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Oro, incienso y mirra

Alberto H. Mottesi

Los regalos que los magos le ofrecieron al niño Dios,
más que obsequios fueron una sorprendente profecía.

Dos lánguidos camellos de elásticas cervices,
de verdes ojos claros, de piel sedosa y rubia,
los cuellos recogidos, hinchadas las narices,
a grandes pasos miden un arenal de Nubia.

—Guillermo Valencia, poeta colombiano

Con este verso, del poema «Los camellos », quiero introducir el tema de los magos de oriente cuando fueron a visitar al Niño Jesús para ofrecerle dones: oro, incienso y mirra.

La tradición nos dice que eran tres reyes magos los que llegaron a ver al niño recién nacido, y que uno de ellos era negro; y que se llamaban Gaspar, Melchor y Baltazar.

La Biblia no dice estas cosas. El ingenio popular le añadió muchos detalles a la historia que la Biblia no consigna. Claro está que los reyes, si bien viajaron en camellos, no eran dos, ni tres. Ni tampoco atravesaron Nubia, porque no llegaron del sur sino del este. Sin embargo, el verso de los camellos es apropiado para esta ocasión.

La Biblia afirma que unos magos de oriente vinieron desde lejos para saludar al «Rey de los judíos, que ha nacido» y que traían oro, incienso, y mirra como obsequios para el Rey. Estos hombres conocían muy bien las profecías antiguas. Sabían leer jeroglíficos y observar los cielos. De manera que cuando intuyeron que había nacido el gran Rey judío, que también reinaría sobre todas las naciones, emprendieron el largo y fatigoso viaje.

Cuando hallaron al Niño, todavía en Belén, le ofrecieron sus regalos. Era toda una embajada del lejano oriente, o del medio oriente, que venía para saludar a un Rey nacido en el cercano oriente. Siglos más tarde, todo occidente reverenciaría al Rey Jesús.

Y el día llegará cuando del oriente y del occidente, del norte y del sur, vendrán millones de hombres y mujeres para sentarse a la mesa en el Reino de Jesucristo.

Ahora bien, ¿Qué dones traían esos magos? Traían oro, incienso, y mirra. Traían un homenaje de sus almas devotas. Traían la reverencia de los sabios humildes que saben inclinarse ante el Ser superior. Traían en representación, además, el homenaje que a lo largo de los siglos, millones y millones de hombres y mujeres ofrecerían al Redentor del mundo.

Oro, incienso y mirra. Cada regalo tiene un simbolismo precioso. El oro, por ejemplo, representa el homenaje que se le rinde a un rey. Cuando los magos le ofrecieron oro al Señor Jesús, sencillamente lo estaban reconociendo REY. Como Rey de los judíos, según prometían las profecías antiguas. Como Rey de todo el mundo. Como Rey de vidas y voluntades. Era un regalo apropiado, sin duda, porque Jesús es Rey. REY DE REYES, Y SEÑOR DE SEÑORES.

El segundo regalo era más grandioso: incienso, resina aromática que al quemarse produce un olor especial. Se usa en ciertos templos como expresión de alabanza y adoración. Obsequio adecuado para uno a quien se considera Dios. Y era perfectamente apropiado para el Niño Jesús, porque Jesús es Dios hecho hombre. Perfectamente Dios; perfectamente hombre. Cien por ciento Dios; cien por ciento hombre. Cuando los magos le ofrecieron incienso, estaban confesando: «Este niño es Dios hecho hombre, Dios encarnado, Dios humanizado».

El tercer regalo —mirra— nos deja estupefactos. ¿Qué es la mirra? ¿Por qué se la ofrecieron al Señor Jesús? La mirra es otra resina aromática que se usa en medicina, sobre todo, para embalsamar cadáveres. Es regalo apropiado no para un rey, o para Dios, sino para un cadáver. ¿Por qué, pues, se la ofrecieron? Porque el Dios hecho hombre, el Rey de los judíos y del universo, vino al mundo para cumplir una misión. Una misión grandiosa: morir en una cruz para convertirse en el Redentor de todos los seres humanos. Este es el regalo más impresionante de los tres: la mirra.

Porque proclama un mensaje: Cristo nació en Belén, pero nació para morir en el Calvario. Cristo en el pesebre no salva. Cristo crucificado sí salva.

La Navidad es solo un extremo de la historia. Y este extremo no tiene realmente significado ni trascendencia sin el otro: la muerte en la Cruz del Calvario.

Reunirnos para festejar, comer, divertirnos, obsequiarnos regalos, y enviarnos tarjetas alusivas a la temporada, carece de sentido, si no tenemos una visión clara del cuadro completo: Jesús nació para morir por nosotros. Por eso, Navidad es tiempo de salvación; es época de esperanza; es parte de la gran sinfonía divina que nos anuncia a los pobres seres humanos que: «Ya no hay condenación para los que están en Cristo Jesús. Cristo es todo-suficiente. Su Obra es perfecta. Es un gran momento para evangelizar».

Entraña otro significado también. Me conmueve que aquellos sabios de oriente viajaran de tan lejos para llevarle regalos a Jesús. Eso me recuerda que Navidad es un gran tiempo para las misiones.

Si nuestra actitud en estos días es agradable a Dios, tenemos que encarnar en nosotros Su sentir. «Se hizo carne, habitó entre los hombres, vimos Su gloria, se humilló hasta lo sumo, experimentó nuestra vergüenza, por Sus llagas fuimos nosotros sanados».

Un buen ejemplo

En la India, murió una mujer excepcional que con su amor por los pobres y los menesterosos le dio un gran ejemplo a toda la humanidad. Durante setenta años de su vida se dedicó a trabajar en beneficio de los pobres más pobres. Caminó al lado de leprosos, estuvo con enfermos de SIDA, respiró el mismo aire de los tuberculosos, comió en el mismo plato de muchos menesterosos. Todas sus posesiones materiales se redujeron, durante décadas enteras, a dos vestidos y algunos libros. Su cuerpo era pequeño de estatura. Sus manos, arrugadas y temblorosas; su cara, consumida y tostada por el sol de la India. Pero el corazón de Teresa entendió lo que es el amor; su mente brillaba con ideas claras y conceptos firmes, sólidos como rocas.

Humildemente, se dio el lujo de sentarse al lado de reyes y presidentes, de legisladores y catedráticos. Un día fue honrada con el Premio Nobel de la Paz. Su autoridad y convicciones eran tales que no vendía sus principios para condescender con los que estaban en eminencia, y en sus propias caras los exhortó a respetar los valores fundamentales del ser humano.

Fue una mujer con éxito aunque no andaba en una limusina. Fue una mujer de éxito aunque los periodistas no la asediaban constantemente.

¡Y qué tremenda ironía!, era nativa de un país, Albania, que se declaró ateo oficialmente, para el que Dios no existe. Pero esta mujer, pequeñita y anciana, todo lo que hacía, lo hacía precisamente basada en la realidad de que Dios existe, y galardona a los que le sirven. Ella, la que creía en Dios, es la única ciudadana de Albania reconocida a nivel mundial. Fue, realmente, ¡una mujer con éxito!

¿Qué hace que a un ser humano lo podamos llamar una persona exitosa? ¿E1 dinero que tiene? ¿Los títulos académicos que cuelgan en la pared de su oficina? ¿Su belleza física o su juventud? ¿La exaltación que los medios de prensa le puedan dar? ¿La posición que ocupe en las esferas de la actividad humana como la política, el arte, los deportes o la cultura? Mucha gente cree eso.

El éxito verdadero

Humanamente hablando, muchos de los que festejaron lo que sucedió en Belén, al ver luego lo que aconteció en el Monte de la Calavera, pensarían: «Fracasó; no lo logró; no tuvo éxito».

Pero ¿cuánto perduran el éxito o la fama, si quiere llamarlo así, de un ser humano? Me atrevo a decirle que en la gran mayoría de los casos, ese éxito se desvanece tal y como se deshace un cadáver en su tumba. Los ídolos humanos vienen y van. Hoy se levanta uno y mañana otro. Y con el mismo furor que hoy se exalta a uno, mañana se le abuchea y se le echa al olvido.

¿Acaso en su tiempo no había una locura colectiva por ver pelear a Tyson, o por ver jugar a Maradona? ¿Dónde están ambos? ¿Dónde está su éxito?

Antes, la belleza la simbolizaba una mujer llamada Marilyn Monroe, después fue Raquel Welch luego fue la princesa Diana hoy sería Sandra Bullock o la Srta. Mundo. Pero mañana, en la quietud imperturbable de un cementerio, no hay calavera a la que se la pueda llamar hermosa.

El «éxito» o la fiesta de Navidad, la algarabía y las luces de estos días, carecen de valor sin la Cruz del Viernes Santo. No hay verdadera realización sin entrega, sin muerte, sin misión.

¿Sabe una cosa? Al igual que Jesucristo, si relacionamos correctamente el acontecimiento del mesón de Belén con los dos palos en forma de cruz levantada 33 años después, estaremos listos para experimentar lo que pasó aquella mañana de domingo. Será nuestro el poder de Su resurrección. Este será también un gran tiempo de victoria.

Nunca fue tan pertinente el Evangelio como hoy. Nunca la esperanza de Cristo fue tan desesperadamente necesitada como hoy. Vivamos estos días con serenidad. La Biblia nos da la perspectiva correcta y el cuadro completo, porque nació; y nació para morir, no como cualquier ser humano, sino con divino poder redentor; y porque se levantó triunfante (con éxito) de la tumba, esperaremos tranquilamente el día cuando regresará y consumará todas las cosas.

«…y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos» (2 Co 5:15).

¡Viva la Navidad! Más aún, viva el Cristo bendito de la Navidad, el Cristo que le da sentido verdadero a la vida.