Barreras a la Oración: Efesios 6:18

Publicado por Editorial Clie

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Barreras a la Oración: Efesios 6:18

xx

Orando en todo tiempo,
con toda oración y súplica en el Espíritu,
y velando en ello con toda perseverancia
y súplica por todos los santos.
Efesios 6:18.

ESQUEMA

1. ¿Cómo es posible que el Dios Creador del universo se interese por mis deseos y peticiones?
2. ¿Para qué orar, si Dios lo sabe todo?
3. ¿No carece de sentido la oración, en un mundo regido por leyes naturales?
4. ¿Puede la oración cambiar la voluntad de Dios?
5. ¿Acaso no fomenta la oración la pasividad de los creyentes?
6. Resumen: cinco preguntas y cinco respuestas.

CONTENIDO

La crisis de la oración de la que tanto se habla hoy no es ninguna novedad. No es algo exclusivo de la época posmoderna en la que vivimos. Se trata, más bien, de un fenómeno que se ha dado en todos los tiempos, prácticamente desde los mismos orígenes del Cristianismo. Hasta los propios discípulos de Jesús se durmieron en el Getsemaní en vez de acompañar en oración a su Maestro.

Los interrogantes acerca de la oración, con los que se enfrentaban los primeros creyentes, siguen siendo básicamente los mismos que todavía, en la actualidad, se continúan presentando. Algunas de estas dificultades son planteadas por los incrédulos, pero otras pueden brotar también del propio pueblo de Dios, de la misma Iglesia. Objeciones como esta suelen ser relativamente frecuentes: “He orado mucho al Señor y no me ha servido de nada”. Es como si el silencio de Dios llevara a algunos orantes a concluir que la oración es inútil.

El teólogo protestante, Oscar Cullmann, cuenta una experiencia que tuvo en su juventud, durante el final de la primera guerra mundial: De los últimos meses de la primera guerra mundial guardo en la memoria la impresión que causó la noticia de que un proyectil alemán de gran alcance había caído en una iglesia de París donde estaba reunida la comunidad para orar. Yo tenía dieciséis años y aún recuerdo el estremecimiento que me produjo esta noticia y la terrible pregunta que me quemaba la lengua […]: ¿qué conclusiones hemos de sacar de un hecho como este en lo que respecta al valor de la oración? (Cullmann, 1999: 26).

¡Cómo se puede orar después de masacres como las de Auschwitz o Kosovo, por citar algunas! ¡Cómo puede Dios acoger las peticiones de los kasovares y también de sus enemigos los serbios! ¿Es capaz el Creador de escuchar a la vez las súplicas opuestas de diversas personas? ¿De qué bando está Dios? ¿Es posible seguir creyendo en su bondad? Y, además, ¿cómo puede el Dios que gobierna el universo preocuparse de mis pequeños deseos, de mis necesidades cotidianas? Si él lo sabe todo, ¿para qué orar? ¿Es que acaso la oración no fomenta la pasividad de los cristianos? ¿Qué sentido puede tener la oración en un mundo regido por leyes físicas? ¿Puede la oración cambiar la voluntad de Dios?

La oración ha sufrido el ataque de muchos pensadores a lo largo de la Historia. El gran filósofo, Immanuel Kant, decía que la oración es un arrebato de locura, un delirio de la religión, un culto infame, fanatismo religioso y una auténtica hipocresía. Una frase suya afirma que el ser humano se dispensa, orando, de cumplir con su deber de actuar moralmente. Por su parte, el filósofo alemán, Feuerbach, dirá en La esencia del Cristianismo que en la oración, el hombre se adora su propio corazón. Al orar, según él, se cometería el error de considerar la petición egoísta como si fuera un acto de alabanza divina. Y Jean-Jacques Rousseau escribe en su obra Emilio: Medito respecto al orden del universo, no para explicarlo mediante vanos sistemas, sino para admirarlo sin cesar; para adorar al sabio autor que me lo hace sentir… Bendigo sus dones, pero no le oro. ¿Qué le solicitaría? ¿Que cambiase para mí el curso de las cosas, que hiciera milagros en mi favor?… ¿Querría que este orden fuera alterado por mí? No; este ruego temerario merecía más ser castigado que atendido… El Supremo anhelo de mi corazón es hágase tu voluntad.

La idea de Rousseau y de otros autores es que no se puede forzar la voluntad de Dios, ni las leyes inmutables que Él ha establecido. ¿Qué se puede replicar a todas estas objeciones a la oración? ¿Existe una respuesta válida? ¿Cuál es la explicación del Evangelio? Vamos a intentar responder a las cinco cuestiones más importantes:

1. ¿Cómo es posible que el Dios Creador del universo se interese por mis deseos y peticiones?

Esta es la misma pregunta que se hizo el salmista: Cuando contemplo los cielos) obra de tus dedos, la luna y las estrellas que tú formaste, pienso: ¿Qué es el hombre, para que de él te acuerdes, y el hijo de Adán, para que cuides de él? (Sal. 8:4). Es verdad que el Dios de la Biblia es el Creador de todos los astros y las galaxias que existen en el universo; Es el bienaventurado y solo Soberano, rey de Reyes, y señor de Señores, el único que tiene inmortalidad, que habita en luz inaccesible (1 Ti. 6:15-16). ¿Cómo puede una criatura humana esperar que ese Dios, que rige la existencia de miles de millones de seres, se fije en ella, se preocupe de sus necesidades y atienda la voz de sus súplicas? Esta pregunta revela una idea excesivamente humana de Dios. Supone que Dios tiene algún tipo de limitación como el hombre. Pierde de vista que el Dios del macrocosmos es también el del microcosmos, que el Creador de cielos y Tierra, lo es también de los cromosomas, los genes y los átomos.

Dice Mateo (10:29), que aún los pajarillos gozan de la providencia de Dios. Es el Dios que sabe cuándo nos sentamos y cuando nos levantamos (Sal. 139:2), y que tiene contados nuestros cabellos (Mt. 10:30). El Dios de la Biblia no es sólo Dios del universo, sino también Dios de individuos, el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob. En la parábola de la oveja perdida se demuestra el amor de Dios por el individuo. Cuando el pastor deja a las noventa y nueve ovejas y sale en busca de la extraviada, está indicando este aspecto de la acción divina. Pero Dios, cuando atiende a una de sus criaturas, no tiene necesidad de dejar a las demás. Por algo es omnipresente. Él puede oír simultáneamente todas las oraciones en virtud de su omnipotencia y su omnisciencia. Cuando la oración es sincero, jamás se pierde en un vacío del que Dios esté ausente. No importa la individualidad, la pequeñez o, incluso, la indignidad del orante, Dios nunca deja de escuchar.

2. ¿Para qué orar, si Dios lo sabe todo?

El propio Señor Jesucristo dijo: Vuestro Padre sabe de qué cosas tenéis necesidad antes de que vosotros se las pidáis (Mt. 6:8,32). Es verdad que Dios lo sabe todo, pero deducir de estas palabras que orar es absurdo no era, ni mucho menos, la intención de Jesús. El propósito de las oraciones no es el de informar a Dios acerca de nuestras necesidades, ni tampoco convencerlo para que intervenga, ni instruirle acerca de cómo debe respondernos. El no necesita nuestra información, ni nuestras insistentes repeticiones. Dios no necesita, en absoluto, nuestras oraciones, pero nosotros sí necesitamos la oración. ¿Por qué? Porque la oración no sólo constituye lo esencial de nuestra comunión con Dios, sino que, mediante ella, adquirimos conciencia de nuestra filiación divina. En la oración, en la experiencia de pedir y recibir, nos damos cuenta de que somos hijos de Dios. Y, cuando se nos concede algo, aumenta nuestra gratitud y se refuerzan los lazos de unión con el Padre.

Por otro lado, la oración convierte al creyente en colaborador de Dios. Muchos de los designios divinos se llevan a cabo por medio de hombres y mujeres. Pascal dijo: Dios instituyó fa oración para concedernos a nosotros, sus criaturas, la dignidad de ser causas. La oración nos beneficia a nosotros no a Dios. Nos realiza como cristianos y ya que nosotros sin Dios no podemos hacer nada, pero Él sí puede actuar a través de nosotros. Este es el gran misterio de la oración.

3. ¿No carece de sentido la oración, en un mundo regido por leyes naturales?

Esta pregunta nos introduce de lleno en lo que podría llamarse la metafísica de la oración. La filosofía positivista sostiene que en el universo todo ocurre siempre dentro de una relación de causa-efecto determinada por las leyes físicas. Por lo tanto, pretender que este orden sea modificado, por fuerzas sobrenaturales, como resultado de la oración, sería, desde este punto de vista, un absurdo.

La revelación bíblica nos presenta un universo creado y regido por un Dios libre y soberano, que puede actuar sin las limitaciones de las leyes que Él mismo ha creado. Por supuesto que Dios no altera esas leyes caprichosamente, como si jugase con el orden natural. Él puede emplear las leyes de la creación para actuar en este mundo, pero Dios dejaría de ser Dios si quedase encerrado en ese marco y no pudiera hacer nada fuera de él. El Dios Creador puede también intervenir de manera sobrenatural y modificar, si así lo cree conveniente, el curso normal de los acontecimientos. Esto es lo que la Biblia llama milagro y que nosotros hoy sólo podemos aceptar por medio de la fe. En la Escritura encontramos ejemplos en los que Dios utiliza medios naturales para expresar su grandeza.

Veamos algunos pasajes en los que ocurren hechos ordinarios, pero la mano de Dios está siempre detrás. Dios usó el viento, un fenómeno natural, para hacer posible el paso de los israelitas a través del Mar Rojo (lo vemos en Éxodo, 14:21); el derrumbamiento de los muros de Jericó pudo tener como causa una fuerte sacudida sísmica, pero la mano de Dios estaba detrás, (Jos. 6), lo mismo podría decirse del terremoto de Filipos, cuando Pablo y Silas estaban encarcelados, (Hch. 16). No es ningún milagro que un pez se trague una moneda y que sea pescado con ella en el vientre, pero resulta difícil reducir este hecho a una mera casualidad y no ver que detrás de esta experiencia de Pedro estaba, una vez más, la mano de Dios.

La doctrina bíblica de la providencia sigue a la de la Creación. Dios no creó el mundo para dejarlo, después, como dicen los deístas, abandonado a la acción de las leyes naturales. Él sigue presente en este Universo, controlando, permitiendo o realizando todo lo que sucede, aunque a veces nosotros no entendamos nada, o muy poco. Las oraciones son, por tanto, poderosas para alcanzar aquello que Dios desea dar a quienes se lo pidan.

4. ¿Puede la oración cambiar la voluntad de Dios?

¿Es posible que el ser humano, mediante sus oraciones, mueva a Dios a actuar de modo diferente al que tenía previsto? Si consideramos la voluntad de Dios, en esencia, hemos de reconocer que tal voluntad es inmutable. Ninguna oración podría nunca modificarla. Si, por ejemplo, es voluntad de Dios que el pecado tenga siempre una justa retribución, nadie puede hacer que Él lo tolere impunemente. Si su voluntad es la santificación del creyente, nadie puede esperar que, en respuesta a sus oraciones, Dios le autorice para vivir una vida inmoral o licenciosa. Si Dios quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad, (1 Ti. 2:4), ninguna súplica podrá hacer de Él un Dios nacional que discrimine al resto de la humanidad, para que no sea salva. Ninguna petición que haga acepción de personas podrá jamás inclinar la justa balanza de Dios. La voluntad esencial de Dios no puede ser modificada, porque eso seria una corrupción de la divinidad.

Ahora bien, la Biblia también enseña que a pesar de esto, las intenciones de Dios sí pueden sufrir cambio sin que ello dé lugar a la contradicción. Dios no cambia en su carácter, pero actúa según el desarrollo de los acontecimientos humanos y, en determinadas circunstancias, varía su decisión inicial. Un ejemplo lo encontramos en el libro de Jonás, capítulo tercero: Dios había decidido destruir la ciudad de Nínive a causa de la maldad de sus habitantes; pero el arrepentimiento de los ninivitas hizo que el juicio divino se trocara en perdón misericordioso. La decisión divina fue modificada, pero de acuerdo a los principios establecidos por los atributos inmutables de Dios y su plan de salvación. Esta es la clase de cambios que puede producir la oración.

En otra ocasión, nos cuenta el libro del Génesis, que la intercesión de Abraham en favor de Sodoma y Gomarra habría tenido éxito si entre sus habitantes se hubieran encontrado solamente diez justos (Gn. 18:16-33). Recuérdese también que, en un momento dado, Dios había decidido destruir al pueblo de Israel, a causa de su incredulidad y rebeldía, pero la oración apasionada de Moisés hizo que Dios se retrajese de su intento (Éx. 32:9-14). El teólogo evangélico, Karl Barth, escribió: Dios escucha y responde. Dios no es sordo, escucha; más aún, obra. No obra de la misma manera, oremos o no. La oración tiene una influencia sobre la acción, sobre la existencia de Dios. Eso es lo que la palabra “respuesta” significa.

Para Dios todo futuro es presente, todo cuanto ha de acontecer le es conocido. Pero la presciencia de Dios no anula la libertad del hombre. Dios, en su omnisciencia y previsión, coordina los actos libres de los seres humanos de modo que todo concurra a la realización de sus designios supremos. Esto es, evidentemente, un misterio para el hombre, pero entre esos actos, se incluye la oración. Dios actúa teniendo en cuenta lo que sus hijos le han solicitado. El hecho de que Dios ceda a las peticiones del hombre no significa una debilidad. Él quiere que esto sea así, por eso permitió que Jesucristo se hiciera hombre y nos diera ejemplo mediante sus oraciones al Padre.

5. ¿Acaso no fomenta la oración la pasividad de los creyentes?

Si es Dios mismo quien obra en respuesta a nuestras oraciones, ¿qué necesidad tenemos nosotros de actuar? ¿No es mejor, después de orar, atenerse a la exhortación del salmista: Espera en Él y Él hará (Sal. 37:5)? ¿No dijo Dios a su pueblo: Paraos, estad quietos y ved la salvación del Señor con vosotros? (2 Cr. 20:17). Veamos estos versículos en su contexto.

El salmista está aconsejando al hombre que, asediado por los impíos, está expuesto a dejarse arrastrar por la ira y tomarse la justicia por su mano, con el peligro de actuar injustamente. Es a este hombre a quien se dice: Encomienda a Jehová tu camino y espera en él y él hará.

También en 2a de Crónicas (20:17), se presenta otra situación especial. El pueblo de Judá, con su rey Josafat a la cabeza, estaba acobardado y preocupado ante la doble amenaza de Moab y Amón. Se encontraban paralizados por el pánico. Y en medio de esta situación oraron a Dios, pero con una fe que no lograba vencer el miedo. No entendían que el secreto de su fuerza no radicaba en ellos, sino en el Señor. Por eso necesitaban una experiencia singular: Y cuando comenzaron a entonar cantos de alabanza, Jehová puso contra los hijos de Amón, de Moab y del monte de Seir; las emboscadas de ellos mismos que venían contra Judá, y se mataron los unos a los otros (2 Cr. 20:22). Su oración fue contestada sin que el pueblo tuviera que luchar, pero este caso fue excepcional.

Por el contrario, la mayoría de los grandes personajes bíblicos fueron siempre personas de oración y acción. Tanto Moisés, como los profetas y los apóstoles nos han dado en las páginas de la Biblia numerosos ejemplos de ello. Es verdad que Dios, si quisiera, podría hacerlo todo directamente, sin necesidad de colaboradores humanos, pero ese no es su método. Es la oración combinada con el trabajo activo lo que permite lograr resultados positivos.

6. Resumen: cinco preguntas y cinco respuestas.

6.1. ¿Cómo es posible que el Dios Creador del universo se interese por mis deseos y peticiones?
El Dios de la Biblia no es sólo Dios del universo, sino, también, Dios de individuos, y de personas. Oramos a Dios, que está en nosotros y también fuera de nosotros.

6.2. ¿Para qué ora, si Dios lo sabe todo?
Sí, es verdad, Dios es omnisciente y omnipresente, Él no necesita de nuestra oración, pero la quiere para acoger a las criaturas en su seno de amor. La oración nos recuerda que somos hijos de Dios y nos convierte en colaboradores suyos.

6.3. ¿No carece de sentido la oración en un mundo regido por leyes naturales?
El Creador no será nunca esclavo de su propia creación. Él puede actuar mediante leyes naturales o sobrenaturales. Las oraciones son, por tanto, poderosas herramientas para alcanzar aquello que Dios desea dar a quienes se lo pidan.

6.4. ¿Puede la oración cambiar la voluntad de Dios?
La posibilidad de que Dios escuche nuestras oraciones no contradice la inmutabilidad de su plan establecido, pero Él actúa teniendo en cuenta lo que sus hijos le han solicitado.

6.5. ¿No fomenta la oración, la pasividad de los creyentes?
La oración coherente es la que va seguida de la acción. La Biblia enseña que, en general, Dios actúa por medio de hombres y mujeres de oración.

¡Ojalá Dios pueda actuar también a través de cada uno de nosotros, después de escuchar nuestras oraciones!

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