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Púlpito adolescente

 Dr. Antonio Cruz

“¡Qué bien recita este niño!” Se oyó decir en la vieja capilla evangélica, mientras el pequeño pronunciaba aquellos inspirados versos navideños de Almudévar:

Belén, humilde aldea, escondida entre los verdes montes de Judá, violeta de amor que cierto día pudiste ver la inmensa maravilla que por siglos la tierra admirará.
.

Belén, serás del hombre bendecida, aldea de Judá, que entre los montes pastoreas tus dóciles corderos, porque en ti nació el Pastor tan bueno, el Salvador de pobres pecadores,
el Redentor de un triste mundo esclavo, el consuelo de todos los que lloran su pecado, el Dios y Hombre ansiado, aquel Hijo del Cielo a quien adoran todos los pecadores ya salvados.

Una sonrisa de satisfacción iluminó el rostro de doña Lidia al oír semejante exclamación. Ella, como profesora de la escuela dominical, se había encargado durante las últimas semanas de hacer que los niños memorizaran y expresaran de la mejor manera posible sus poemas y diálogos de Navidad. Que los oyentes alabaran la interpretación infantil suponía, desde luego, un claro estímulo a la labor esforzada de los maestros. Aunque, si se tiene en cuenta que la mayor parte del auditorio estaba formado por los propios padres y familiares de los pequeños, hay que reconocer que el nivel de exigencia no era demasiado alto. Algunos niños provocaban los aplausos con sólo balbucear unas pocas palabras que casi nadie llegaba a entender. Pero daba igual, sus familias se sentían felices únicamente con ver a los muchachos iluminados sobre el improvisado escenario y aplaudían más por el gozo que les provocaba esta visión que por los méritos de los pequeños poetas.

Sin embargo, aquel niño de diez años recitaba de otra manera. Se entendía bien todo lo que decía. Hacía pausas oportunas entre las frases. No manifestaba prisa por acabar. Su voz era clara y modulaba de forma adecuada, teniendo en cuenta su corta edad. Era lógico que provocara las más emotivas ovaciones de un público tan entregado.

A principios de la década de los 60 del pasado siglo, el esposo de doña Lidia, el pastor Samuel Vila, había conseguido levantar numerosas congregaciones evangélicas por toda la geografía española, gracias en parte a la ayuda recibida desde el extranjero, pero sobre todo a su propia tenacidad y capacidad de trabajo. Como viajaba tanto, ya que las diferentes iglesias le requerían no sólo para predicar sino también para que les solucionara asuntos legales y jurídicos, su congregación se vio en la necesidad de incorporar otro pastor que la ministrase durante las frecuentes ausencias.

Sixto Paredes, así se llamaba el nuevo predicador, era un manchego sencillo pero tenaz que había estudiado teología con don Ernesto Trenchard y que se entregó por completo a la tarea pastoral en la iglesia de Terrassa. Tuvo mucha visión de futuro ya que dedicó buena parte de su tiempo a preparar jóvenes para el ministerio de la predicación. Su idea era que si algún día faltaba el pastor debido a cualquier eventualidad, siempre hubiera en la iglesia alguna persona preparada que pudiera traer la palabra de Dios que enriquece al pueblo. Era, por tanto, inevitable que con esta sensibilidad por la formación de líderes pronto descubriera en aquel niño “que recitaba tan bien las poesías” a un posible predicador, si se le preparaba convenientemente.

Pasó algún tiempo y el niño se convirtió en adolescente, antes de llegar a ser líder de los jóvenes de su congregación. A los 17 años manifestó públicamente su deseo de ser bautizado por inmersión y Sixto lo bautizó un domingo del mes de abril de 1969, en el templo bautista de la iglesia Betel de Terrassa. Ese mismo día el pastor empezó a motivar al muchacho para que predicara no ya en las reuniones de jóvenes o en los cultos de oración como solía hacer con frecuencia, sino el domingo por la mañana en el culto general ante toda la congregación. Aquella invitación supuso un reto importante que el muchacho habría rechazado con gusto, de no haber sido por la insistencia y estímulo continuo del pastor.

Llegó el día señalado y el joven se subió al púlpito. Había preparado un mensaje de edificación bien redactado y estructurado. Sixto lo supervisó personalmente concediendo su aprobación. La congregación estaba expectante ante el primer sermón oficial del muchacho. Todavía no llevaba ni cinco minutos hablando, cuando ocurrió lo que nadie hubiera podido imaginar. Los nervios le jugaron una mala pasada, perdió el conocimiento y se desvaneció cuan alto era sobre la plataforma de predicar. Aquella experiencia traumatizó durante algunos años al joven, dividiendo también la opinión de la congregación. Si era voluntad de Dios que no fuese predicador, ¿por qué debíamos empeñarnos en que lo fuera? Mientras que otros, entre los que se encontraba el propio Sixto, opinaban que los nervios se podían vencer y confiaba en que, con la ayuda de Dios, el muchacho llegaría algún día a ser un buen expositor de la Palabra.

Pues bien, aquél nervioso e inexperto predicador se llamaba Antonio Cruz, el mismo que ahora escribe estas palabras. Han transcurrido cuarenta años desde aquellos accidentados inicios y hoy puedo confesar con convicción que no existe muralla o impedimento en nuestra vida que el poder de Dios no pueda eliminar, si aprendemos a ser fieles a Él y perseverantes en el desarrollo de los dones que en su misericordia nos ha concedido. El púlpito adolescente se fue transformando poco a poco en otro más maduro, a la misma velocidad que aparecieron las canas y la vida nos convirtió, sin pedirnos permiso, en abuelos pacientes y relajados. Sin embargo, después de tantos mensajes y conferencias dadas durante este tiempo, he de confesar que los nervios nunca me abandonaron del todo. Es más, estoy convencido que resultan necesarios para mantener esa tensión reverente que requiere toda predicación realizada en el nombre del Señor. El exceso de tranquilidad al predicar puede ser peligroso, sobre todo si nos conduce a decir inconveniencias no deseables, de ahí que algo de nervios siempre vaya bien.

Mi formación teológica fue incentivada por el pastor Sixto, quien me introdujo lógicamente en el pensamiento de su maestro, el profesor inglés Ernesto Trenchard, pero también en el de otros escritores españoles, como José Grau, José María Martínez, Francisco Lacueva y algunos más del momento. Poco después descubrí de forma autodidacta la teología de autores protestantes alemanes e ingleses que eran traducidos al español por editoriales católicas. Paralelamente, ingresé en la Universidad de Barcelona (España) donde completé mi afición teológica con la científica. Allí realicé la licenciatura en Ciencias Biológicas y después el doctorado en la misma especialidad, lo que me permitió ejercer la docencia.

Al comienzo de los estudios universitarios, empezaron las primeras escaramuzas dialécticas con mi sufrido pastor. En aquellos tiempos de juventud defendía vehementemente el evolucionismo que acababa de aprender en las aulas universitarias, contra el creacionismo sostenido por Sixto. Debo reconocer que aunque él no poseía demasiados conocimientos científicos sobre el tema, su respeto por el relato bíblico de los orígenes me impactó de tal manera que me llevó a estudiar el asunto durante muchos años y finalmente a convencerme de que, si bien existe una innegable variabilidad en todos los seres vivos, el método de las mutaciones al azar y la selección natural propuesto por Darwin no podía ser el motor de la creación divina. Hoy reconozco que Sixto, aquél sencillo pastor de La Mancha, paisano del Sancho de Don Quijote, despertó en mí las convicciones que me hacen ser lo que soy.

No estoy en contra, ni mucho menos, de los estudios teológicos y doctrinales que suelen impartirse en la mayoría de los seminarios evangélicos por todo el mundo. Creo que son imprescindibles para la formación de tantos pastores y líderes de las iglesias. Sin embargo, algunas de tales instituciones imparten una teología sesgada y partidista que produce en los estudiantes cierta visión limitada de la realidad. Se les insiste mucho en los propios puntos de vista de la denominación a la que pertenece el seminario, olvidándose en ocasiones de estudiar también las otras posturas existentes. Esto contribuye a generar una cerrazón mental que fácilmente puede conducir al fanatismo religioso. Creo que las facultades de teología deberían hacer un esfuerzo por ser más universalistas, en el sentido de motivar a sus estudiantes a tener una mente abierta y respetuosa hacia las diversas interpretaciones cristianas. Cuanto más se prepare intelectualmente al futuro líder, mejor servirá después al Señor y a la propia congregación.
En mi caso, tal como he señalado, el desarrollo como predicador fue de la mano con el de profesional de la enseñanza. Desde luego, se trata de dos mundos diferentes pero que se asemejan en ciertos aspectos. Veamos primero una diferencia importante, para pasar después a las semejanzas entre ambas dedicaciones. Si bien el profesor se enfrenta a veces con alumnos jóvenes o adolescentes que están poco motivados por el estudio o por el temario que se les debe enseñar y tiene que captar su atención, imponerse o seducirles con sus explicaciones, el pastor goza por el contrario de un auditorio predispuesto cuya atención suele estar más o menos garantizada. Habitualmente nadie le interrumpe durante sus sermones y se puede explicar con total libertad. Esto no siempre es así en el ambiente docente y menos con los alumnos más jóvenes.

Entre los parecidos están los siguientes. Tanto el pastor como el profesor tienen la misión de enseñar, explicar de la mejor manera posible y responder con coherencia y sinceridad. Ante las preguntas de los alumnos o de los feligreses, hay que buscar siempre el rigor, la excelencia y la veracidad de las respuestas. La preocupación por ofrecer soluciones satisfactorias debe ser prioritaria en ambas profesiones, sobre todo si se vive en un ambiente hostil a la fe, como el que está surgiendo en Europa y en general en el mundo occidental. No debemos dar respuestas simplonas que puedan poner en entredicho la credibilidad del Evangelio. Hay que llegar hasta el fondo de las cuestiones y ello, qué duda cabe, exige tiempo y esfuerzo, tanto en una profesión como en la otra.

De la misma manera que el buen maestro tiene pasión por enseñar correctamente a sus alumnos, el pastor debe experimentar también pasión por edificar y evangelizar a sus hermanos. Es el deseo de movilizar a los oyentes al cambio de vida, que será siempre el resultado de haber interiorizado las enseñanzas teóricas. Educar es ayudar a otros a crecer y madurar como personas, igual que el éxito en la tarea pastoral consiste en motivar a los creyentes a crecer espiritualmente y llevar vidas comprometidas con su fe en Jesucristo; alcanzar esa madurez personal que les permita dejar de nutrirse de “leche” para empezar a comer “carne” espiritual. Si el profesor induce a sus alumnos a la lectura, el pastor hará lo propio con el estudio y meditación de la Escritura.

Ser un buen maestro consiste, entre otras cosas, en hacer fácil lo difícil. De ahí que también el buen predicador cristiano deba esforzarse por divulgar las complejas cuestiones teológicas y ponerlas al alcance de su congregación, pero procurando no crear problemas allí donde antes no existían sino aportando las soluciones o los puntos de vistas positivos. Así como el profesor que ama y valora a todos sus alumnos procura recuperar y aprobar, si no es posible a todos, por lo menos al máximo número, de igual forma el buen pastor tiene que preocuparse porque todos los hermanos lleguen al conocimiento de la verdad y crezcan en dicho conocimiento. Estos son algunos de los aspectos comunes que se repiten entre la función pastoral y la docente.

Durante todos estos años, mi mayor deseo ha sido progresar en dichos aspectos, contando sobre todo con la ayuda del Señor, para lograr alejarme todo lo que pueda de aquél primer púlpito adolescente. ¡En ello estamos todavía!