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Soli Deo Gloria

Les Thompson

[tomado de su libro La fe que mueve montañas]

Esta es época de Navidad. Celebramos el evento más importante de la historia del hombre. San Pablo lo describe así: «Pero cuando vino la plenitud del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley, para que redimiese a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos» (Gál 4:4-5). ¡Qué increíble que Dios nos amara tanto! Es oportuno, pues, hablar de la gloria inigualable que debemos tributar a Dios.

¡Cuánta obra se hace, hoy en día, que resulta en gloria para el individuo, en lugar de gloria para Dios! Creo que necesitamos renovar el clamor de los reformadores del siglo XVI: «Soli Deo Gloria» (latín para «sólo a Dios gloria»).

Desde que empezamos a ir a la iglesia hemos oído que todo debe hacerse para gloria de Dios. Sin embargo, hoy día pareciera que, en un gran número de casos, se ha convertido la plataforma de la iglesia en el lugar donde se glorifica a los siervos de Dios.

Vi una caricatura que viene al caso. Se ve un barco lleno de pasajeros. A un lado esta un personaje barbudo solitario representando al apóstol Pablo, al otro lado del cuadro un gran grupo alrededor de unos cantantes. Un creyente dice: «Sé que en este viaje San Pablo vino para enseñarnos Biblia, pero lo que me interesa es conocer a los simpáticos cantantes de rock evangélico». Ya el estudio de la Biblia no nos llama la atención, no importa el maestro. Lo que buscamos es la sensación de conocer a las personalidades populares.

Pocos son los seguidores del humilde Carpintero de Nazaret. Pero, cuando ensalzamos al hombre, lo básico del cristianismo se está obviando: debe alabarse al Señor.

Abra su Biblia en Apocalipsis 5 y lea los versículos 1-14. ¿No nos debe avergonzar esa sustitución, de intentar robarle a Jesús lo que solo a Él le pertenece?

Vivimos en un ambiente en que se da culto al hombre, donde la gente que se cree importante imita a los artistas de Hollywood y televisión, no a Cristo.

Otro ejemplo. Los aplausos están de moda. He estado en reuniones donde se ha interrumpido al predicador vez tras vez para aplaudirle. Me he sentido como si estuviera en un mitin político, no en una iglesia. Allí, en la casa de Dios, donde por su misma naturaleza la adoración pertenece solo a Dios, se celebra al hombre más que a Dios. Cuidemos que nuestras alabanzas no sean al hombre por su habilidad y brillantez en lugar de a Dios.

Recordemos que el mensaje que un predicador trae a la congregación no es de él. Es –o debiera ser— algo que a solas con Dios, como resultado de oración y arduo estudio de la Palabra, ha recibido por ayuda e iluminación del Espíritu Santo. Entonces, rendirle gloria al predicador por lo que ha venido de Dios es un robo blasfemo.

Cuando el predicador o el cantante o el que da un testimonio usa el púlpito para obtener gloria para sí mismo, ya ha recibido su recompensa (Mt 6:2, 5:16). Al buscar gloria personal por lo que hace, ya deja de ser una buena obra que Dios bendice y se convierte en una perversidad. Como señaló Jesús:«ya recibieron su recompensa». En otras palabras: ¡no pueden esperar la bendición de Dios!

¡Qué hermoso es ver a un predicador que en verdad es instrumento en manos de Dios, buscando solo la gloria de Dios! Pero qué deshonroso es ver a una persona usar indirectamente lo que es de Dios para directamente glorificarse a sí mismo. El exhibicionismo espiritual debe ser condenado por el pueblo de Dios. Lo triste es que hoy la gente busca codearse con grandeza humana, y tantos predicadores, a mi parecer, animan y aceptan tal adulación.

Una negación difícil

¿Qué quiso decir Cristo con las palabras «niéguese a sí mismo»?

Cuando Cristo dijo: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo» (Mt 16:24), hablaba principalmente de nuestro ego.

No nos gusta el camino de la cruz. Preferimos un camino propio, que nos dé alguna satisfacción personal.

Ahora, si fuese indispensable, aceptaríamos ciertas clases de cruces —de oro, de plata, cruces bonitas y bien adornadas. Pero, por favor, ¡ninguna que tenga clavos! Pues, ¿quién quiere morir?

Pero es precisamente «a morir» que nos invita Cristo. Morir es negarse a sí mismo para rendirle a Dios toda la gloria que le pertenece. Morir no sólo se refiere a algo material, ni ajeno, ni al mundo. Tiene que ver esencialmente con lo que soy y quiero para mí. Tiene que ver con mi ego, con mi «yo», con mis pretensiones, mis deseos, mis anhelos, mis objetivos, mis motivos, mis posesiones, mi familia, y mis pensamientos más íntimos y escondidos.

La intención real del corazón del que desea honrar a Dios debe ser morir al «yo» para que solo Dios sea exaltado. Esto es lo que quiso el Padre, pues ama al Hijo (Jn 3:35; 5:20) y le dio gran gloria a Él, y le confirió las grandes obras (Jn 5:20-30; 10:17-18; 17:23-26).

«Tomar nuestra cruz encierra ponernos a un lado para que Cristo sea exaltado.

Como Balaam (Nm 22), nuestro servicio puede desear la gloria de Dios, pero a la vez estar contaminado por un fuerte deseo de algún reconocimiento, de algún beneficio personal. La razón pura de servir a Dios no es la única ni exclusiva intención. Detrás del servicio está el perverso deseo de lucirnos o ser enaltecidos o recibir alguna ganancia.

Ese deseo de que se nos celebre el talento, de que se nos alabe, de que se diga que somos mejor que otros, de que se nos dé algún crédito, alguna ganancia material, alguna alabanza, sale de su sitio escondido y procura apoderarse de nuestra buena obra. «Niéguese a sí mismo», dice Jesús.

Si permitimos el pensamiento, si alentamos ese ego, lo bueno se convierte en malo, en algo desagradable a Dios. Aquí cabe lo que dijo Jesús: Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿No profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: Nunca os conocí, apartaos de mí, hacedores de maldad» (Mt 7:22-23).

Por cierto, el que no busca glorificar a Dios permite que ese ego encuentre la satisfacción que busca. Usa el evangelio para su avance personal, pare enriquecerse, para ganar fama, disimulando y engañando al pueblo de Dios, pretendiendo ser santo y sacrificado. Sus fines son perversos, pero finge con palabras dulces y argumentos piadosos servir fielmente a Dios. Si expusiera su verdadera intención, no podría lograr que cristianos le siguieran y apoyaran. Así es que engaña con una pretendida piedad.

Una oración interesante

Se cuenta de una humilde mujer que oraba: «Señor, no soy lo que quiero ser; ni soy lo que un día seré. Pero te doy gracias que ya no soy lo que era». Cuando nos disciplinamos y nos negamos a nosotros mismos, y tomamos nuestra cruz y seguimos a Cristo, no somos lo que éramos: hemos empezado a tomar la cruz para seguir correctamente a nuestro Salvador.

La mirada introspectiva

El siervo de Dios sincero y honesto, al contrario, reconoce las tendencias de su corazón perverso y no se deja engañar. Permite que la Palabra escudriñe las intenciones de su corazón. Cuando ve asomar ese ego, esa intención falsa, ese deseo de compartir la gloria con Dios, se reprocha a sí mismo. Admite su debilidad y de inmediato acude al Padre Celestial implorando purificación, perdón, y misericordia. Pone al ego de nuevo en su lugar, reconociendo sabiamente que la lucha es interminable, que cuando menos de dé cuenta aparecerá nuevamente el maldito «yo».

Dijo el sabio Alberto Einstein: «El verdadero valor del individuo se determina principalmente por la medida y en el sentido que ha podido librarse de su ego». Esta fue la expresión de uno que no pretendía ser creyente. ¡Cuánto más debe ser verdad dentro del grupo que se llama cristiano!

No hay duda de que cuando cristo dijo «toma tu cruz» tenía en mente su propio destino. Él pidió de nosotros, sus seguidores, el mismo espíritu ante Dios que había en Él. A través de su vida tuvo un solo objetivo: glorificar a su Padre. Nada hizo para ensalzarse a sí mismo. Se humilló, como nos dice San Pablo en Filipenses 2.5-8, poniendo a un lado su propia gloria y haciéndose siervo.

Ejemplos de cómo vivir

Cabe hacer una observación final: Cristo pide que le sigamos a Él. Eso significa que no hemos de seguir un impulso personal, ni los consejos de los amigos, ni la opinión del grupo. Solo que le sigamos. Dijo Raymond Brown, un gran predicador inglés: «Ciertamente uno de los principios de la fe es que rehusamos tomar un paso a menos que la Palabra de Dios nos muestre el camino y nos alumbre como un farol».

Ese fue el ejemplo que nos dejó Cristo. Dijo que amaba al Padre (Jn 14:31). No daba ningún paso sin que el Padre se lo indicara (5.19-20; 30). Sometió su voluntad a la voluntad del Padre (Mt 26:39; 42). Por eso, en fidelidad, tomó la copa de sufrimiento que el Padre le dio (Jn 18:11). Hoy nuestro deber es seguir al Hijo como Él siguió al Padre.

Seguir es difícil. Nos gusta dirigir. Seguir demanda obediencia, eso también es difícil. Seguir significa andar por lugares que no escogeríamos naturalmente, nacer lo que muchas veces no nos gusta. Pero aún más, seguir significa esperar hasta recibir órdenes. Seguir no es adelantarnos para hacer lo que a juicio nuestro es propio y bueno.

El predicador G. Campbell Morgan dijo: «No tenemos el derecho ni de hacer un sacrificio para Cristo Jesús si Él no nos lo ha pedido. Cuando una persona se sacrifica sencillamente porque piensa que sacrificarse es en sí algo debido, y no ha hecho el sacrificio en obediencia a las órdenes de Cristo, esa persona ha cometido un escándalo tan grave como aquel otro individuo que rehúsa tomar su cruz y obedecer el mandato del Maestro».

Seguir a Jesús significa dejar que Él diga, que Él mande, que Él señale el camino.

El que anda por su propio camino, siguiendo sus propios antojos, está tan equivocado como el que abiertamente desobedece y rehúsa seguirle.

Nos dice San Juan: «El que guarda su palabra en éste verdaderamente el amor de Dios se ha perfeccionado» (1 Jn 25). Él nos dejó sus órdenes escritas.

El cristiano que sigue cualquier cosa aparte de la Biblia —a otro creyente, a alguna voz extraña que piensa haber oído, a algún sueño— ya no sigue a Cristo, sigue a un sustituto. Hay solo una revelación verídica y confiable: la Santa Biblia. El creyente que no la lee, que la desconoce, que le da poca importancia verá que su tendencia será seguir lo que es ajeno a Dios, aunque sea religioso. No estará siguiendo a Jesús. Aun esta tendencia está contenida y prohibida en las palabras de Jesús: «niéguese a sí mismo». Jesús pide que le sigamos a Él; a nadie más.

El gran evangelista de Inglaterra George Whitefield, que durante la era colonial conmovió a Nueva Inglaterra con un gran avivamiento, nos dejó un interesante ejemplo. Decía: «Quiero que el nombre de Whitefield no cuente, solo quiero que el nombre de Cristo sea glorificado». Firmaba sus cartas con la frase: «George Whitefield, menos que el menor de todos». Ese es el espíritu que debemos tener en esta Navidad.

¿Por cuál camino vas?

El renombrado comentarista bíblico Juan A. Broadus decía: «Cristo vivía como uno que marchaba a su crucifixión. Reconocía que su destino era el sufrimiento y la muerte. Cualquiera que decida seguirle debe prepararse para andar por el mismo camino y hacia la misma experiencia».