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María, mujer favorecida

por Les Thompson

Tome todas las historias, cuentos, novelas, fábulas en el mundo pasado y presente. Amontónelas a todas en cualquier orden o clasificación que desee. Luego haga un análisis meticuloso para buscar el relato con más intriga, romance, drama, suspenso, conflicto y misterio entre todos ellos. Esa búsqueda le llevará a la incomparable historia del nacimiento de Jesús.

Intriga. En esta, la más bella historia del mundo, encontramos a una hermosa joven viviendo en la muy transitada ciudad de Nazaret. En los tiempos de Jesús Nazaret era una ciudad muy activa que hacía puente entre los puertos de Tiro y Sidón en Fenicia (Mt 3.8; Lc 6.17) y Jerusalén. Estaba como a la mitad del camino; lugar donde los viajantes pasaban la noche antes de seguir en su viaje. Llegó a ser un centro de corrupción, como se puede imaginar, llevando a Natanael a decir, «¿De Nazaret puede salir algo de bueno?» (Jn 1:46). En esta ciudad, por estar situada entre Tiro y Jerusalén, nunca faltaban los transeúntes. La mayoría de las veces eran abusivos soldados romanos que con su poderío procuraban aventajarse de cualquier hombre o mujer. A su vez tenía unos pocos comerciantes griegos, cada uno también dispuesto a aprovecharse de cualquiera. Y entre todos estos no podían faltar los pomposos sacerdotes judíos que hacían sus peregrinajes ida y vuelta a Jerusalén. En contraste a todos estos que venían y salían, nos fijamos en una joven que vivía allí. Su nombre es María. Lo que habría de acontecer es tan singular que cambiada para siempre la historia del mundo entero.

Romance. Esta joven María esta muy, pero muy enamorada de un joven carpintero llamado José. El libro de Lucas no nos cuenta de la agonía de José al enterarse del embarazo de su novia. Para esos detalles hay que ir al evangelio de Mateo 1:18-25. Formalmente, al estilo judío, han declarado su amor y fidelidad. Ahora están esperando que concluya el año del noviazgo (costumbre de todo buen judío) para casarse. Su mente la tiene puesta en el día de su boda. Junto con su mamá, hacen todos los arreglos y planes para la boda. Lo menos que esperan es que todos esos planes van a ser trastornados irreversiblemente, a punto de poner en peligro su noviazgo.

Drama. Ocurre el incidente cuando menos es esperado: la joven María está ayudando a su mamá en los quehaceres hogareños, cuando de sorpresa le interrumpe la presencia de un espléndido ángel. Apenas tiene la oportunidad para asegurarse que no le mienten sus sentidos, cuando oye del ángel el sorprendente anuncio que ella, de entre todas las mujeres del mundo, ha sido escogida por el Todopoderoso para ser la madre del esperado Mesías. Casi ni puede asimilar lo que oye. Su boca se llena de preguntas: ¿Por qué yo? ¿Cómo puede ser? ¿Cuándo?

Suspenso. Nos maravillamos de tan increíble ecuanimidad por parte de una joven. Razón tiene María en preguntar: «¿Cómo será esto, pues no conozco varón?» El ángel cariñosamente aclara: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual el Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios.» ¡Sería madre… y sin la intervención de un hombre! ¿Quién lo creería? Pero María, llena de fe, no complica el cuadro con objeciones insensatas, solo dice: «He aquí la sierva del Señor: Hágase conmigo conforme a tu palabra.»

Conflicto. Imagínese el momento cuando —pocos días después— ya segura de su condición, y honesta como es, María le cuenta a su amado novio lo acontecido. ¿Cómo se lo habrá dicho? ¿Con qué sutileza femenina? ¿En cuál noche alunada? Reacción. Protesta. Incredulidad. Rechazo. Entonces le viene a José la confirmación angelical. Todas estas fuertes emociones son abarcadas por este extraordinario relato. ¡Qué incomparable historia esta, la del nacimiento de Jesús!

Misterio. Lo intrigante de esta sagrada historia es ver en quién se ha de poner el énfasis. ¿Será en la joven María? ¿Quizás en el novio José? ¿Cuál es el punto de más importancia en toda la historia? La mayoría, al leerla, se queda contemplando a María. Piensan, conjeturan, imaginan y llegan a conclusiones de cómo ha de haber sido esta joven escogida para tan grande misión. Terminan maravillándose en aquella asombrosa y singular experiencia para una mujer tan joven. Pero, de hecho, si allí se queda, se pierde la verdadera maravilla. Este insólito relato es mucho más que una hermosa historia de unos novios. ¡Es la historia de la venida del Hijo de Dios al mundo para hacerse como uno de nosotros! Pero más: se hizo hombre con el fin de salvarnos de nuestros pecados por su muerte sustituta. Ahí está el asombro y el misterio.

MARÍA, MUJER FAVORECIDA

El ángel saluda a María con esta frase: «¡Salve, muy favorecida! El Señor es contigo; bendita tú entre las mujeres».

¿Cómo explicamos este gran favor recibido por María? De esta frase nace una de las doctrinas de la Iglesia Católica. Viene por la antigua traducción de las Sagradas Escrituras (al latín), la Vulgata, realizada por Jerónimo (347-420 d.C.), donde traduce «muy favorecida» con «llena de gracia».

La verdad es que no es una mala traducción, a no ser que su sentido se interprete equivocadamente. La idea del texto no es que María estuviera llena de gracia para impartir esa gracia a otros, sino que ella ha sido la recipiente, la favorecida, de esa gracia especial de Dios.

Para poner la idea simplemente, el ángel le dice: «Tú, entre todas las mujeres del mundo, has recibido un gran favor divino, pues Dios te ha escogido para ser el vehículo por el cual vendrá el Salvador al mundo». Lo que dice el ángel primero, «el Señor está contigo», nos muestra de qué manera se tiene que entender la frase «muy favorecida». Además, se repite la frase en el versículo 30 dándole el mismo sentido, es decir, «has hallado gracia delante de Dios».

¿POR QUÉ VINO EL NIÑO DE FORMA TAN EXTRAORDINARIA?

La mejor respuesta la ha dado Anselmo de Canterbury (1033-1109). Podrán ver en detalle los argumentos de Anselmo en nuestra Teología Sistemática, Los fundamentos de la fe cristiana, por James Montgomery Boice, en el capítulo «Por qué Cristo se hizo hombre», 400 años antes de haber nacido Martín Lutero. En su obra Cur Deus Homo (¿Por qué el Dios-Hombre?), da respuestas a nuestras inquietudes. Dice:

La encarnación revela:

  • El valor que Dios puso sobre cada ser humano, a pesar de que éramos pecadores.
  • Que Dios no nos ha abandonado, más bien nos ha amado aun en nuestra condición de enemistad.
  • Que por haberse hecho humano, Dios quiso identificarse con nuestro dolor, sufrimiento y necesidad, pues podía entendernos.
  • Que, como cristianos, la manera en que podemos agradar a Dios es seguir el ejemplo de Jesucristo.

La encarnación aclara:

  • Que sólo Dios pudo habernos rescatado del pecado, ya que como hombres somos incapaces de lograr el perdón divino a través de nuestros propios esfuerzos, pues ante Dios «nuestras justicias son como trapos de inmundicia».
  • Que sólo por medio de uno que fuera hombre podía lograrse la salvación, ya que fue el hombre quien ofendió a Dios por su rebeldía y pecado, y es el hombre el que tiene el deber de pagar su deuda a Dios; por ser estas dos cosas verdad, el Salvador tendría que ser uno que fuese Dios y hombre a la misma vez.

Comprendiendo estas verdades vemos con más claridad la importancia del grandioso aviso angelical: «concebirás en tu vientre y darás luz un hijo, y llamarás su nombre Jesús [Salvador]» (v. 31). También, al comprender estas razones, entendemos por qué tenemos que fijar el énfasis de la historia de la Navidad en la llegada del Dios-hombre al mundo.

LA GRAN PREGUNTA BIOLÓGICA

El muy respetado comentarista bíblico, Dr. G. Campbell Morgan, en su comentario sobre San Lucas explica las palabras del ángel Gabriel: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra, por lo cual también el santo Ser que nacerá será llamado Hijo de Dios». Dice: «El ángel contestó la pregunta biológica, diciendo: Esto que se hace [en ti, María] es por obra directa de Dios, del poder del Altísimo, del Espíritu Santo; cubriéndote con Su divina sombra, produciendo en tu vientre al Hijo-Hombre. Además, por esa misma obra, por esa misma energía, por esa misma fuerza, por esa protección del Espíritu Santo, el que nacerá de tu vientre será protegido de cualquier contaminación que pudiera recibir por ser tú la madre. Como hombre, El será santo. Obtendrá forma en tu vientre por ese acto especial de Dios, y será librado del pecado por ese mismo acto de Su poder». —G. Campbell Morgan, The Gospel According to Luke, Revell, p. 24

¿POR QUE DIOS SE HIZO HOMBRE?

Se cuenta la historia de un hombre que decía ser ateo. Un día de invierno, tempestuoso y frío, se despertó al son de las campanas de una iglesia. El pensamiento de que la gente se molestaba para ir a la iglesia en una tempestad le irritaba. Se levantó de su cama para contemplar a estos cristianos a quienes no les importaba ni viento ni nieve ni frío.

La furia de la tempestad le impresionó. La nieve, azotada por el viento, parecía penetrar hasta las más pequeñas grietas, llenándolas de hielo. «Loca gente esta —se decía—. Mira cómo luchan contra el viento y la nieve para llegar a la iglesia. ¡Se lo merecen!»

En eso un pequeño pájaro huyendo de la furia del viento voló directamente hacia él, chocando fuertemente contra el cristal de la ventana. Por el golpe la pobre ave cayó muerta. Entonces se fijó que otras aves, desesperadas por encontrar refugio de la tempestad, se tiraban también aquí y allá contra el cristal de las ventanas de su casa buscando refugio. De alguna manera tenía que evitar esta necesaria matanza.

Abrió la puerta y salió al frío. Con una escoba trató de hacerlas volar por la puerta que había dejado abierta, mas sólo lograba espantarlas. Por mucho que intentaba, no le hacían caso.

«¡No me entienden!, ¡no me entienden! —se decía— ¿Qué puedo hacer? ¿Cómo puedo hacerlas entender?»

Le vino a la mente que a menos que se convirtiera en pájaro no habría forma. Solo así podría comunicarse con esas pobres aves.

En ese momento sonaron nuevamente las campanas de la iglesia. Como se le prendiera una luz, entendió todo. Cristo, siendo Dios, se hizo hombre para advertirnos y salvarnos de la muerte eterna.

DOS DE LOS ANGELES

En la Biblia sólo se mencionan por nombre a dos ángeles: a Gabriel y a Miguel. Ambos son nombres hebreos. Gabriel significa «hombre de Dios» y Miguel significa «¿quién es como Dios?»

De acuerdo a cómo se describe a Gabriel, él es el ángel que siempre está ante la presencia de Dios como mensajero especial de la Santa Trinidad. Este es el ángel que a través de las Escrituras aparece entre los hombres anunciando las buenas nuevas de Dios (Dn 8:16; 9:21; Lc 1:19, 26).

Miguel, como indica su nombre, es el ángel enviado para destruir a todos los que se atreven a desafiar a Dios o a tratar de elevarse al nivel de Él (Dn 10:13, 21; 12:1; Jud 9; Ap 12:7). En Gabriel se ve la gracia y la obra redentora de Dios. En Miguel se ve la justicia de Dios con su correspondiente actividad judicial.

PREGUNTAS QUE NOS HACEMOS AL LEER LA HISTORIA

¿Por qué se asusto María (v. 29)?
Imagínese ese momento cuando de repente aparece el ángel. El miedo de María seguramente emana de que se encuentra en la presencia de un ser totalmente santo y puro que está ante ella, que es una hija de Eva, pecadora, como lo somos todos (aquí vale la pena leer el Salmo 138:6). Estar ante la presencia de algo absolutamente santo siempre atemoriza al que es pecador (véase también Is 6:1-5). Son las palabras del ángel, explicando su misión, las que la calman.

¿Qué sentido debemos darle a las palabras del ángel: «Este será grande, y será llamado el Hijo del Altísimo »? (Véanse Is 6:3; 9:6-7; 61:1-3.)
Expresan la divinidad de Jesús. El bebé que ella tendrá no será un niño cualquiera, sino Dios mismo que se ha hecho carne. Por eso añade: «el Señor Dios le dará el trono de David su padre» (véanse 2 Sal 7:11-13; Jer 23:5-6; Ap 5:5). Por medio de este nacimiento especial Dios cumpliría la muy esperada promesa del Mesías, de la venida de ese Hijo especial de David, cuyo trono sería para siempre.

¿Cómo hemos de entender la pregunta que María le hace al ángel: «¿Cómo será esto, pues no conozco varón: » (v.34)
Obviamente esta perpleja. ¿Cómo es posible que un tipo pueda nacer sin la intervención de un hombre? Pero, al hacer la pregunta, María, abierta y claramente, anuncia que ella es virgen. De aquí nace la gran doctrina del nacimiento virginal de Jesucristo. Lo importante de este versículo en Lucas es la declaración de María, que no ha conocido a hombre y que es virgen.

¿Por qué hemos de aceptar el hecho de que María era virgen al dar a luz a Jesús?
[Debemos estudiar la respuesta con cuidado; la salvación —tanto la tuya como la mía— dependen de esta verdad.] Respondió el ángel y le dijo: «El Espíritu Santo vendrá sobre tí, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra, por lo cual también el santo Ser que nacerá será llamado Hijo de Dios» (v. 35; véanse Gn 1:1; Sal 104:30). Borra toda idea de que Jesús tuvo padre humano, era el Hijo de Dios.

¿Por qué sabemos que María era pecadora?
Ella misma lo admite. Dice: «Engrandece mi alma al Señor; y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador» (Lc 1:46-47). Si hubiese sido «santa y sin pecado» no hubiera necesitado un Salvador. No hay texto ni concepto en la Biblia que respalde la idea de la «inmaculada concepción» de María.

¿Qué nos enseña María acerca de la actitud que debemos tener cuando Dios nos pide que hagamos algo que nos parece imposible?
La verdadera fe es valiente. El ángel llega a María con una grande afirmación: «Porque nada hay imposible para Dios». Ella, segura, responde: «He aquí la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra». Ante Dios siempre debemos tener una actitud de fe y de sumisión.