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¿Por qué debemos predicar sobre la ira de Dios en este tiempo?

PREGUNTA: ¿Por qué debemos predicar la ira de Dios en este tiempo?

RESPUESTA: La respuesta a la pregunta “¿Por qué debemos predicar acerca de la ira de Dios en este tiempo?” se encuentra en las páginas del Nuevo Testamento. Allí vemos que la ira de Dios representa tanto una realidad presente (Romanos 1:18) como también una expectativa futura para el mundo no creyente— en conexión con el futuro Día del Señor (cf. 1 Tesalonicenses 1:10 y 5:1-10). Pero comprender lo que esto en realidad significa requiere primero una definición de la ira de Dios.

Algunos presuponen que la “ira” en sí representa un pecado y así preguntan cómo puede existir la ira de Dios. Pero la Biblia enseña que la ira no necesariamente abarca al pecado. Pablo exhorta, “Airaos, pero no pequéis; no se ponga el sol sobre vuestro enojo [lit. ira], ni deis lugar al diablo” (Efesios 5:26-27). De manera que puede haber ira sin pecado. Ahora, en el caso de Dios la ira representa Su respuesta santa y justa hacia el pecado. La ira no representa un atributo de Dios. Más bien, refleja la expresión de Sus atributos de santidad y justicia ante un mundo pecaminoso.

Por otro lado, muchos piensan que la “ira de Dios” hace referencia al infierno. Pero un estudio preciso de los pasajes que hablan de la ira de Dios pone esta conclusión en tela de duda. Por ejemplo, en Romanos 1:18-19 leemos que Dios ya demuestra Su ira en el presente: Porque la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que detienen con injusticia la verdad; porque lo que de Dios se conoce les es manifiesto, pues Dios se lo manifestó. También en 2 Tesalonicenses 3:14-16 vemos que la nación escogida experimentó la ira de Dios en el primer siglo donde Pablo afirma pues vino sobre ellos la ira hasta el extremo (1 Tesalonicenses 2:16c).

Así que definir la “ira” como el infierno tal vez proviene de una interpretación equivocada de la frase “la ira venidera” en 1 Tesalonicences 1:9-10 donde leemos porque ellos mismos cuentan de nosotros la manera en que nos recibisteis, y cómo os convertisteis de los ídolos a Dios, para servir al Dios vivo y verdadero, y esperar de los cielos a su Hijo, al cual resucitó de los muertos, a Jesús, quien nos libra de la ira venidera.

Pero en el contexto de la carta a los tesalonicenses este texto se relaciona a 1 Tesalonicenses 5:1-11 que trata del futuro Día del Señor.

En Apocalipsis aprendemos que este futuro período del Día del Señor incluye la revelación de la ira de Dios sobre los pecadores que rehúsan reconocerlo. Así, en Apocalipsis 15:1 leemos: Vi en el cielo otra señal, grande y admirable: siete ángeles que tenían las siete plagas postreras; porque en ellas se consumaba la ira de Dios. Pero dichas plagas postreras se realizan antes del juicio que condena a los no creyentes al lago de fuego (véase Apocalipsis 20). Queda claro entonces que Dios manifiesta Su ira con los no creyentes en el presente y que habrá una culminación de Su ira en el futuro.

Por lo tanto, debemos comunicarles a los no creyentes que pueden cambiar su relación a la ira de Dios primeramente por creer en Jesús como Salvador. En Juan 3:36 leemos, “El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que no obedece al Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios permanece sobre él”. (BDLA) Pero Dios también ha demostrado Su amor por el mundo pecaminoso de manera que Su ira no cancela la gran verdad, “Porque de tal manera amó Dios al mundo que dio a Su Hijo único para que todo aquel que en Él cree no se pierda mas tenga vida eterna”. El no creyente que cree en Jesús recibirá el regalo de la vida eterna y con ella la capacidad de obedecer y agradar a Dios.

Por otro lado, el creyente puede recibir consuelo en que Dios le ha prometido a la iglesia ser rescatada de la ira venidera que se manifestará en el futuro Día del Señor. El apóstol Pablo instruye:

Pero acerca de los tiempos y de las ocasiones, no tenéis necesidad, hermanos, de que yo os escriba. Porque vosotros sabéis perfectamente que el día del Señor vendrá así como ladrón en la noche; que cuando digan: Paz y seguridad, entonces vendrá sobre ellos destrucción repentina, como los dolores a la mujer encinta, y no escaparán. Mas vosotros, hermanos, no estáis en tinieblas, para que aquel día os sorprenda como ladrón. Porque todos vosotros sois hijos de luz e hijos del día; no somos de la noche ni de las tinieblas (1 Tesalonicenses 5:1-5).

Y en 1 Tesalonicenses 5:9 leemos: “Porque no nos ha puesto Dios para ira, sino para alcanzar salvación por medio de nuestro Señor Jesucristo”. La salvación en este texto se refiere al rescate del cual habla 1 Tesalonicenses 1:10 más bien que a la liberación de la condenación eterna. (La Biblia utiliza la palabra salvación en varios sentidos según el contexto en el cual la terminología se encuentra.)

Queda claro que Dios manifiesta Su ira con los no creyentes en el presente y que habrá una culminación de Su ira en el futuro Día del Señor. No obstante, existe la pregunta de la relación de la ira de Dios con referencia al creyente. La pregunta sale a relucir en Romanos 5:9-10 donde leemos:

Pues mucho más, estando ya justificados en su sangre, por él seremos salvos de la ira. Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por Su vida.

Este texto trata de la relación entre el creyente justificado y la ira. Muchos comentadores interpretan la frase salvos de la ira aquí como liberación el infierno. Otros notan que la justificación en la frase ya justificados incluye la salvación del infierno. Según la famosa cadena dorada en Romanos 8:29-30 los justificados son precisamente los mismos que serán glorificados:

Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos. Y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó.

Entonces, en esta segunda perspectiva mientras que el infierno trata de la sentencia eterna para los que rechazan a Jesús, la ira se define como la respuesta temporal de Dios hacia el pecado –en esta vida. Dicha perspectiva, en parte, se basa en la conexión entre la justificación por fe (tratada en Romanos 1:18—4:25) y la vida cristiana o santificación (enfocada en Romanos 6-8). Entre estas dos unidades encontramos en capítulo 5 de Romanos que tal vez sirve de transición que conecta los dos conceptos. La justificación nos declara justificados cuando creemos en Jesús. Y, el creyente justificado ahora tiene la capacidad para obedecer a Dios que antes no tenía. Si la desobediencia trae ira (como afirma Romanos 1:18ss), la obediencia la evita.

En términos sencillos, el no creyente (no justificado) carece de la capacidad y el poder para obedecer a Dios. Por lo tanto, vive en una posición diferente con referencia a la ira de Dios (cf. Juan 3:36). El creyente, en contraste, al creer en Jesús recibe la capacidad y el poder para obedecer a Dios por medio de su nueva posición (Romanos 6) y por la Persona del Espíritu Santo (Romanos 8). No obstante, todavía retiene la capacidad para pecar (cf. Romanos 7). Al obedecer con el poder que Dios le da, evita la ira. La justificación por fe sola nos libera de la condenación eterna al infierno (Romanos 4:1-11; 5:1, 9a; 8:26-30) y da lugar a la salvación de la ira — la liberación del poder y las consecuencias del pecado (i.e. la ira) por medio de la obediencia en el poder del Espíritu Santo (Romanos 6—8).

Así, Dios manifiesta Su ira con los no creyentes en el presente y que habrá una culminación de Su ira en el futuro Día del Señor. No obstante, existe la pregunta de la relación de la ira de Dios con el creyente. El cristiano tiene el poder del Espíritu Santo y una nueva identidad en Cristo que nos capacita para decirle “no” al pecado, hacer la voluntad de Dios, y así evitar la ira. Por ejemplo, Romanos 13 afirma que un creyente puede experimentar la ira de Dios por medio de las autoridades civiles que Dios ha puesto para nuestro bien como también para ejercer el castigo civil.

“Sométase toda persona a las autoridades superiores; porque no hay autoridad sino de parte de Dios, y las que hay, por Dios han sido establecidas. De modo que quien se opone a la autoridad, a lo establecido por Dios resiste; y los que resisten, acarrean condenación para sí mismos. Porque los magistrados no están para infundir temor al que hace el bien, sino al malo. ¿Quieres, pues, no temer la autoridad? Haz lo bueno, y tendrás alabanza de ella; porque es servidor de Dios para tu bien. Pero si haces lo malo, teme; porque no en vano lleva la espada, pues es servidor de Dios, vengador para castigar al que hace lo malo. Por lo cual es necesario estarle sujetos, no solamente por razón del castigo, sino también por causa de la conciencia.”

La palabra “castigo” traduce la palabra griega para ira. Así, Dios trae Su ira a las vidas de los desobedientes por medio de las autoridades civiles que Él ha establecido tanto para nuestro bien como para nuestro castigo. Este tema merece un tratamiento más amplio ya que se relaciona a la relación del creyente con la santificación, la nueva identidad en Cristo, y el poder que tenemos en el Espíritu Santo para vencer el pecado.

Así debemos predicar la ira de Dios porque Él tiene la solución para la misma. El no creyente debe salir debajo de la ira de Dios por creer en Jesús para vida eterna (Juan 3:36; 5:24; 11:25-27). El creyente puede recibir consuelo de que será rescatado de la ira del futuro Día del Señor. También debe saber que tiene el poder del Espíritu Santo y una nueva identidad en Cristo que nos capacita para decirle “no” al pecado, hacer la voluntad de Dios, y así evitar la ira.

Sugerimos que realice su propio estudio de este tema. Para ese fin sugerimos un estudio profundo del libro de Romanos y de los pasajes en el Nuevo Testamento que tratan con el tema:

Efesios 4:31; Colosenses 3:8; 1 Timoteo 2:8; Marcos 3:5; Santiago 1:19; Santiago 1:20; Hebreos 3:11; 4:3; Romanos 12:19; 1 Tesalonicenses 2:16; Romanos 1:18; 13:4ss; Juan 3:36; Lucas 21:23;1 Tesalonicenses 1:10; Romanos 5:9; 1 Tesalonicenses 5:9; Romanos 2:5a, 5b; 2:8; 12:19; 9:22a; 3:5; Efesios 2:3; Romanos 9:22b; 4:15; Apocalipsis 6:16; 11:18; 6:17; 14:10; 16:19; 19:15