Jesucristo, regalo de amor

Jesucristo, regalo de amor
Por Emilio Álvarez Ortega, Chile

Primer Premio Concurso Literario de Ministerios LOGOI
La Importancia de la Navidad Diciembre 2007

Que Jesús de Nazaret fue un personaje histórico que irrumpió en la Palestina del primer siglo, es hoy un hecho irrefutable, una certeza historiográfica.  La importancia de este acontecimiento queda revelada en la influencia que, a lo largo de los tiempos y en todas las edades, ha ejercido su figura. Sus palabras y acciones, la nobleza de su carácter (manso, compasivo, bondadoso, amoroso, etc.), su personalidad excepcional, en definitiva, la clase de persona que fue Jesucristo, le han hecho merecedor de un lugar central en la historia de la humanidad. Sin embargo, la trascendencia de su nacimiento radica, principalmente, en el cumplimiento del propósito eterno que le correspondió ejecutar: Reconciliar a la humanidad con el Creador.

El nacimiento de Jesús fue, y seguirá siendo, la más maravillosa noticia que hombre alguno pueda recibir. Es así que las antiguas palabras de un ángel a algunos pastores que cuidaban de su rebaño, resuenan hoy con la misma fuerza e intensidad de entonces: “… os doy nuevas de gran gozo, que será para todo el pueblo: que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es CRISTO el Señor” (Lc 2:10-11).

El Jesús histórico, no es otro que el Salvador del mundo, el Mesías prometido. El mismísimo Hijo del Altísimo, Heredero de todo, sin renunciar a su divinidad “…se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Fil 2:7,8). ¿A qué debemos tal condescendencia de parte de Dios? ¿Qué llevó al Autor de la vida a entregar su propia vida por nosotros? ¿Cuál es la razón detrás de su encarnación, vida, muerte y resurrección?

Estas preguntas encuentran respuesta en el más importante –y también más conocido y fácilmente comprendido— atributo divino: El amor de Dios. El mismo Señor Jesucristo se encargó de enseñarnos que la razón de semejante generosidad, fue el inagotable amor del Padre por la humanidad: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito…” (Jn 3:16). Es por esto que, al acercarse una nueva celebración de Navidad, se hace necesaria una reflexión entorno al inmenso amor que Dios nos mostró al concedernos el más sublime “Regalo de Amor” de todos los tiempos, a saber, el nacimiento de su Hijo. Sin lugar a dudas, uno de los días más importantes de nuestra historia 1. ¿Cómo es ese amor?

Se trata de un amor nunca antes visto. En el Antiguo Testamento, encontramos variadas muestras del amor de Dios; sin embargo, la máxima expresión de Su amor nos es revelada en la persona de Jesucristo: “En esto se mostró el amor de Dios para con nosotros, en que Dios envió a su Hijo unigénito al mundo, para que vivamos por él” (1 Jn 4:9).

El nacimiento de Jesús nos permitió conocer la plenitud del amor.  El amor en su máxima expresión.

Hasta entonces, los hombres habían experimentado el amor en forma parcial.  El amor podía ser, pero también podía dejar de ser; en cambio, el amor que nos enseñó el Hijo de Dios, es un amor que “… nunca deja de ser…” (1 Co 13:8).  Al respecto, Billy Graham dijo: “No puedo amar por mí mismo… No hay nadie que tenga capacidad para amar verdaderamente… hasta que acude realmente a Cristo”. El amor de Jesús es tan alto, ancho y profundo, que no podemos sino maravillarnos ante su inmensidad.  En palabras del Apóstol Pablo: “… el amor de Cristo nos constriñe…” (2 Co 5:14). El mismo Señor Jesucristo dijo: “Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos” (Jn 15:13).

Se trata de un amor inmerecido. ¿Por qué un Dios santo y eterno decidió enviar a su unigénito Hijo a vivir y morir por gente tan pecadora como nosotros? Ciertamente, la humanidad no podría ser merecedora de un don tan grande. Nuestra sociedad corrupta es la antítesis del Reino de Dios. Sin embargo, nuestro Dios “…que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos)” (Ef 2:4,5).

Generalmente, los padres que entregan obsequios a sus hijos, lo hacen cuando éstos son merecedores de tal consideración; por el contrario, cuando un hijo no es precisamente la alegría de sus padres, recibe de éstos, a lo menos, una sanción. Nuestro Padre celestial, hizo con nosotros una misericordiosa excepción: Nos amó sin condición. Somos beneficiarios de un amor que no merecíamos. El amor de Dios es una dádiva, un regalo, un obsequio que jamás podríamos merecer; simplemente, no está a nuestro alcance.  Él decidió amarnos por su sola voluntad, porque Él es amor. “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados” (1 Jn 4:10).

Se trata de un amor que merece ser compartido. ¿Qué hacemos cuando recibimos un obsequio en Navidad? ¿Nos alegramos? ¿Agradecemos tal consideración? ¿Lo mostramos para compartirlo con los demás? Les contaré lo que sucede en mi familia:

En Navidad, toda la familia se reúne en casa de mi abuela Anita. Luego de compartir la cena, nos retiramos a la sala; allí, nos esperan los regalos, puestos alrededor de nuestro árbol navideño y pesebre. Uno de mis tíos se encarga de repartir los regalos, seleccionando uno a la vez, con el propósito de leer la tarjeta que contiene el nombre de su destinatario y de la persona que lo regala. Esto trascurre de la siguiente manera: “Este obsequio es para Camila, con mucho amor de su mamá Miriam”. Al instante todos aplaudimos. Camila se levanta del sillón en busca de su regalo. Enseguida, se dirige donde su madre, a quien abrazándola le dice: “Mamá, muchas gracias”. Camila comienza a quitarle el envoltorio al regalo. Todos expectantes miramos como ella rompe el papel. Finalmente, comparte con nosotros el contenido: “Oh, miren lo que mi mamá me ha regalado… ¿Es hermoso verdad?”  Y así transcurre la noche, cada uno de nosotros recibiendo y compartiendo el amor expresado en un regalo de Navidad.

¿Y qué hay del regalo de amor que Dios nos ha hecho en Cristo Jesús? ¿Le estamos agradecidos? ¿Nos atrevemos a compartir ese amor con otros? La expresión de gratitud de una persona que ha recibido el amor de Cristo, está en compartir ese amor con otros. Jesús nos dijo: “Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros” (Jn 13:34). El más grande regalo que podemos compartir en Navidad, es el amor de Cristo. La esencia de la Navidad es Su amor. Sin embargo, el deseo del corazón de Dios, es que también compartamos su amor con aquellos que aún no le han conocido. Aquel que vino al mundo para reconciliarnos con Dios, nos ha dado a nosotros el mismo ministerio. Pablo, el Apóstol, nos dijo: “Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación” (2 Co 5:18).

Si, no cabe duda, la mayor historia de amor de todos los tiempos no ha terminado, su protagonista aún vive para amar. Si, Cristo vive. Vive en los cielos, a la diestra del Padre, preparándonos un lugar, intercediendo por nosotros, abogando a nuestro favor; pero no solo eso, Él vive en nuestras propias vidas, amándonos y obrando a través nuestro. Somos testimonios vivientes de su existencia, de su amor.

Jesucristo es, sin lugar a dudas, el más grande regalo de amor.

Notas:

  1. Me refiero al nacimiento de Jesucristo como uno de los días más importantes en la historia de la humanidad, considerando que existieron otros dos días (La muerte de Jesús en el Calvario y su posterior resurrección) de similar relevancia.  A estos, debemos sumar aquel día que todos los cristianos aguardamos con esperanza: La segunda venida de Cristo.
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