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¿Tienes un momento de piedras?

por Les Thompson

Cuando algo importante te sucede, ¿qué haces para no olvidarlo? Los acontecimientos inolvidables de la vida exigen tipos especiales de monumentos. Es común, por ejemplo, dejar un álbum de matrimonio en un lugar visible en la sala del hogar. A una mujer, en particular, le encanta mirar las fotos que le recuerdan los acontecimientos importantes. Casi cualquier cosa puede llegar a ser un monumento especialmente conmemorativo.

Cuando Dios dividió las aguas del desbordado río Jordán para que Israel pasara a la tierra prometida, Josué dio instrucciones a cada uno de los doce representantes seleccionados de las tribus para que tomaran una piedra del lecho del río. Al «otro lado del Jordán» habían de levantar un monumento perdurable, especialmente para que todo Israel lo viera, «para que esto sea señal entre vosotros; y cuando vuestros hijos preguntaren a sus padres mañana, diciendo: ¿Qué significan estas piedras? les responderéis: Que las aguas del Jordán fueron divididas delante del arca del pacto de Jehová… y estas piedras servirán de monumento conmemorativo para siempre» (Jos 4.6, 7).

Dios, que hace cosas significativas para su pueblo, quiere que nos acordemos de estos acontecimientos especiales. Desea que sirvan de memoria, no solo a los que los experimentaron, sino también a sus hijos y a los hijos de los hijos. Hay pocas cosas que fortalecen la fe tan firmemente como recordar las obras especiales de Dios a favor de una familia. Ese tipo de recuerdo hace posible la fe, que traslada montañas, en los hijos.

Pongamos en perspectiva el monumento de piedras de Josué.

Israel vagó por el desierto durante cuarenta años, hasta que todos los que dudaron (que al principio avistaron brevemente la tierra prometida, pero se negaron a poseerla por su incredulidad) murieron. Ahora una nueva generación, un pueblo fiel y obediente dirigido por Josué, recibe una nueva oportunidad de poseer lo que Dios ciertamente había prometido. Su obediencia permitió que Dios les abriera una supercarretera directamente a través del río Jordán, crecido e imposible de cruzar.

Leemos la historia de ese paso y nos maravillamos de la sencillez y la forma directa en que se cuenta tan extraordinaria hazaña. No se hacen preguntas. No se expresan dudas. Sencillamente: Dios da instrucciones a su pueblo; el pueblo obedece y, por consiguiente, Dios hace exactamente lo que prometió hacer.

En puro castellano (o hebreo), esto es lo que debía leerse en la inscripción sobre ese monumento al otro lado del Jordán: Dios habló, su pueblo obedeció, y Dios cumplió.

Además, dice la historia, que los padres y las madres han de saber que ellos, personalmente, han de enseñar a sus hijos estos hechos bíblicos. Estos hijos, a su vez, han de transmitir estas mismas verdades a sus hijos. Esta cadena, establecedora de la fe, se forja, no con margaritas sentimentales, sino a base de eslabones reales de piedras muy visibles en el monumento construido al otro lado del río. Las piedras no pueden ser ficticias, creadas por ilusiones espirituales. Tienen que ser obras reales, palpables de lo que Dios ha hecho. Al ser verídicas, nadie puede dudar de que Dios de veras cumple sus promesas.

Me encanta entrar a la oficina principal de Visión Mundial en Monrovia, California. Lo primero que salta a la vista es un enorme retrato de Bob Pierce, el fundador, con su magnífico lema: «Que mi corazón sea conmovido por las cosas que conmueven el corazón de Dios». Bordeándolo y subiendo la escalera, hay grandes fotografías cuidadosamente seleccionadas para representar los imponentes hechos de Dios a favor de Pierce y de la gente sufrida en el mundo entero que Dios le permitió ayudar.

¡Qué monumento a la obra de Dios a favor de un seguidor obediente! Numerosas veces he salido de ese vestíbulo con el corazón estimulado con renovada fe en lo que Dios ha prometido hacer a través de nosotros que luchamos a favor del mundo hispano.

Dios habla. Nosotros obedecemos. Y Él hace lo que el hombre considera imposible. Jamás lo olvidaremos, por ello es que necesitamos monumentos.

Sin duda, cada uno de nosotros puede apuntar a piedras encontradas en nuestro cruce por ríos tan imponentes como el Jordán. Hemos estado juntando nuestras piedras singulares… suficientes, ahora, para levantar un monumento propio. Nuestra falla, quizás, ha sido no hacer un monumento adecuado para luego señalar a nuestros hijos y amigos, nuestras piedras conmemorativas.

A su vez, hay dos cosas que podemos hacer con tales piedras: 1) Descuidarlas o dejarlas sueltas sin hacer un monumento, y así olvidarlas. 2) Hacer un monumento tan impresionante que lo convirtamos en ídolo.

Ante esas piedras podríamos detenernos para mirar y recordar. Es cierto que a veces nos pone la carne de gallina y sentimos un hormigueo por dentro al ver lo que Dios ha hecho. Pero las piedras no son para postrarnos ante ellas. Han de servir solo para no olvidar que esa experiencia era sencillamente para mostrarnos Su mano poderosa. El deseo de Dios era que Su pueblo siguiera adelante hasta terminar la tarea de poseer la tierra. Nunca fue que se detuviesen a la orilla del Jordán sin avanzar.

Israel cruzó el Jordán, pero eso fue solo el primer paso en el glorioso y difícil proceso de poseer la tierra. Debían mirar atrás cuando se desanimaran por las dificultades para recibir energía a fin de avanzar.

La promesa de Dios había sido: «Yo os he entregado… todo lugar que pisare la planta de vuestro pie».

Maravillosa promesa, pero tenía una condición que pone a pensar: una actividad incesante y una fe invariable. ¡Pisadas de fe! Todo el libro de Josué es una mezcla de relatos acerca de los que entraron por fe y guerrearon, tomando posesión de la tierra (como Caleb, 14:6-15), y los que por falta de fe no expulsaron a sus enemigos, o se conformaron con mucho menos de su porción.

Igual es para nosotros. El monumento que cada uno de nosotros levantamos a la fidelidad de Dios es solo el principio. Allí nuestro trabajo acaba de empezar. Ante nosotros está la conquista de un continente.

Dios le prometió a Josué: «Como estuve con Moisés, estaré contigo». Sin duda, con todo lo que Dios ya ha hecho por nosotros, podemos apropiarnos de esas mismas palabras y decir: «Como estuvo Dios con Moisés y Josué, así estará contigo. Solamente tengo que esforzarme, ser muy valiente, para cuidar de hacer conforme a todo lo que Él me ha mandado. Si me aparto a diestra o a siniestra, no seré prosperado en las cosas que emprendo para Dios».

¿Cómo aplicar esta lección a nosotros los pastores que trabajamos en el mundo hispano?

Como los espías que envió Josué, hay que hacer un estudio de la región/ciudad donde estamos trabajando a fin de hallar los sectores donde no hay iglesias.

Luego, fijar estrategias que nos permitan «poseer» esa tierra.

Dentro de la iglesia hay que entrenar a un significativo grupo de miembros a unirse al esfuerzo evangelístico. Es esencial que cada miembro se dé cuenta de su responsabilidad y tome cartas en el asunto.

Hay que encontrar las herramientas apropiadas para entrenar y preparar a los obreros: videos, audiocasetes, materiales impresos, que de una manera muy clara y bíblica respondan al meollo de la necesidad de los obreros que se dedicarán al trabajo evangelizador (sin ser estimulados, entrenados y alentados no podemos esperar que el pueblo de Dios se ponga en acción).

Hay que salir, y por fe, ¡pisar tierra!

A fin de mostrarnos que para todos hay trabajo, desde jóvenes hasta ancianos, el Espíritu Santo hace relatar en el libro de Josué la fe y la actitud del viejo Caleb, que vino a Josué para pedirle un lugar que él también pudiera conquistar: «Josué, mi viejo amigo», dijo (él había acompañado a Josué a espiar la tierra), «no me des una tarea fácil. Quiero tomar aquel monte donde viven los anaceos con sus ciudades grandes y fortificadas. Dámela por heredad. Sé que con la ayuda de Jehová los echaré de allí».

¡Que la realidad del llamado de Dios y la confianza de Su presencia así como sus promesas nos estimulen a una acción resuelta! En nuestro mundo hispano apenas hemos cruzado el Jordán. Gracias a Dios por el monumento de piedras que nos hace recordar su grandeza. Pero adelante está la vasta tierra prometida. Es nuestra para ocuparla. ¿Acaso somos lo suficientemente valientes, emprendedores y crédulos como para abrazar la promesa de Dios y empezar a poseerla paso a paso?