Comienza

Regístrese

Regístrate hoy Hágase miembro y acceda nuestro recurso

Ingresar

¿Eres miembro? Ingrese para acceder su cuenta

Soy Jesús

Del libro devocional Manantiales en el Desierto

por la Sra. Charles Cowman

Bueno es Jehová a los que en Él esperan,
al alma que le busca.
Nunca decayeron sus misericordias.

Lamentaciones 3:25,22

SE CUENTA DE UN anciano andrajoso que cada día a las doce entraba a la iglesia, permanecía unos pocos minutos dentro y se iba. El cuidador estaba preocupado por los valiosos adornos del altar. Todos los días lo vigilaba cuidadosamente para estar seguro que nada se llevaba. Y todos los días, a las doce en punto entraba la andrajosa figura. Un día el cuidador se le acercó:

—Oiga, amigo, ¿a qué viene todos los días a la Iglesia?

—Vengo a orar— contestó cortésmente el anciano.

—Pero— dijo cautelosamente el cuidador —usted no se queda tanto tiempo como para orar.

—Solamente lo necesario. No sé hacer largar oraciones, pero todos los días vengo y digo: “Jesús, soy Jaime.” Entonces espero un minuto, y me voy. Pienso que Él me escucha aunque sea corta la oración.

Un día, cuando cruzaba la calle, un vehículo arrolló a Jaime, y éste fue hospitalizado con una pierna quebrada. La sala donde lo pusieron era un lugar molesto para las enfermeras encargadas. Algunos de los hombres estaban malhumorados y en actitud miserable y otros no hacían más que quejarse y gruñir desde la mañana hasta la noche. Poco a poco los hombres fueron dejando sus rezongos hasta que llegaron a demostrar alegría y conformidad.

Un día cuando la enfermera recorría la sala oyó reír a los hombres.

—¿Qué les ha pasado? ¡Se ven tan contentos!

—Es el viejo Jaime— contestaron, —siempre está alegre, jamás se queja aunque su posición es bastante incómoda y padece fuertes dolores.

La enfermera fue hasta la cama de Jaime, donde con su cabeza de plata yacía acostado con una mirada angelical en el rostro sonriente:

—Bien, estos hombres dicen que eres el causante de la transformación de esta sala. Dicen que estás siempre feliz.

—Es verdad, enfermera. Pero no puedo evitarlo. Usted comprenderá, enfermera, es mi visitante. Él me hace feliz.

—¿Visitante?—. La enfermera estaba asombrada, porque no había notado que alguien estuviera visitando a Jaime. Su silla estaba siempre vacía en las horas de visita—. ¿Cuándo viene la visita?

—Todos los días— contestó Jaime con los ojos iluminados por una brillantez creciente—. Sí, todos los días a las doce. Él viene y se para junto a mi cama. Yo lo veo allí. Él me sonríe y me dice: “Jaime, soy Jesús.” —Historia verídica.

Tomado del libro Manantiales en el Desierto (Segundo tomo), por la Sra. Cowman