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¿Quieres conocer a Dios?

 por Les Thompson

El primer y grande mandamiento es: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, toda tu alma y toda tu mente. No obstante, ¿Cómo es posible amarlo si en realidad no lo conocemos? ¿Podemos amar a alguien sin conocerle? ¿Es posible manifestarle un sentimiento tan íntimo y puro, como es el amor, a un ser que conocemos únicamente por nombre?

Recuerdo mi primer amor. Se llamaba Betty. La idealicé, al punto que llegué a creer que era maravillosa. Era muy bonita, simpática y adorable. Ambos teníamos 15 años de edad. Todas las tardes, a las 4:30, nos encontrábamos en un florido parquecito contiguo a la secundaria.

Un día, locamente enamorado, decidí ir más temprano de lo normal. Quería estar en el lugar de nuestros encuentros para soñar un rato antes de que llegara el objeto de mi narcosis. Al acercarme, oí un cuchicheo como de dos voces. Una de ellas me pareció extremadamente familiar, por cierto. Pero, ¿de quién era esa otra voz, la de un hombre? Apresuré mis pasos y me dirigí a un arbusto sigilosamente sin pensar que descubriría algo que me afectaría en lo más profundo. ¡Cuál no fue mi sorpresa al encontrar a mi idealizada Betty en los brazos de otro hombre!

Con qué rapidez rehice mi lista de sus atributos. En un instante, en vez de linda, me pareció horrible. ¿Buena? De eso nada. ¡Traidora y engañadora es lo que era! Con el corazón partido, como dice la canción, me dije: «¡Nunca más trataré con mujeres!» (Resolución que no duró mucho, por cierto.) Luego, con la rabia del consecuente descontento, hallé consuelo al reconocer que estuve enamorado solo con el concepto del amor. Porque si de veras se ha de amar a una persona, primero hay que conocerla. Yo no conocía a Betty.

Unos años más tarde me enamoré de Carolina. Ahora, un poco más sabio, me aseguré de que mi raciocinio no fuera desplazado por los volubles sentimientos del corazón, y que la belleza de esta hermosa mujer que tenía delante de mí fuera más profunda en su interior que en su apariencia externa. Ya han pasado 45 años desde que nos casamos. Hoy amo a Carolina mucho más que el día que nos casamos.

El verdadero y duradero amor —sea con quien sea— está compuesto con el cemento de una profunda e inquebrantable entrega a alguien que es cabalmente conocido. Decía Sebastián de Grazia: «El teólogo tiene la razón. ¿Por qué no admitirlo? Más que cualquier otra cosa, lo que el mundo necesita es amor». De acuerdo. Necesitamos amor. Y el más importante —al que se refiere el teólogo— es el amor a Dios.

Amar a alguien que vemos —hombre, mujer, niño, tío, abuela, madre, padre—, tiene su lógica. Pero… ¿amar a Dios? ¿Cómo se le ama cuando no se le puede ver, cuando no se le puede sentir, cuando no se le puede oír?

A su vez, ¿cómo podemos decir que no se siente a Dios, no se ve a Dios, o no se oye a Dios cuando lo vemos en todo lo que ha creado: en un río, en una montaña, en el vasto mar, en una rosa. No es que Dios es el río, o que él es la montaña, o la rosa (eso es panteísmo), es que la naturaleza muestra la gloriosa obra de nuestro incomparable Creador. En ella le podemos ver, sentir (por ejemplo, cuando tomamos una fruta en nuestras mano y probamos con nuestros labios que realmente es una obra magnífica de nuestro amoroso Dios), o escuchar al Creador en el multifónico canto de la aves.

Pero mucho más todavía, es en su bendita y Santa Biblia que realmente vemos, sentimos y oímos a nuestro todopoderoso Dios. Allí en palabras inconfundibles vemos la grandeza de su Persona. Lo vemos en la variedad de toda la creación, en el diluvio, en su trato con Israel, y lo vemos en la venida de Jesús. Sí, leyendo los evangelios, vemos a Dios en toda su majestuosa gloria, gracia, amor, bondad, e incomparable grandeza. Allí Jesucristo nos revela detalladamente a ese maravilloso Dios.

Le sentimos al apreciar la manera en que rescató a Noe y a su familia. Le sentimos al oírle consolar a la inconsolable Hagar y proveer para su moribundo Ismael, le sentimos en la lucha y bendición que dio a Jacob. Le sentimos al escuchar el perdón que extendió a David luego que pecó con Betsabé; le sentimos en el lamento que expresa al pueblo de Israel a través de Malaquías por las infidelidades de la nación que él de corazón amaba como esposa. Le sentimos cuando con amor incomprensible se detiene (a pesar de las quejas de sus discípulos) para sanar a Bartiméo. Le sentimos en el Huerto del Getsemaní sudando gotas de sangre al pedirle al Padre que encuentre otro rescate que la cruz para el mundo pecador, pero al fin sometiéndose a la voluntad del Padre. Le sentimos cuando hace la promesa que así como ascendía al cielo, así volvería para llevarnos con él para siempre. Le sentimos al leer las inspiradoras palabras de Juan, de Mateo, Lucas y Marcos. Sentimos su amor y presencia en las gloriosas explicaciones que nos da san Pablo en carta tras carta.

Le escuchamos en la conversación que tiene con Satanás, Eva y Adán, en el llamado que le hace a Abraham, en las múltiples teofanías del Ángel de Jehová, y vez tras vez le escuchamos decir: “Así dice Jehová Dios” en las enunciaciones de los profetas. También oímos su voz en los Diez Mandamientos, en el Sermón del Monte, y en las claras enseñanzas de los apóstoles que él escogió. Dios clara e inconfundiblemente nos habla y sigue hablándonos en su Palabra.

El problema es que muchos hoy prefieren la voz sonora de un evangelista famoso saltando, gritando, y corriendo de un lado al otro de la plataforma. Tal voz nos suena más interesante que sentarnos tranquilamente con la Palabra para recibir los consejos directos de Dios. En lugar de leer la Biblia preferimos sentir un hormigueo en la piel leyendo barbaridades narradas por alguien que afirma haber ido al cielo o al infierno. Esas palabras imaginadas (ya que nadie antes de morir puede ir ni al cielo ni al infierno) impresionan más que la verdad sin exageración dicha por el mismo Jesús en Lucas 16:19-31. Prefieren la experiencia de alguien que les sopla y les hace tambalear al piso (no comprendo cómo tal tipo de pericia alimenta el alma), en vez de inspirarse escuchando a alguien que predica sobre Juan 3, explicando cómo una persona puede realmente nacer dos veces.

Leer y estudiar la Biblia, si nos fijamos en el creyente promedio hoy día, no es muy emocionante. Es más, ¡a muchos les parece aburrido! Preferimos novelas. Preferimos la TV. Preferimos que nos entretengan hábiles personajes. Pero la verdad es esta: si en verdad hemos de conocer a Dios, lo haremos de la misma forma que lo hicieron todos los grandes cristianos de la historia: leyendo y estudiando la Santa Palabra de Dios. No hay otra manera. Aparte del estudio de la Biblia no se puede conocer a Dios. No se puede conocer a Dios por osmosis (acercándonos a creyentes que aman la Biblia). Ni se le conoce por medios instantáneos, como lo pretenden hacer aquellos que lo buscan por medio de visiones y sueños.

A Dios se le conoce únicamente por medio del bendito libro donde él escogió revelarse.1)La Biblia nos enseña que a Dios lo conocemos por la revelación que nos da a través de la naturaleza (Ro 1.19-21), de su persona en las propias Escrituras (Jn 5.39; Lc 24.27), y de Jesucristo, Dios encarnado (Jn 14.9-11; Heb 1.1,2). Decimos que solo se conoce a Dios en la Biblia porque únicamente en ella se aclara lo que se sabe de Dios en la naturaleza y por medio de Jesucristo. Sin la Escritura no tenemos una clara definición de Dios Cualquier otra fuente nos llevará al encuentro de dioses falsos. Usted podrá conocer, saludar, y disfrutar a los personajes famosos del mundo cristiano, pero al hacerlo solo los habrá conocido a ellos y lo que ellos hayan aprendido acerca de Dios. A Dios no se le conoce a segunda mano. Si en verdad quieres conocer a Dios, lo harás apartándote a solas para estudiar la Biblia. Allí es donde Él se da a conocer abundantemente.

En Venezuela, una joven me preguntó: «Señor Thompson, soy cristiana hace dos meses. Quiero crecer para ser una mujer que verdaderamente ama a Dios. Por favor, ¿podría darme tres secretos suyos para alcanzar esa meta?» En la libreta de notas que me extendió, escribí:

  1. Leer la Biblia todos los días hasta llegar a amar profundamente a su bendito Autor.
  2. Obedecer de inmediato todo lo que Él le ordene.
  3. Cuidar su corazón constantemente para no pecar contra Él.

Píenselo bien. ¿Habrá otro camino para conocer a nuestro gran Dios? No lo hay. No se deje llevar, entonces, por sustitutos atractivos, que no son más que eso, sustitutos a fin de cuentas. Como dice en salmista: ¿Con qué limpiará el joven su camino? Con guardar tu palabra. Con todo mi corazón te he buscado; no me dejes desviarme de tus mandamientos. En mi corazón he guardado tus dichos. Bendito tú, oh Jehová; enséñame tus estatutos para no pecar contra ti. Con mis labios he contado todos los juicios de tu boca. Me he gozado en el camino de tus testimonios. Más que de toda riqueza, en tus mandamientos meditaré; consideraré tus caminos. Me regocijaré en tus estatutos; no me olvidaré de tus palabras (Salmo 119:14-16).

References   [ + ]

1. La Biblia nos enseña que a Dios lo conocemos por la revelación que nos da a través de la naturaleza (Ro 1.19-21), de su persona en las propias Escrituras (Jn 5.39; Lc 24.27), y de Jesucristo, Dios encarnado (Jn 14.9-11; Heb 1.1,2). Decimos que solo se conoce a Dios en la Biblia porque únicamente en ella se aclara lo que se sabe de Dios en la naturaleza y por medio de Jesucristo. Sin la Escritura no tenemos una clara definición de Dios