La Posmodernidad

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La Posmodernidad

 por Les Thompson[1]Este artículo aparece como apéndice en, El mundo a que predicamos, Editorial Unilit, Miami.

¿Por qué es que en la actualidad la gente miente, roba, estafa, adulteran, y practican el aborto y el sexo libre aparentemente sin compunción?

Hay una revolución en la ética y los conceptos morales que se enseña bajo el rubro de «posmodernidad». En este artículo el profesor Les Thompson analiza y describe esta nueva ola filosófica que —después de las teorías de la evolución de Carlos Darwin— son las que más retan la fe cristiana del mundo presente.

El sociólogo ruso, Mikhail Epstein, en su libro Más allá del futuro, lacónicamente define la palabra «posmodernidad» con solo decir: “después del tiempo”.[2]Mikhail N. Epstein en After the Future, University of Massachusetts Press, Amherst, p. xi. Tomás Oden (profesor de teología de Drew University, Madison, New Jersey) lo define como “el antítesis del espíritu moderno”.[3]Millard J. Erickson en Postmodernizing the Faith, Baker Books, Grand Rapids, Michigan, p. 50 En su excelente análisis, Antonio Cruz (doctor en ciencias biológicas y profesor del Instituto Investigador Blanxart de Terrassa, España) lo explica de la siguiente forma: “Es una nueva forma de pensar y de entender al mundo”.[4]Antonio Cruz, Postmodernidad, Editorial CLIE, Barcelona, p. 11.

Se trata de un nuevo modo de ver la realidad que revuelca toda previa noción de lo que es la vida, el mundo, y lo sagrado. Buscando el origen de este movimiento, vayamos al siglo pasado para estudiar las ideas del filósofo alemán Friedriche Nietzsche. En 1883 escribió un libro que tituló Así habló Zaratustra. Allí, apropiándose del legendario reformador religioso iraní, Zaratustra (c. 700-630), le hizo anunciar la muerte de Dios y prometer la llegada del superhombre (por supuesto, conceptos de Nietzsche y no de Zaratustra). Deshaciéndose así de Dios, Nietzcshe concibió un mundo en que el hombre podía actuar a su antojo (como si Dios, la religión, el pecado, el juicio final, y el infierno ya no existieran). Si con la muerte de Nietzsche estas ideas locas hubieran ido al olvido, el mundo hubiera seguido más o menos por su mismo rumbo. Pero, como un mal sueño, las nociones de Nietzsche han re-aparecido, y con una fuerza incontenible.

También, la historia latinoamericana del siglo pasado nos da un breve roce con el pensamiento Nietzschista. La hermana de él, Elizabeth Nietzsche de Forster con su esposo Bernhard,[5]Elizabeth Forster Nitzche, Dr. Bernhard Forster, Nueva Germania en Paraguay, Berlin, pp. 44-51, 1891. creyendo al pie de la letra las ideas del enloquecido hermano y cuñado, juntaron a un grupo de 40 familias alemanes (160 personas) y se trasladaron al Paraguay (1883), para colonizar 22,000 hectáreas que el gobierno les había regalado. Su propósito era establecer una colonia de superhombres —hijos de la raza alemana ‘superior’. Como es de esperarse, el experimento paraguayo resultó en vergonzoso fracaso, anticipando otro fracaso idéntico que medio siglo más tarde sufriría Adolfo Hitler (1934–1945), luego del espantoso asesinato de seis millones de judíos con miles de otros que el fascista alemán consideraba inferiores.

El caso es que, resucitando aquellos conceptos enunciados en Así habló Zaratustra, un grupo de filósofos de nuestros días comenzaron a coquetear con esas ideas, no solo enamorándose de ellas, sino esposándolas como la solución ideológica para el siglo 21. Fue Leslie Fiedler, en 1965, quien creara el movimiento “posmodernidad”. En 1979 un filósofo francés, Jean-Francois Lyotard (luego de analizar los alborotos de París en 1968), escribió La condition postmoderne, declarando que definitivamente el mundo moderno había llegado a su fin. Ninguna historia, fuese esta contada por Moisés en la Biblia, por Carlos Marx, por Brigitte Bardot, o por MTV, podría satisfactoriamente explicar la sociedad humana. Lo único que permanecía del pasado eran los juegos lingüísticos de la élite, que, según él, torcían la verdad a su gusto.

Peor que la plaga del SIDA, los conceptos de la posmodernidad pegaron. Quizá por el gran vacío filosófico creado inesperadamente por la caída del la Muralla de Berlín y el fracaso espectacular del comunismo, estas ideas fueron agarradas como medicina revitalizante para los sociólogos, psicólogos y filósofos. El caso es que hoy la gran mayoría de los filósofos y pensadores modernos predican desde sus púlpitos la idea de un mundo sin Dios, sin prohibiciones, sin reglas, sin fundamentos; un mundo impulsado frenéticamente por el intelecto desenfrenado del hombre.

¿QUÉ COMPRENDE LA POSMODERNIDAD?

Concordamos que esta es en verdad una nueva manera de visualizar al mundo, pero la visión que nos presentan estos posmodernos es temerosamente radical. Al desechar a Dios y las normas de conducta pasadas, “este nuevo gnosticismo celebra la experiencia por encima de la doctrina, lo personal, lo institucional, la fantasía y lo mítico por encima de lo cognitivo, la religión del pueblo por encima de la religión oficial, las suaves y bondadosas ideas de Dios por encima de las enseñanzas fuertes e impersonales, lo femenino y andrógino por encima de lo masculino….”[6]Michael Horton, In the Face of God, Word Publishing, p. 29.

Los posmodernos se caracterizan por su profunda desconfianza de la historia, de la experiencia y reclamos del pasado, particularmente lo religioso. Por ejemplo, dice Oden que la tesis de la modernidad (se llama “moderno” al sistema y la cultura de pensamiento que hemos conocido y vivido en el mundo desde el Alumbramiento) es totalmente “corrupta, disfuncional, obsoleta y anticuada”.[7]Postmodernizing the Faith., p. 54. Es decir, si crees en Dios, si aceptas la Biblia como verdad, si crees en lo bueno y en lo malo, si crees que hay un cielo y un infierno, entonces eres disfuncional, corrupto, y anticuado.

Los posmodernos procuran crear un novedoso sistema, el de analizar todo concepto bajo el supuesto que los sistemas del pasado no nos ha servido bien —por lo tanto hay que “volver a construirlos”—, para hacer una “reconstrucción” adecuada para el mundo presente y futuro. “Asumen una superioridad cronológica con la forma del conocer lo moderno, en contraste con la manera de conocer lo pasado,” dice Millard Erickson.[8]Ibid., p. 46.

Es un movimiento creciente, poderoso y antagónico a todos los conceptos tradicionales del pensamiento humano. Descartan todo lo afirmado en el pasado, cosa que afecta su interpretación de la historia, la literatura, la religión, la Biblia, la política, la educación, la sociología, y hasta la misma ciencia. A veces pareciera que la gran mayoría de la gente pensante —intelectuales, científicos, filósofos, maestros y profesores, hasta teólogos— se han tragado una píldora extraña para, de una voz y de un día al otro, sumarse a esta ola filosófica invasora que procura transformar el modo de pensar de toda la civilización del Siglo XXI.[9]Ampliado de explicaciones que da Dennis McCallum en The Death of Truth, Bethany, Minneapolis, p.12. Donde quiera se ven, se oyen, y se practican los ideales posmodernos.

SUS PRESUPUESTOS

Para comenzar, los posmodernos rehúsan aceptar el concepto básico de que hay una “verdad objetiva”. Nos hacen recordar que por medio de la ciencia el “Alumbramiento” prometió librarnos de nuestros mitos falsos. Nos prometió que todo el conocimiento humano sería unificado para ofrecernos una grande y noble teoría de la vida. Pero, al crecer la ciencia, en lugar de unificarse, se fue dividiendo en nuevas disciplinas que pronto ni se entendían entre sí. Toda unión desapareció.

Háblese del arte, la religión, la política, o las humanidades —cada una tiene su propia e independiente paradigma. Si se analizan las diferencias que existen entre cada una de ellas —sin hablar de sumar a ello la gran variedad de culturas, cada una con sus propias realidades— ¿a dónde queda la verdad? Las contradicciones la matan. ¡No existe! Por tanto, concluyen, no hay tal cosa como una verdad absoluta en la que se puede confiar.

¿Cómo explican sus conclusiones? Simplemente declaran que la “verdad” no es una, ni universal, sino que emana de agrupaciones de gente que gradualmente van creando sus ideas y explicaciones para todo. Cada agrupación, cada cultura, cada región tiene su verdad. Por lo tanto, no hay una verdad universal que se sobrepone a todo (como reclamamos los que amamos la Biblia y creemos en lo que Dios ha dicho), en vez, dicen, hay un sin número de verdades.

Refiriéndose al pasado, explican que para contestar las preguntas más difíciles sobre la realidad, el hombre desde su comienzo simplemente creó “símbolos”.[10]Walter Truett Anderson en Reality Isn’t What It Used To Be, Harper, San Francisco, p. x, xi. Por ejemplo, los judíos crearon la idea de Jehová, de Adán, del Diluvio y los 10 Mandamientos. Más adelante, en tiempos del Nuevo Testamento, los cristianos crearon a Jesucristo, al Salvador, a la cruz, al cielo, a Satanás, y al infierno. Concluyen, pues, que estos no vinieron por medio de un Dios que los reveló, más bien fueron “construcciones” de gente en el pasado que buscaban respuestas para las preguntas difíciles de la vida. Tampoco creen que tales conceptos religiosos pueden tener aplicación universal (verdades como la salvación por la fe en Jesucristo que se aplican a todo el mundo), pues los Hindúes, Musulmanes, los de la Nueva Era, y todas las religiones tienen sus propios y distintos símbolos. Nadie, afirman ellos, puede decir que la creencia de una agrupación es más “verdadera” que otra. Sencillamente, no hay tal cosa como “una verdad absoluta”.

De paso, este tipo de argumentación la llevan no solo a lo religioso, sino a toda otra postulación, séase a la historia, la ciencia, la matemática, la literatura, etc. Por tanto, si no hay “verdad”, entonces lo único que se puede creer es lo que uno siente. Tienes que desconfiar de toda conclusión que venga de un razonamiento lógico. Lo que gente creía en el pasado es inválido. Nada —ni lo leído, ni lo estudiado, ni lo aprendido— tiene validez. Llaman “objetivistas” a los que aceptan las “historias” de la Biblia, o los conceptos del mundo pasado, como si tales fueran realmente “confiables”, “verdaderos”, o “reales”.

Por ejemplo, el posmoderno W. T. Anderson, típicamente dice: “Nosotros rehusamos aceptar esa idea del ‘ojo de Dios’ que ve todo y que algunos creen ha revelado realidades no humanas. Nunca lo hemos aceptado, ni nunca lo aceptaremos”.[11]Ibid. p. x. Si niegan todo, ¿en qué creen? Interesantemente siguen creyendo en la importancia del conocimiento. Hablan con entusiasmo de las computadoras que cada día se achican y se hacen más accesibles, pues con ellas más gente puede acumular más y más datos. “¡Información!” —esa es la nueva moneda del mundo posmoderno. Los datos se recogen, la información se acomoda, y las decisiones se hacen a base de esas “realidades” mecánicas —que, al final, se convierte en la “Biblia” para ellos.

Con los datos recopilados, la gente se puede fijar en que ‘todo el mundo lo está haciendo’ —es decir, disfrutando de la nueva libertad y de la conducta licenciosa que hoy se riega. El estímulo, pues, es totalmente hacia el libertinaje. Por la cibernética se animan unos a otros a meterse en lo que antes se consideraba asqueroso, compartiendo las ideas más bochornosas imaginables. Por medio de revistas, el cine y la televisión se estimula a la gente a imitar a los artistas de vanguardia. Como ya se ve, mientras menos viste la mujer más de moda está. La idea prevaleciente es enterrar la moralidad pasada, y dejarse llevar por la nueva. Es quitar los frenos de la vida; gozar de lo que más satisface, sea esto drogas, alcohol, sexo, orgías, y entregarse a las fantasías más exóticas. El nuevo evangelio consiste en que “nada es malo”. Si los datos publicados se pueden creer, gran parte del mundo está creyendo y siguiendo esta nueva “realidad postmoderna”. ¿Podremos detener esa ola? Recuerde que no se les puede hablar de “verdad virtuosa”, pues ella, junto con Dios, murió.

Al tratar de realidades, sistemas de pensamiento, o de conceptos, usan la idea de “construcción”. Según ellos, cada agrupación “construye” sus propias “historias o realidades”, como los narrativos hebreos de la Biblia, o los mitos de los babilónicos, o los cuentos de viejas, que gradualmente llegan a ser aceptados como “verdad”. Hoy día, al llegar a sus nuevos planteamientos y conclusiones, ellos mismos se auto dominan “constructivistas sociales de la realidad”. En otras palabras, hacen lo que condenan a otros haber hecho en pasados, pero creen que sus conclusiones son más válidas, correctas y reales.

Creyendo que cada idea que no brota de ellos es corrupta, disfuncional, y obsoleta, lo que en realidad hacen es “deconstruir”—destruir todo lo que antes se había creído: Dios, iglesia, moral, Biblia, pudor, honestidad, virtud, honor, decencia. Además, a cualquiera que se les opone enseguida lo tachan de anticuado. Por ejemplo, si uno se atreviera a oponerse a sus tesis y levantara argumentos razonables en contra sus conceptos, lo más probable es que enseguida responderían con argumentos ad hominem, atacando al carácter del que se oponga (su personalidad, su ignorancia, su incapacidad) en lugar de responder con razones bien argumentadas.

Con tal proceder pretenden construir un nuevo sistema de pensamiento universal mejor, algo intelectualmente congruente para la civilización presente y futura.[12]Ibid., p. x.

LAS JUSTIFICACIONES QUE OFRECEN

Para justificar su conclusión de que los sistemas y las ideas del antaño no sirven y están equivocadas, señalan eventos y tendencias, como las grandes y sangrientas guerras, la bomba atómica, el hambre y la miseria, la violencia, la injusticia, y la corrupción, y le echan la culpa a la modernidad.

Fácilmente muestran que el mundo está harto de las promesas falsas y las mentiras de sus gobernantes (Hitler que traicionó a los alemanes; Lenin a los comunistas-socialistas; Nixon a los americanos, Castro a los cubanos, ad infinitum). Sobre tales cenizas declaran la necesidad urgente de formular nuevos sistemas de pensamiento y acción. Es más, apuntan a la polarización creciente en el mundo. Muestran que antes las líneas parecían muy claras: los socialistas tenían una clara visión de sus programas y agendas para cambiar al mundo. Igualmente los capitalistas estaban unidos en cuando a su política mundial. Pero hoy dondequiera que uno mira hay caos y desacuerdos profundos.

Fíjese en la familia. Hay debate entre los padres acerca de la manera en que se debe educar a los hijos —¿debemos enseñarles un tipo de moralidad especifica en las escuelas públicas, por decir, la conducta moral de la Biblia? Hay debate entre los políticos —¿cómo es que mejor se protege a los menesterosos y marginados? Hay debate entre las posturas religiosas —¿no sería mejor ser más tolerantes y abrazarnos unos a otros, no importando la fe, en lugar de ser tan dogmáticos?

Por todas partes hay desencanto, dicen. Véase la cantidad de personas que abandonan tanto a la Iglesia Católica como la Protestante. Fíjese en lo moral, las estrictas normas del pasado que a diario son puestas a un lado. Observe lo social —hoy es cada uno por si mismo, ya no se respeta al prójimo. Hay corrupción en la religión, en la política, en la ciencia, en el negocio. No se puede creer en nada; solo se puede cree en uno mismo, y en nada ni nadie más. Es hora de buscar una nueva solución, una nueva ideología.

Es más, este mundo por medio de la comunicación —por satélites, Internet, por medio de toda esta era informática, la televisión, la aviación— se achica más y más. Vivimos en una aldea global. Se tiene, por lo tanto, que encontrar un sistema coherente y práctico que une en lugar de dividir. Hay que crear una nueva y mejor civilización, un nuevo sentido de lo que es nuestra realidad social.

¿COMO REACCIONAR?

Cuando uno suma todas estas argumentaciones, suena creíble el razonamiento. Pero, pongámonos a pensar. ¿Cuánto más aceptable y razonable es la explicación que da la Biblia? Pablo le cuenta a los cristianos de Filipo que ellos viven “en medio de una generación torcida y perversa” (Fil 2:15). ¡Qué bien predice la nuestra!

El problema mundial no es uno de guerra, ni de injusticia, ni de inequidades. El problema mayor y básico es el pecado y la rebeldía personal contra el eterno Dios. Cada civilización ha sufrido del mismo daño: la Hebrea, la egipcia, la persa, la griega, la romana, incluso la humanidad Moderna. Cada una ha sido carcomida por ese mal interno. Cada civilización falla, no por falta de leyes, ni de justicia, ni de equidad, ni de filosofía ni conceptos. Falla a consecuencia de ese terrible mal interno que se encuentra en cada hijo de Adán y en cada hija de Eva.

En Romanos 1:18-32 se nos describe el proceso usado por Dios —el apóstol lo clasifica como “la ira de Dios”— para enjuiciar a la humanidad. Se nos indica que Dios hace dos ‘revelaciones’: la primera es la del evangelio. Este es el misterio de salvación por gracia dado gratuitamente a los que creen en la muerte sustitutiva de Jesucristo. Dios revela en el evangelio el camino de salvación para el hombre pecador. La segunda revelación explica cómo Dios en su ira (1:18) enjuicia a los pecadores. El apóstol define esa “ira” y muestra cómo Dios la aplica. Lo primero que nos hubiéramos imaginado es a un Dios airado, violento, furioso y enojado. Pero Dios no es como nosotros. Dios no llega al mundo pecador con cara colorada, las venas del cuello palpitando en furia, y con un garrote en la mano. Ni aun llega con relámpagos, ni azufre del cielo. Dios revela su ira sensible y calmadamente, dice el apóstol, por tres interdictos —aterradores, una vez que son comprendidos.

Comienza dando a conocer el proceso que trae esa ira: cuando los hombres conocieron a Dios y «no le glorificaron como a Dios ni le dieron gracias; más bien, se hicieron vanos en sus razonamientos, y su insensato corazón fue entenebrecido. Profesando ser sabios se hicieron fatuos, y cambiaron la gloria del Dios incorruptible por una imagen a la semejanza de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles». Es a consecuencia de esa actitud del corazón que el proceso divino comienza. Dios coloca a estos rebeldes en un camino que va en descendencia. Ese camino se conoce por tres “entregas” por parte de Dios. La primera: Dios los entrega a la impureza sexual (vs. 24). Fíjese en las conversaciones del hombre sin Dios. Lo sexual es céntrico. Cómo disfrutar del sexo, cómo gozar sin sufrir consecuencias, cómo se gozó en la última conquista, cuáles son planes para disfrutar el fin de semana. Se vive para satisfacer esas pasiones. Considere los resultados. ¿No es espantoso como el hombre, que se entrega a sus pasiones, gradualmente se auto destruye? Pierde su carácter, su hogar, sus hijos, sus amigos, su reputación, su dinero. Lea las revistas o el periódico, vea la TV. ¿No son estos desastres humanos que llenan las páginas a diario? Sin darse cuenta, la ira de Dios se está revela entre ellos.

En segundo lugar, al no llegar al arrepentimiento y al seguir negando a Dios y su Palabra, Dios los entrega a otro paso más peligroso todavía: a pasiones degradantes, interpretándose homosexualismo y lesbianismo (vss. 26-27). Estudie al homosexual, ¡qué cuadro presenta de alguien que ha perdido toda su hombría! A escondidas y en sitios oscuros, vergonzosamente se entrega con su cómplice a su vicio deshonroso, convirtiéndose gradualmente en un individuo descorazonado y deshumanizado. Considera a la lesbiana, ¡una patética mujer que, al despreciar su virtud, pierde su nobleza y feminidad, para terminar destruida en la llamas de su pasión! ¿En qué termina el homosexualismo generalizado en una comunidad? En una sociedad sin familias, que no tiene futuro, que ha perdido toda calidad de vida normal, perdido al verdadero amor, a la verdadera fidelidad y cariño, a la protección ilusionada de un hogar. Todo se ha perdido, quedándose solo las incurables enfermedades, goces ligeros, insatisfactorios y pasajeros, y almas viviendo un vacío aterrador. Seres que son una mera efigie de lo que Dios creó. ¡Una consecuencia de la ira divina!

Si aun no hay arrepentimiento, si se persiste en la incredulidad, Dios preserva un tercer y peor juicio: los entrega a una mente depravada (vss. 28-32). La palabra usada para “mente” (nous en griego) quiere decir “la facultad del saber o del entender”; también “el centro del entendimiento”. La idea es que Dios castiga al hombre privándole de la capacidad para pensar ordenada y sabiamente. En otras palabras, pierde la habilidad para pensar equilibradamente, especialmente en cuestiones espirituales. Pierde su discernimiento. Es como si llegara espiritualmente a la insensatez, demencia, o locura. Acepta cualquier argumentación ilógica, se entrega a nociones completamente irreverentes y locas. Se vuelve como una bestia (recuérdese de Nabucodonosor, Daniel 4:29-33) sin sentido. Ahí lo tienes: ¡el hombre llega a una deshumanización completa! Actúa más como un animal que como ser creado a la imagen de Dios. Pierde toda característica divina para portarse bestialmente.

¡Qué interesante! A veces hablamos de gente que comete cosas terribles: “¡Han perdido el sentido. Están locos!” Exactamente, igual que Nabucodonosor, Nietzsche, los filósofos, catedráticos, científicos, intelectuales y la mugre multitud que les sigue. Llegan a enloquecerse en su pecado y maldad. Asombrosamente, ni se dan cuenta de su insensatez, ni de lo lejos que están de Dios.

Esa es la manera, dice Pablo, en que la “ira de Dios” castiga al hombre pecador. Estos son los pasos de descenso moral tan visibles en la historia a consecuencia del castigo divino. Ahora nuestro mundo está en las garras de ese mismo castigo y de esa misma ira. ¡Ay de los hombres que perecen sin Dios, determinados en seguir por sus sendas de maldad! A veces esa ira parece imperceptible, pero los tres pasos divinos están en proceso, gradualmente exponiendo todo a la luz.

Lo triste es que son muchos los que se están dejando llevar por esta nueva corriente engañadora del posmodernismo. Dejando de escuchar a Dios, se dejan persuadir por lo que al principio suena como argumentos sólidos. Muchos, seguramente, se dejan llevar por lo apelativo que es el pecado. Según los posmodernos, el valor central de la vida es gozarse, hacerse a “uno mismo” sentirse bien, y satisfacerse ahora mismo. Se tragan esa mentira. Una vez que los hombres se entregan, ya están cautivos de una telaraña que no los deja escapar. Han sido introducidos a “un hedonismo narcisista que crea un dios de la sensualidad, del cuerpo, y de los placeres inmediatos”.[13]Postmodernizing the Faith, p. 47.

Cuántos jóvenes de familias creyentes, faltándoles fe, se dejan llevar por la sensualidad prometida en este mundo permisivo posmoderno. Rehúsan tomar la decisión que tomó Moisés: «“Por la fe Moisés, cuando ya era grande, rehusó ser llamado hijo de la hija de Faraón, escogiendo antes ser maltratado con el pueblo de Dios, que gozar de los placeres temporales del pecado»”.

UN ANÁLISIS DEL MUNDO ACTUAL

Reconozcamos, seguidamente, que es muy fácil como evangélicos ser simplistas ante un tema tan amplio como es el de la posmodernidad —¿quizás quisiéramos despedirlo con solo dispararle unos textos bíblicos? ¡Imposible! Así nuestros padres hicieron con las posturas de Carlos Darwin y, por aquel descuido, descendió sobre nosotros el liberalismo y el humanismo —junto con su máquina apañadora: la ciencia —que procuró destronar a Dios y a entronar al hombre.

Los posmodernos atacan las premisas del presente mundo porque las ven faltantes y fracasadas. Con entusiasmo nos invitan a participar en la creación de un nuevo mundo. Como evangélicos tenemos que responder, pues la batalla de las ideas día a día se intensifica más y se vuelve más agresiva.

¿Tienen razón los posmodernos en decir que nuestro mundo actual es un mundo fracasado? Seamos sinceros y aceptemos el hecho de que pertenecemos a los que se ha llamado la modernidad, es decir, el sistema de vida de la civilización de estos últimos siglos pasados, un mundo donde reina la ciencia. Por cierto, muchos —y a veces espectaculares— han sido los productos creados por ella: refrigeradores, autos, radios, música electrónica, televisores, aviones, satélites, aire acondicionado, computadoras, y principalmente la cibernética. Pero ese “paquete de avances” ha venido atado a un sin número de ideologías, la más destructiva siendo el secularismo —el mundo es de ahora, no de la eternidad. Incitándonos a disfrutar el “ahora” nos robaron nuestras bases morales y espirituales. Se quiso sustituir a Dios por cosas —muchas de ellas escandalosamente bonitas— y nos tragamos el paquete.

Para que nos demos cuenta de cuán deplorable ha sido nuestra caída, consideremos cómo Thomas Oden describe, bajo cuatro categorías, el deplorable fruto de las creencias de nuestro mundo científico —la modernidad nos obsequió:[14]Ibid., pp. 51 y 52.

  1. Primero menciona el énfasis que se le ha dado al individualismo autónomo. Esto ha producido un “conflicto intergeneracional, un desajuste sexual, que ha destruido a la familia, y producido el caos social que hoy se vive”. Ha producido un individualismo tan radical que este resulta “en la terrible soledad con que cada individuo, a solas, tiene que buscarle sentido a la vida”. Además, se ve hoy terribles estragos morales al ver a “niños con rifles en las manos que se matan unos a otros”.
  2. Luego dice Oden que nuestro hedonismo narcisista sufre la cosecha de un “infierno tangible” y una “condenación real” a consecuencia de las ideas de nuestro mundo científico. Ha producido en nosotros tal “estupor moral” que, en busca de satisfacción personal, ya ni nos damos cuenta de los daños que causamos, ni sentimos la “miseria” que nuestros hechos producen sobre las víctimas de nuestros placeres —por ejemplo, los centenares de miles de niños que nacen anualmente con el sida, o con adicción a drogas.
  3. El naturalismo reductivo, fue otro producto de la era científica. Por su desmesurado énfasis sobre “lo científico” (observación emperica) nos hizo rehusar toda otra fuente de conocimiento, solo aceptando las afirmaciones de la ciencia. Buscando respuesta para las causas solo en la naturaleza, nos hizo demeritar lo infinito, llevándonos a negar a Dios, a lo revelado en Su Palabra, y anulado el raciocinio humano conque fuimos dotados como creación divina. El resultado han sido respuestas que de ninguna manera podían resolver la realidad humana, dejan vacío al corazón, haciéndonos ignorar la responsabilidad que cada ser humano tiene ante su Creador.
  4. El relativismo moral absoluto que parlotearon, nos quitó toda regla, toda norma, toda creencia. A todo lo relativizaron, por tanto perdimos todo criterio de lo que es bueno y lo que es malo. El resultado fue una “ausencia de conducta moral en el hombre común, y el olvido de todos de que hay un juicio venidero.

Cuánto necesita el mundo actual de redención. Como hijos del evangelio, en lugar de reconocer lo que esta en contra de Dios, nuestro testimonio está manchado con compromisos de toda clase. No nos hemos mantenido puros en medio de una sociedad perversa. Les hemos fallado a nuestros conciudadanos terrestres. Solo Dios puede perdonarnos. Pero ahora, al enfrentar otra ola contraria al evangelio, no nos dejemos engañar. Vistámonos de toda la “armadura de Dios”.

LA OSADÍA DE LOS POSMODERNOS

Brevemente, y como contraste, repasemos nuevamente lo que ahora nos quiere sustituir el posmodernismo. Con su aversión a esa era científica y a todas las filosofías utópicas que han guiado al mundo hasta el presente, los posmodernos de vanguardia quieren ir a lo que llaman “la realidad”— lo que es vivir en realidad.

Vemos a crecientes agrupaciones tomar lo hermoso, lo sagrado, y lo sublime (sea el sexo, Dios, la Biblia, y las normas decentes sociales) y desafiadamente arrastrarlas por el fango. Cumplen sin pena alguna la depravación que ya notamos en San Pablo cuando en el primer capítulo de Romanos describe esa rebeldía contra Dios que trae su ira.

El culturista ruso, Mikhail Espstein lo ilustra brillantemente contándonos dos incidentes que ocurrieron a principios de este siglo:[15]Después del futuro, p. 52.

“En 1917, Marcel Duchamp quiso exhibir en un museo famoso de Nueva York una obra que llamaba ‘artística’, que consistía de un orinal, con el titulo de “Fuente” (la cual eventualmente fue rechazada). Entonces, en 1919 hubo en Rusia un congreso para los ciudadanos pobres que fue celebrado en Petersburg. Los congresistas fueron hospedados en el Palacio de Invierno. En palabras de Maxim Gorky: ‘Cuando terminó el evento y la gente abandonaron el palacio, descubrieron que una cantidad de costosas vasijas de arte de Sevres, Saxonas, y Orientales habían sido usadas para defecar y orinar en ellas, dejándolas sucias y apestosas. Esto no se hizo por necesidad, ya que los baños del palacio todos estaban en buenas condiciones. No, estos actos de vandalismo expresaban un deseo consciente de deliberadamente degradar lo hermoso.”

“En un caso se presenta a un orinal como un objeto de arte. En el otro, un objeto de arte es usado como un orinal. Claramente, hay una diferencia fundamental entre profanar el arte y la creación de un objeto que es realmente anti-arte… El uso de objetos artísticos como orinales es un acto de puro nihilismo social, expresando la actitud de gente inculta hacia el arte disfrutado por los aristocráticos. Es totalmente opuesto al otro acto del artista que profanamente procuró introducir como ‘arte’ aquello que es asqueroso, feo, y públicamente ofensivo.”

Reconozcamos la bandera que han izado. No solo es una bandera de rechazo de todo lo pasado en la historia (incluyendo a Dios y a la Biblia), es un deliberado deseo de deshonrar lo que antes se tenía como valioso. Lo que considerábamos vulgar y degradado lo toman hoy y lo presentan como hermoso, bueno, y loable. En su osadía, han volcado a nuestro mundo patas arriba.

A su vez, recordemos que sea cual sea la sociedad (“premoderna”, “moderna”, o “posmoderna”), esta siempre estará compuesta por pecadores, por tanto, antagónicos a las normas cristianas. ¡No olvidemos la orden divina: “No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo”!

REMEDIOS Y RECETAS

¿Cómo, entonces, debemos confrontar y responder a estas ideologías? Algunos, bajo el concepto de que para ganar al mundo hay que imitar al mundo —como se ha hecho con la música— buscan maneras de acomodar los conceptos posmodernos con el evangelio, creyendo así poder ganar e influenciar a los que siguen esa ola. Ya varios de ellos —los llamaremos “evangélicos posmodernos”— en su esfuerzo de ser aceptados por estos ideólogos nuevos, están, sin que el pueblo evangélico se percate, dando definiciones nuevas de la naturaleza de la verdad, del evangelio, de la Biblia, y la tradición evangélica. Dice Mohler, en su libro Here We Stand, “No hay doctrina que estos nuevos teólogos no hayan trastornado, ningún credo que no hayan maltratado, ninguna verdad que hayan respetado“.

Otros, al darse cuenta de los cambios sociales en el mundo, actúan parecidos al avestruz, meten la cabeza en la arena. Procuran seguir predicando y trabajando como si lo que ocurre en la sociedad no afectara a la Iglesia. Se sienten inmunes, protegidos por las cuatro paredes del templo. Sin embargo, cada día se le van miembros, particularmente jóvenes, pues del pastor no oyen respuestas adecuadas para responder a las corrientes contrarias que les abate furiosamente en esas olas de opiniones contradictorias. Si los pastores no saben lo que ocurre en el mundo presente, no pueden ayudarles a enfrentar cristianamente esos asiduos azotes.

Somos líderes de la iglesia, por lo tanto nos corresponde guiarla. La primero que necesitamos comprender es que la lucha que libramos hoy día es contra lo que la Biblia llama “mundo”. No olvidemos que batallamos contra tres distintos y fuertes enemigos: “el mundo, la carne y el diablo” (la tendencia evangélica equivocada es pensar que la lucha es únicamente contra el diablo y sus huestes). La lucha hoy día no es solo contra demonios, es principalmente contra ideas anticristianas —esto es lo que comprende la palabra mundo. Por supuesto, el diablo abanica estas corrientes modernas, pero el peligro está en las ideas. ¡Qué prestos somos para echar demonios! Tomaríamos a todos esos malvados posmodernos y los ataríamos junto al diablo. Pero así nos se lucha contra el mundo. Reconozcamos, por favor, que nuestra batalla es contra ideas, no contra demonios. Echar los demonios jamás traerá liberación, más bien producirá frustración y confusión, porque habremos identificado incorrectamente al enemigo.

Cuando Jesús luchó contra los fariseos, nunca echó de ellos demonios. Lo que hizo, más bien, fue mostrar lo equivocadas que estaban sus ideas. Batalló todas esas ideas falsas mostrando la mentira de ellos y la verdad de Dios (véase Mateo 23). Hoy, igualmente, la lucha es contra esos insensatos conceptos de “deconstrucción”, en que procuran destruir todo concepto de Dios, del mal, y de lo eterno.

Escuchémoslos. Oigamos lo que dicen. Sus gritos de combate son: “¡No hay tal cosa como Dios! ¡Toda persona tiene su propia verdad! ¡La Biblia es un libro fuera de moda! ¡Nada es malo, todo es bueno! ¡La vida es para disfrutarla ahora, sin remordimientos!”

¿Podemos como evangélico ligarnos con tal filosofía y con tal movimiento? Eso sí sería hacer liga con el mundo y con diablo.

Tomemos tiempo para analizar lo que nos están enseñando. Si no hay verdad, tampoco hay mentira. Sin una base de fundamentos aceptados como verdaderos, es imposible establecer un dialogo. Al eliminar las bases erróneas propuestas, no queda fundamento para entablar lo lógico. Si se descarta la “verdad”, como han hecho los posmodernos, nos quedamos sin Dios, sin Biblia, sin pecado, sin juicio, sin infierno, sin cielo, sin Salvador, sin salvación, sin realidad, sin verdad. Estaríamos disfrutando de lo que ni sabemos —pues bajo tales supuestos no podría haber realidad, solo experiencias. Sufriríamos como unos miserables que solo sienten, hablan, ríen, lloran y gozan, pero sin tener respuesta sensata para la propia existencia. Vivir así no sería vivir. Sencillamente, sería sentir.

Reconociendo la falacia —pero también la fuerza— de esta nueva ola filosófica (el hombre, desde Adán, ha querido deshacerse de Dios), seguramente conoceremos amigos que se han entregado ciegamente a estas corrientes. Antonio Cruz[16]Posmodernidad, pp. 191-203. ofrece algunas sugerencias de cómo acercarnos confiadamente a los que siguen la posmodernidad con el fin de rescatarlos.

  1. Anunciar el núcleo de la fe: El hombre contemporáneo, que no ha tenido la oportunidad de tener un encuentro con Jesucristo, debe ser enfrentado con el centro mismo de la fe: con la misericordiosa salvación que el Hijo de Dios humanado consiguió para él, muriendo en el Gólgota y resucitando al tercer día.
  2. Responder a las preguntas básicas del ser humano: El método usado por Pablo entre los atenienses paganos sería también apropiado en nuestra época. Partiendo de la situación en la que la gente se encuentra, responder primero a los grandes interrogativos existenciales que preocupan en la actualidad, tales como: ¿quién soy?, ¿de dónde vine?, ¿a dónde voy?, ¿cómo hacer frente a la enfermedad?
  3. Inculcar la ética del arrepentimiento: El reino de Dios requiere un nuevo estilo de vida; una nueva ética que reordene la mentalidad y la conducta de la persona.
  4. Fomentar la esperanza: La esperanza en el futuro victorioso de la Vida sobre la muerte es el mejor regalo que el Evangelio puede comunicar al individuo contemporáneo.
  5. Dar a conocer la Biblia: La Biblia debe seguir siendo el elemento central de la evangelización… [su] estudio es comparable al corazón que bombea sangre cargada de oxígeno vital para mantener activos todos los miembros del cuerpo de Cristo.
  6. Solidarizarse con los necesitados: La sensibilidad social hacia los marginados y oprimidos que viven junto a nosotros será una de las evidencias que convencerán a muchos de la sinceridad de nuestra fe.
  7. Adecuar el mensaje a las distintas visiones del mundo: La evangelización debería ser sensible a las características y necesidades propias de cada grupo.
  8. Emplear signos de identidad comunes: El Evangelio debe saber acercarse, con afecto y respeto, a las singularidades de cada [ideología], porque muchos de esos “signos” [usados por los posmodernos] podrían usarse para expresar valores cristianos.

Nunca olvidemos que sobre este planeta verdaderamente caminó hace 2,000 años el Dios/Hombre. Él nos dijo: «Yo soy el camino, la verdad, y la vida…El que me sigue no andará en tinieblas, mas tendrá la lumbre de la vida.» También nos dio una gloriosa promesa: «Edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella

Aquí, ante los posmodernos que nos rodean a cada lado, estamos tú y yo, personas que hemos sido transformadas por la sangre de Cristo. Esa debe ser evidencia irrefutable de la verdad de otro camino, de otro estilo de vida, de otro destino, y de la verdad del evangelio.

References

References
1 Este artículo aparece como apéndice en, El mundo a que predicamos, Editorial Unilit, Miami.
2 Mikhail N. Epstein en After the Future, University of Massachusetts Press, Amherst, p. xi.
3 Millard J. Erickson en Postmodernizing the Faith, Baker Books, Grand Rapids, Michigan, p. 50
4 Antonio Cruz, Postmodernidad, Editorial CLIE, Barcelona, p. 11.
5 Elizabeth Forster Nitzche, Dr. Bernhard Forster, Nueva Germania en Paraguay, Berlin, pp. 44-51, 1891.
6 Michael Horton, In the Face of God, Word Publishing, p. 29.
7 Postmodernizing the Faith., p. 54.
8 Ibid., p. 46.
9 Ampliado de explicaciones que da Dennis McCallum en The Death of Truth, Bethany, Minneapolis, p.12.
10 Walter Truett Anderson en Reality Isn’t What It Used To Be, Harper, San Francisco, p. x, xi.
11 Ibid. p. x.
12 Ibid., p. x.
13 Postmodernizing the Faith, p. 47.
14 Ibid., pp. 51 y 52.
15 Después del futuro, p. 52.
16 Posmodernidad, pp. 191-203.

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