La boda del pastor

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La boda del pastor

 por Jonathan Edwards

Introducción por Les Thompson

Nos toca hablar de un romance, pero uno muy distinto al que estamos acostumbrados a observar. Es, sin embargo, un romance que deberías conocer, ya que tiene que ver contigo y conmigo de forma muy especial y personal, si es que somos pastores. Se trata de un romance que cuando lo observamos, analizamos y aceptamos, debe radicalmente cambiar nuestra actitud, disposición y afectos. Basta de dejarle en suspenso. Hablamos de LA BODA DE UN PASTOR. Quizás nunca haya pensado de su llamado en términos de un casamiento, pero para todo hay una primera instancia. Hoy nos toca conocer este romance.

Como pastor de la iglesia de Jesucristo, ¿Cuál es tu rol? Presentamos parte de un sermón por el gran predicador Jonathan Edwards, que vivió entre los años 1703 y 1758. Llegó a ser uno de los líderes evangélicos más renombrados en el mundo de habla inglesa. Fue filósofo, teólogo evangelista, y pastor. El sermón fue predicado el 19 de septiembre de 1746, como sermón de instalación de un amigo, el Rev. Samuel Buel, instalado como pastor de la Iglesia Congregacional de East Hampton, Long Island, Nueva York. Notarán el texto base, Isaías 62:4-5, texto que seguro no se nos hubiera ocurrido a ninguno de nosotros como base para un sermón de instalación. Edwards basó su sermón en Isaías 62:4-5, un pasaje que a primera vista no parece tener nada que ver con el pastorado (hemos omitido la primera parte del sermón en que Edwards hace un análisis del texto escogido, mostrando por qué se aplica a aquellos que han sido llamados al pastorado. Presentamos la interesante parte de la exposición que tiene que ver con el rol, o el quehacer, o el cargo de un pastor).

—Les Thompson

LA BODA DE UN PASTOR
Por Jonathan Edwards

Tu tierra será desposada. Pues como el joven desposa con la virgen,
se desposarán contigo tus hijos; y como el gozo del esposo con la esposa,
así se gozará contigo el Dios tuyo
” (Isaías 62:4-5).

En su exposición Edwards muestra que este texto trata directamente sobre los pastores. Él dice: Cuando un pastor se “casa” [acepta el cargo de pastor] con una iglesia, la relación es igual a la de un hombre que se casa con una virgen. Veamos lo que esa relación encierra:

El pastor que es llamado por Dios le servirá como embajador

Un ministro debe estar “propiamente llamado”, en sentido de las credenciales divinas esenciales para el cargo de embajador de Cristo. Al decir “propiamente llamado” queremos diferenciar entre aquel que en verdad es llamado por Dios y apartado por Él para hacerse cargo de la “novia” del Cordero, y aquel que no tiene tal llamado ni tal comprensión de lo que es la Iglesia, ni qué significa servir al Señor. Desea ser pastor por interés propio, por el prestigio de tener tal cargo, o por beneficios personales que piensa el cargo le dará. Se auto nombra pastor, pero no tiene esas credenciales especiales de Embajador de Dios, pues Él no los ha llamado ni nombrado. Para servir a la iglesia de Jesucristo, hemos de tener el respaldo divino, pues, como indica el pasaje de Isaías, Dios desea darle a Su Iglesia ministros consagrados y capaces como fruto del grande amor que Él tiene para ella. Su propósito es derramar gran bendición y gloria espiritual sobre esa agrupación particular de su Iglesia universal.  Ya que Su deseo es que la “gente” del mundo y los “reyes” de la tierra vean la “justicia” y “gloria” de Dios a través de Su iglesia, y que esta sea “corona de gloria en la mano de Jehová, y diadema de reino en la mano del Dios tuyo” (vss.2-3), como embajador del Altísimo ha de ser escogido y autorizado por el mismo Señor de la Iglesia. Al no ser así, no habrá ni la bendición ni la gloria espiritual que Dios desea derramar sobre la iglesia.

El pastor que es llamado por Dios recibirá sus credenciales de lo alto

En segundo lugar, al decir “propiamente llamado” se trata de las credenciales espirituales que Dios da al pastor. Estos no le vienen porque hombres han impuesto sus manos sobre él, como se suele hacer al seguir ciertas tradiciones u observando ciertas costumbres eclesiásticas. Hay que cuidar que en tales actos de consagración se sigan normas que sean aceptables a Dios, ya que el ministro es representante de Él y no de los hombres. Su nombramiento a una iglesia debe hacerse en conformidad al criterio divino, de forma santa, pura, y de corazón abierto ante Dios. Si en verdad el ministro es hombre de Dios, nombrado por Él para servir a una congregación, ha de esperarse un acompañamiento correspondiente de bendición que viene de parte de Dios. En tal caso han de haber grandes expectativas espirituales tanto por parte del pastor como por parte de la congregación. Por esto el pastor tomará su cargo responsablemente. Por su parte, la congregación le recibirá como el enviado de Dios. Sólo así habrá ese tipo de unión que se asemeja a la de un desposado con su novia.

El pastor que es llamado por Dios amará a la Iglesia

El que propiamente es llamado por Dios (en el sentido espiritual de que hablamos) evidenciará un amor genuino por toda la iglesia de Cristo, no importa donde esta esté, ni de qué denominación sea. Reconoce a toda la Iglesia como objeto especial del amor de Jesucristo. Por tanto él también la amará, y sentirá responsabilidad especial de ayudar a su membresía y a servirla. Ya que es embajador y representante especial del Esposo, ha de ser recibido y escuchado con toda la dignidad correspondiente.  Sin embargo, aunque debe amar a toda la iglesia, su preocupación especial será para con la congregación particular a la cual él ha sido llamado. Como encargado en nombre de Cristo Jesús, ha de entregarse a esa iglesia, trabajar por ella, amarla, honrarla, confortarla en tiempos malos como en buenos, y velar por su bien —tanto espiritual como material— sin egoísmo, igual que cualquier esposo haría con la novia con que se ha casado.  Para usar otro simbolismo, el pastor no sólo es “esposo” de la iglesia, pero también es el “ángel” de la iglesia (Ap. 2:1,8,12,18; 3:1,7,14), en el sentido que los ángeles son ministros especiales de Dios para hacer todo lo que Él les ordena. Igualmente podríamos darle la interpretación a Apocalipsis 14:6 de que el “ángel” allí nombrado representa a todos los pastores (desde la ascensión de Cristo hasta Su retorno) a los cuales Él entregó el mensaje del “evangelio para predicarlo a los moradores de la tierra, a toda nación, tribu, lengua y pueblo”.

El pastor que es llamado por Dios llenará de gozo a la Iglesia

Cuando propiamente existe la unión de un pastor con la iglesia el resultado es parecido a la unión de un hombre con una mujer. Hay afecto mutuo y evidencia de amor.  Los dos se llevan con cariño especial, se aman de corazón. El esposo se entrega a la novia con toda limpieza y pureza, igual que ella se presenta a él en la pureza de su virginidad.  Es así que un ministro llamado por Dios, que entiende su rol, se entrega a la iglesia. No es motivado por ganancia ni por ventajas personales, fueran cuales fueran, sino por amor sincero y afecto puro. La congregación igualmente le presta su estima y afecto santo, no porque lo admiran como hombre o por su sabiduría o su capacidad o elocuencia, sino como aquel que viene como mensajero del Dios Altísimo, llegando a ellos con una encomienda especial del cielo, y con las calificaciones santas que reflejan las virtudes del mismo Cordero de Dios. Así como en el pacto matrimonial el desposado y la novia se entregan el uno al otro, igualmente en nombre de Cristo el pastor se entrega a la congregación, con votos sinceros, prometiendo ser fiel pastor a ellos ante Dios mientras tanto el Señor en su providencia le permita servirlos. Ellos, a su vez, en votos santos, le entregan el cuidado de sus almas, y se someten a su sagrada dirección, atentos a sus enseñanzas, las cuales han de ser bíblicas y correctas, si es que en verdad representa a Dios. Tal unión produce gran gozo. El pastor se entrega a su trabajo, dispuesto a dar todo lo que es y tiene para el bien de la congregación, y ellos se dedican a escucharlo y a recibir con gozo las instrucciones y enseñanzas que Dios da a través de él. Así ambos llegan a ser de gozo mutuo, como decía el apóstol Pablo: “Para que con gozo llegue a vosotros por la voluntad de Dios, y que sea recreado juntamente con vosotros” (Ro 15:32) y “como también en parte habéis entendido que somos vuestra gloria, así como también vosotros la nuestra” (2 Co 1:14).

El pastor que es llamado por Dios velará por el bien espiritual de la Iglesia

Otro beneficio de esta unión es que el pastor, con la bendición de Dios, busca la manera de fortalecer, nutrir, ministrar, y promover el bien espiritual de cada miembro. Les advierte de los peligros, les muestra los delicados pastos, los protege del engaño, los llena de la Palabra, buscando la paz y prosperidad espiritual de ellos.  A su vez, la congregación, sintiéndose satisfecha, busca la manera de que el pastor esté contento con ellos, supliéndole cuantas cosas sean esenciales para su confort y comodidad, aliviándole las cargas materiales para que pueda seguir ministrándoles con gozo y bien. Cuando el pastor cruza por valles difíciles ministrándoles a ellos, la congregación lo respaldan y se unen a él para animarle, como hicieron los creyentes de la antigüedad: “Levántate, porque esta es tu obligación, y nosotros estaremos contigo; esfuérzate y pon mano a la obra” (Esd 10:4). Es así que se establece entre pastor y congregación una feliz unión. Cuando el pueblo sufre, el pastor sufre con ellos. Cuando ve sus almas afligidas, él se siente afligido. Como dijera el apóstol: “¿Quién enferma, y yo no enfermo? ¿A quién se hace tropezar, y yo no me indigno?” (2 Co 11:29); “Hemos sido consolados con vuestra consolación” (2 Co 7:13).  Por su parte, la congregación también entra en las pruebas de él: “Bien hicisteis en participar conmigo en mi tribulación” (Fi 4:14), “para que cuando llegue no tenga tristeza de parte de aquellos de quienes me debiera gozar” (2 Co 2:3).

El pastor que es llamado por Dios estimula a la Iglesia a tener muchos hijos

Finalmente, cuando propiamente exista una unión de pastor y congregación, se verán los frutos, igual que cuando un matrimonio se casa. Hay fruto particular. No sólo se siente el pastor animado y gozoso con su relación con la congregación pero, al verles crecer en gracia y conocimiento y en obediencia a Dios, comienza a haber entre ellos un avance espiritual y cambio en sus vidas, las primicias del fruto palpable de su ministerio. En torno a la congregación, al verse satisfecha con lo que recibe en bienes espirituales, se siente con ánimo hacia el pastor y desea bendecirle palpablemente. Así hay gozo y gran provecho de ambas partes. Pero el fruto no termina ahí. Bajo esta hermosa unión de pastor y congregación, y la obediencia de ambos a Dios, se comienza a ver almas en el vecindario tocadas por el Espíritu de Dios. La iglesia comienza a evidenciar los beneficios de programas de evangelismo. Los vecinos se convierten. Se ve la riqueza del discipulado entre los nuevos creyentes. El sentir en la iglesia lo expresa Isaías: “Regocíjate, o estéril, la que no daba a luz; levanta canción y da voces de jubilo, la que nunca tuvo parto; porque más son los hijos de la desamparada que los de la casada, ha dicho Jehová” (Is 54:1).

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