GP Biografía 22: Juan, el discípulo amado

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GP Biografía 22: Juan, el discípulo amado

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por Mario J. Zani

La naturaleza domina el ambiente. Toda ella, desde las majestuosas montañas —aledañas al mar de Galilea—, hasta las pequeñas y cadenciosas olas que revientan en la orilla, pareciera murmurar un melodioso popurrí de salmos. Ya casi de noche, centellea en el firmamento uno que otro relámpago. Huele a lluvia. Tres hombres remiendan sus redes. Sin mediar palabras, meditan en el día de pesca que quedó atrás, y en los que tienen por delante. El joven Juan desempeña su rutina. Pareciera una jornada más. De repente, todo cambia. Jesús se detiene junto a ellos, y les dice: «¡Vamos!» (Mt 4.21).

Tanto el Nuevo Testamento como las evidencias patrísticas del segundo siglo de nuestra era nos brindan un perfil bastante completo de Juan. Era hijo de Zebedeo y Salomé, y hermano de Jacobo; de los dos, probablemente el menor. Si Salomé, como parece indicar la evidencia neotestamentaria, era hermana de María, entonces, Juan y Jacobo eran primos de Jesús (Mt 27.56; Mr 16.1; Jn 19.25).

El negocio de la pesca que manejaba Zebedeo parecía ser tan próspero como para que contratara jornaleros o empleados (Mr 1.20). El hecho de que Salomé y otras mujeres ayudaran con sus recursos al ministerio de Jesús nos hace pensar que esta familia disfrutaba de cierta holgura económica (Lc 8.3; Mr 15.40).

Lo primero es lo primero

Aunque sólo recibieron una educación básica (Hch 4.13), la Palabra de Dios y la formación espiritual ocupó un lugar preponderante en el hogar de Zebedeo y Salomé. El secularismo de antaño, como el de hoy, pudo servir de excusa para olvidar a Dios. El cumplimiento de la ley en esos tiempos se hacía en el contexto del legalismo.

Aun cuando necesitaba su ayuda, Zebedeo permitió que sus hijos fueran en pos de Juan el Bautista o de Jesús. Quizá el liderazgo de Salomé en el hogar, la cercanía de esta familia con la de Jesús y la misma desazón que producía el dominio romano sobre el pueblo judío, hicieron que Zebedeo y Salomé se acercaran más que otros a Dios y anticiparan con mayor fe el advenimiento del Mesías.

¿Dónde están nuestros hijos? ¿Quiénes son sus amigos? ¿Qué atención y preparación espiritual les estamos dando hoy en el hogar como para que puedan decidir con criterio correcto a quién deben seguir? El mundo ganará a nuestros hijos a menos que como padres e iglesia les ofrezcamos en sus años formativos una presión espiritual igual o mayor que la que ejerce el mundo sobre ellos.

Juan y Andrés fueron discípulos de Juan el Bautista. En una ocasión siguieron a Jesús por mera curiosidad. Poco después serían llamados por el Señor para servir como apóstoles de su iglesia. Juan decidió obedientemente aceptar la invitación (Jn 1.35-40; Mr 1.19-20).

Aunque era amado, no necesariamente era amoroso. Juan era aguerrido, temperamental y ambicioso. La pesca obligaba a los hombres a ser rudos. Tenían que tomar decisiones rápidas, sobre todo cuando percibían dónde podrían encontrarse los peces.

Tenían que enojarse con sus jornaleros por lo de siempre, principalmente la irresponsabilidad. Cuando no había pesca, se frustraban; y cuando era abundante, las manos no alcanzaban.

Juan tenía que ser duro. Esas características salieron a relucir varias veces mientras caminaba con Jesús. Marcos indica que Jesús apellidó a Juan y a Jacobo «Boanerges, esto es, Hijos del Trueno» (3.17), y que Juan prohibió a alguien hacer milagros porque no era del grupo (9.38; también Lc 9.49-50). ¿Recuerda el relato sobre la ambición de estos dos hermanos y de su madre, pidiendo que Jesús les concediera un lugar, a su derecha e izquierda, al establecerse su reino (Mt 20?20- 23; Mr 10.35-38)? Quizá la mayor vergüenza de Juan ocurrió cuando Jesús lo reprendió —otra vez con Jacobo— por querer arrojar fuego sobre una aldea samaritana (Lc 9.51-56).

Rudo, pero amado

Juan, dentro del grupo de los doce, integró el círculo más íntimo de los apóstoles. ¿Por qué? Quizá, por ese temperamento aguerrido, su carácter amoroso, y el empuje disciplinado que controlados y usados por el Espíritu— serían tan necesarios para la iglesia en el futuro. Él, su hermano Jacobo y Pedro, atestiguaron la resurrección de la hija de Jairo (Mr 5.37), estuvieron en el monte de la Transfiguración (Mr 9.2) y también en el Getsemaní (Mr 14.33). Jesús envió a Juan y a Pedro para preparar la última Pascua (Lc 22.8). ¡Qué escuela la de Juan junto a Jesús!

El detalle no aparece ni en los evangelios sinópticos, tampoco en la famosa obra pictórica de Leonardo Da Vinci, «La Última Cena». Tanto en el evangelio de Juan como en la obra de otros pintores europeos —como Boguslaw Migel— el discípulo amado es ubicado en este evento junto a Jesús, recostado sobre su lado derecho (Jn 13.23; 21.20, 24). Otros, lo recuerdan como el único de los doce que se acercó al pie de la cruz en el monte Calvario y a quien Jesús le confió el cuidado de su madre (Jn 19.26-27).

Hay quienes destacan el detalle de los dos discípulos corriendo hasta la tumba y el joven Juan ganándole a Pedro, aunque este ingresó primero al sepulcro (Jn 20.2, 8). Y hay los que hubiesen querido estar como él, escuchando a la distancia el diálogo que después de su resurrección, sostuvo Jesús con Pedro. Para quien hubo otra oportunidad, aun cuando negó al Maestro momentos antes de su crucifixión (Jn 21.15-24).

Qué hermoso es observar a Pedro y a Juan en la primera parte de Hechos, ministrando juntos, fieles al Señor, con el poder del Espíritu Santo, en Jerusalén, en medio de la persecución, la cárcel, los azotes, ¡a pesar de la muerte de su hermano Jacobo y de otros mártires de la incipiente iglesia primitiva! (4.13; 5.33, 40; 8.14; 12.1-2).

Juan, con Jacobo —su hermano— y Pedro, fueron los que extendieron la mano de bendición ministerial a Saulo y a Bernabé. Es cierto que Esteban jugó un papel crucial con su testimonio en la conversión de Saulo. De igual manera, es verdad que Bernabé facilitó su incorporación a la iglesia. ¡Pero tiene que haber sido la aceptación de estos tres apóstoles, amorosos líderes del Señor, lo que permitió que Saulo fuese catapultado con Bernabé como misioneros y evangelistas entre los gentiles! El apóstol Pablo, algunos años después, reconocería que Juan era una columna de la iglesia cristiana en Jerusalén (Gl 2.9).

Entre sus años en Jerusalén y su muerte —durante los que escribió el evangelio, las tres epístolas que llevan su nombre y el Apocalipsis— la tradición indica que el anciano Juan se trasladó a Asia Menor, ministrando algunos años en Éfeso, donde falleció a una edad muy avanzada.

Conclusión

Jesús vio algo en Juan como lo ve también en usted y en mí: Un plan a ser llevado a cabo… todo un potencial. Algunos llamados al ministerio, ante la oportunidad que les brinda el Señor de prepararse, prefieren posponer el compromiso o tomar caminos más fáciles y menos exigentes. El apóstol Juan, como aquellos que valiente y sacrificialmente llevaron en alto la antorcha del evangelio a través de los siglos y hasta nuestros días, amó y dio su vida por el Señor. No importa cuál sea l precio de obediencia que haya que pagar. ¡Hay que amar como Jesús amó! (1 Jn 5.1-5).

 

 

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