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¿Qué es el amor?

por el Rev. Martín N. Añorga

Dedicamos este artículo al más puro y noble de todos los sentimientos.

Romain Gary, el novelista y diplomático francés del siglo pasado dijo que “amar es la única riqueza que aumenta con la prodigalidad. Cuanto más se da, más os queda”.

El más bello himno que se haya escrito sobre el amor se debe a la fluida inspiración del apóstol San Pablo, y se encuentra en su primera carta a los Corintios. Reproducimos algunas de sus más significativas expresiones:

Si yo hablara lenguas humanas y angélicas y no tengo amor, he llegado a ser como metal que resuena o címbalo que retiñe.
Y si tuviera el don de profecía, y entendiera todos los misterios y todo conocimiento, y si tuviera toda la fe como para trasladar montañas, pero no tengo amor, nada soy.
Y si diera todos mis bienes para dar de comer a los pobres y si entregara mi cuerpo para ser quemado, pero no tengo amor, de nada me aprovecha.
El amor es paciente, no es jactancioso, no es arrogante, no se porta indecorosamente, no busca lo suyo, no se irrita, no toma en cuenta el mal recibido, no se regocija de la injusticia, sino que se alegra con la verdad: todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.
El amor nunca deja de ser … Y ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor, estos tres; pero el mayor de ellos es el amor.
(1 Cor 13)

A la luz de las palabras de Las Escrituras podemos emprender la productiva tarea de analizar, aunque sea someramente, las cualidades que el Apóstol Pablo les adjudica al amor.

El amor es paciente. La palabra paciencia que utiliza San Pablo en el griego común antiguo no se refiere a la actitud que asumimos frente a las cosas que nos suceden, sino a nuestra relación con las personas que amamos y que nos aman. El amor es capaz de entender las diferencias individuales y de aceptar al ser amado, tanto con sus virtudes como con sus defectos. En algún lugar leímos este pensamiento: “La paciencia es la virtud más calumniada, quizás porque es la más difícil de poner en práctica”; pero el amor es fuerte, lo suficiente para saltar las vallas de lo imposible.

El amor “es bondadoso”. San Jerónimo hablaba de “la benignidad del amor”. Y Orígenes se refería a su “nobleza” La persona que ama no ofende ni asume actitudes violentas ni abusivas. Siempre me han fascinado estos versos de Santa Teresa de Jesús:

“Si en medio de las adversidades
persevera el corazón
con serenidad, con gozo
y con paz, eso es amor”.

El amor no tiene envidia. Etimológicamente, envidia significa “mirar con codicia o con malicia”. El verdadero amor se alegra con los méritos y los logros de la persona amada, jamás los resiente. Un envidioso jamás soporta el mérito ajeno, pero un corazón amoroso lo ensalza. Muy simpática la frase de un ingenioso esposo dirigiéndose a su esposa: “Los dos somos envidiosos: yo envidio tu belleza y tú mi inteligencia”.

El amor no es “jactancioso”. Los actos del verdadero amor, por grandes que sean, no necesitan ser anunciados. Ya lo dijo Santo Tomás de Aquino: “amar a alguien es darlo todo sin jactarse”. Tampoco el amor es “arrogante”. Nadie que ame a otra persona actúa con arrogancia ante ella. Recordemos el dicho de Jesús: “el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado”. Hablar sin ofenderse, sin faltarse el respeto, sin imponer condiciones altaneras y mantener la armonía sin necesidad de estar de acuerdo en todo, esta es la sustancia del verdadero amor. No recordamos quien lo dijo, pero ciertamente “una buena relación de amor es como el bautismo, por la prontitud con que borra toda mancha anterior”.

Otra de las características del amor, según San Pablo, es que no puede ser “indecoroso”. En el verdadero amor no cabe la promiscuidad ni la pornografía. La pureza es una de las cualidades que mejor define al amor. Hoy día el llamado falsamente arte y la mayoría de los medios difusores hacen creer a la juventud que el amor es el placer desbordado, improvisado, ocasional y pervertido. El amor que no es puro es ficticio.

“El amor nunca deja de ser” sentencia San Pablo, quien nos afirma en su carta a los Corintios que podrán disolverse la tierra y los cielos y las cosas que tenemos y hasta las que pretendemos ser, desaparecerán, pero el amor es el sentimiento eterno y permanente. La mejor definición de Dios que existe -si es que a Dios puede definirse-, nos la da el Apóstol San Juan en estas breves palabras: “Dios es amor”. y si es, además, eterno, eternos son sus atributos. Recuerdo la tarde en que acudí al funeral de un anciano de 82 años. Su viuda me preguntó, casi en secreto, “¿Usted cree que él me seguirá amando desde el cielo?” Mi respuesta fue inmediata: “Claro que sí: el amor nunca se acaba, es eterno”. La afligida dama esbozó una sonrisa y musitó una sola palabra: “¡Gracias!”.

San Pablo, en su extraordinario “himno al amor” nos ha legado un manual para la vida diaria. Habría menos violencia y odio, más matrimonios felices, más relaciones iluminadas de armonía y hogares más estables, si sencillamente todos decidiéramos amarnos con paciencia y benignidad, sin arrogancias ni inmoralidades, con respeto, altruismo y limpieza.

He leído unos tiernos versos de Adelaide P. Love que me atrevo a traducir libremente para concluir este modesto trabajo acerca del amor:

“Le pregunté al río, ¿qué es el amor?,
y me respondió “el mar’.
Les hice la pregunta a los árboles.
“El viento”, me contestaron.
Le pregunté a una montaña,
y exclamó: “¡Las estrellas!”.
A un campo sembrado le pregunté
Y rápido contestó, “la lluvia”.
La costa me contestó que la marea es el amor.
Cuando le pregunté a mi alma ésta respondió:
“El amor es la llave iluminada que abre
el dorado templo de mi inmortalidad”.