Comienza

Regístrese

Regístrate hoy Hágase miembro y acceda nuestro recurso

Ingresar

¿Eres miembro? Ingrese para acceder su cuenta

Un corazón de pastor

John A. Mackay

En tiempos en que la grey del Señor es conducida por ministros y seudo-ministros inspirados por sus propios intereses, es importante recalcar la importancia de lo sagrado que es el llamado de Dios.

El ministro

De todos los oficiales a quienes la iglesia elige como autoridad en el Señor, el primero y más conspicuo es el ministro o pastor. Desde luego, la persona llamada por una iglesia para ser ministro de ella, tiene que reunir ciertos requisitos. Además de las cualidades personales que le han ganado el favor de su rebaño, es de esperarse que sea un hombre que se sienta llamado por Dios para hacer la obra del santo ministerio. También debe reunir las normas generales prescritas con relación a los candidatos al ministerio.

Casi siempre se le pide que responda afirmativamente a preguntas que tienen relación —no tanto con su teología— pero con la forma de vida que se espera de él como siervo. Al futuro ministro se le pregunta lo siguiente:

«¿Aprueba usted el gobierno y disciplina de esta Iglesia? ¿Promete usted sujeción a sus hermanos en el Señor? ¿Hasta dónde le es posible conocer su propio corazón, es usted inducido a buscar el oficio del santo ministerio movido por el amor de Dios y un sincero deseo de promover su gloria por medio del evangelio de su Hijo?»

«¿Promete ser celoso y fiel, y mantener las verdades del evangelio y la pureza y paz de la iglesia, aun cuando pueda surgir persecución u oposición en su contra? ¿Promete ser fiel y diligente en el ejercicio de sus deberes como cristiano y como ministro del evangelio, en lo personal, en sus relaciones privadas o públicas delante del rebaño en el cual Dios le ha puesto como obispo?»

Una vez que el candidato responde satisfactoriamente las preguntas anteriores, se arrodilla. Entonces los miembros de la junta directiva de la iglesia, bajo cuyos auspicios el candidato es ordenado e instalado, ponen sus manos sobre la cabeza del nuevo ministro —de acuerdo con el ejemplo apostólico— y el ministro que preside el acto eleva una oración. De esta manera, el nuevo ministro es separado para el sagrado oficio del ministerio del evangelio.

La ordenación no significa que el hombre sobre cuya cabeza han sido puestas las manos reciba alguna gracia especial con ese acto. Tampoco significa que mediante ese acto la persona ordenada sea cualitativamente un tipo superior de hombre, diferente de los demás cristianos, tal como sostiene la Iglesia Católica Romana con respecto al sacerdocio.

Al contrario, ello significa que la persona así ordenada es separada para cumplir una función especial. El cumplimiento de esa labor ministerial comprende una tarea y un oficio. Es decir, que el ministro debe cumplir dignamente su tarea y ocupar conscientemente su oficio, junto con todas las responsabilidades y privilegios que entraña dicha función.

En otras palabras, el ministro deriva su autoridad del oficio que desempeña y de la estructura de su propia personalidad y no de ninguna pretensión de «superhombre» religioso o representante de una nueva categoría de seres.

Dos cosas importantes respecto a la ordenación

  1. El acto de ordenación, tal como se expuso, no establece un nuevo orden de seres espirituales. Delante de Dios, el ministro ordenado no ocupa un alto rango en la escala de la realidad humana diferente del cristiano común.
  2.  La ordenación por la cual un hombre viene a ser ministro de la Palabra y de los sacramentos, exige validez en toda la Iglesia de Cristo.

Lo más importante es: ¿Pueden los ministros cristianos dar pruebas positivas de que se han dedicado y que están ocupados en llevar adelante la tarea misionera de los apóstoles? Esta tarea de los apóstoles, hoy en día, debe realizarse tanto en la comunidad local como en otras nuevas y grandes fronteras del reino. El ministro ordinario, que trabaja con toda responsabilidad en su comunidad local ya sea como pastor, maestro o evangelista, es en un sentido real un verdadero sucesor de los apóstoles más que el orgulloso purpurado religioso que se gloría solo en su alta dignidad eclesiástica.

Lo que hace a los ministros cristianos verdaderos sucesores de los apóstoles es una comunión espiritual con aquellos que tengan que ver con la misión de los apóstoles y no una continuidad jerárquica relacionada con el oficio de ellos.

La calidad de vida que los pastores tengan en relación con Dios, al pueblo y a la comunidad, depende en gran manera de los siguientes factores:

  1. La calidad de su vida espiritual.
  2. El modo de entender sus tareas ministeriales.
  3. La forma de considerar su relación como ministros con la comunidad secular.

Esos factores deben dar un marcado énfasis al señorío de Cristo sobre la Iglesia y el mundo. Pero por otra parte, también deben afirmar la responsabilidad de la Iglesia para con el orden secular. Por tal motivo, tanto los ministros como los laicos son personas dotadas de una mentalidad responsable hacia el orden social.

Diferentes tipos de ministerios

Algunos siervos de Dios tuvieron como preocupación suprema el ejercicio de la religión personal tal cual se expresa en el lema conocido en aquellos tiempos como: «La vida de Dios en el alma del hombre», demostrando también gran interés en la obra de la evangelización. A ellos se les denominó «evangélicos».

La preocupación prioritaria de otros era que la sociedad sintiera estimación por la iglesia y por su ministerio. Sostenían altos principios éticos, pero se oponían firmemente a todo aquello que tuviera la semblanza de entusiasmo religioso o emotivo. En efecto, sentían mayor interés porque la sociedad reconociera que los ministros del evangelio eran excelentes ciudadanos, más que por lograr la transformación de la sociedad por medio del evangelio.

Es decir, se preocupaban más por demostrar que tenían interés por la cultura y que eran personas cultivadas y por lo tanto, dignas de ser admitidas en los mejores círculos sociales.

Recuerdo dos valiosas referencias en los anales religiosos de las norteñas regiones montañosas de Escocia, las cuales representan dos parábolas de esos tipos de ministros a los que me refiero. La esposa de un ministro moderado le informó a su esposo que muchos miembros de su iglesia estaban abandonando la congregación y estaban asistiendo a los servicios dominicales de otra iglesia vecina. La respuesta de aquel ministro fue: «Observa si cada uno de ellos se lleva también las ofrendas de mi sueldo para depositarlas allá».

Por otra parte, un famoso pastor «evangélico» de Lochcarron (Escocia), la iglesia de mis ancestros y que era una figura legendaria por su piedad así como por su vasta cultura y buen humor, escribió los siguientes versos de intenso sabor picaresco:

«El párroco no tiene casa, ni rancho, ni cabras, ni reloj, ni esposa.
Y sin recibir aumento en su estipendio vive —con todo— una vida feliz».

Estos casos son sin duda, símbolos de extremos opuestos que representan tipos verídicos y permanentes de estos dos puntos de vista del ministerio y ofrecen lecciones objetivas para todos los pastores de hoy que sienten interés por la vocación ministerial.

En la historia de la iglesia escocesa hubo otra figura ejemplar que sirve de modelo a todos los ministros cristianos de todos los tiempos y de todas partes. Thomas Chalmers, un joven ministro y brillante matemático que aspiraba a esa cátedra en la Universidad de Edinburgo, Escocia.

Él sostenía que cualquier ministro de la iglesia podía cumplir las obligaciones de su oficio en dos días de la semana y dedicar los 5 días restantes a cualquier otra actividad que quisiera. En un folleto anónimo que editó, afirmaba que un erudito no debía sentir en su contra el estigma de la ordenación. Esta, en efecto, era una tesis característica de los moderados.

Sucedió a la sazón, sin embargo, que este joven ministro pasó por una profunda experiencia de conversión. Aun después de aquel gran cambio, Chalmers continuó viviendo en las fronteras de aquella preocupación cultural y social con mayor intensidad que nunca, pero sus dotes para la astronomía, las ciencias políticas y la entonces nueva ciencia de la economía, fueron puestas al servicio de Cristo y de su iglesia.

Años más tarde se suscitó un acalorado debate en la Iglesia de Escocia acerca de la pluralidad de empleos del ministro. En el tapete de las discusiones se ventilaba el debate sobre si el ministro podía ocuparse formalmente en actividades seculares y al mismo tiempo dar la debida atención a sus deberes ministeriales.

Los ojos de todos se volvieron a aquella venerable figura que una vez fue el campeón de la tesis de que para una persona ordinariamente inteligente, el ministerio no era sino una tarea de tiempo parcial. Chalmers vaciló un poco y por fin se puso en pie. Lo que dijo es recordado como una de las más memorables alocuciones que jamás se hayan pronunciado:

«En aquellos días, señores, me sentía más inclinado a las matemáticas que al ejercicio de mi propia vocación. Movido por un sentimiento de disgusto e indignación por lo que consideraba una indebida concepción con respecto a las habilidades y educación de nuestro ministerio, escribí aquel panfleto con el fin de liberar a nuestros ministros de lo que pensé era un inmerecido reproche contra ellos, afirmando en aquel entonces que una dedicación completa y exclusiva al estudio de las matemáticas, de ninguna manera era disonante a las tareas del ministerio: pero, cuán insensato fui entonces señores al pensar así en mi ignorancia y vanidad».

«Mas ahora, no tengo ninguna reserva para decir que aquellas ideas estaban equivocadas y que aquello que escribí con mi puño y letra fue una equivocación imperdonable. ¡Cuán ciego fui en aquel entonces! porque señores, ¿cuál es el objeto de las matemáticas? El estudio de la magnitud y las proporciones de ella. Empero, en aquel tiempo, señores, había yo olvidado dos magnitudes: No que no hubiera pensado en la pequeñez del tiempo, sino que, insensatamente no había pensado en la grandeza de la eternidad…»

Sin embargo, sea que la obra del ministerio se realice en zonas urbanas o rurales, dentro de la ciudad, en la universidad, en los hospitales o en los campos militares, existe una guía segura hoy para caminar con aquel Peregrino que es a la vez, el Camino eterno: Jesucristo nuestro Señor.

«Señor, provee verdaderos pastores para tu rebaño», dijo Juan Knox en una de sus oraciones. Ser pastor, es decir, tener un corazón de pastor, es ser sensible a las necesidades humanas, conocer, como resultado de la fe y la experiencia, la manera de encontrar estas necesidades sin tener que recurrir constantemente a un siquiatra. Si las ovejas siguieran siempre, en nuestros días, al Buen Pastor, los espíritus agitados de los hombres recibirían no solo alimento espiritual, sino también diagnóstico sicológico y sabio consejo.

Es propio que un hombre sobre cuya cabeza fueron impuestas «las manos» y se arrodilló en humildad, se examine a sí mismo. Por esto, pido que dejemos al ministro que escribe estas líneas, que les hable así y le permitan guiarles por ese camino.

Conclusión

Recientes estudios acerca del ministro y sus problemas, así como de la imagen que tienen de sí mismos y de su obra, han puesto de relieve algunos hechos de crucial importancia. Cada vez más, existe la convicción entre las iglesias protestantes de que el ministro de la actualidad tiene el peligro de ser absorbido por las responsabilidades administrativas. Es decir, que tiene la tendencia a amoldarse al patrón que le ofrece a diario la sociedad secular, convirtiéndose así en un «hombre-organización».

La tarea de asegurar un buen funcionamiento y un orden eficiente en las labores y relaciones de los diferentes grupos en los cuales se divide su congregación hace difícil para el ministro en general, ser predicador y pastor, a la vez que administrador.

La única respuesta a este problema es que el ministro movilice todos los talentos de los laicos de la iglesia y distribuya la totalidad de la tarea ministerial entre aquellos hombres y mujeres de Dios, sobre quienes es puesto como obispo.

En última instancia, la solución definitiva de este problema radica en redescubrir algo que está profundamente enraizado, a saber: Dejemos que los laicos, tanto hombres como mujeres, asuman iguales responsabilidades que las que tiene el ministro, para trabajar en favor de la comunidad de Cristo; todos ellos deben ser también de acuerdo con sus diferentes dones y oportunidades, pastores y predicadores, maestros y administradores.

El criterio definitivo para alcanzar grandes logros en el ministerio pastoral debe ser aquel expresado en la meta de Pablo, que en el curso de su epístola a los cristianos de Éfeso, dijo que el supremo objetivo que ha sido puesto por Cristo a aquellos comisionados especialmente y ordenados como oficiales para servir a su iglesia es este: «Perfeccionar a los santos para la obra del ministerio».

Esto es, que ellos, los laicos, en el más profundo y más cristiano sentido, vengan a ser también ministros (Efesios 4: 11-12). Los laicos también deben ser siervos de aquel que vino, «no para ser servido, sino para servir». Recapturar este aspecto olvidado de lo que se llama «sacerdocio de todos los creyentes», es seguir el sentido, a través del verdadero Camino.