Dulce oración, parte 1

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Dulce oración, parte 1

por Raúl Lavinz Roca

La primera parte de este tema tiene que ver más con lo que llamamos “Teología de la oración”, y luego en la parte segunda, se aplicará a la experiencia, sobre todo pastoral, los principios teológicos que aquí se mencionarán.

Como representante de una tradición cristiana, como la wesleyana, donde apreciamos mucho el canto y la himnología, que por cierto desde la mal llamada “renovación de la alabanza” se ha vuelto una especie de perla perdida en los cultos evangélicos (y hasta en los protestantes, incluidas las iglesias metodistas), tomé el título de uno de esos grandes himnos para denominar el tema.

Después de 25 años de ministerio pastoral he llegado a reconocer que la mejor “Teo-logía” es aquella que, sin desconocer la autoridad de las Escrituras, se contextualiza en medio de la situación humana. Podríamos llamarla Teología encarnacional o contextualizada y comoquiera que sea, siempre será ese tipo de acercamiento a Dios que esté consciente de sus limitaciones y sin embargo, no por ello deje de intentar caminar al ritmo que el Maestro le impone. Por ello me agrada llamarla “Teología del camino”, porque es justamente en ese caminar en que vamos “convirtiéndonos” y llegando a ser discípulos de Jesucristo que también aprendemos las destrezas de quienes formamos parte del Reino de Dios, entre ellas la oración.

Desde esta Latinoamérica nuestra, signada por una tras otra conquista y por una tras otra opresión, la oración tiene que ser necesariamente una herramienta paradigmática de generación de cambios que nos permita vivir en una constante dinámica donde lo social, lo político, lo económico y lo religioso no escapen de su doble dimensión [de la oración]: privada y pública.

En primer lugar, para que exista oración debe haber un conocimiento previo de aquel a quien se la dirige, es decir Dios. La presuposición básica de la teología cristiana es que: Dios ES, no sólo existe. Si bien es cierto en todas las religiones hay analogías con la oración de un ciudadano del Reino de Dios, una de las diferencias básicas es que en dichas expresiones religiosas no se enfatiza el conocimiento personal del dios a quien se “ora”. Es más, generalmente las oraciones van cargadas de un tinte negativo como gritos, ritos, flagelaciones corporales, etc., para ganar el favor de ese dios y lograr ser oídos (por ej. Cuando los profetas de Baal oraban a el para que se manifestara. Ver 1 Reyes 18:26-29).

En el caso de la oración de los cristianos, el conocimiento del Dios a quien se la dirige es posible porque ese Dios se ha dado a conocer al hombre de varias maneras. A ese darse a conocer le llamamos Revelación, y es una iniciativa de Dios para que su criatura se pudiera comunicar con El. Sin Revelación no hay oración y cuando la hay ella debe dirigirse al Dios que se ha revelado—dado a conocer—en la creación, en la Sagrada Escritura, en la encarnación—Jesucristo mismo—, y en la persona humana hecha a imagen y semejanza de Dios. Es decir, Dios tomó la iniciativa para que pudiésemos comunicarnos con El, por medio de la oración.

Un segundo aspecto teológico/doctrinal de la oración es que ella es un medio, no un fin en si misma, ya que el fin sería mantener una comunicación permanente con Dios. En el NT, un ejemplo típico de lo contrario, era lo que hacían los fariseos ante lo cual Jesucristo presenta el correctivo, enseñando lo que no es la oración (ver Mateo 6:5-8). Luego enseña el Padrenuestro como un modelo de oración. Dicho sea de paso, un análisis del Padrenuestro nos confronta con la realidad de las dimensiones que la oración adquiere cuando es hecha bajo los parámetros que vienen dados por el mismo Señor Jesucristo y los énfasis que enseña, a través de esta oración, los cuales difieren diametralmente de la enseñanza farisaica. Es importante destacar aquí que si, como es generalmente aceptado, el Sermón del Monte es un resumen de las enseñanzas que Jesús daba a sus seguidores quiere decir que el tema de la oración era parte de las enseñanzas de este joven Rabí, quien continuamente las repetía a quienes lo seguían.

Otro elemento integrante de la oración es la fe. En el cuerpo de enseñanzas de Jesús a sus discípulos encontramos que, de varias maneras, el anima la fe de ellos para que: sepan que sus oraciones recibirán respuesta;[1]Mateo 6:7-12 que la fe debe colocarse en El, quien es el que tiene autoridad para honrarla;[2]Mateo 8:5-10,13 que la fe en El trae sanidad;[3]Mateo 9:20-22; Mateo 9:27-31 que la obediencia en fe, a su palabra, produce resultados sobrenaturales;[4]Mateo 14:23-31 que la fe en El acerca y/o produce una convicción de que [Jesús mismo] es el Mesías;[5]Mateo 14:32,33 aprendan el valor de ponerse de acuerdo para pedir y recibir.[6]Mateo 18:19 Obviamente, el desarrollo de una fe así requiere ir en el camino de la vida diaria con Jesús, como su discípulo(a) aprendiendo el valor de la obediencia a sus mandatos [como en el caso del oficial del rey, cuyo hijo fue sanado mientras el iba de regreso a su casa, creyendo la palabra que Jesús le dijo. Juan 4:46-53], de la firmeza en asirse a su Palabra [registrado por Juan en el cap. 15 de su versión del evangelio], de la virtud de vivir en una sociedad—mundo—que es indigna de un ciudadano del Reino por su antagonismo hacia el Rey [Hebreos 11:38]. Indiscutiblemente, pretender encerrar la oración en un marco rígido doctrinal es no comprender su multidimensional esfera de atracción. Es como pensar en una figura geométrica con varias aristas que forman parte del todo.  Si consideramos que la conocida afirmación “el todo es mayor que la suma de sus partes”, tenemos por un lado que la oración en sí es mayor que la suma de todos sus aspectos teológico-doctrinales y, la otra cara de la moneda es que aún siendo la oración mayor que la suma de sus partes, también es menor que el gran todo, a saber la vida de un ciudadano del reino de Dios, la cual a su vez debe estar enmarcada en el gran tema del Cristianismo neotestamentario: La Missio Dei, la Salvación.

Otro aspecto doctrinal parcial de la oración es a quién va dirigida. Está claro por las enseñanzas de Jesús mismo y de los apóstoles en sus cartas neotestamentarias que el destinatario de las oraciones de los ciudadanos del Reino es precisamente el Rey, es decir Dios el Padre.[7]Mateo 6:6 También Jesucristo—Dios el Hijo—es destinatario de la oración.[8]Hechos 7:59,60 Adicionalmente, Jesús dijo que se orara en Su nombre para que El haga lo que se le pida [Juan 14:13,14]. Entendamos que el orar en el nombre de Jesús quiere decir que el centro de nuestra oración sea la persona de Jesús, su carácter, su obra en la Cruz. No es finalizar cada oración con la muletilla “en el nombre de Jesús”. Nombre, en lenguaje bíblico,  es sinónimo de personalidad, de carácter, y así hemos de orar, sobre la base del carácter y la personalidad de Jesús. Lo que  no podemos encontrar en el NT es evidencia que refuerce el pensamiento de que se puede dirigir al Espíritu Santo la oración. Lo que sí podemos entender por el NT es que el Espíritu Santo está en y con los creyentes, por lo tanto orar al Espíritu Santo sería casi como dirigir una oración a uno mismo, lo cual sería absurdo. Sin embargo, una de las funciones del Espíritu Santo es la de ayudar al creyente en sus oraciones.[9]Romanos 8:26,27 Esto tiene que ver con el orar conforme a la voluntad de Dios, lo cual se convierte en un verdadero laberinto para muchos cristianos e inclusive pastores. Siendo que una promesa respecto a la oración tiene que ver con la respuesta ya concedida a los creyentes cuando se ora conforme a la voluntad de Dios,[10]1 Juan 5:14,15 es importante que esas oraciones sean así. Es función del Espíritu Santo, entonces, dada nuestra debilidad para conocer la voluntad de Dios, servir de mediador entre Dios y nosotros y da “gemidos indecibles” a nuestro favor interpretando por nosotros la voluntad de Dios y llevando así esas oraciones a la presencia del Padre. En última instancia, esa sería la razón verdadera de que nuestras oraciones hallaran respuesta. Esa es también la razón por la cual Juan el apóstol contempla, en la Revelación que Dios le da, un cuadro donde hay 4 seres vivientes y 24 ancianos cada uno de ellos con copas de oro “llenas de incienso, que son las oraciones de los santos.[11]Apocalipsis 5:2 Luego en otra visión del mismo Juan el ve “un ángel con un incensario de oro, y se le dio mucho incienso para que lo añadiera a las oraciones de todos los santos…Y de la mano del ángel subió ante Dios el humo del incienso con las oraciones de los santos”.[12]Apocalipsis 8:3,4 Qué cuadro más impresionante sobre la oración como un instrumento de adoración a nuestro Padre celestial y que le es agradable, lo cual está simbolizado por el humo que sube ante su presencia.

Como hijos de Dios, nuestra meta en la oración ha de ser orar conforme a su voluntad, conscientes de la ayuda del Espíritu Santo. En esta tarea no debemos olvidar que para el mismo Jesucristo el punto focal de la oración fue la voluntad del Padre. Jesucristo logró, por y para, nosotros un nuevo acceso al Padre mediante la oración en Su nombre y en armonía con la voluntad de Dios. Usemos ese acceso directo a El y hagamos así de nuestra oración una: ¡Dulce oración!

*Continúe con este tema, lea Dulce oración, parte 2

References

References
1 Mateo 6:7-12
2 Mateo 8:5-10,13
3 Mateo 9:20-22; Mateo 9:27-31
4 Mateo 14:23-31
5 Mateo 14:32,33
6 Mateo 18:19
7 Mateo 6:6
8 Hechos 7:59,60
9 Romanos 8:26,27
10 1 Juan 5:14,15
11 Apocalipsis 5:2
12 Apocalipsis 8:3,4