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Una anécdota para la Navidad

A Iván de Rusia, el emperador orgulloso del Este, le gustaba visitar a sus súbditos en disfraz. Una noche salió vestido como un mendigo y, yendo de puerta en puerta, pedía una limosna y refugio en donde poder pasar la noche. Todos rehusaban ayudar al pobre mendigo, y con palabras rudas le expulsaban a la noche fría.

Por fin llegó a un humilde lugar donde acaba de nacer un niñito. Este labriego le recibió alegremente, y de su pobreza le dio de comer, y después le dirigió a un rincón donde podría pasar la noche sobre unas pajas. Esa noche Iván durmió contento porque había encontrado a un hombre compasivo. La próxima mañana salió muy agradecido por la cortesía mostrada.

Pero más tarde en el día regresó en su coche espléndido y rodeado por sus príncipes y nobles de la corte. Al hacer su parada frente a la casita, un mensajero se desmontó y llamó al pobre hombre que salió casi muerto de temor. Tuvo el emperador un poco de dificultad para convencerle que el mendigo de la noche anterior había sido él, Iván, emperador de Rusia. Dándole gracias otra vez por su amabilidad, entregó al sorprendido hombre un contenido lleno de oro, y le prometió, que cuando su hijo creciera, le llevaría al palacio para servicio real.  Se despidió diciendo, “Anoche me recibiste como un mendigo; hoy he regresado para recompensarte como un rey”.

Se cumple hoy, día 25 de diciembre, más de dos milenios desde que llegó a este mundo un personaje disfrazado en humanidad. Las largas millas de Nazaret a Belén habían sido cruzadas por María y José y, allí, porque no había lugar para ellos en el mesón, tuvieron que tomar abrigo en un establo. Esa noche nació el niño Jesús –débil, frágil, dependiente– Dios de los cielos disfrazado en carne humana; el Creador tomando en sí la forma de lo que había creado. Cristo, el único que pudo escoger el lugar y las circunstancias de su nacimiento, escogió una humilde mujer, el pueblecito de Belén, un establo sucio y un pesebre como cuna.

Hablando de esto mismo, un autor cristiano dice: “Si hubiese sido el hijo de la más vil ramera, su nacimiento no podría hacer sido en circunstancias más humillantes. Si hubiese sido el hijo del más pobre de los esclavos romanos, no pudiera haber nacido en un lugar menos propicio”. Así mostró Dios en la persona de Cristo que su amor abrazaba hasta al más vil pecador. Pero, quién podría reconocer a Dios en este disfraz, en este amor inconmensurable.