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¿Por qué se enferma la gente?

Como ser pensante y racional, cada individuo que se enferma o sufre algo de gravedad suele llegar a alguna que otra conclusión o respuesta. Esa respuesta determina, en mucho sentido, la salud mental.

Casi todos los que tenemos al español como nuestra lengua materna también nos llamamos cristianos. Ello sig­nifica que también nos une el vínculo de una fe común, una “fe” que lleva en si el concepto de un Dios soberano y bueno. ¿Cómo entonces —nos preguntamos en posición de cristianos—permite Dios que ocurran enfermedades y tragedias? El hecho mismo de ser cristianos, al tiempo que pone en nuestros labios las palabras “¿por qué, Señor?”, nos lleva a la búsqueda de respuestas iluminadas por la revelación divina.

La llamada “Ciencia Cristiana” enseña que el sufrimiento es sencillamente “error de la mente”. Hay un argumento que da pie a la Ciencia Cristiana: el dolor es tan cruel y tan común que todo hombre honrado rehúsa decir que Dios lo envía. Si Dios no lo envía, hay que buscar una creencia alternativa que diga que simplemente no existe.

Quizá la mente pueda aliviar los dolores del cuerpo, ya que es muy cierto que muchas enfermedades son psíquicas y no físicas. Pero los dolores reales que sufre el cuerpo —un dedo cortado, un ataque de corazón— se sienten muy de veras. Siguiendo la línea de pensamiento de la Ciencia Cristiana, si el sentido del dolor es una ilusión, también lo puede ser la fe, o la esperanza, o el coraje, o el amor. Si no podemos confiar en la reacción del cuerpo a un cuchillo que corta un dedo, ¿en qué podemos confiar? Además, las teorías de “ilusión” y de “error” no explican el problemas de Dios y el dolor, porque un Dios que aflige a sus hijos con el “error” o la “ilusión” no es más atractivo que un Dios que “envía el dolor”.

Leemos en la Biblia: “Como las chispas se levantan para volar por el aire, así el hombre nace para la aflicción” (Job 5:7). Supongamos que es verdad que “el hombre nace para la aflicción”. ¿Vendrá esa aflicción como consecuencia de la estupidez y terquedad humana? ¿O será que el hombre tiene que sumarle a la vida una cantidad desconocida de dolores inmerecidos? Sea como fuera, cada uno de nosotros tiene que enfrentarse a la realidad de la aflicción, aunque el modo de esta cambie con cada persona. Como dijo Mateo Prior Salomón: “Quien respira sufre y quien piensa tendrá que llorar. Sólo feliz puede ser el que nunca nació.”

Para invertir los términos, pensemos de la enfermedad como algo positivo. Hay que reconocer que el dolor tiene sus recom­pensas. ¿Podríamos saber lo que es la buena salud si no fuera por la experiencia de la enfermedad? Si pasáramos la vida sin aflicción, ¿qué sabríamos del gozo?

Ya que rumiamos con estas ideas, ampliemos el tema para incluir otras facetas del dolor. ¿No hay ocasiones en que la aflicción viene a consecuencia de lo que escogemos? Por ejemplo, ¿qué de esa actividad humana que llamamos heroísmo? Colón podría haberse quedado en España sin tratar de realizar su incierto sueño de cruzar el Atlántico. Simón Bolívar se hubiese evitado mil dolores si en lugar de soñar y aspirar a una patria noble se hubiera quedado en Santa Marta para disfrutar de los placeres normales de la aristocracia. Igualmente podríamos decir que Cristo no tenía por qué buscar una cruz para morir; podría haber esperado morir (mientras curaba a los enfermos y hacía el bien) como la mayoría… en una cama. El mero hecho de vivir extra­ordinariamente parece estar entrelazado con el dolor.

Sí… no hay duda de que nuestro tema presenta problemas. Al parecer, no importa dónde busquemos respuesta; estas son difíciles de encontrar y a veces contradictorias.

En busca de esa respuesta, veamos a Cristo Jesús en la hora de su dolor. Allí cuelga, clavado cruelmente sobre la cruz. El sol inmisericorde lanza ese mediodía sus rayos ardientes sobre el cuerpo semidesnudo. Las moscas plagan la cabeza indefensa. Insultos y abusos llenan los oídos del santo mártir. Nadie viene a su socorro. Lentamente se desangra, y momentos antes de morir pregunta, como todo humano en la hora de aflicción: ¿Por qué? (“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” –Marcos15:34)

En la búsqueda para encontrarle sentido al dolor no pequemos llegando sólo al Calvario. Tenemos que ir a la tumba de José de Arimatea, donde le enterraron. Junto a María Magdalena y a Juana, a María la madre de Jacobo y a Pedro y a Juan, encontra­remos la tumba vacía. “A este Jesús resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos… ” (Hechos 2:32, 38). ¡Hay algo muy importante más allá del dolor!

En el caso de Cristo, el propósito grandioso de Dios fue proveer para la humanidad, por esa sangre vertida, perdón y salvación. En el caso mío y en el caso tuyo, Dios también tiene “una resurrec­ción, un propósito divino. En el momento de sufrir es difícil ver objetivamente los intentos de Dios. Pero, mirando hacia atrás empezamos a entender, ¡Cuántos no hemos descubierto que en medio de la aflicción Dios ha moldeado nuestro carácter! Nos ha dotado de compasión y entendimiento, nos ha conformado al carácter de Cristo. Como nos explica San Pablo: “… nos alegramos en el sufrimiento, porque sabemos que el sufrimiento nos da paciencia, y la paciencia nos hace salir aprobados, y al salir aprobados tenemos esperanza” (Romanos 5:3,4, versión “Dios llega al hombre”).

Llega el dolor, y angustiados preguntamos: ¿Por qué, Señor? Antes de atormentarnos por aflicciones físicas o naturales, recordemos el pasado cuando este mismo cuerpo era fuerte y viril; cuando la naturaleza producía flores y viandas y exhibía hermosos paisajes. Tanto la vida humana como la naturaleza son esencial­mente gozo, aunque interrumpidos ocasionalmente por dolores, angustias, tormentas, sequías, terremotos, y otros desastres semejantes. Hombre y tierra somos creación de Dios. Aunque nos sea difícil creerlo, “todo cuanto sucede es para nuestro bien” (Romanos 8:28).

¿Por qué se enferma la gente? Dios tiene sus razones. Aunque la vida a veces parezca un andar en tinieblas, recordemos que por muy oscuro que sea el túnel tiene siempre al final una salida hacia la ancha claridad del día. Además, en el dolor Dios jamás nos abandona. Y luego del dolor nos espera la gloria donde “Dios secará todas las lágrimas… y ya no habrá muerte, ni dolor; porque todo lo que antes existía, ya pasó” (Apocalipsis 21:4). El dolor y la enfermedad son parte del plan de Dios para la humanidad. Nadie se escapa. A todos nos toca.

Tomás de Aquino decía: “El camino que se extiende largo ante la vista de un hombre le reta el corazón mucho antes de probarle la fuerza de sus piernas.” Hay muchas cosas en la vida que intelectualmente son difíciles de comprender; las miramos y nos confunden, a la vez que nos retan. Es al experimentarlas que entendemos su valor.

Tenía una vecina que coleccionaba rocas. En un aparato eléctrico revolvía las piedras hasta que radiaban con esplendidez. En ese doloroso roce de aparecía toda aspereza y salía el color y valor de la piedra. Le pregunté: “¿Cuándo sabe usted que una piedra está lo suficientemente pulida?” “Cuando veo mi reflexión en ella,” me dijo. Dios usa el dolor y la enfermedad de la misma manera, hasta que se pueda ver el reflejo de Dios en nuestras vidas. Es entonces que el dolor ha comprobado su valor. Es entonces que desaparece toda incógnita.