Sermón 3: El significado de la Pascua (Éx 12:1-51)

TEXTO: “Y este día os será en memoria, y lo celebraréis como fiesta solemne para Jehová durante vuestras generaciones; por estatuto perpetuo lo celebraréis” (Ex 12:14)

LECTURA BÍBLICA: Éxodo 12:1-51

INTRODUCCIÓN. Las intervenciones de Dios en la historia humana, dentro de las naciones yen la vida de los individuos, siempre se producen en el momento oportuno. Después de casi cuatrocientos años en Egipto, la mayoría de los cuales fueron de prosperidad y holgura, los hebreos habían caído víctimas de un faraón que “no conocía a José”. Contrariamente a lo que pasaba con el faraón anterior, quien tenía a José en gran estima, y por consiguiente honraba al pueblo de José, el nuevo faraón estaba sólo interesado en beneficiar a sus propios paisanos. Sentía que estos descendientes de José se estaban tornando en una creciente amenaza para el bienestar de Egipto.

Como resultado, comenzó a oprimir cada vez más a los hebreos. Se les exigió que construyeran ciudades de almacenaje para los egipcios y se les aumentaron los impuestos con rigor. Finalmente, la opresión era tal que un gran clamor subió a Dios. Estos hebreos estaban llegando a un punto de completa desesperación. Habían perdido su coraje, el respeto a sí mismos, su ánimo era nulo y su dignidad estaba destruida. Este sentimiento de absoluta insuficiencia es lo que abre el camino para que Dios obre a favor del hombre. A menudo Dios nos deja que lleguemos al punto de agotamiento espiritual, para luego venir en nuestra ayuda. Es únicamente cuando alcanzamos esta condición de completa desesperación que nos damos cuenta de nuestra necesidad.

El tiempo había llegado, pues, para que este pueblo saliera a una libertad gloriosa. Exodo 12 describe el rito que fue establecido en conexión con esta victoriosa emancipación. Este rito iba a ser perpetuado como un recuerdo de esta liberación milagrosa, a través de la historia.

  1. LA PREPARACIÓN
    En Exodo 11:7 leemos que el Señor hacía diferencia entre los egipcios y los israelitas. ¿Qué era esta diferencia? No era una diferencia racial o étnica, ni siquiera moral. La “diferencia” existía solamente debido a que la sangre del cordero pascual, el sacrificio inocente, había sido indicada. Fue en la “sangre del cordero” que la misericordia y la verdad se encontraron, y la justicia y la paz se besaron (Sal 85:10).
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    Cuando el pronunciamiento divino llegó a Moisés, en relación con la venida del ángel de la muerte para pasar por todo Egipto, la sentencia pesaba sobre egipcios y hebreos de igual modo. Cualquier familia hebrea podría haberse negado a realizar los preparativos necesarios. Si así lo hubiera hecho, su hijo primogénito, y el primogénito de sus rebaños y manadas habría muerto, así como el hijo primogénito del Faraón murió.
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    Las instrucciones sobre el cordero del sacrificio eran específicas; debía tener un año, y no exhibir el menor defecto. Debía ser elegido de entre el rebaño el día diez del mes, y guardado hasta el día catorce. Debía ser matado en ese día, y su sangre recogida, para colocarla en el dintel y los lados de las puertas de las casas donde vivían los hebreos. Al llegar la noche fatal, cuando el ángel pasó a través del país y vio la sangre en las casas de los israelitas, no entró (v. 23). ¿Por qué? Porque la muerte ya había hecho su labor en esas casas. El inocente había muerto en lugar del culpable. Así fue satisfecha la justicia de Dios.
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  2. LA APLICACIÓN
    La primera referencia directa al “cordero” en la Biblia está en Génesis 22:8. Abraham le dijo a Isaac que el Señor “Dios se proveerá de cordero”. No era simplemente que Dios “proveería un cordero”. El cordero fue provisto primeramente para glorificar el carácter de Dios, para vindicar su santidad, para satisfacer su justicia, y para magnificar su persona. Esto es lo que Pablo tenía en mente cuando escribió: “Siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por medio  de la fe en su sangre, para manifestar su justicia (su absoluta rectitud, probidad), a fin de que él sea el justo y el que justifica al que es de la fe de Jesús” (Ro 3:24-26).
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    En las instrucciones a los hebreos acerca del cordero, podemos ver un sorprendente paralelo con la vida de Jesús. El cordero de un año no era ni recién nacido ni viejo. Jesús fue crucificado cuando estaba en la flor de la juventud. El cordero tuvo que ser guardado por cuatro días con la familia. El animal se identificó con la familia y una relación se estableció entre las dos partes. Del mismo modo Jesús vino y se identificó con el hombre en forma especial. El vivió entre los hombres, comió con ellos, se alegró y lloró con ellos. Jesús fue de ese modo un Salvador “personal”.
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    En el día 14 del mes el cordero fue muerto. ¿Por qué? Porque la muerte tenía que caer sobre el transgresor culpable o sobre un sustituto inocente. Luego su sangre debía recogerse y aplicarse sobre la puerta de la casa donde cada familia hebrea vivía. “Sin derramamiento de sangre no se hace remisión” (He 9:22). Y sin la aspersión de esta sangre en los postes de la puerta no habría salvación para el primogénito. Los dos actos no son sinónimos. El primero, el derramamiento de la sangre, era para satisfacer las justas demandas de Dios; es la propiciación por nuestros pecados. El segundo acto era la aprobación o aplicación de la sangre al pecado del hombre.
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    Una persona puede aceptar intelectualmente el hecho de la vida y muerte de Jesús pero no aplicar la muerte expiatoria a su propia necesidad. La aceptación intelectual de la vida y muerte de Jesús no producirá el nuevo nacimiento. Un Salvador “provisto” no es suficiente. Él debe ser recibido. Debe haber “fe en su sangre” (Ro 3:25), y la fe es una expresión personal.
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    Notemos en Exodo 12:23: “Porque Jehová pasará hiriendo a los egipcios; y cuando vea la sangre en el dintel y en los dos postes, pasará Jehová aquella puerta, y no dejará entrar al heridor en vuestras casas para herir.” Nótese que la mirada del Señor estaba sobre la sangre. Sus ojos no miraban la casa. Podría haber sido una casa de gran consistencia o una choza miserable. No importaba. Dios buscaba la sangre sobre la puerta.
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    Tampoco miraban sus ojos a los que estaban dentro de la casa. No importaba si eran descendientes de Abraham. No era su genealogía, su observancia de las ceremonias, o sus obras, lo que les libró del juicio de Dios. Fue su aplicación personal de la sangre derramada. De la misma manera, cuando Dios nos mira a nosotros, él busca el ver la sangre purificadora y redentora de su Hijo. Él no tiene en cuenta cualquier cosa que podamos haber hecho para  “prepararnos” con el fin de obtener la salvación.
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  3. LA PROCLAMACIÓN
    “Y cuando os dijeren vuestros hijos: ¿Qué es este rito vuestro?, vosotros responderéis: Es la víctima de la pascua de Jehová, el cual pasó por encima de las casas de los hijos de Israel en Egipto, cuando hirió a los egipcios y libró nuestras casas. Entonces el pueblo se inclinó y adoró” (Ex 12:26,27). Cuando Dios estableció este rito de la fiesta de la pascua, lo hizo por amor a los hijos; para proveer para las generaciones venideras. Lo que Dios hizo estaba basado en la filosofía que tanto nos cuesta entender: ¡la esperanza del futuro reside en el  niño! Si al niño se le informa y se le prepara adecuadamente, el camino queda abierto en cada generación para que el Espíritu Santo obre en los corazones y el mensaje del evangelio sea recibido. Dios pone continuamente muchas cosas delante de los niños para provocarles a que hagan preguntas, y no hay una labor más importante que la de contestar sus preguntas. Sus mentes impresionables deben ser “programadas” con las verdades incomparables de la Palabra de Dios. Luego, en el momento oportuno,el Espíritu Santo despertará sus recuerdos, y esas verdades santas brotarán dentro de ellos.
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CONCLUSIÓN.
Las Escrituras describen la Pascua como un estatuto, una fiesta, y un sacrificio. Es un estatuto por cuanto ha sido ordenada por Dios. Dios la preparó y la ideó. “La salvación es de Jehová.” El hombre nunca podría haber ideado un plan tan santo y justiciero.

La Pascua es una fiesta, es una ocasión de gozo indecible, pues es un maravilloso plan de la gracia divina por medio del cual el creyente es liberado de la muerte eterna.

La Pascua es un sacrificio; nos habla de una muerte sustituidora que significaba “vida” para aquellos sobre cuyas casas se había colocado la sangre. Así Jesús es la sustitución para todos los hombres sobre la cruz de muerte. Sin embargo, esta sustitución tiene sólo valor cuando la aplicamos personalmente por la fe a nuestro pecado.

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