprano tendrá que llorar amargamente.

La calumnia

LA CALUMNIA es otra de las armas del Maligno. Satán calumnió a Dios cuando se acercó a Eva: le dijo que la prohibición que les había dictado el Creador entrañaba un propósito injusto y egoísta. Desde aquel día el Diablo dice a la humanidad que el Dios de la Biblia es un ser despiadado, cruel, inmisericorde e indigno de ser amado y obedecido.

Quizás usted afirme que nunca se le ha presentado el Diablo en persona, y estamos de acuerdo. Pero, ¿cuántos hombres y mujeres andan por ahí tratando de apartar de las enseñanzas del evangelio y de la fe a gentes de Dios, a verdaderos cristianos? El que se atreve a levantar la voz contra Dios y su Palabra es un impío inspirado por Satanás, un hijo de desobediencia que sirve de instrumento al “príncipe de las tinieblas” (Ef 2:2).

Tengamos bien presente en nuestras mentes que Satán suele imputar a Dios sus propios sentimientos y procedimientos. Los impíos suelen imputar a los piadosos sus propias iniquidades y pecados. En su tarea de calumniar, Satán suele presentarse ante el Altísimo calumniando a los que andamos en los caminos de Dios. El capítulo uno del libro de Job nos dice que un día se presentó Satán en el cielo. Y Dios le preguntó:

—¿De dónde vienes?

—De rodear la tierra y andar por ella— respondió Satán.

—Entonces habrás considerado la conducta de mi siervo Job, que no hay otro como él en la tierra: varón perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal.

—Sí —respondió el Maligno—, he considerado la conducta de Job. Pero, ¿te teme de balde? ¿No lo has cercado de bendición y a todo lo que tiene? Extiende tu mano contra él, quítale lo que le has dado, y verás si no blasfema contra ti en tu misma presencia (Job 1:6-11).

Entonces, con el propósito de enseñar una lección a las generaciones venideras, Dios permitió que el mismo Satán sometiera a prueba la fe, piedad y sinceridad de Job, Y el pobre Job fue sometido a una tribulación espantosa. Pero al fin quedó demostrado que Job era sincero y que el Diablo es un calumniador, en cuya entraña arde continuamente el fuego del rencor contra Dios.

El acusador de Job no ha cesado en su malvada tarea. En Apocalipsis 12:10, se nos dice que Satán acusa día y noche, delante de Dios, a los convertidos a Cristo. Es de gran consuelo saber que frente a tan taimado acusador, tenemos de abogado defensor al Hijo de Dios, el mismo que en el Calvario hirió a Satán en la cabeza (Gn 3:15; 1 Jn 2:1,2).

Una de las acusaciones más comunes que “los hijos de la desobediencia” lanzan contra la congregación de los redimidos es que “en la iglesia hay hipócritas”. Y puede que los haya, pues no todos los que asisten a la iglesia son convertidos. Satán siempre introduce en la iglesia a algunos de los suyos, para que la congregación no sea como Dios quiere. Ahora bien, a los que dicen que no van a la iglesia porque hay hipócritas en ella, queremos decirles lo siguiente: también hay hipócritas en los centros de trabajo, en todas las organizaciones e instituciones sociales y por supuesto, en el infierno. El único lugar donde no hay hipócritas es en el cielo. Los que se apartan de la iglesia con el pretexto de que hay hipócritas en ella, van por el camino que conduce al reino de los hipócritas y calumniadores: el infierno.

La duda

LA DUDA es el arma con que el Maligno trata de destruir los fundamentos de la fe. Y la falta de fe conduce a la incredulidad. Creo que los escritores de la Biblia fueron hombres que Dios inspiró. Creo que Jesucristo es Dios manifestado en carne. Creo que el Espíritu Santo lo engendró en el seno virginal de María. Creo en su resurrección literal de entre los muertos y en su ascensión corporal al cielo. Creo que el evangelio es la verdad, que Dios justifica al que acepta a Jesucristo como Salvador. Creo en las promesas de Dios con respecto a la vida futura.

Pero actualmente la duda está causando verdaderos estragos en la esfera del cristianismo nominal. Nos apena y entristece comprobar que hay líderes, guías, maestros, escritores y predicadores que han caído en el oscuro e incierto mundo de la duda y la incredulidad. Creen de la Biblia lo que su razón les dicta y rechazan lo que lleva el sello de lo sobrenatural, de la intervención de Dios.

Un joven estudiante universitario y miembro de una iglesia evangélica se entregó a la lectura de libros escritos por modernistas y racionalistas. Al principio se sintió eufórico por el alarde de erudición que hacían tales autores; pero acabó confesando que se hundía en el mar de la duda y la incredulidad. Los estantes de librerías y bibliotecas están bien provistos de libros que ostentan etiquetas cristianas, pero que fueron inspirados por el mismo Satanás y están llenos de venenos mortales para el alma. Tengamos cuidado con lo que leemos, oímos y aprobamos. El Diablo tiene maestros, escritores y predicadores en todas las esferas del cristianismo. Tengamos fe en Dios y en su Palabra. Dios no puede mentir. El Altísimo siempre cumple sus promesas.

El miedo

EL MIEDO es otra de las armas que suele esgrimir el Maligno para mantener a los seres humanos alejados de Dios y de la verdad. El apóstol Pablo nos dice que “Satanás —cuando le conviene— se disfraza como ángel de luz” (2 Co 11:14). Y el apóstol Pedro afirma que nuestro adversario, el Diablo, “anda alrededor como león rugiente buscando a quien devorar” (1 P 5:8). Cuando quiere atraer y seducir por medio del engaño, se presenta como ángel de luz; cuando quiere dominar por medio del temor, asume la actitud de león rugiente. La pose del león suele darle buen resultado con los que empiezan a escuchar el evangelio. Jesús nos dice en la parábola del sembrador que algunos reciben el evangelio con gozo y parece que se van a convertir, que van a dar fruto, pero cuando ven que el obedecer a Dios y seguir a Jesucristo les va a ocasionar problemas, se apartan del camino de la verdad y la vida y se vuelven a la senda del error y la muerte. Es imposible que “el león rugiente” logre apartar del camino que conduce al cielo a un cristiano convertido que conoce la Biblia y tiene fe en Dios; pero puede amedrentar con relativa facilidad a uno que está dando los primeros pasos en el camino de la verdad y la fe, de la luz y la vida.

He aquí un ejemplo: cierto joven nos escribió: “Hace algún tiempo que estoy oyendo el evangelio. Me gusta y he llegado a la conclusión de que es la verdad. Pero no me he decidido porque temo que si me convierto voy a tener que afrontar muchos problemas con mi familia y mis amigos”.

¡Cuántas almas gimen hoy en el infierno por haberse dejado atemorizar por los problemas que les acarrearía el convertirse a Cristo y seguir el camino que conduce al reino de los cielos! Queriendo librarse de los problemas temporales, cayeron en el más espantoso de todos los problemas: la perdición eterna.

Pero, ¿será verdad que tendremos que afrontar problemas si nos decidimos a obedecer a Dios y seguir a Cristo? Sí, es casi seguro que vendrán algunos problemas, pero serán pasajeros. Cuando uno se convierte, pasa de la esfera del Maligno a la de Jesucristo. Como es de suponer, el Diablo se enfurece cada vez que pierde a uno de sus súbditos y lanza en contra de él a los inconversos que tiene a su alrededor. Cuando me convertí, tuve que enfrentarme con estos problemas; pero cuando los que me querían apartar del evangelio vieron que mi decisión era firme, que no iban a lograr su propósito, acabaron por dejarme en paz.

En estos tiempos Satán está rugiendo contra los cristianos en varios países y regiones del mundo. Pero Jesús nos dice: “No temáis a los que matan el cuerpo, más el alma no la pueden matar; temed más bien a aquel que puede enviar el alma y el cuerpo al infierno” (Mt 10:28). ¿Qué esperanza tiene el que, por temor al león rugiente, le vuelve la espalda al cielo? El único temor que nos debe espantar de verdad es el de ir a parar a las tinieblas del infierno, lo cual sería una tragedia infinita.

Algunos parece que quieren agradar a Satanás para no buscarse problemas con él. ¿No sería mucho mejor tratar de agradar a Dios, aunque se disguste Satanás? No podemos estar bien con Dios y con el Diablo; tenemos que elegir a uno de los dos. El que quiere apartarse del camino que conduce al infierno para emprender la senda de la gloria obtendrá de Dios la ayuda necesaria para perseverar y vencer. No nos dejemos amedrentar por el león rugiente. No nos dejemos engañar ni seducir por el que parece ser ángel de luz. Tenemos que convertirnos a Jesucristo, tenemos que tomar en serio las enseñanzas del evangelio, tenemos que obedecer a Dios. Y tenemos que hacerlo aunque se opongan las huestes del infierno.

La carne

LA CARNE constituye en estos tiempos una de las armas que con más eficacia está usando el Tentador. Satán emplea la “carne” como cebo, como atractivo, como elemento que incita a pecar. Cuando hablamos de la carne nos referimos a las pasiones carnales, a los instintos sexuales.

Los muros del pudor, la honestidad, la decencia, la fidelidad conyugal y el respeto a la ley de Dios se han venido derrumbando en forma alarmante,

Estamos como en aquellos tiempos en que el juicio de Dios pendía sobre Sodoma y Gomorra. El cine y la televisión han contribuido enormemente a este libertinaje, a esta bancarrota moral y espiritual en que ha caído la sociedad. ¿Qué ven los niños y las niñas desde que abren los ojos y se asoman a la pantalla del cine o del televisor? Pues ven mujeres casi desnudas, hombres y mujeres que se abrazan y se besan apasionadamente, esposas infieles a sus maridos y esposos infieles a sus esposas. Y como la costumbre hace ley, a fuerza de ver esos cuadros o escenas todos los días, los espectadores llegan a pensar que eso es lo normal, que es la moda; y que, para no hacer el ridículo, hay que ponerse de acuerdo con la moda, con el ambiente. Y esto ha dado por resultado que lo que antes se veía en las pantallas del cine o el televisor, se vea ahora en plena calle y a la luz del sol y la luna. Se ha perdido el sentido del pudor, el recato, la decencia y la honestidad; se ha perdido el TEMOR DE DIOS.

Claro, al decir estas cosas, sabemos que todavía hay mujeres y hombres que no se han dejado arrastrar a la senda del libertinaje; todavía hay mujeres y hombres que están luchando a brazo partido por mantenerse en la esfera de la decencia, la honestidad y el temor de Dios. Pero los que están luchando contra el ambiente de corrupción, depravación, provocación e inmoralidad estarán de acuerdo en que lo menos que puede hacer un predicador de la Palabra de Dios es denunciar el desenfreno de las pasiones, el libertinaje moral que avanza como una tromba por campos y ciudades, amenazando arrastrar a la juventud y sepultar a nuestros hijos.

Aunque nos es triste declararlo, hay muchas personas que se prestan a ser instrumentos del Maligno, la mayoría de las veces sin percatarse del mal que realizan. Por ejemplo, Satanás está desnudando a la mujer y usándola como el torero usa el trapo rojo para atraer al toro. Los productores de películas procuran presentar a una mujer desnuda como atractivo. Los dueños de cabarets anuncian que se exhiben mujeres desnudas o semidesnudas, con la finalidad de atraer a los hombres. Los editores de ciertas revistas insertan fotos de mujeres desnudas como incentivo para la venta. Y el hombre corre a presenciar esas escenas que encienden las pasiones, como el toro cuando le muestran el capote rojo. El torero suele salir de la plaza con los bolsillos llenos y la integridad personal indemne; pero la mujer suele abandonar el escenario donde se exhibe con el pudor y el honor hechos jirones. Cuanto contribuya a encender las pasiones sexuales en el hombre y en la mujer, fuera del lecho conyugal, obedece a los propósitos satánicos y suele conducir al pecado y al infierno.

La “carne” —cual tumor maligno— está minando, debilitando y corrompiendo el cuerpo social.

III. Gran estratega

“El que no se halló inscrito en el libro de la vida
fue lanzado al lago de fuego”.
—Apocalipsis 20:15

SATANÁS usa dos tipos de estrategia: una general y otra particular. Su estrategia general consiste en arrastrar a todos los seres humanos a la esfera del pecado para lo cual ataca a cada ser humano por su lado más débil.

Los militares suelen emplear en los frentes de batalla la siguiente estrategia: cuando se preparan para una ofensiva, simulan un ataque nocturno. El ejército contrario, al creerse atacado, dispara con todas sus armas. El propósito del atacante es descubrir el volumen o intensidad de fuego, la parte más débil del contrario y por allí tratar de abrir brecha y romper la resistencia del enemigo. Satán usa una estrategia muy similar: estudia a cada ser humano en particular y hasta sabe lo que cada uno ambiciona. Una vez que conoce el lado débil de cada ser humano, despliega su ataque hasta vencer la resistencia y hundir a su víctima en el terreno del pecado, en la esfera de la esclavitud, en las mallas de la muerte.

Hubo en la antigüedad un rey llamado Balac que contrató a un falso profeta llamado Balaam para que por medio de sortilegios o maleficios destruyese al pueblo israelita (Nm 22-24). Balaam, al ver que no podía lograr por medio de sus hechicerías lo que Balac quería, le dio el siguiente consejo: la única manera de derrotar a Israel es hacerlo pecar contra Dios. Seguidamente le trazó un plan, una estrategia realmente diabólica para hacer caer a los israelitas en pecado (Nm 31:16). Balac puso en práctica el plan que le sugirió Balaam y hasta cierto grado tuvo éxito; las Escrituras dicen que el furor de Dios se encendió contra Israel y murieron 24.000 israelitas (Nm 25:1-9).

En los primeros siglos de la era actual el cristianismo sufrió diez grandes persecuciones. Los enemigos de los seguidores de Cristo apelaron a la persuasión, la intimidación, las torturas y la muerte. Al ver que no podían lograr su propósito, un rey preguntó a sus consejeros:

—¿Qué arma podríamos usar para vencer a los cristianos?

Uno de los consultados le respondió:

—El pecado. Si lográramos arrastrarlos al pecado, los separaríamos del favor de su Dios. Pero mientras vivan de acuerdo con la ley de su Dios, cuentan con la protección de éste y no los podremos vencer.

El hombre que dio este consejo sabía mucho del mal y del bien; pero usaba su conocimiento para promover el mal, para servir a Satanás, como le sirvió Balaam.

Efectivamente, al cristiano no se le puede derrotar mientras permanezca en el camino de la obediencia, la justicia y la santidad. Satán lo sabe bien y por eso procura por todos los medios que el ser humano peque contra Dios. El apóstol Pablo nos dice que el Maligno nos acecha constantemente (Ef 6:11) en busca de la oportunidad de tentarnos, incitarnos a pecar, empujarnos a quebrantar la ley de Dios y aprisionarnos en las redes del vicio. En este mundo nadie se escapa de las tentaciones. Por la gracia de Dios podemos rechazarlas y vencerlas, pero no podemos evitarlas. Hasta el mismo Jesús “fue tentado en todo según nuestra semejanza” pero sin ceder a la tentación (He 4:15).

Como pérfido adversario y sabio estratega, Satán aprovecha cada momento y cada circunstancia. Uno de los hombres más distinguidos de la Europa del siglo XII fue el francés Pedro Abelardo, destacado profesor de filosofía. Fulberto, el canónigo parisiense, le encomendó la educación de su bella sobrina Heloísa. El contacto entre el profesor y la alumna brindó una buena oportunidad a Satán, y éste no la desperdició, pues Heloísa dio a luz un hijo bastardo. Si hubiera sido hoy, les hubieran celebrado la gracia, pero en aquel tiempo todavía las mujeres vestían falda larga y los hombres pensaban que la institución del matrimonio era algo muy sagrado. Para la sociedad, pues, el pecado de Abelardo y Heloísa era una deshonra y un baldón. Ante la violenta reacción de la sociedad y los familiares. Heloísa buscó refugio en un convento de monjas y Abelardo en un monasterio de frailes. El fruto del pecado siempre es amargo como la hiel, doloroso como el cáncer. ¡Cuán sabio es el consejo del apóstol Pablo, cuando dice: “No deis lugar al Diablo” (Ef 4:27). Si le damos lugar; él lo va a aprovechar para hacernos mal.

Ese fue el caso del piadoso rey David. David siempre había puesto su confianza en Dios, no en su ejército. Pero un día, en la época de mayor esplendor de su reinado, Satanás lo incitó a levantar un censo que revelase el poderío militar de su reino. Joab, el jefe del ejército, advirtió a su soberano que aquel censo no era necesario ni conveniente. Pero David no quiso escuchar consejos y siguió adelante. Cuando el censo arrojó sus cifras finales, David se sintió compungido y dijo:

—He pecado gravemente por haber hecho esto. El resultado de aquella acción fue doloroso y amargo para David y sus súbditos (1 Cr 21:1-27).

Satanás sabe que cada ser humano se inclina instintivamente a aquello que ama. Judas, el discípulo de Jesucristo, amaba el dinero sobre todas las cosas y llegó a ser el tesorero del grupo. Como tesorero, cogía de la bolsa para sí mismo lo que le parecía. Y el amor al dinero fue su perdición, pues el Diablo acabó por ponerle en la mente la idea de vender a su Maestro y Señor. ¿Y qué obtuvo de su infame traición? El remordimiento de conciencia que le impulsó a arrojar al suelo las treinta piezas de plata y a quitarse la vida. La humanidad condena la vil actitud de Judas, pero no aprende la lección, pues abundan los que venden a Cristo Jesús todos los días por un puñado de monedas, los que entregan su alma al Diablo por un plato de lentejas, los que cambian la eterna gloria del cielo por una hora de placer que les brinda el Tentador.

Un predicador iba un día por una calle en la Argentina y al ver una manada de cerdos que seguía a un hombre, se preguntó: ¿Qué magia tendrá ese hombre para hacer que los cerdos le sigan? Descubrió que el hombre llevaba una bolsa con maíz e iba soltando granos por la calle. Los cerdos le seguían atraídos por el maíz. Y, ¿sabe a dónde los condujo? ¡Al matadero! Satán se dirige al infierno, su destino eterno y una gran parte de la humanidad lo sigue dócilmente sin detenerse a considerar a dónde conduce el camino.

Como hábil pescador, Satán tiene una carnada o cebo para cada gusto, para cada deseo. Como gran artista, tiene payasos para entretener y cautivar la atención. Como maestro del engaño, hace todo lo posible por llevar a la humanidad en una comparsa carnavalesca y le brinda a cada cual la careta que le resulte más apropiada. La cuestión es entretener a la gente para que no piense en Dios ni en las necesidades del alma ni en el destino eterno que le espera.

Amigo mío, el Tentador te acecha día y noche en busca de una oportunidad y una brecha para penetrar en tu mente, para gobernar tu corazón, tu voluntad, para sumirte en la superstición, encadenarte al vicio y a las pasiones carnales, para enredarte en las mallas del pecado, para arrastrarte a la condenación. ¿Estás alerta al peligro? ¿Estás preparado para defenderte?

¿Por qué tolera Dios las obras de Satanás?

UNA DE LAS PREGUNTAS que más frecuentemente se hace con respecto a Satanás es la siguiente: Si Dios tiene poder para quitar de este mundo al Tentador, ¿por qué no lo hace? Esta pregunta encierra cierto aspecto que Dios no ha revelado a los hombres. Sabemos que Dios tiene poder sobre Satán. Sabemos que se acerca el día en que lo va a encerrar en el infierno, para que no engañe más a las naciones (Ap 20:1-3). Pero desde los días de Adán hasta hoy le ha permitido permanecer suelto en este mundo.

Evidentemente, Dios tiene un propósito al permitir a Satanás tentar a los seres humanos. Eva, la primera mujer, fue sometida a la prueba de la tentación y cayó. Adán, en lugar de permanecer fiel a Dios, prefirió unir su suerte a la de su compañera y por complacerla, desobedeció al Creador. Jesús de Nazaret, el segundo Adán, también fue sometido a la prueba de la tentación antes de entrar en su ministerio. Pero, a diferencia de Adán, Jesús soportó la prueba y permaneció fiel al Padre. No se dejó engañar sino que rechazó la tentadora proposición del Maligno y salió victorioso y aprobado para la gran tarea que se había propuesto: libertar a los hombres del engaño y la ignorancia, del pecado y del infierno (Mt 4:1-11: Lc 4:16).

Dios creó al ser humano porque tenía el propósito de formar un reino compuesto por mujeres y hombres libres y santos que participaran de su gloria y le tributaran alabanza voluntaria. Dios creó al hombre a su semejanza: lo dotó de una naturaleza espiritual que incluye la razón, la inteligencia, la conciencia y el libre albedrío. El hombre está moral e intelectualmente capacitado para discernir entre el bien y el mal, para escoger su propio destino eterno.
Dios quiere formar un reino integrado con hombres y mujeres que voluntariamente decidan obedecer al Creador rindiéndole tributo de adoración y alabanza. Si no hubiera un Tentador, ¿cómo podría el ser humano demostrar su obediencia y fidelidad al Altísimo? Nosotros no podemos ver ahora todo lo que este aspecto encierra; pero los que tengamos la inmensa dicha de vernos un día en el reino de Dios, alabaremos al Altísimo por habernos concedido el libre albedrío, por habernos dado la oportunidad de escoger y por haber templado nuestras almas en el crisol de las pruebas y las tentaciones. Indudablemente, la gloria del reino de los cielos será de mucho más valor para nosotros después de haber pasado las experiencias, pruebas y tentaciones de esta vida.

En cuanto a los que van al reino de las tinieblas, la culpa la tienen ellos: entre el bien y el mal, escogieron el mal; entre la luz y las tinieblas, eligieron las tinieblas; entre la santidad y el pecado, escogieron el pecado; entre la obediencia a Dios y la sumisión a Satán, escogieron seguir a Satán; entre el cielo y el infierno, eligieron el infierno.

¿Qué podemos hacer?

EL DIABLO es poderoso pero no omnipotente. Su poder es limitado y Dios es el que lo limita. Si el Altísimo concediera a Satán plena libertad de acción sobre la humanidad, ningún ser humano podría librarse de él. Pero el Maligno no tiene plena libertad de acción. Tiene libertad para tentar, incitar y persuadir, pero no para forzar a los seres humanos a actuar en contra de su voluntad.

Tristemente, sin embargo, muchas personas se han alejado tanto de Dios que el Maligno se ha enseñoreado de ellos de un modo despiadado y cruel.

Hace algún tiempo recibimos una carta en la que una señora se expresaba en los siguientes términos:Yo asistía a la iglesia, pero a causa de cierto problema surgido en el seno de mi familia, el Diablo se ha apoderado de mi corazón. Siento un odio mortal. Odio hasta a mis propios hijos. Sé que hago mal, pero no lo puedo evitar. Siento que se libra una lucha muy grande dentro de mí ser. Es como si tuviese dos voluntades: una me dice que vaya a la iglesia y la otra, que no vaya, que la odie. Y como resultado de esta lucha, no tengo paz.

¡Nadie es más digno de lástima en este mundo que los que se entregan al poder satánico! Pero hay esperanza para el que se encuentre en una situación semejante. Y esa esperanza es Cristo, que vino a este mundo a deshacer las obras del Diablo (1 Jn 3:8) y a reducir a la impotencia aquel que tiene el imperio de la muerte (He 2:14). Y abundan los testimonios que han logrado librarse de las garras del Maligno.

Cierto señor me escribió la siguiente carta:He sido varios años esclavo del pecado. La pasión sexual y los vicios del alcohol y el tabaco llegaron a dominarme de tal manera que faltó muy poco para que me llevaran a la sepultura. Cuando me vi con la salud quebrantada e impotente para dejar tales vicios y pasiones, clamé a Dios con toda el alma y El me oyó, me libró de las cadenas y me salvó.

Cierta vez llamamos a un carpintero, diácono de una iglesia vecina, para que nos arreglara una ventana del templo. Mientras hacía el trabajo, tomé en las manos un destornillador de gran tamaño, y al notar que le habían soldado una rotura, pregunté al carpintero:

—¿A qué se debe la rotura de este destornillador por el lado de mayor resistencia?

—Eso ocurrió cuando la ira satánica me dominaba. Estaba un día en el aserradero y cuando una cosa me salió mal, lancé el destornillador contra un árbol y se partió.

Pero el carpintero en cuestión es hoy un cristiano fiel, tranquilo y paciente. Vive alabando al Señor por la maravillosa transformación que se obró en su alma y corazón, en su temperamento y conducta.

En otra ocasión recibimos una carta en la que una mujer angustiada nos exponía el gran sufrimiento a que estaba sometida, y nos pedía que oráramos por ella. Nos decía que un espíritu maligno se había apoderado de ella y temía enloquecer bajo aquella furia infernal que no la dejaba en paz ni de día ni de noche. Compadecidos, oramos por ella y le escribimos aconsejándole que suplicara a Dios en el nombre de Jesucristo que la librara del demonio que la atormentaba; y que, seguidamente, se entregara de corazón al Señor. Al poco tiempo recibimos otra carta de la misma mujer en la que nos decía:Le escribo esta segunda carta con el corazón henchido de gozo: Dios ha oído sus oraciones y las mías y me ha librado de aquel espíritu que me atormentaba día y noche. ¡Cuán admirable es la paz que me ha concedido el Señor! ¡Bendito sea su nombre!

Este caso nos recordó que los cuatro evangelios y el libro de los Hechos de los apóstoles nos enseñan que los demonios pueden introducirse en un ser humano, pero si Jesucristo les ordena salir, tienen que obedecerle. Tomemos como ejemplo el elocuente y conmovedor caso del endemoniado gadareno. Leemos en Marcos 5:1-20 que al llegar Jesús a la tierra de los gadarenos, se encontró con un hombre poseído de una legión de espíritus malignos que moraba en los sepulcros y andaba por los montes dando voces e hiriéndose con piedras. Los hombres habían tratado de sujetarle por medio de grillos y cadenas pero el endemoniado rompía las cadenas y desmenuzaba los grillos. Jesús, al encontrarse con él, ordenó a los demonios que salieran y lo dejaran en paz. Y tuvieron que obedecerle.

Algunos piensan que la posesión demoníaca es cosa del pasado. Por el contrario, en la actualidad hay más endemoniados que nunca. Podríamos citar aquí varios casos contemporáneos que hemos conocido. Pero tanto en el presente como en el pasado, los demonios tienen que obedecer a Dios cuando Él les ordene dejar en paz a un ser humano. Siempre que un endemoniado acude al Señor, alcanza libertad y salvación. El Altísimo no ha dejado a los hombres a merced del Maligno. Dondequiera que haya un ser humano víctima del poder de las tinieblas, si clama a Dios en nombre de Jesucristo, el poder del Señor se manifestará para bien y bendición del alma que suspira.

IV. La bendición de ser creyente

El Arcángel Miguel, por Dosso Dossi.
“Miguel y sus ángeles luchaban contra el dragón (Satanás)
y luchaban el dragón y sus ángeles, pero no prevalecieron”.
—Apocalipsis 12:7, 8

EL SALMO 34 dice que “el ángel de Jehová acampa alrededor de los que le temen, y los defiende”; el Salmo 23 nos presenta al Señor bajo la figura de un pastor que orienta y defiende a su rebaño en todos los momentos y bajo todas las circunstancias; y el apóstol Pedro nos exhorta a echar todos nuestros motivos de ansiedad sobre el Señor, porque “Él tiene cuidado de nosotros” (1 P 5:7).

La noche que prendieron a Jesús, éste previno a sus discípulos de que Satanás los había pedido para zarandearlos como a trigo (Lc 22:31). Este pasaje encierra una gran enseñanza para nosotros los cristianos, pues descorre el velo de lo que a veces sucede tras las pruebas a que son sometidos los hijos de Dios. El Maligno, aprovechando la ocasión de la entrega, proceso y muerte de Jesús, quiso someter a prueba a los apóstoles, pero no pudo hacerlo sin permiso del Altísimo.

Encontramos esta misma enseñanza en los dos primeros capítulos del libro de Job, Satanás acusa a Job de no ser sincero y afirma que si lo privaran de los bienes materiales que el Señor le había concedido, blasfemaría al Creador (1:6-11). Ante tal acusación, Dios autorizó al Maligno a quitarle a Job cuanto tenía en este mundo, pero no le permitió tocar su persona (1:12). Satán despojó a Job de todo cuanto tenía, incluyendo a sus hijos. Pero Job, lejos de rebelarse contra Dios, le alabó diciendo:—Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo volveré allá. Jehová dio y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito.

Cuando Dios y Satán se volvieron a encontrar, el Creador le hizo notar la fidelidad e integridad de Job a pesar de la prueba a que había sido sometido. Pero Satán le dijo:—Permíteme herirle y verás si no te blasfema.Hiérelo —e dijo Dios—, pero no te permito que le quites la vida.

El caso de los apóstoles y el caso de Job nos enseñan que Dios guarda, ampara y defiende a los que le aman y obedecen y que Satanás no puede —sin autorización divina— someter a prueba a los que andan en los caminos de Dios.

Pero notemos que Jesús compara la iglesia con un redil de ovejas. El redil brinda protección a las que entran en él, pero no hay protección para las descarriadas que se quedan fuera y les sorprende la noche en la región donde suelen andar las fieras. El apóstol Pablo expone el caso de Himeneo y Alejandro que fueron entregados a Satanás para que aprendieran a no blasfemar (1 Ti 1:20). Lo que en realidad hizo el apóstol fue expulsar de la iglesia por apóstatas o herejes a los que se habían descarriado de la verdad y de la fe. Y al expulsarlos de la iglesia, automáticamente los dejó en manos de Satanás. Hay una esfera donde Dios brinda protección a sus hijos obedientes y esta esfera está determinada por nuestra fidelidad al Señor. Los que no quieren andar en los caminos que determinan las enseñanzas de Jesucristo ni quieren obedecer a Dios ni se sujetan a la disciplina cristiana, se sitúan en la esfera del mundo y a merced del príncipe de las tinieblas (Ef 2:2).

Por eso, frente a los ataques del Maligno, debemos echar mano de la armadura de Dios (Ef 6:11; 2 Co 10:4), y hacernos fuertes en el castillo de la fe (1 P 5:9). Jesús apeló a la Palabra de Dios para resistir, desenmascarar y rechazar las sugerencias, ofrecimientos y peticiones del Tentador (Mt 4:1-11). A cada proposición satánica, Jesús respondió: “Escrito está…”. Y ¿qué es lo que está escrito? Que debemos obedecer, servir y adorar a Dios; que Satanás es un engañador; que no podemos esperar nada bueno de él; que no debemos hacer nada de cuanto él nos sugiera.

Santiago nos dice en su epístola: “Someteos a Dios; resistid al Diablo y huirá de vosotros” (4:7) y el apóstol Pedro nos dice: “Humillaos bajo la poderosa mano de Dios… echando toda vuestra ansiedad en él, porque él tiene cuidado de vosotros. Sed sobrios y velad, porque vuestro adversario el Diablo, como león rugiente, anda al redor buscando a quien devorar. Resistidle firmes en la fe” (1 P 5:6-9).

Pensando en estos versículos me viene a la memoria la guerra que libraron Paraguay y Bolivia de 1932 a 1934. Los bolivianos se atrincheraron en una línea defensiva en la que resistían con éxito las embestidas del ejército contrario. Los paraguayos, al ver que no podían avanzar, simularon un ataque en gran escala y una retirada a fondo. Los bolivianos, creyendo derrotado al ejército contrario, salieron de sus trincheras y se lanzaron en persecución del enemigo. De repente, los paraguayos contraatacaron violentamente, sorprendiendo a los bolivianos a campo raso e infligiéndoles una gran derrota.

A semejanza de los paraguayos, Satanás hará lo posible por sacarnos de la trinchera de la fe, sorprendernos desprevenidos, desarmados y a campo raso. Si nos damos cuenta del peligro que nos acecha constantemente, permaneceremos alertas, vestidos con toda la armadura de Dios (Ef 6:11-18), listos para el combate y seguros de la victoria.

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