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La Navidad a través de los ojos de José

por Lynn Anderson

Los ojos de José, un descendiente del rey David, observaron extraños hechos, visitas de ángeles y un hermoso bebé creciendo a ser un sabio de doce años, capaz de dialogar con doctores de la ley. Seguramente por ratos sus ojos derramaron lágrimas y, en otras experiencias, brillaron con inmenso gozo. Más adelante imaginaremos algunos de sus pensamientos y conversaciones.

Para José, la Navidad comenzó, sin él saberlo, cuando estaba haciendo preparativos para su boda, nueve meses antes del nacimiento de Jesús (su futuro hijo adoptivo). ¿Un hijo? Por adelantado… ¡y él, nada que ver! Como buen judío, había procedido correctamente y había pedido la mano de María en matrimonio, pues Lucas 1:26 dice que ella se encontraba todavía virgen, en condición de desposada (comprometida).

En ese tiempo José tenía la responsabilidad de alistar casa y enseres para su prometida. La profesión de carpintero seguramente le fue de gran ayuda en esta tarea, y probablemente María estaba al tanto del progreso en la construcción de lo que llegaría a ser su hogar, admirando la obra con mucho sentimiento.

De pronto, la intención soñada de próximamente ser esposos fue interrumpida por acontecimientos impactantes, sospechas dolorosas, cambios abruptos, situaciones penosas.

¿Qué estaría haciendo José en ese momento inesperado cuando llegó María para decirle que se iba de viaje? ¿Serruchando una tabla? ¿Lijando un mueble? Así, sin mayores explicaciones, se fue de prisa a una ciudad en la montaña, a casa de su pariente, Elizabeth. Su salida repentina dejó a José turbado porque trastornó sus planes y, además, él se había percatado de la conmoción que sentía María cuando se despidió.

José quedaría muy preocupado, sobre todo cuando la ausencia se alargaba a tres solitarios meses (lamentablemente, no pudieron comunicarse por teléfonos celulares). ¡Cuántos pensamientos pasarían por su mente! En medio de su angustia, debía continuar preparando la casa. Tal vez la madera que trabajaba con sus herramientas estaría salpicada debido a ojos aguados.

El plan divino de La Navidad había iniciado, proporcionándole sorpresas y angustia. Y una separación forzosa.

Cuando por fin María regresó a Nazaret, ya había tenido amplia confirmación acerca de la asombrosa verdad en cuanto al ser que abrigaba. La anciana Elizabeth, esperando su propio milagro, Juan el Bautista, reconoció que el bebé que nacería de María sería su “Señor”. Exclamó a gran voz: «Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre. ¿Por qué se me concede esto a mí, que la madre de mi Señor venga a mí? Porque tan pronto como llegó la voz de tu salutación a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Y bienaventurada la que creyó, porque se cumplirá lo que le fue dicho de parte del Señor» (Lc 1:42-45).

Para que José comprendiera que la condición en que se encontraba María realmente fuera un enorme privilegio, tuvo que recibir el claro mensaje de un ángel, quién le apareció en sueños.

El ángel le informó que el autor del embarazo era el Espíritu Santo y no un rival humano. Además, le contó que habría que llamar al bebé “Jesús” porque salvaría a su pueblo de sus pecados. Para completar, José escuchó:

«Todo esto aconteció para que se cumpliese lo dicho por el Señor por medio del profeta, cuando dijo: He aquí, una virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Emanuel, que traducido es: Dios con nosotros» (Mt 1:22-23).

¡Qué total transformación resultó en su forma de pensar! Las Escrituras no explican todo el proceso, pero Mateo 1:18 dice que fue «antes que se juntasen» (aún no habían ocupado la casita) y cuando «se halló que había concebido del Espíritu Santo» (tal vez la túnica demostraba un abdomen algo abultado). Después del mensaje celestial, los pensamientos de José ya no se concentraban en cómo evitar la condena pública de María ni tampoco en la mejor manera de dejarla.

¡Estaban participando en el cumplimiento de profecías muy antiguas!

La visión angelical le había quitado el temor, la vergüenza y cualquier duda, de manera que José, con valor y obediencia «hizo como el ángel del Señor le había mandado, y recibió a su mujer. Pero no la conoció hasta que dio a luz…» (Mt 1:24-25).

El relato bíblico no incluye las conversaciones de José y María, pero con seguridad dialogaron mucho. De mutuo acuerdo la intimidad de pareja no formaba parte de su amor como esposos al organizar un hogar. Dios escogió a una doncella ejemplar para obrar la encarnación del Salvador; y escogió a un hombre de grandes virtudes para estar presente en el embarazo y parto de María y en la crianza de Jesús.

Conversaciones imaginarias

José, el carpintero  (Mt 13:55)
José:  —María, ya pronto estará lista la casita.
María: —¡Qué bien, los muebles están quedando muy hermosos!

Un viaje repentino (Luc 1:34-40)
María: —José, debo ir a visitar a Zacarías y Elizabeth inmediatamente.
José:  —¿Y nuestra boda? ¿Cuánto tiempo vas a estar con ellos?
María: —No lo sé. Necesito tiempo.
José:  —Escuché decir que Elizabeth va a ser madre, siendo anciana.
María: —Dios está obrando milagros. Hasta pronto.
José:  (hablando con sí mismo) “Cómo me gustaría saber lo que está pensando María. La noté muy extraña”.

Nazaret, a los tres meses (Luc 1:26-35; 47,56)
María: —¡Ya llegué! Tenemos que conversar muchas cosas. José, estoy embarazada.
José:  —¿Qué?, ¿qué? ¿Cómo así? ¿Qué pasó en el viaje?
María: —No, antes de eso me visitó un ángel y me dijo: «María, no temas, porque has hallado gracia delante de Dios».  Luego el poder del Altísimo me cubrió con su sombra. Mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador.
José:  —No entiendo. ¿Y nuestros planes? ¿Qué dirá la gente?
María: —No encontraba cómo decírtelo. Es obra de Dios. Elizabeth se alegró con la noticia. Yo sigo queriéndote igual.
José:  —Nada es igual que antes. Quiero estar solo. Hablaremos mañana.

Un sueño sobrenatural (Mt 1:18-25)
José: —Necesito conversar contigo. Anoche tuve un sueño. Ahora entiendo, o por lo menos trato de entender. Perdóname por juzgarte.
María:  —¡Gracias a Dios! De todo corazón te perdono, te necesito. Quiero casarme contigo. ¡Tú eres un hombre maravilloso!
José:   —No vamos a organizar la celebración de costumbre, pero avisaré a la familia que está invitada a una cena en honor a nuestro nuevo hogar.

Meses después (Luc 2:1-5)
José:  —María, tenemos que ir a Belén por motivo del censo.
María: —Mi tiempo está cerca y el viaje dura varios días.
José:  —¿Estarás más cómoda si consigo un asno? Descansaremos frecuentemente. Dios nos ayudará.

En Belén (Is 7:14; Mt 1:23; Luc 2:6,7)
José: —No hay lugar en ninguna posada y todas las casas están repletas de gente.
María: —Necesito encontrar un lugar privado pronto.
José: —¿Vamos al pesebre donde dejé el asno?
María: —Sí, por favor.
José: —María, ¿estás bien?
María: —Sí, falta poco. Acércame los pañales.
José: —Aquí están. ¿Te ayudo?

María:  —¡Gracias Dios! ¡Qué bebé tan hermoso!
José:  —Descansa ahora, yo cuidaré al niño. ¡Emmanuel, Dios con nosotros!

Esa noche (Luc 2:8-20)
María: —Están golpeando la puerta.
José: —Son unos pastores. Quieren ver al bebé.
Pastores: —Vimos muchos ángeles y un gran resplandor. Un ángel nos dijo que ha nacido Cristo, el Señor.

(María guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón.)

José: —Es el Hijo de Dios, el Salvador.

Treinta y tres días después (Lev 12:1-4; 6-8)
José: —Ya los días de purificación han pasado, debemos presentar el niño al Señor en el Templo.
María: —De acuerdo, ya siento fuerzas para viajar.

En Jesusalén (Luc 2:22-38)
José: —Aquí está la ofrenda.
María: —Vamos al Templo. Mira, un anciano quiere hablar con nosotros.
Simeón: —Permítanme alzar al niño. Voy a dar gracias a Dios porque veo la luz para revelación a los gentiles y la gloria del pueblo de Israel.
José: —¡Estamos maravillados!
Simeón: —Les bendigo como familia, y como los encargados de cuidar a este “Ungido”, pero María, una espada traspasará tu misma alma.
José:  —Se acerca la anciana que vive en el templo.
Ana:  —Tengo más de cien años, y el Señor me ha mantenido con vida para ver este milagro. Gracias, gracias. ¡Ha llegado el Redentor!
María: —Compartimos su gozo por la llegada del Mesías. Su ejemplo fiel de tantos años de servicio, esperanza y oraciones nos alienta.

De regreso, en Belén (Mt 2:8,11ª)
José: —Aquí hay una casita para quedarnos por ahora.
María: —Mira cómo el bebé se sonríe. Estaremos cómodos en este lugar.

Al tiempo (Mt 2:1-11)
José: —Es de noche, pero hay un resplandor extraño.
María: —Nunca he visto una estrella así. La luz parece apuntar a nuestra casa, justamente donde está el niño.
José: —Oh, tenemos unos visitantes con aspecto de extranjeros.
María: —Jesús, ven acá.
José: —¡Bienvenidos!
Magos: —Rey de los judíos, le traemos presentes: oro, incienso, mirra. Venimos a adorarle. Vimos su estrella en el Oriente y nos ha guiado hasta aquí. En Jerusalén nos dijeron que el Cristo nacería en Belén, como está escrito por el profeta Miqueas.
José:  —Respetados señores, lo que dicen es cierto. Jesús es el Cristo.

Después (Mt 2:12)
José: —Gracias por su visita. Apreciamos que hayan viajado por tanto tiempo, desde bien lejos con tan sublime propósito. Sus regalos son muy especiales: el oro y el incienso muy dignos del Hijo de Dios, el rey que han adorado. El perfume de la mirra es valioso y medicinal. Estoy seguro que tiene un significado importante para el futuro de Jesús. ¡Que el Señor les lleve con bien!
Magos: —Tengan cuidado. Tuvimos unos sueños intranquilos acerca del Rey Herodes. Debemos regresar por otro camino para no encontrarnos con él. Adiós.

Esa noche (Mt 2:13-18)
José: —¡Levántense! El ángel del Señor me avisó que tenemos que ir cuánto antes a Egipto.
María: —Recojo en seguida la ropa y comida para el viaje. Empacaré los regalos de los magos. Por favor, viste al niño. ¿Tienes tus herramientas?

Más adelante (Mt 2:16-23)
José: —Hace mucho calor aquí en Egipto. Me contaron que Herodes ha muerto. Tendrá que responder ante Dios por la matanza de tantos niños menores de dos años.
María: —Gracias por sacarnos a tiempo de Belén y cuidar de nosotros en este lugar, pero anhelo regresar a Nazaret.
José: —El Señor nos avisó del peligro, y anoche nuevamente tuve un sueño. Un ángel me dijo que sí, podremos viajar mañana. Nuestra casita nos espera y será tan agradable enseñar a Jesús a trabajar la madera. Y por supuesto va a estudiar.

La crianza (Lc 2:39-41)
María: —El niño es hermoso, fuerte y sabio. Medito mucho sobre todo lo que ha ocurrido y lo que será el futuro de este Hijo de Dios.
José: —Doy gracias por el privilegio de cuidarles. Vamos a ir todos los años a Jerusalén para la fiesta de la Pascua.