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Librados y renovados

Por David Legters M.

INTRODUCCIÓN

Todos queremos la libertad y odiamos las dictaduras, sean éstas de cualquier índole familiar, político, económico, eclesiástico, etc. Los niñitos rechazan la ayuda de los grandes diciendo, “Yo lo puedo hacer solo”. Los adolescentes pasan por la etapa de la rebeldía y quieren ser independientes de papá y de mamá. Cuando entramos al mundo laboral, muchos prefieren trabajar por su cuenta, para no depender de un patrón. Los ancianitos temen caer en un estado de dependencia y quedar “inútiles”, luchan para seguir valiéndose por sí mismos aun cuando las fuerzas les abandonan. Las naciones hacen guerras de independencia y luego celebran las libertades que han conquistado. El preámbulo de la constitución política de los EE.UU. reconoce que todo ciudadano tiene el “derecho” a la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad. En México se celebra el 18 de marzo, fecha de la expropiación petrolera y el fin de la dependencia de compañías extranjeras en materia petroquímica. Y así en los demás países.

Una de las grandes paradojas de la vida cristiana es que debo convertirme en esclavo de Cristo para ser verdaderamente libre. Es como la paradoja de que debo morir al yo para poder vivir para Dios. En realidad, como J.M. Boice en Fundamentos de la fe cristiana, sólo son paradojas aparentes. Cuando decimos que los cristianos son esclavos pero que sin embargo son libres, queremos decir que en un sentido se convierten en siervos, para que puedan luego convertirse en todo lo que Dios ha planeado para ellos. Es como la libertad en el matrimonio, el esposo (o la esposa) no está libre para amar y relacionarse con otros de la misma manera que está obligado a amar a su cónyuge. Pero en otro sentido es realmente libre, pues ahora no hay más temor al rechazo y puede uno comportarse como es en realidad, una persona casada, y ser así todo lo que Dios quiere que sea como tal.

I. LA NATURALEZA DE LA LIBERTAD

La clave para descubrir la libertad radica en ser lo que uno ha sido creado para ser: un siervo obediente y agradecido al Altísimo. Nuestro problema es que queremos ser lo que nunca podemos ser, por lo que estamos condenados a una vida de frustración. Roger Nicole ha definido la libertad así: “la capacidad de una persona para realizar su destino, para desempeñarse de acuerdo con sus metas finales”. Nuestra cultura moderna más bien define la libertad en términos de autonomía. Pero en un universo creado y sostenido por Dios, no puede existir la autonomía; sería rebeldía. En realidad, el único ser verdaderamente libre (en términos absolutos) es Dios. El que no es Dios es criatura, y la criatura sólo puede ser libre para cumplir la función para la que fue creada.

  1. Intentos humanos por buscar la libertad
    J.M. Boice menciona cuatro clases de intentos humanos por lograr la libertad sin tomar en cuenta el plan de Dios en nuestra vida.

    1. La persecución de la riqueza
      Quizá sea ésta la meta principal de la mayor parte del mundo occidental en la actualidad. Tal vez dirían, “no somos materialistas”, pero también dicen, “el dinero representa la libertad. Buscamos las riquezas porque son el medio por el cual obtendremos la libertad de ir a donde queramos y hacer lo que deseemos.” La riqueza, sin embargo, no produce libertad, sino todo lo contrario, pues los ricos se vuelven prisioneros de sus riquezas. La libertad es un asunto más del alma, y no tanto de bienes materiales.
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    2. El rechazo a cualquier compromiso
      Algunas parejas viven juntas sin estar casadas porque desean “estar libres”. Con esto quieren decir que desean tener la opción de terminar la relación si se cansan de ella. En el campo laboral hay los que no se quieren comprometer con el patrón, pues quieren estar libres “para seguir adelante”. No entienden que el comprometerse trae la libertad. Un compromiso con Cristo trae libertad, no para pecar, sino para servir; no para odiar, sino para amar.
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    3. El rechazo al pasado
      En la actualidad se rechazan las normas de moralidad vigentes. Toda cosa nueva es mejor que cualquier cosa vieja por el simple hecho de que se trata de algo nuevo. Sin embargo, la ley no desaparece porque la rechacemos, ni podemos fácilmente acallar la conciencia. Lo que más requerimos es una libertad de pensamiento y de propósito que nos permita elegir del pasado, reteniendo lo bueno y agregando todo lo que sea correcto delante de Dios.
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    4. El rechazo a toda autoridad
      Esta actitud en última instancia es un rechazo a Dios ya que las autoridades humanas provienen de él (Rom 13:1-2). Y ¿qué toma su lugar? Respuesta: El individuo. Cada uno de nosotros nos convertimos en nuestra propia autoridad.
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  2. La libertad en Cristo
    Fuera de la gracia de Dios en Jesucristo no somos libres. “Todo el que hace pecado, esclavo es del pecado”, (Jn 8:34). La libertad es cuando hacemos las leyes de Dios. Pero desde el pecado de Adán, perdimos esa capacidad de obedecer, y suspiramos en lo profundo del corazón, “¡Miserable de mí! ¿quién me librará”, (Rom 7:24). El evangelio nos dice que podemos ser libres para realizar el destino para el que Dios nos ha creado.

II. EL ASPECTO NEGATIVO, LIBERTAD DE:

Para entender lo que es la libertad, debemos identificar cuáles son las fuerzas que nos atan y nos tiranizan, y que no nos permiten ser libres: La libertad que ofrece Cristo es:

  1. Libertad de la culpa
    Nadie que no haya sido perdonado es libre. Si no estuviera yo seguro de la misericordia y del perdón de Dios, no te podría saludar ni mirarte la cara, sino buscaría esconderme, como hiciera Adán en el huerto del Edén. El del Edén fue el primer encubrimiento de la historia. Margarita Laski, una humanista secular que murió hace unos años, dijo poco antes de morir, “Lo que yo envidio mas de ustedes los cristianos es su espíritu de perdón. Yo no tengo a nadie que me perdone.”
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    Por eso exclamamos con el salmista: “Pero en ti hay perdón. En Jehová hay misericordia, y abundante redención con él; y él redimirá a Israel de todos sus pecados” (Sal 130:4,7-8).
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    Por esto entró Dios a nuestro mundo en la persona de su Hijo, para identificarse con nosotros y llevar sobre si nuestra injusticia, nuestro pecado, nuestra culpa, nuestra muerte, para entonces perdonarnos y librarnos de la culpa. De modo que la libertad … ¡empieza con el perdón!
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  2. Libertad del ego
    Conversando Jesús con unos judíos que habían creído en él, dijo en una ocasión: “Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres”. La respuesta de estos hombres fue, “Linaje de Abraham somos, y jamás hemos sido esclavos de nadie. ¿Cómo dices tú: Seréis libres? Jesús les respondió: De cierto, de cierto os digo, que todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado” (Jn 8:31-34).
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    Si la primera esclavitud de la que debemos ser liberados es la culpa, la segunda es el pecado. Muchos dicen, “no soy pecador”, porque definen el pecado en términos de homicidio, adulterio, hurto, etc. pero la Biblia enseña que el pecado, antes que nada, es el egocentrismo. Los dos grandes mandamientos son: amarlo a él con todo nuestro ser, y amar al prójimo como a nosotros mismos. El pecado invierte este orden, porque pone al “yo” primero (proclamando así su autonomía), luego al vecino (siempre y cuando me convenga) y de último, pues allí está Dios en algún lugar del fondo.
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    Y ¡qué terrible tirano es el ego! Estar consumido por los deseos y las ambiciones personales sin reparo alguno para la gloria de Dios o el bien de los demás, es estar sumido en un calabozo de los más oscuros, en prisión de las más insalubres.
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    Jesús, quien resucitó de entre los muertos y vive hoy, puede liberar al que está en esta clase de cárcel. Es posible hoy día conocer “el poder de su resurrección”. El Jesús viviente puede entrar a nuestra persona y con el poder del Espíritu crear un nuevo yo, uno que muera al viejo yo, y comience a experimentar la naturaleza de Cristo. “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es: las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas” (2 Cor 5:17).
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  3. Libertad del temor
    Las etnias primitivas viven sumidas en el terror de los espíritus malévolos a los que constantemente están en la necesidad de aplacar. Mi padre visitó en una ocasión la selva de los lacandones, en el sur de México. El jefe de la casa, Chan Kin, tenía a un lado de su choza un jacalito en el que había una plataforma llena de ídolos de barro, en los que quemaba copal e incienso. Mi padre quiso tomar una foto de los ídolos, pero Chan Kin no quiso, hasta que mi padre le ofreció una navaja con resorte, oferta que ya no pudo resistir y dio su permiso para la foto. Pero toda la noche después Chan Kin la pasó entonando sus rogativas, “Oh Dios, mira mi condición, ten misericordia de mí, no me dañes mi cosecha, que no se caiga una rama sobre mí cuando voy caminando por la selva, que no mandes una víbora a picarme,” etc., etc. Al día siguiente mi padre le preguntó, “Chan Kin, ¿en verdad son tan malos tus dioses?” “Sí”, le respondió. “¿Y no tienes dioses buenos?” “Sí, sí los hay”, dijo Chan Kin. “Entonces ¿por qué no rezas a los dioses buenos en lugar de a los malos?” Chan Kin contestó, “Verás, los dioses buenos no nos hacen mal nunca, pues son buenos, no tenemos que preocuparnos por ellos; son los otros que nos pueden hacer mal y hay que dejarlos contentos para que no nos hagan ningún daño.” ¡Vive rodeado del temor!
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    También la sociedad “civilizada” está invadida de temores: el temor a la oscuridad, a las alturas, a los lugares cerrados al número trece, a casarse, temor al futuro, al fracaso, temor de la gente, temor de la enfermedad, temor de envejecer, temor a la muerte, temor de lo desconocido, temor de los espíritus malignos… temor, temor, temor. Las supersticiones son tan comunes, hay los que tocan madera, los que cruzan sus dedos, los que no pasan por debajo de una escalera, los que portan sus amuletos de protección o de la suerte, los que consultan el horóscopo… temor, temor, temor.
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    El temor trae parálisis de acción. Quien teme no es libre. Pero cuando Dios viene al hombre, le dice: “No temas…” Así mismo el ángel, “No temáis, porque os ha nacido hoy en la ciudad de David, un Salvador que es Cristo el Señor”.
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    Hay que sacar pues, todos nuestros temores a la luz del día, a la luz de Jesús, a la luz de Su victoria y Su poder. Pues el que murió y resucitó ha sido exaltado a la diestra del Padre y todas las cosas han sido puestas “bajo sus pies” (Ef 1:22). ¿Dónde están todas esas cosas que me causan temor? Respuesta: Están sometidas bajo los pies del Cristo victorioso. Así se rompe cualquier poder que pudieran tener para atemorizarnos.

III. ASPECTO POSITIVO, LIBERTAD PARA:
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Hasta aquí hemos reflexionado sobre las diferentes tiranías que nos impiden gozar de la libertad traída por Cristo por medio de los tres grandes acontecimientos de Su ministerio:
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a) su muerte,
b) su resurrección, y
c) su exaltación.
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Somos liberados de la culpa, porque él murió por nosotros. Somos liberados del ego, porque podemos vivir en el poder de Su resurrección. Y somos liberados del temor, porque él reina, y todas las cosas están sometidas bajo sus pies.
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Pero es un error definir la libertad sólo en términos negativos, porque también tiene su contraparte positiva. El verdadero clamor por la libertad no es tanto para ser libres de, sino el de ser libres para. Ahora bien, si sabemos de qué queremos ser libres, ¿sabemos para qué queremos ser libres?

  1. Vivir para Dios
    En el contexto de la Biblia, la liberación más radical es aquella que me libera del yo, a fin de que yo viva para la gloria de Dios. La libertad verdadera, pues, es aquella que me permite ser mi verdadero ser, tal y como Dios en su plan eterno me creó y para lo cual me puso sobre esta tierra.
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    Por eso se comienza con Dios. Él es el único verdaderamente libre. Su libertad es perfecta, porque él puede hacer todo lo que quiere. Es absoluta, pues no depende de nada ni de nadie. Lo que no puede hacer es negarse a sí mismo (2ª Tim 2:13). Ya no sería libertad, sino autodestrucción. De modo que Dios es absolutamente libre, y libre para ser todo lo que es.
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    Ahora bien, la criatura. Para nosotros la libertad absoluta es una ilusión, una imposibilidad, pues no somos Dios. Pero al igual que Dios, puedo ser libre para ser todo lo que soy, dentro de las limitaciones de mi propia naturaleza.
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    Por ejemplo, el pez fue creado por Dios para vivir en el agua. Si saliera del agua, moriría. Fue creado para el agua, y en ella tiene su libertad. En ella puede ser todo lo que es. Si se le ocurriera saltar del agua porque quiere volar, o andar sobre la tierra, moriría. Sólo en el mar encuentra su plena libertad. Sólo en el mar cumple el propósito de su existencia.
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  2. Vivir para amar
    Y ¿qué de nosotros los humanos? Si el elemento en el que se mueve el pez es el agua, diríamos que el elemento en el que se mueve el hombre es el amor. Necesitamos el amor, como el pez necesita el agua. Es así, porque Dios es amor, y fuimos creados a Su imagen. Tenemos, pues, la capacidad de amar y de ser amados como él ama y es amado. Por ello los dos grandes mandamientos: amar a Dios, amar al prójimo. ¡Este es nuestro destino! Una vida sin amor no sería vida. Vivir es amar, y sin amor, uno se seca y se muere. Como comentara San Agustín: “el alma vive, no donde existe, sino donde ama”.
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    Nuevamente estamos ante la aparente paradoja, pues el amor restringe y limita porque compromete y se sacrifica. Dios me creó con la capacidad de amar, pero amar es dar. Para ser lo que soy, debo negarme a mí mismo. Para ser libre, debo servir. Debo morir a mi ego y perderme en el ser amado. La libertad es, en conclusión, la liberación de la dictadura de mi pequeño ego a fin de vivir en una forma responsable, amando a Dios y a los demás.
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    Hoy día el mundo piensa que mientras más amas, menos libre eres, pues el amor limita tu libertad. Pero Jesús enseñó lo contrario, cuando dijo, “Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí y del evangelio, la salvará” (Mc 8:35).
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    En otro lugar, Jesús hace una doble invitación con una sola promesa: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga” (Mat 11:27-29). La promesa del descanso incluye la idea de libertad: “yo os haré descansar”, v 28; y “hallaréis descanso para vuestras almas”, v 29. ¿A quiénes promete Jesús el descanso? Primero, a los trabajados y cargados que vienen a él; pues les retira la carga para dejarlos en libertad. Y segundo, a los que llevan su yugo y aprenden de él. La libertad verdadera es la que se encuentra en Cristo nuestro Señor, cuando nos ponemos bajo Su autoridad. Su yugo es fácil, y ligera su carga, y él además es manso y humilde de corazón.

¡Bendito sea su santo nombre!  Amén.