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Un ministerio mayor con recursos limitados

por James P. Stobaugh  

No se necesita mucho dinero para tener un gran impacto

Hace poco tiempo nuestra ofrenda dominical sumó sólo $691.30. Necesitábamos $1,300.00 para cubrir el presupuesto semanal.

De pronto en el vestíbulo de la iglesia vi a Roberto, un hombre desamparado, saludando a nuestros 80 congregantes y pidiendo 25 centavos. Pensé para mí: “Apenas tenemos nosotros 25 centavos para darle”.

No siempre ha sido así. Tengo una fotografía en mi casa de la congregación cuando empezamos. Los hombres se veían enérgicos y las mu­jeres alegres. En aquel entonces la iglesia abarca­ba casi una manzana entera. Escrito con optimis­mo en tinta blanca está el nombre “La Iglesia en Amistad”. La ciudad de Pittsburgh estaba flore­ciente y así también la iglesia. Se jactaba de tener una escuela dominical grande, un grupo de jóve­nes activo, y un servicio por la mañana lleno a rebosar. El potencial de la iglesia se veía intermi­nable.

Pero la industria del acero se tambaleó. Nues­tros ejércitos ganaron dos guerras mundiales, pero nuestra industria perdió ante la competencia internacional. Anchas carreteras invitaban a la gente a mudarse a los suburbios. Sólo unas pocas almas valientes se quedaron en el centro de la ciudad. Nuestra iglesia comenzó a perder miem­bros. A pesar de ello, la gente pedía baños limpios y un jardín de infantes alfombrado. Un pastor agradable que atraía a muchos se jubiló. En 1960 la iglesia era una sombra de su gloria pasada. A principio de los años ochenta quedaba sólo un puñado de santos deslumbrados.

Por ese entonces la comunidad que ocupaba el centro apenas sabía que existíamos. Roberto (el desamparado) y sus amigos no tenían nada en común con nosotros. Sus mundos estaban llenos de drogas, desempleo, y delincuencia juvenil. Nuestro mundo era un atardecer tranquilo con el periódico. Exceptuando las veces en que los de­lincuentes de la comunidad nos asaltaban, viola­ban, o nos robaban los autos, ni siquiera nos acordábamos de ellos. En lugar de servir, la ma­yoría de nosotros pensábamos en cómo podría­mos librarnos de ellos.

Pero lo cierto es que sentíamos que no hacía­mos bien, que Dios no estaba contento con nues­tra negligencia. Este era nuestro llamado y nues­tro lugar. Y esta era nuestra gente. Nos guste o no, Dios nos había llamado para representarlo aquí en el centro de la ciudad. ¿Cómo íbamos a obedecerle en esto?

Pero la convicción es una cosa. El caso era que no sabíamos cómo podíamos ayudar a nadie. Sencillamente no teníamos los recursos. Estába­mos ubicados en un edificio grande y más bien viejo, y nuestros gastos, aún reducidos al míni­mo, casi siempre resultaban ser más de lo que reuníamos en la ofrenda semanal.

Reconociendo los recursos existentes
¿Con qué podríamos comenzar? Por supues­to con lo poco que teníamos. No teníamos dinero disponible. Nuestro presupuesto ya era demasia­do estrecho. Pero a medida que íbamos evaluando nuestros recursos, nos fuimos dando cuenta de que teníamos más de lo que creíamos.

Por ejemplo, nuestro edificio era grande. Eso nos permitía abrir las puertas a varios ministerios sin preocuparnos por tener que alquilar un local.

Segundo, teníamos una oficina de iglesia con una copiadora y una máquina de escribir manual. Aunque fuera lenta, podríamos manejar toda la correspondencia necesaria para una campaña evangélica.

Tercero, aunque pequeña, nuestra congrega­ción era fértil en recursos humanos. Muchos de nosotros habíamos aprendido por nuestras difi­cultades a conseguir el máximo posible con nues­tro dinero.

Aún más importante, sabíamos que Dios es omnipotente, y nuestra comunidad necesitaba a un Dios omnipotente: el desempleo estaba a 40%; y 84% de las familias de la comunidad tienen sólo uno en la familia con empleo. La mayoría de los niños nacían fuera del matrimonio; y el alto índi­ce de crimen era tan grave como en cualquiera otra parte de Pittsburgh. Pero nuestro Dios era aún más grande que cualquiera de estos proble­mas.

¿Qué recursos tienes en tu iglesia?

Recursos financieros:
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Recursos humanos:
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Recursos a tu alcance en el vecindario:
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Una vez que reconocimos todo esto, pudimos poner a trabajar nuestros recursos. Por ejemplo, estábamos preocupados por el estado mental de tantos en la comunidad, pero no po­díamos afrontar lo que costaría emplear a un consejero a medio tiempo. Apelamos entonces a la astucia. Fuimos a un ministerio cristiano de consejería y les ofrecimos una oficina gratis den­tro de nuestro edificio. Es decir, si ellos nos daban un consejero para servir a nuestra comunidad. Aceptaron, y ahora tenemos un consejero en nuestra iglesia que presta servicios dos noches a la semana. Pudimos así proveer mucha más ayu­da que si no hubiéramos conseguido a este psicó­logo. Pudimos hacerlo al saber utilizar el valor de un recurso existente: nuestro edificio.

La formación de cadenas humanas
Esa experiencia ilustra otro principio que también aprendimos: Cuando no podemos hacer algo solos, tenemos que buscar la manera de hacerlo con la ayuda de otros.

Un problema extenso y creciente en el vecin­dario era el de las drogas. Se nos ocurrió: ¿por qué no le pedimos a los de Narcóticos Anónimos que vengan a trabajar en nuestra iglesia? Nosotros no teníamos personal adiestrado, cosa que sí tenían ellos. La verdad es que nosotros éramos nuevos en todas estas áreas y nos sentíamos más confia­dos en arriesgar nuestro edificio que en arriesgar­nos nosotros mismos.

Los de Narcóticos Anónimos vinieron y al cabo de unos meses teníamos al sector más gran­de del área reunido en nuestra iglesia. Cada semana entre 350 y 700 personas asistían a nues­tra iglesia. Algunos llegaban a nuestros servicios de evangelismo. Más aun, la comunidad apoya­ba ahora a nuestra iglesia por los beneficios que recibía. Un representante de Narcóticos Anóni­mos nos dijo: “Nunca hemos sentido tanto amor”.

¿Cuál es el problema humano más grave en tu vecindario?

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¿De qué forma podrías comenzar a dar respuesta a esa necesidad?

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Hubo problemas, como la vez en que unos adictos que estaban en proceso de rehabilitación nos robaron unos muebles y arruinaron dos alfombras. Por primera vez en muchos años nuestra gente pudo saborear el éxito en algo que hacía la iglesia. Aunque todavía recibimos $700 por semana en ofrendas y seguimos gastando más de $1,000, ahora lo podemos hacer porque tenemos la ayuda de otras organizaciones.

Pero seguimos buscando otras formas de ayudar a nuestra comunidad. Cada año pagamos una cuota de $100.00 al East End Cooperative Ministry, una unión de 40 iglesias que provee un comedor público, un programa de comidas mo­vibles para ancianos jubilados, casas para la re­habilitación de drogadictos, y una agencia de empleo. Decidimos en la iglesia que la cuota que pagábamos no era suficiente. Pero no teníamos más dinero, así que decidimos ofrecer nuestro tiempo voluntario para ayudar con estos minis­terios. Dentro de poco tiempo nuestra congrega­ción contribuía más de 100 horas de servicio por semana en estos ministerios: ¡más de una hora por miembro! Todo eso no nos costó ni un cen­tavo, pero nos devolvió grandes beneficios espi­rituales.

Junto con otras iglesias, empezamos a soste­ner un proyecto para proveer casas para gente pobre. Este proyecto compra casas abandonadas y las renueva, y se las alquila a precios módicos a gente de pocos ingresos. La única estipulación es que las mantengan en buenas condiciones. Si cumplen con esto, en unos veinte años pueden llegar a ser dueños de sus propias casas.

Viendo cómo nosotros arreglábamos estas ca­sas en mal estado que comprábamos, los vecinos comenzaron a pintar sus casas y a limpiar sus patios. También los dueños de apartamentos, siguiendo nuestro ejemplo, hicieron reparacio­nes muy necesitadas. Se empezó a sentir un nue­vo espíritu en toda la comunidad, un sentido de valor: esta comunidad es digna de ser cuidada. Esto no se hubiera logrado sin la unión de todos los grupos que he mencionado.

Concentración en áreas de mayor necesidad
Algo que un pastor tiene que reconocer es que él no lo puede hacer todo. La cantidad de nece­sidades y oportunidades que hay en cualquier iglesia y comunidad es demasiado grande para una persona. ¿Qué se puede hacer cuando hay tanta necesidad y tan poco dinero?

Luego de pensarlo bien hemos decidido con­centrarnos en aquellas áreas que creemos son de mayor necesidad. Una de ellas es la de la juventud de la comunidad. Uno de cada veinte mucha­chos en nuestro vecindario morirá antes de cum­plir los veinte años, víctima de pandillas. Cuatro de cada cinco muchachas quedaban en estado antes de los 15 años. Por lo menos dos jóvenes cada año morían por sobre dosis de drogas.

Sin duda debemos darnos cuenta de que estamos perdiendo a nuestra juventud.

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¿Podrías nombrar un comité en tu iglesia para discutir el problema y estudiar los pasos hacia una solución?
Nombre de los miembros del comité:

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Fecha en que se iniciará el programa, Dios mediante:  _____________________________________________________________________________________

Cuando vine a la iglesia para servir de pastor no estaba preparado para ese reto. Le pedí al Señor que me diera los medios financieros para poder hacer algo por una situación tan triste. Me contestó no con dinero sino enviándome a José.

Pocos años antes de llegar yo, la mafia le pegó dos tiros a un hombre llamado José Bellante por una deuda de $10,000 que tenía. Durante su esta­día en el hospital, José entregó su vida a Cristo. Algunos de nuestros miembros se enterraron de la situación de José y lo fueron a conocer. Entre ellos reunieron suficiente dinero como para lle­gar a un acuerdo financiero con la mafia y así le salvaron la vida a José.

Desde este comienzo asombroso, José llegó a ser mi asistente y asumió la responsabilidad del ministerio de los jóvenes. Le agregué una línea al presupuesto, y los miembros que podían dar más dieron algo más para poder pagarle. No fue fácil, pero si queríamos alcanzar a aquella juven­tud perdida, tendríamos que estirar el presu­puesto. José comenzó por abrir clubes para los jóvenes y pronto los miércoles por la noche nuestro sótano estaba lleno de jóvenes. El conocimien­to de la calle que tenía José era admirable. La policía lo usaba para calmar situaciones de crisis ¡viajó hasta la Florida para recuperar a muchachos que se habían fugado! Muchas veces se quedaba toda la noche con drogadictos para asegurarse de que no se lastimaran.

Al cabo de un tiempo, nos dimos cuenta de que el ministerio de José podría ser aun más amplio de no estar restringido solamente a nues­tra iglesia. Así fue como José, con nuestro respal­do, organizó un ministerio independiente y lo nombró “Socios Urbanos”. Ahora el presupuesto de Josél es más grande que el de nuestra iglesia. Miembros de nuestra iglesia siguen contribuyen­do a ese ministerio y algunos sirven como parte de la junta directiva de Socios Urbanos.

Recuerda que el programa debe tener 3 objetivos:
…..► Los jóvenes, dentro de la Iglesia.
…..► Jóvenes, hijos de la congregación, que no asisten a la Iglesia.
…..► Jóvenes sin Cristo en la comunidad.

Eludir la dependencia
Esto trae a colación una pregunta para las iglesias que tratan de ensanchar su ministerio con pocos recursos: ¿cuánto se puede depender de otros? A la vez, rehusar fondos es rehusar opor­tunidades para el ministerio. Pero aceptarlos es abrirse a ese círculo vicioso de dependencia.

Hemos tratado de resolver ese problema de­terminando para qué se han de usar los fondos. Si son para gastos de operación –luz, calefac­ción, salario del pastor–, los rehusamos. Esa es nuestra responsabilidad como iglesia. Estamos comprometidos a morir antes de aceptar el dine­ro de ajenos a la iglesia para gastos básicos. La iglesia, para su existencia, nunca debe depender de otros.

Por otra parte, agradecemos el dinero dado para algún ministerio específico o para algún proyecto. Nuestra Escuela Bíblica de Verano al­canzó a casi 100 niños. Recibimos con agrado el regalo de la compañía Nabisco de galletas para ese programa para niños.

El verano siguiente la ciudad proveyó de sus fondos para dar almuerzos a los niños. Con la cooperación de otras iglesias logramos ofrecer un almuerzo caliente a más de la mitad de los niños, todos necesitados, en una comunidad que com­prende 9,200 familias. Estos regalos no fueron para mantener viva a nuestra iglesia, fueron da­dos especialmente para beneficio de niños que quizás no podrían comer sin esa ayuda. Por eso nos regocijamos cuando una fundación decidió pagar el sueldo de Cindy Schartner, un nuevo miembro de nuestro personal que vino para coor­dinar ministerios dirigidos hacia afuera, a la co­munidad.

Hay recursos que se pueden obtener de buenas agencias como Visión Mundial, La Asociación Billy Graham, etc.

Cuando se puede, la iglesia se ha de aprovechar de tales posibilidades, pero nunca debe usarse tales fondos para pagar el sueldo del pastor o para pagar los gastos ordinarios de la iglesia. Se deben usar únicamente para el proyecto enunciado.

El principio de “eludir la dependencia” tam­bién obra de otra manera: tratamos de no crear una dependencia viciosa en aquellos a quienes servimos. Hace unos pocos años Bob Lupton, director ejecutivo del Servicio Consultorio para la Familia con sede en Atlanta, me sugirió la idea de comenzar lo que ellos llaman “ministerios de dignidad”. Estos son programas creados para dar dignidad a personas y familias necesitadas. Yo reconocí que esto era necesario, porque había visto a personas recibir juguetes usados, que la gente normalmente botaba, para regalarlos a es­tos niños pobres durante la Navidad. La gente estaba perdiendo su dignidad al tener que depen­der de las limosnas de otros al no poder escoger ni comprar juguetes para sus niños. Ahora, con la ayuda de esta organización abrimos una tienda de Navidad. Pedimos a iglesias cercanas que donaran juguetes nuevos. Nos aseguramos de que los juguetes no fueran de tipo violento y que fueran apropiados para la gente dentro de nues­tra comunidad. ¡En vez de regalarlos, los vendi­mos a precios módicos! (También proveímos Bi­blias.) Para muchos, esta fue la primera vez que pudieron escoger y comprar regalos para sus niños.

Si alguna familia era tan pobre que no podía pagar por los juguetes –y era sorprendente ver cuántos podían– le dábamos la oportunidad de trabajar por ellos. A algunos los pusimos a trabajar en la tienda. Estos no eran trabajos inventa­dos, sino trabajos reales. La gente limpiaba, arre­glaba vitrinas, desempaquetaba cajas, marcaba precios. En total, pudimos emplear a veinte y cinco personas. Fue emocionante ver a gente de­samparada y a otros de pocos recursos ganar experiencia en el trabajo. Con lo que ganamos con la venta, pagamos los sueldos, el alquiler del local, y creamos una reserva para comprar más juguetes para la próxima Navidad.

¡Con disminuir la dependencia, logramos be­neficiar al máximo a esta gente necesitada!

No se conformen con lo mediocre
Me apresuro a decir que nunca hemos tenido suficiente dinero como para hacer algo de mane­ra simple. Por ejemplo, somos patrones de unos apartamentos para desamparados ubicados en el sótano de nuestra iglesia. En nuestro ministerio para pobres sin recursos, nos empeñamos en ha­cer lo posible para proveer excelencia. Creemos que nuestro Señor no quisiera menos de nosotros.

Por ejemplo, al tiempo que buscamos rehabi­litar a los desamparados, usamos los servicios de una clínica cristiana en el barrio. A la vez, un cirujano ortopédico y un dentista de nuestra igle­sia ofrecen tratamiento gratis a los necesitados de la calle. La iglesia no debe de quedar atrás de ninguna otra organización en el país.

► Haga buenos planes.
► Busque buenos líderes.
► Para Cristo lo mediocre no sirve, Él merece lo mejor.

El no conformarnos con lo mediocre quiere decir, entre otras cosas, que cuando entramos al campo de un nuevo ministerio tenemos que pedir consejos. Hace poco nos hicimos cargo de un edificio de once apartamentos en nuestro vecindario para alojar a los ancianos desamparados de nuestra congregación. Por ser una iglesia pe­queña no teníamos experiencia en la administra­ción especializada que requiere este tipo de mi­nisterio. Entonces, formamos una junta consultora con un grupo de cristianos comprometidos, que no de fuera de nuestra congregación, que se especiali­zan en estos tipos de trabajo. Examinaron el edi­ficio, nos ayudaron con asuntos legales, y nos guiaron por ese laberinto de reglas que ha im­puesto la comunidad. Un contratista que es de otra iglesia se comprometió a traer a sus obreros para ayudarnos con la renovación. Nosotros compramos los materiales y ellos generosamente nos dieron la mano de obra. El trabajo se hizo de primera calidad.

Una simple verdad
Nunca olvidaré el día en que invitamos a un indigente llamado Roberto a visitar nuestra igle­sia. En la iglesia habíamos abierto un centro de ayuda a los pobres. La gente podía venir a calen­tarse o a recibir consejo. Todos los lunes por la noche algunos de los miembros de nuestra con­gregación daban un estudio de Biblia como su contribución.

Por fin la congregación se dio cuenta: éramos una iglesia poderosa sin haber aumentado si­quiera nuestro presupuesto. Éramos respetados y amados por personas de nuestra comunidad, algunas de las cuales se hicieron miembros y otras hasta llegaron a ser oficiales de la iglesia. Gradualmente llegamos a ser una iglesia comu­nitaria. Ya no teníamos ventanas rotas ni paredes manchadas con heces, porque esta iglesia era de ellos.

Un día después de todo esto nos robaron el proyector de videos de la iglesia. No me sorpren­dió, pues tal cosa sucede con frecuencia en igle­sias situadas en el centro de la ciudad. Pero sí quedé sorprendido cuando un Señor trajo de la mano al ladrón y lo regañó en mi presencia: “Oye, tú —le dijo—, ¿qué haces? ¡Este aparato es de nosotros! ¡Este es nuestro lugar! ¡Nunca robes lo que pertenece a nosotros”!

Nuestro presupuesto está todavía en los $72,000 al año y todavía tenemos sólo 79 miem­bros. Algunas semanas sólo recibimos $691.30. Pero ahora con más frecuencia llegan los domin­gos en que la ofrenda es entre $1,000 y $1,500. Por primera vez en años hemos logrado mantenernos dentro de nuestro presupuesto. ¡El año pasado terminamos con sólo $7.30 de déficit!

A través de los años una de nuestras debili­dades ha sido el no poder integrar a los adictos o a los desamparados a nuestra congregación. To­da vía buscamos maneras de hacerles sentir có­modos en el santuario. Ahora todo nuevo empe­ño tiene que estar relacionado con el ministerio de la iglesia. Cuando empezamos una clase, sea cual sea, los que se unen a esa clase se compro­meten a volver todas las semanas. Así llegan a conocer mejor a los miembros de la congregación.

Por supuesto, seguimos necesitando dinero. Quizás no he predicado lo suficiente sobre la mayordomía. Necesitamos comprometernos a ser más responsables con nuestro Señor.

Mientras tanto, queda mucho por hacer. La falta de empleo está asfixiando a nuestra comu­nidad. Esperamos algún día poder empezar un negocio que sirva para emplear personas de nuestro vecindario.

Nunca me he sentido tentado a predicar sobre la Teología de Prosperidad. Esa teología está fue­ra de mi experiencia, aunque creo que nuestras únicas limitaciones son aquellas que no pode­mos soñar o las que nos inponemos. El proble­ma con nuestra iglesia, o cualquier iglesia de es­casos recursos, es la falta de capacidad creadora y de atrevimiento para hacer lo que parece imposi­ble.

Durante estos últimos años el libro de Ester me ha hablado mucho. Ester tuvo que actuar rápidamente, de manera muy resuelta y con mu­cho coraje. De no haber sido así, habría perecido la nación de Israel. Después de orar y ayunar, dejó su alcoba real, tomó por la galería, y se enfrentó a la conspiración de maldad más pode­rosa de su época.

En toda comunidad la iglesia se está prepa­rando para enfrentarse cara a cara a algún rey Xerxes. Ester lo arriesgó todo. Nosotros también tenemos que arriesgarlo todo.

Somos la Iglesia de Jesucristo, y debemos tener más que bellos sentimientos o un edificio atractivo. Nuestras comunidades dependen de nosotros para poder conocer a Cristo.

Experiencia personal
En el espacio que queda, escriba de una experiencia linda que haya tenido en su iglesia al esforzarse para hacer un proyecto digno que trajo mucha bendición.

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©Copyright de Christianity Today.
Versión en español© por LOGOI, Inc., Miami, Florida, 1992.
Este artículo apareció en LEADERSHIP, revista dedicada a pastores norteamericanos. Fue traducido con permiso de la casa editora para usarse en estos programas de enseñanza de FLET.