GP Familia 5: La Navidad en mi casa

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GP Familia 5: La Navidad en mi casa

por Ed Thompson

Lecciones inolvidables vividas en el hogar de un pastor, mi padre.

Cuando tenía cinco años de edad, me hicieron memorizar los primeros catorce versículos del segundo capítulo de Lucas. ¡280 palabras en total! —Veintinueve años después, puedo aún repetirlos:

«Aconteció en aquellos días, que se promulgó un edicto de parte de Augusto César, que todo el mundo fuese empadronado. Este primer censo se hizo siendo Cirenio gobernador de Siria. E iban todos para ser empadronados, cada uno a su ciudad. Y José subió de Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, que se llama Belén, por cuanto era de la casa y familia de David; para ser empadronado con María su mujer, desposada con él, la cual estaba encinta…»

Mamá y papá esperaban con ansias que llegara la Navidad para ver a su pequeño hijo de cinco años pararse frente a la congregación y repetir palabras tales como “empadronado”, “desposado”, “promulgó” y “envuelto en pañales”.

Las personas mayores se deleitan cuando los niños pequeños pueden decir palabras bien grandes. Dándome yo cuenta de esto, trataba de usarlas tanto como me fuera posible:

“Buenos días, señora Suárez. Se ve muy bien usted envuelta en su linda ropa. Incidentalmente, ¿ha leído lo que el pastor promulgó en el boletín en cuanto a los jóvenes desposados?”

Tremendo era ser un niño de cinco años y tener un vocabulario tan impresionante como aquel.

En mi casa las navidades siempre fueron algo muy especial. Y no solo porque todos encontráramos regalos debajo del arbolito (aunque eso, por supuesto, era un tremendo incentivo). Los regalos nunca fueron el punto central de las navidades. Es interesante que solo pueda recordar un par de regalos que recibí en navidades durante mi niñez. (¿Cuántos puede recordar usted?)

Puedo recordar, por ejemplo, el monorriel que papá nos compró, para poder sentarse en el patio a disfrutar de sus limonadas mientras nos observaba, a ver quién era el primero en llegar a la meta sin caerse. Ese siempre fui yo.

Para aquellos que no sepan que es un monorriel, déjenme describirlo. Se trata de un carrete con una argolla de metal fuertemente agarrada a un alambre que (en nuestro caso) estaba extendido desde nuestro refugio en un árbol hasta el tronco de otro árbol situado a unos 50 metros de distancia. El entretenimiento consistía en agarrarse de la argolla, con ambas manos cruzadas sobre la cabeza y dejarse caer en el aire a todo lo largo de la extensión del alambre. El truco, que irónicamente no se mencionaba en las instrucciones, era soltarse momentos ante de que uno se incrustara permanentemente en el tronco del árbol que quedaba abajo.

Otra cosa que no se mencionaba en las instrucciones era que usted podía volar con más rapidez que la luz cuando se dejara caer al espacio agarrado del alambre. Y yo sé eso porque Ministerios LOGOI la primera vez que lo probé grité histéricamente. Sin embargo, ningún sonido salió de mi boca hasta que recobré mi conciencia, pocos minutos después que mi papá me separó del tronco contra el que me había estrellado.

Curiosamente, el único que usó el monorriel en esas navidades fui yo. Mis hermanos mayores, que generosamente insistieron en que yo fuera el primero en probar aquel monorriel, decidieron después del accidente que era mejor que ni lo intentaran. Siempre recordaré ese bello gesto de dejarme ser el primero.

Otro regalo que recuerdo no fue ni siquiera mío. Se trataba del nuevo equipo de destornilladores que le dieron a mi papá. Puedo todavía recordar que le quité sutilmente de sus manos un brillante destornillador y, por razones que todavía no entiendo, me fui inmediatamente a otra habitación y hundí hasta donde pude el filoso instrumento en el orificio de una instalación eléctrica.

Mi pelo, al instante, se erizó como si se tratara de las cerdas de un cepillo y los ojos se me botaron de tal forma que por poco se me salen de la cara. Hice todo lo que pude para soltarme, pero el destornillador parecía que se me había pegado de las manos y no había manera de quitarlo de allí. Traté de gritar pidiendo ayuda, pero mis labios estaban estirados hacia afuera, casi cubriendo mi nariz y hasta mi mentón.

Finalmente conseguí desconectarme por mí mismo y salí del embrollo con no muy grandes daños, excepto por la pérdida involuntaria de ciertos fluidos de mi cuerpo.

Supe después que fue nuestro perro el que recibió una buena reprimenda por este desafortunado suceso. Aunque mi cabello volvió a su normalidad unos pocos días después, nunca conseguí poder volver a ver a mi perro cara a cara.

Mirando al pasado, a esos maravillosos días de Navidad, lo que recuerdo más que ninguna otra cosa es que estábamos todos felizmente unidos como una familia. Antes de abrir alguno de los regalos, todos nos sentábamos alrededor del arbolito para hablar acerca de Jesús. Papá nos leía la historia de la Navidad en la Biblia y, como buen predicador, se tomaba su tiempo para explicarnos por qué “Dios se hizo carne y habitó entre nosotros”.

Aunque éramos unos pequeños niños aprendimos que la historia verdadera de la Navidad es mucho más que las 280 palabras del Evangelio de Lucas. Aprendimos que la historia de la Navidad comenzó desde Génesis y continúa hasta Apocalipsis. Y lo más importante, aprendimos que en Jesús está la vida, y que esa vida es la luz de los hombres.

Lo que no pasó con el monorriel ni con los destornilladores, pasó con este regalo: Este regalo dura para siempre.

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