El pastor como administrador

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El pastor como administrador

 por Martín Añorga

Nosotros los pastores hemos recibido un llamado del Señor; pero debemos reconocer que a partir de ese llamado, para entrar en el plano del servicio hay cierta distancia que recorrer. Tan pronto sentimos la vocación pastoral el deber de prepararnos para ejercer nuestra misión es obligación que no podemos descuidar. Todos los que hemos gozado del llamamiento estamos equipados con determinados dones y constituye un reto el desarrollarlos para que produzcan frutos abundantes,

Hoy vamos a hablar del don de la administración. Predicar, enseñar, cantar,  evangelizar, consolar, son funciones nobles de un pastor consagrado; pero la responsabilidad de administrar su propia vida y la de organizar a su congregación para el ministerio cotidiano es una decisión que no debe descuidarse.

Si nos fijamos en los orígenes de la palabra “administrar” nos damos cuenta de  que existe una estrecha conexión entre la misma y el vocablo “ministro”, que etimológicamente significa “servidor”. Es decir, administrar es servir, no controlar, imponer autoridad o asumir mandos omnímodos. Administrar es más bien definir métodos y metas, y compartir con otros el privilegio del trabajo.

Hay tres pasos fundamentales en el proceso de la administración. El primero es el de organizar las estructuras, las prioridades y el proceso que se utilizará para medir los resultados.

Organizar una iglesia no es tan solo proveer un espacio para la adoración, conducir la predicación y preparar la música. Hay que pagar deudas, equipar líderes, buscar y crear recursos que faciliten la labor a realizar, establecer metas definidas y determinar las tácticas para lograrlas. Este proceso de organización incluye la formación de un equipo de gobierno. La iglesia en la que el pastor lo hace todo, desde limpiar el piso, a encargarse personalmente de las finanzas, carece de una dinámica organizativa que dañará su proceso de crecimiento.

Generalmente las iglesias pertenecen a una denominación en la que se adopta una forma determinada de gobierno, y aún las llamadas independientes establecen sus propias reglas de gobierno. El pastor o la pastora deben trabajar dentro de esas estructuras en la congregación de la que son responsables; sin sucumbir ante la tentación de convertirse en gobernantes absolutos de la iglesia. Hay que tener, pues, en cuenta, el paso que sigue a la organización. Se trata del don de delegar.

Delegar es una función que requiere sentido de humildad, habilidad para determinar los dones y habilidades de las personas con las que trabajamos y capacidad para asignarles responsabilidades o conseguir que se ofrezcan para llevar a cabo tareas en el seno de la iglesia para las que se sientan llamadas.

Generalmente las iglesias tienen manuales en los que se enumeran los comités y puestos de gobierno que deben establecerse. En determinadas denominaciones la congregación, en una asamblea convocada para esos fines, elige a sus gobernantes. En algunas iglesias se trata de la Junta de Oficiales, en otras del Consistorio o la Junta Parroquial. Una vez que estas posiciones se asuman, es deber del guía espiritual reunirse con los elegidos para sesiones de orientación, determinación de proyectos y asignación de comités de trabajo.

Alguien dijo que “más vale el pastor que hace que diez trabajen que el que hace el trabajo de diez”. Nosotros hemos estado en contacto con centenares de iglesias en los Estados Unidos y fuera del país y hemos observado cosas muy interesantes. Conocí un pastor en El Paso, Texas, que me impresionó. Todos los miembros de la iglesia, sin excepción, pertenecían a un comité determinado de trabajo. Cuando le pregunté que podrían hacer las personas más ancianas o con limitaciones físicas, me contestó:  “Para ellas se ha creado el ministerio de la oración telefónica”. Semanalmente se les suple una lista con nombres de enfermos, hospitalizados, recluidos en asilos, solitarios o sin familia, para que se comparta con ellos un texto de Las Escrituras y una palabra de oración, El resultado era una iglesia unida, llena de espíritu de alabanza y con una asistencia que aumentaba de domingo en domingo. Es fundamental la imaginación del pastor. Hay personas en la iglesia que no hacen nada porque al pastor o a los líderes no se le ha ocurrido pedirles que hagan algo. Hay que aprender a delegar, a repartir oportunidades de trabajo, a organizar grupos de acción, intercesión o proclamación.

Sería interesante que leyéramos la porción bíblica que se halla en Éxodo 18:13-24. Jetró, suegro de Moisés visitó a éste cuando se hallaba en plena labor atendiendo a los ciudadanos. Dándose cuenta del cansancio de su yerno, le dijo: “No está bien lo que haces, pues te cansas tú y se cansa la gente que está contigo. La tarea sobrepasa tus fuerzas, y tú solo no vas a poder realizarla”. ¿Qué hizo Moisés? Pues organizó a los que estaban en capacidad de servirle, y les delegó las responsabilidades que debían asumir.

Organizar y delegar son dos acciones del pastor que constituyen el fundamento administrativo de la iglesia; pero hay otra función que no debe quedarnos inadvertida, y es la de la supervisión. Recuerdo al pastor que en una determinada iglesia que visité en San Diego, California, reaccionó de una interesante manera a la charla que compartíamos con un grupo de fieles sobre técnicas de administración. “Yo, al que sirve, lo respaldo, pero al que no sirve, lo destituyo”. Entablamos una conversación que me sirvió de base para ayudar a una iglesia que estaba herida. Mi comentario —no mi consejo, porque  de éstos doy pocos— fue que era necesario definir las características y la conducta que esperamos de las personas encargadas de alguna tarea en la congregación. A la hora de asignar hay que tener en cuenta la capacidad de la persona designada en relación con la misión que se espera desempeñe. Es muy fácil que hagamos la selección equivocada y después le echemos la culpa  de cualquier contratiempo a la persona seleccionada. Y además, la supervisión no es una búsqueda de defectos, sino un descubrimiento de posibilidades.

Uno de los más serios problemas administrativos en una iglesia local es que se hacen planes y se seleccionan proyectos sin fijar una meta y sin proveer los medios para evaluar el desarrollo del trabajo. “Ya el Señor nos hará llegar los fondos”, es quizás una expresión de fe; pero si no buscamos, no encontramos, y si no pedimos no recibimos. Es necesario, más a menudo de lo que algunos creen, comparar gastos con ingresos, y determinar los medios para obtener lo que nos falte para lograr el cumplimiento de los objetivos. La supervisión es una necesidad que jamás podemos ignorar.

El pastor o la pastora de una iglesia debe enseñar a los miembros cuáles son los procedimientos administrativos de la iglesia. Ir a una reunión sin una agenda escrita con copia para cada participante provoca una actitud de improvisación de parte de todos. A una reunión así, que no tenga control ni especificaciones, a cualquiera se le ocurre una idea no sobre pesada que desvía la atención que merecen los asuntos que deben ser tratados. Recordemos estas tres palabras básicas: organice, delegue y supervise.

Una nota adicional es sobre la necesidad de crear una oficina efectiva. No hay dinero malgastado en emplear a una secretaria con entrenamiento para tratar al público. En muchas ocasiones hay personas jubiladas con dones para el trabajo que lo harían de forma voluntaria o con una mínima compensación. Esos teléfonos de iglesias con salutaciones que duran más de un par de minutos invitan a que el que llame interrumpa su llamada. Recordemos que los teléfonos celulares tienen los minutos contados y que cuando alguien llama a una iglesia lo menos que quiere es hablar con una máquina, por supuesto a horas laborables normales. El hecho es que no tan solo hay que estar organizados, sino aparentarlo de una manera creíble.

Hace años estuve en una iglesia en la que a la hora de tomar las ofrendas, el pastor desde el púlpito seleccionó a tres o cuatro personas para que lo hicieran y le asignó la oración a una joven que enmudeció por el miedo. Los que estábamos presentes, al menos la mayoría, pensó que si eso pasaba un domingo en la mañana, era mejor no enterarse de lo que pasaría el resto de la semana.

En efecto, la administración no es cosa secreta ni privada. Es algo que la gente percibe y que impresiona, ya sea negativa o positivamente.  Algo que es provechosamente práctico es instalar en público a las personas de la iglesia que ostentan cargos oficiales. Aunque el pastor sea el instrumento para la selección, la misma tiene que reflejar la voluntad de Dios. Una instalación en público, con oración e imposición de manos le fija caracteres espirituales y de madurez al sistema administrativo parroquial.

Leamos las cartas del Apóstol San Pablo y las epístolas universales para que descubramos que el tema de la administración era fundamental en la iglesia primitiva. Una tarea muy provechosa sería la de anotar los oficios que señala el Apóstol Pablo, las recomendaciones que hace sobre el manejo de las finanzas, la administración de los sacramentos y las características espirituales y morales de las personas que desempeñan funciones sagradas. Y adoptar en espíritu los conceptos expuestos, siempre teniendo en cuenta que los tiempos y las circunstancias cambian.

Jesús también nos da ejemplos de organización y delegación. Vayamos a la narración que aparece en San Lucas 10:10-12, y posteriormente analicemos 10:17-20. Primero el Señor concibe el proyecto de la visita misionera, después escoge a los que van a llevar a cabo el proyecto, y finalmente supervisa los resultados. Jesús es un sabio administrador, como lo demuestra en su milagro de la multiplicación de los panes y los peces y en la preparación de su última cena con los discípulos, para poner dos simples ejemplos. Los que estiman que la administración no es una prioridad pastoral porque el llamado al servicio cristiano es preferentemente espiritual pierden de vista una contundente verdad teológica. El Señor se sirvió de medios seculares o materiales, como quiera llamárseles, para llevar a cabo su misión. Los ejemplos serían inacabables. Pensemos en que el camino, la luz, el pan y el agua fueron conceptos que identificaron a Jesús. El sacramento de la Eucaristía fue instituido con pan y vino y fue seguido de una vasija, agua y una toalla. El señor oró sobre una piedra en Getsemani y fue coronado con un ramillete de espinas. Lo material, en manos del Señor, adquiere matiz espiritual.

Ante Dios no existe diferencia entre lo sagrado y lo secular. El es el Creador de todo lo material, y todo lo ha ordenado con leyes funcionales que proyectan orden y finalidad. El pastor no debe jamás “espiritualizar” tanto su ministerio que pretenda desechar su obligación santa de administrador.

El Apóstol Pablo sentía orgullo al identificarse como administrador. “Así, pues, téngannos los hombres por servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios”, decía en 1 Corintios 4:2.

El fin del discurso es sencillo: ser un buen administrador es parte del llamamiento que nos ha hecho el Señor Jesús para que le sirvamos en la gloriosa aventura del ministerio cristiano.

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