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¿Por qué estudiamos la Biblia?

Versículo clave:

Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado,
como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que usa bien la palabra de verdad.

2 Timoteo 2:15

Lo llamamos “versículo clave” por la frase “que usa bien la palabra de verdad”. Esta palabra es la Palabra de Dios, la Biblia, y para usarla bien hay que estudiarla.

La base de este pensamiento la encontramos en Deuteronomio 6:4-9, y dice así:

Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es. Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas. Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el ca­mino; y al acostarte, y cuando te levantes. Y las atarás como una señal en tu mano, y estarán como frontales entre tus ojos; y las escribirás en los postes de tu casa, y en tus puertas.

Aquí encontramos implícitas tres ideas sobre la Palabra de Dios: DILIGENCIA, INTENSIDAD, DEVOCIÓN.

¿Por qué hemos de tener en consideración estos tres conceptos en nuestra actitud hacia la Palabra de Dios? Sencillamente porque esa Palabra es “INSPIRADA” por Dios, como se nos dice en 2 Timoteo 3:16:

Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para ense­ñar, para redarguir, para corregir, para instruir en justi­cia.

Alguien podría preguntar: “¿Por qué necesito estudiar doctrina y teolo­gía? Todo lo que necesito es conocer a Jesús”. A esta pregunta basta simplemente responder: “¿Y quién es Jesús”? En otras palabras, para conocer a Jesús tenemos que estudiar la Biblia, porque es en la Biblia donde únicamente encontramos el relato de sus hechos y sus dichos.

La Biblia es “Revelación”

Hay dos formas principales del conocimiento: el conocimiento empírico y el trascendental. El primero se ciñe al mundo visible de la natura­leza; el segundo se extiende al reino invisible del espíritu.

Los centros del conocimiento empírico son las universidades; la fuente del conocimiento trascendental es la Biblia.

Las universidades:

Se dedican a ampliar el conocimiento a través de la investi­gación humana del mundo natural. Se llega a este conocimiento por medio de tres pasos consecutivos:

  1. Observación — mirando y distinguiendo los seres y objetos de la naturaleza;
  2. Análisis — descomponiendo en sus partes, leyes, y relacio­nes, así como en su funcionamiento y propósito, los seres y objetos de la naturaleza; y
  3. Especulación — la deducción del origen y las razones de existencia de los seres y objetos naturales, así como de las leyes que los gobiernan.

La Biblia:

La Biblia ofrece información y guía acerca de cosas que esca­pan al alcance y análisis de los sentidos:

  1. Origen y razón de ser del universo y del hombre,
  2. Significado de la historia,
  3. El camino hacia el reino invisible de Dios (cielo),
  4. Las normas éticas de la vida del hombre en la tierra,
  5. El sentido del bien y del mal,
  6. La caída del hombre y su reconciliación con Dios,
  7. El misterio del amor de Dios.

¿Cuál es la razón por la cual no glorificamos a Dios?

Esta pregunta podría responderse brevemente diciendo que es porque no estudiamos, y por lo tanto no conocemos, la Palabra de Dios. Esta falta de diligencia y conocimiento de la Palabra de Dios conduce a una manera de vivir gobernada por el reclamo de los sentidos, es decir, los instintos, apetitos, emociones, y deseos de la carne. Tenemos aquí, en una palabra, lo que podemos llamar el “cristiano sensual”.

¿Cómo es este cristiano sensual?

  1. Vive y se guía por lo que siente o desea en lugar de lo que enseña la Palabra de Dios.
  2. Sirve, ora, y estudia sólo cuando se ve en medio de una crisis o necesidad o cuando le viene de alguna manera el deseo de hacerlo.
  3. Sus sentimientos, sus emociones, y sus deseos constituyen la fuerza motora que gobierna su vida.
  4. Depende de su estado de ánimo; es activo y útil sólo en sus buenos momentos, si algo le sale mal, pierde el entusiasmo y se hace inútil, falto de cooperación.
  5. Anda siempre en busca de una nueva experiencia, y usa es­tas experiencias para fijar su doctrina, su conducta, y sus creencias.

El cristiano sensual deriva hacia un estado mental en que piensa que no necesita estudiar la Biblia, ateniéndose cada vez más a sus emociones y sentimientos para normar y conducir su vida. Llega un momento en que no quiere conocer a Dios; quiere tener o sentir una experiencia divina.

El cristiano sensual va muy bien por su camino hasta que tropieza con un escollo, y allí se desbarata. El resultado es que muy pronto su vi­da depende y se rige por la opinión y el ejemplo de otros cristianos sensuales.

Ley suprema del creyente sensual:

—Tengo que sentirme feliz a todo costo.
—El pecado está en sentirme mal o triste.

Lo interesante de la Biblia

  1. Se dirige primordialmente (aunque no exclusivamente) a la mente, o sea, al intelecto — Amarás al Señor tu Dios de todo tu corazón, de toda tu alma, y de toda tu MENTE.
  2. En la comprensión de la verdad hay emoción y pasión — Con­fiad; yo he vencido al mundo (Juan 16:33). A esa reali­dad no se responde con un suspiro cualquiera. ¡Es una seguridad que hace saltar de alegría!

Necesitamos este gozo, esta emoción, pero … ¿qué hago cuando hay con­flicto entre mis sentimientos y lo que dice Dios? Por ejemplo: Mi deseo me pide tener una mujer hermosa en mis brazos, pero Dios en su Palabra me dice: No cometerás adulterio

¿Qué sucede en nuestra vida cuando cedemos a nuestros sentimientos en lugar de obedecer a Dios?

  • He ahí la diferencia entre  “placer” y “gozo”. Son sentimien­tos parecidos, pero uno es volátil y pasajero, en tanto que el otro es duradero y profundo.
  • No hay duda de que el pecado trae placer; de no ser así no sería tentación. Pero la obediencia, aunque a veces requie­ra doloroso esfuerzo, trae gozo que perdura y compensa.
  • El fruto del pecado es dulce al principio pero amargo al fi­nal; el fruto de la obediencia puede ser amargo al principio pero es sobremanera dulce al final.

Es en este punto donde entra en juego la importancia de la Palabra de Dios.

  • Existe una estrecha relación entre la voluntad de Dios y el gozo verdadero.
  • La gran mentira: la obediencia a Dios no produce gozo. Dice Satanás: “Si haces lo que Dios dice no serás feliz; si haces lo que yo digo serás feliz y además libre.

Para reflexionar

  1. ¿Es la Biblia una comedia de errores divinos?
  2. ¿Será que Dios tiene buenas intenciones para con el hom­bre pero no sabe como realizarlas?
  3. ¿O será que Dios sí conoce la perplejidad humana —más que los filósofos, moralistas, políticos, o maestros— pero nos odia, y su ley es su manera divina de hacernos miserables? ¡Qué locura; si todo esto fuera cierto, el diablo sería Dios y Dios el diablo!
  4. ¿Cómo podemos ser felices si no somos obedientes? ¿y cómo podemos ser obedientes si no sabemos qué debemos obedecer?

Principios para el estudio de la Biblia  — El mensaje, el ejemplo, la exhortación

Desde tu niñez conoces las Sagradas Escrituras, que pueden darte la sabiduría necesaria para la salvación mediante la fe en Cristo Jesús. Toda la Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para reprender, para corregir y para instruir en la justicia, a fin de que el siervo de Dios esté enteramente capacitado para toda buena obra. (2 Timoteo 3:15-17)

Este pasaje es base para nuestro estudio. Consideremos uno por uno sus puntos principales:

  1. Sigue firme en lo que has aprendido.

La clave es seguir, perseverar en el estudio de la palabra de Dios. Timoteo había comenzado en la niñez, y Pablo le dice “¡Sigue!”, mantente en lo que has aprendido. El estudio de la Biblia no es asunto de un cursillo, de una ocasión especial, o de los domingos en la iglesia, sino de cada día, de toda la vida.

  1. Las Sagradas Escrituras pueden hacernos sabios y llevar­nos a la salvación al señalarnos la Palabra de Cristo (Yo soy el camino … yo soy la puerta … yo soy la vida … yo soy la verdad ...). Cuando la Biblia habla de sabiduría se refiere a una sabiduría especial, a la sabiduría que nos compele a vivir una vida aprobada por Dios (Proverbios 1:7; 9:10). Cuando la Biblia habla de “temor” de Dios, ese temor no es miedo ni espanto, sino acatamiento y reveren­cia. De modo que el término “sabiduría” adquiere aquí un sentido teológico. En el estudio de las Escrituras halla­mos el conocimiento eterno que trae contentamiento al al­ma. Esto es sabiduría.
  2. desde la niñez has sabido… ¿Quién enseñó a Timoteo? ¿Su madre, su abuela? Alguien le enseñó; alguien fue el instrumento. Dios usa medios, pero al final su Palabra se entiende por el poder del Espíritu Santo.
  3. Toda Escritura es inspirada por Dios y útil para
    1. Enseñar
      La Escuela Bíblica es un medio. Todos podemos abrir la Biblia y sentirnos maravillados por algún episodio o relato —la historia de los panes y los peces, el ciego de nacimiento que recibió la vista, etc.—, pero el provecho máximo lo recibimos cuando nos sentamos, como María, a los pies de Cristo. Esto equivale hoy a la disciplina del estudio organizado y constante, la con­sulta de comentarios autorizados, el escuchar a predi­cadores de vida santa e inspirada.
    2. Reprender, corregir, instruir en rectitud de vida.
      En lenguaje bíblico somos personas “caídas”. Esto signifi­ca estar fuera de la gracia de Dios por consecuencia del pecado. Es una doctrina que requiere instrucción bíblica. La Biblia nos muestra cómo levantarnos de nuestra caída mediante el poder redentor de Jesucris­to. Otros libros pueden enseñarnos matemáticas, agri­cultura, geografía, etc., pero sólo la Biblia puede enseñarnos a vivir verdaderamente en rectitud.
    3. Para que el hombre de Dios esté capacitado para toda buena obra.
      Puede existir lo que podría llamarse “analfabetismo espiritual”. Sería el de la persona que desconoce las primeras letras en cuanto a lo que con­cierne a la salvación de su alma. El que no conoce la Biblia puede sufrir de semejante analfabetismo, y por lo tanto está incapacitado “para toda buena obra“, lo cual sólo es posible por el Espíritu de Dios.

EL MÉTODO EN EL ESTUDIO DE LA BIBLIA

La actitud de la iglesia católico-romana

Hasta el siglo dieciséis se hizo costumbre en la iglesia organizada (el papado o iglesia católico-romana) el limitar exclusivamente al clero el acceso a las Sagradas Escrituras. El concepto que se hizo prevalecer fue que el pueblo laico carecía de la preparación, y la iluminación suficiente, para entender y mucho menos interpretar la Biblia. Esta costumbre fue declarada oficial en el Concilio de Trento, que señaló el movimiento de la Contrarreforma, al esta oír en una de sus sesiones durante el siglo dieciséis que “para callar a espíritus indisciplinados … decreta que nadie, dependien­do de su propio juicio, deberá (en asuntos de fe y moral con­cernientes al contenido de la doctrina cristiana), torcer el sentido de las Sagradas Escrituras de acuerdo con su concep­to individual, presumiendo interpretarla contra el sentido de la Santa Madre Iglesia, a la cual pertenece enjuiciar su verdadero sentido e interpretación … [y que nadie deberá tener una interpretación] contraria a las enseñanzas unáni­mes de los Padres [de la Iglesia], aunque tal interpretación nunca fuere publicada”.

Lutero y la Reforma

Esta actitud de la iglesia católico-romana expresada en el decreto del Concilio de Trento fue en respuesta directa a la proclamación de Martín Lutero que dio alma y vida al movimien­to de la Reforma. En referencia a las Escrituras, Lutero proclamó dos principios básicos totalmente opuestos al criterio tra­dicional católico-romano, a saber:

  1. El derecho de acceso individual —libre examen o inter­pretación privada— a las Escrituras; y
  2. La traducción de la Biblia (hasta entonces solamente en latín, griego, y hebreo) a las lenguas vernáculas, de mo­do que todo el pueblo pudiera leerla.

Hermenéutica

En materia de hermenéutica —arte de interpretar textos— Lutero comba­tió con argumentos irrefutables el método medieval prevaleciente en ese entonces. Este método consistía en someter un texto al enfoque de cuatro puntos de vista diferentes, por lo que era conocido como “quadriga”, que es un vehículo tirado por cuatro caballos. Los cuatro puntos de la quadriga, en español cuadriga, eran los siguientes:

  1. el literal,
  2. el moral,
  3. el alegórico,
  4. el anagógico.

De acuerdo con este criterio múltiple, si, por ejemplo, un texto con­tenía la palabra “Jerusalén”, esta podía tener cuatro interpretacio­nes diferentes. En sentido literal era “una ciudad”; en sentido moral era “el alma del creyente”; en sentido alegórico era “la Iglesia”; y en sentido anagógico (o místico) podía ser “el cielo”.

No se necesita mucha imaginación para darse cuenta de que con el méto­do de la cuadriga cualquier pasaje de la Escritura se presta a las más peregrinas interpretaciones, y los eruditos y jerarcas del clero podían siempre escoger la que más conviniera a su particular interés o preferencia.

Cuando los reformadores rompieron con Roma, estableciendo entre otros principios básicos de fe los de SOLA SCRIPTURA, que significa que la Biblia es la única y suprema autoridad en materia de fe y conducta, y el del “sacerdocio universal de los creyentes”, en el cual se funda la interpretación individual o privada, la hermenéutica adoptó normas diferentes. Las nuevas reglas hermenéuticas propuestas por Lutero y la Reforma pueden resumirse de la manera siguiente:

  1. Analogía de la fe
    Establece el principio de que la Escritura ha de interpretarse por la Escritura misma. Este principio tiene más de una consecuencia im­portante. Una es que no se puede aceptar una interpreta­ción aislada de un texto que esté en contradicción con otros textos. Otra es que en los casos de textos cuyo sentido sea difícil u oscuro, su interpretación ha de buscarse en armonía con otros textos relacionados o que se refieran al mismo asunto.
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  2. El sentido literal como base
    Este se refiere al signi­ficado de las palabras en la oración gramatical. Hay que tener en cuenta si una palabra es nombre, adjetivo, ad­verbio, etc.; si un verbo está en presente, pasado, o fu­turo; si una cláusula es principal o subordinada, etc. En otras palabras, lo que dice la Escritura ha de analizarse ateniéndose rigurosamente al sentido estricto y a la función de las palabras. La Biblia es un libro inspirado, pe­ro la “inspiración” no está reñida con las reglas de la gramática.
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  3. Formas literarias
    Paralelamente al sentido literal o gramatical deberá tenerse en cuenta la forma literaria del texto que se estudia —¿es historia, poesía, proverbio, parábola, profecía, sermón? Cada texto, cada pasa­je, ha de interpretarse dentro del género a que pertenece. Las Escrituras usan a menudo figuras retóricas para ex­presar el pensamiento —personificación, metáfora, símil, paralelismo, hipérbole. Jesús, por ejemplo, se refiere al misterio de su gracia redentora diciendo en una ocasión: Si alguno tiene sed, venga a mí y beba… Refiriéndose a sí mismo emplea una variedad de símiles: Yo soy la puer­ta … yo soy el camino … yo soy la verdad … Isaías di­ce: Los árboles del campo darán palmadas de aplauso… y que los que esperan en Jehová … levantarán las alas como águilas… Como se ve, la Biblia muy a menudo recurre a la forma literaria para expresar verdades espiritua­les y profundas.
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  4. El método gramático-histórico
    Este punto se refiere al es­tudio a fondo de los idiomas originales. No hay exégesis completa sin una comparación adecuada del idioma moderno con el original, griego o hebreo según el caso. Tomemos, por ejemplo, el texto Y seréis mis testigos (Hechos 1:8). En español tenemos el verbo ser en tiempo futuro. Pero la oración no nos aclara si se trata de una simple mención a algo que ocurrirá en el futuro o de un mandato. Pues bien, el análisis del término griego eseszé, “seréis”, establece que se trata de un mandato. Es obvio que no puede esperarse que la masa de creyentes sepa o se ponga a aprender griego y hebreo como un requisito para entender las Escrituras; Pero sí es responsabilidad de los pastores de la grey —predicadores, maestros, etc.— por lo menos consultar los comentarios de los eruditos cristianos que han podido dedicar tiempo y esfuerzo a estudiar los idiomas originales de la Biblia.
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  5. Crítica histórica
    El aspecto que se designa bajo este epígrafe consiste en el estudio de las fuentes documenta­les de la Biblia: origen, antecedentes, fecha, autor, etc., de los distintos libros que forman el canon del Antiguo y el Nuevo Testamento. Esto es importante para tener una perspectiva correcta de cada uno. La crítica histórica depende de una serie de ciencias auxiliares, tales como la arqueología, paleografía, epigrafía, geografía, numismática, y otras. Esto también, naturalmente, hace de la crítica histórica una cuestión exclusiva de especialistas y eruditos, fuera del alcance del creyente promedio. Sin embargo, los resultados y hallazgos de la crítica histó­rica están al alcance de la mayoría a través de ciertas obras de consulta, especialmente los comentarios y los diccionarios bíblicos.
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  6. Material de estudio
    Este tópico final es simplemente un corolario de todo lo anterior. Hay toda una variedad de obras de distinto género al alcance de toda perso­na interesada en el estudio de la Biblia las cuales pueden seleccionarse con la ayuda de un pastor o maestro cristiano de confianza. He aquí las categorías:

    1. Varias versiones de la Biblia.
    2. Distintos comentarios.
    3. Una buena concordancia.
    4. Un diccionario bíblico.
    5. Un atlas bíblico.

Como palabra final debo agregar que ningún material, por muy bueno y selecto que sea, puede rendir servicio si no se usa. El estudio metódico, asiduo y paciente, bajo la dirección del Espíritu Santo, quien “os guiará a toda verdad”, es la condición inicial indispensable para el estudio y entendimiento de la Palabra de Dios.