Comienza

Regístrese

Regístrate hoy Hágase miembro y acceda nuestro recurso

Ingresar

¿Eres miembro? Ingrese para acceder su cuenta

Problemas humanos en el mundo de hoy

El siglo pasado finalizó con la euforia positivista y la propuesta del superhombre. Después de la Primera Guerra Mundial (1914-1918) se inició una difusión y consolidación popular del pensamiento desarrollado en aquella centuria.

Las comunicaciones, que comenzaron a desarrollarse en ese siglo, se incrementaron y perfeccionaron en este, convirtiendo al mundo en lo que algunos llaman la «aldea global».

Todo lo que sucede en cualquier parte del planeta, es rápidamente difundido por todo el mundo. Primero fue por medio de la palabra, luego de la imagen. Por último, la tecnología es capaz de transmitir los sucesos de interés general en forma directa y simultánea a todo el mundo.

Los humanistas fueron los primeros en darse cuenta de que el acceso a esos medios era necesario si querían difundir e implantar su pensamiento en la sociedad.

Comenzaron entonces a laborar en dos niveles. Los filósofos trabajaban en el nivel teórico tradicional, desarrollando el pensamiento abstracto, pero conscientes de que difícilmente podrían influenciar a las masas a través de estos trabajos que eran de interés solo para los especialistas. Por lo tanto iniciaron un segundo nivel de trabajo, para dar a sus ideas popularidad.

Como señaláramos, Jean Paul Sartre escribe una obra filosófica importante, para especialistas: El ser y la nada. Con dificultad el hombre común se verá influenciado por esta obra. Pero simultáneamente escribe para el teatro: Las manos sucias, Muertos sin sepultura, Las moscas, etc.; produce guiones cinematográficos: El engranaje, La suerte está echada, y algunas de sus obras teatrales son llevadas al cine con actores de resonancia popular.

Junto a estos grandes productos del pensamiento humanista, surgen los subproductos. Dentro del mismo lineamiento se producen otras novelas, películas, obras de teatro, de artistas que adoptan la filosofía humanista y se encargan de difundirla.

Los grandes filósofos humanistas han penetrado con su pensamiento en comunicadores sociales, artistas, pensadores, etc. De todos los rincones del mundo occidental.

Los intelectuales latinoamericanos más destacados como Octavio Paz, Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez, Ernesto Sábato y otros, están bajo la influencia de los humanistas y transmiten a nuestros pueblos, en nuestro lenguaje, adaptadas a nuestra realidad, sus ideas.

En este sentido los cristianos han quedado rezagados, los medios de difusión masiva no son vehículo del pensamiento cristiano: No existen novelistas, dramaturgos o directores de cine que estén difundiendo el pensamiento cristiano con la fuerza, el compromiso y el alcance con que lo hacen los humanistas.

Del ateísmo al nihilismo
El ateísmo se introdujo con fuerza en la sociedad moderna. Tomó otro nombre: «Agnosticismo». La palabra fue utilizada por T.H. Huxley en 1869, para indicar que el hombre no puede llegar a saber si Dios existe o no. Comúnmente se utiliza para señalar que el problema de la existencia o no de Dios es irrelevante para el sujeto.

Del «Dios ha muerto» de Nietszche, se pasó con rapidez al «Dios no existe» o «No me interesa si Dios existe o no». El hombre iniciaba su propio camino, independizándose de Dios, y elaborando sus propios códigos.

La Segunda Guerra Mundial (1939-1945) tuvo un horror mayor que el de la primera. No solo por la cantidad de víctimas, sino por la saña y el poder destructivo evidenciado.

Los campos de concentración, los seis millones de muertos en las cámaras de gas, los experimentos científicos hechos con los prisioneros, desnudaron nuevamente la realidad de la condición humana.

Juntamente con eso se instaló en el mundo el temor atómico. El 6 de agosto de 1945 estalla la primera bomba atómica sobre Hiroshima. Hasta ese momento la máxima capacidad destructiva del hombre alcanzaba un radio de 100 metros. Ahora, con la moderna bomba, en un momento se destruyeron tres cuartas partes de los edificios de una ciudad, dejando un saldo de aproximadamente 100.000 muertos.

El estremecimiento conmovió al mundo: La ciencia y la tecnología destacaron fuerzas inimaginadas de una atemorizante capacidad destructiva, y ya nadie podía sentirse seguro en ningún lugar del planeta.

«El hombre comienza a vivir a la intemperie», dijo Gabriel Marcel en Francia. La guerra armada cesó, pero dio paso a la guerra fría, donde los contendientes, jugaban con el miedo del adversario. Los grandes foros internacionales se veían imponentes frente al problema. El hombre común comenzó a replantearse cuál era el sentido que tenía vivir.

Pasa entonces del ateísmo al nihilismo. ¿Qué es el nihilismo? La palabra viene del latín y significa «nada». Nietszche definió ese estado: Es un proceso en el que «los valores supremos pierden su valor» por lo cual «falta la meta, falta la respuesta a la pregunta: ¿por qué?»

Para el nihilista nada cuenta más que el instante que vive, nada hay que merezca esfuerzos, la búsqueda tiene que quedar reducida al placer de hoy. El hombre retorna al «Comamos y bebamos porque mañana moriremos» (1 Corintios 15.32).

En el nihilismo el hombre no posee valores absolutos, por lo tanto está abierto a cualquier posibilidad: Todas las conductas son legítimas: la violencia, la homosexualidad, el aborto, la drogadicción, etc.

El cuerpo tiene urgencias que deben ser satisfechas sin limitaciones, todo es bueno y lo que hace la mayoría, lo que se generaliza, es normal: Desaparecen las jerarquías.

Se exalta lo humano, aparecen «ídolos» de carne y hueso —que pueden ser deportistas, cantantes, políticos u otros a los que se les rinde un culto multitudinario, orgiástico—, emparentados con experiencias religiosas.

Dentro del nihilismo, la drogadicción se transforma en un camino, un salto hacia una «suprarealidad», un camino hacia lo sagrado.

El nihilista parece superar su instinto de conservación para ir elaborando una filosofía de autodestrucción: Corre inconscientemente hacia la muerte porque no encuentra el sentido de la vida.

En conversaciones mantenidas con drogadictos y homosexuales argumenté el problema de la muerte prematura por los peligros a los que se exponían en su promiscuidad. Fue notable la forma triste, resignada, fatalista con que respondían. En algunos casos la angustia existencial era tan grande que la muerte parecía una meta deseada. Habían superado su capacidad de conservación: La vida carecía para ellos de sentido.

Sobre la publicidad preventiva que se hacía en una gran ciudad con el lema «La drogadicción mata lentamente» un drogadicto había manuscrito: «Yo no tengo apuro». Más allá del sarcasmo o de una artificial forma de desafío, la repuesta encierra para muchos jóvenes, emergentes de una sociedad sin respuesta, una realidad triste.

Por supuesto que estos casos son extremos, pero el pensamiento nihilista ha impregnado de diferentes formas la sociedad occidental, y si bien no todos tienen una conciencia de muerte, es notable la sensación generalizada de que lo más importante es vivir el hoy, satisfacer todos los deseos y exaltar la libertad por encima de la responsabilidad.

La vida sin Dios
Dios no tiene para el hombre moderno un lugar protagónico. Samuel Morse, el 24 de mayo de 1844, realizaba la primera transmisión telegráfica con estas palabras: «¡Esto es obra de Dios!» No hubo ingenuidad en esa afirmación, Morse sabía que había mucho trabajo humano detrás de su invento, pero estaba reconociendo al Creador su señorío.

Alguien comparó estas palabras con las de Neil Armstrong al poner por primera vez sus pies en la luna: «Este es un pequeño paso para el hombre, pero un paso gigantesco para la humanidad». El primer plano era ahora ocupado por el hombre.

Podemos decir que pertenecemos a la generación de los que «no aprobaron tener en cuenta a Dios» (Romanos 1.28). No estamos hablando solamente de un ateísmo o agnosticismo declarado. Las estadísticas seguirán dando en Latinoamérica una gran cantidad de creyentes y las fiestas populares seguirán arrastrando multitudes. El problema es otro.

Dios, para muchos, no es más importante que los dinosaurios cuyos esqueletos se muestran en los museos de historia natural: Están allí como parte del pasado, nos convocan periódicamente, pero no encontramos la conexión que tienen con nuestra realidad cotidiana. Dios no es tema cotidiano de conversación, ni sus leyes están jerarquizadas en el corazón del hombre. Una inmensa mayoría que se declara cristiana jamás ha leído los evangelios, y niega una gran cantidad de las leyes dadas por Dios, prefiriendo los caminos que sociólogos, antropólogos, sicólogos y políticos proponen al individuo y la sociedad.

Si para los humanistas del pasado Dios era un postulado necesario para llenar algunos vacíos inexplicables por la razón, para la mayoría de los hombres que se dicen creyentes solo es un paliativo mítico frente a lo irremediable del sufrimiento y la muerte. Se recurre a Él en los casos extremos, cuando los caminos racionalistas no tienen salida.

En el medioevo el hombre era capaz de programar la construcción de grandes catedrales, cuya realización llevaba siglos. El hombre de hoy es incapaz de hacerlo, no entra dentro de sus esquemas mentales iniciar una obra que dure más allá de su propia existencia. Aquello que no pueda ver concluido no vale la pena como propuesta.

No podemos entrar a las catedrales góticas europeas sin sentir un estremecimiento: La grandeza de la obra contrasta con nuestra propia pequeñez. Esas piedras contienen todo un mensaje: El hombre es pequeño, Dios es grande y su franqueza me estremece.

Martín Lutero vio ya en su época el comienzo de esta declinación, y con palabras que parecen estar escritas en el presente dice: «El hombre se ha desacostumbrado tanto a la presencia de Dios que ha dejado de temerle, ya no se estremece».

Las Sagradas Escrituras dejan testimonio de este estremecimiento. Lo vivió Jacob cuando tuvo la visión de la escalera que llegaba al cielo: «Ciertamente Jehová está en este lugar y yo no lo sabía. Y tuvo miedo y dijo: ¡Cuán terrible es este lugar! No es otra cosa que casa de Dios y puerta del cielo!» (Génesis 28.16-17).

También Moisés frente a la zarza que ardía sin consumirse «cubrió su rostro porque tuvo miedo de mirar a Dios» (Éxodo 3.6); y Josué frente al varón de la espada desenvainada «postrándose sobre su rostro, le adoró» (Josué 5.14).

El apóstol Juan, en Patmos, al ver al Señor dice: «Cuando le vi, caí como muerto a sus pies» (Apocalipsis 1.17).

¿Qué es este «miedo», que lleva a la postración en Dios? Es la conmoción del espíritu frente al Creador. El hombre de hoy ignora ese estremecimiento, no lo experimenta. Pero lo necesita, tanto como el recién nacido requiere el llanto inicial para la vida. Esa angustia existencial que lo aqueja está mostrando su asfixia espiritual.

Muchas veces oímos a personas que visitaron lugares donde la majestuosidad de la naturaleza los hizo sentir empequeñecidos, tratando de explicar sus sentimientos: «Sentí algo que no supe qué era, que no se puede explicar…» Llegaron al borde del estremecimiento, y lo que el cristiano expresaría como adoración y alabanza al Creador, no encuentra en el hombre secularizado el cauce necesario, por lo que muere al nacer.

En algunos casos esto toma ribetes de tragedia. Recordemos los magistrales versos de la chilena Violeta Parra:

Gracias a la vida
que me ha dado tanto.
Me dio dos luceros,
que cuando los abro,
muy claro distingo
el negro del blanco,
y en el ancho cielo
su fondo estrellado,
y en las multitudes
al hombre que yo amo.

La profunda sensibilidad frente a los dones recibidos pocas veces ha sido expresada con igual belleza. Violeta Parra, sin embargo, terminó sus días quitándose la vida. Percibió la grandeza de lo recibido y lo agradeció a algo impersonal como “la vida”. Si Violeta Parra hubiera dicho “gracias a Dios” y lo hubiera entendido en su verdadera dimensión, otro hubiera sido su destino.