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La muerte de un padre —una carta para el hijo

Muy querido y apreciado amigo,

Mucho valor tiene a los ojos del Señor la muerte de sus fieles.” (Salmos 116:15).

Carolina y yo hablábamos de la pronta posible muerte de nuestros padres. En la conversación, aún desconociendo el hecho de que tu padre había muerto, hablamos de él.

Anticipando la muerte de mi padre, me preguntaba: “¿Qué sentiré? ¿Qué pensamientos tendré?” Pienso, que al igual que tú, tendré pensamientos de satisfacción. A los dos Dios nos dio padres ejemplares —tanto en conducta como en acciones.

Pienso en las veces que estuve con tu padre: era un verdadero siervo de Dios, nunca buscando nada para el, siempre buscando el beneficio de los demás. Pienso en las veces que iba a la Caja de Socorro para buscar su giro de pensión —le tomaba la mayor parte del día, pero lo hacía con gozo, pues allí, haciendo cola, pasaría lindos momentos con sus amigos. En todo, con tanta paciencia, veía lo bueno en lugar de las molestias e incomodidades. Por cierto, el clásico incidente tiene que ser aquel cuando, llenando la punta con periódicos, se puso mis zapatos. Ni aún siendo estos grandes y viejos, le molestó. Porque tú me quieres a mí, él, por ti, también me quería a mí como a un hijo, y buscaba relacionarse conmigo aunque fuera sólo por un par de zapatos viejos. ¡Qué hombre!

Seguro que la prensa a penas ha notado la muerte de tu padre —quizás dándole dos líneas—, pero esa muerte no fue inadvertida por Aquel que ve todo. “Mucho valor tiene a los ojos del Señor la muerte de sus fieles“. Dios vio esos momentos cuando ya su cuerpo no respondía al impulso de la mente, cuando esos brazos (que un día te cargaron como si no pesaras nada) ahora eran tan débiles e insensibles que no los podía mover, cuando el último vestigio de vida se reflejaba sólo en esos ojos amorosos.

Gradualmente perdió fuerza, pero con cada paso de deterioro del cuerpo, su alma ganaba fuerza e ímpetu para con urgencia volar al seno del amante Salvador.

Mucho valor tiene a los ojos del Señor la muerte de sus fieles“.

Ahora el cuerpo gastado y maltratado por el pecado regresa al polvo. El alma, renovada y transformada por la sangre de Cristo, entra a perfecta santidad. ¿Cómo será no pecar más? ¿Cómo será librarse de las cadenas tortuosas del primer Adán… y para siempre? Allí, como dijo Isaías, el canto es “Santo, Santo, Santo”. Tu padre ahora lo estará cantando, y no sólo cantando. ¿Qué clase de voz tendrá en el cielo: bajo, barítono, tenor? Sea cual fuere, estará disfrutando de esa maravillosa santidad rodeado por la esplendidez de todo lo que es puro.

La muerte es el puente. Tu padre ya lo ha cruzado. ¡Qué contento ha de estar! Tu y yo, todavía estamos de este lado … con dolores de reuma, pies cansados de tanto caminar, corazones que se molestan por ver tanta falta de cometido al trabajo de Dios, almas que se entristecen al reconocer fallas personales, mentes que aspiran a cambios en las vidas de aquellos que amamos. Pero lidiamos con todo caminando hacia esa patria que nos espera, acercándonos cada día mas y mas a ese puente que un día nos llevará al lado de Cristo y al lado de tu padre.

La muerte de tu padre ha sido preciosa a los ojos del Señor, nos alegramos por el, que ya está en la Su presencia. Derramamos lágrimas por todos nosotros que todavía seguimos luchando y trabajando, ahora más solos, sin el aliento, ánimo y estímulo de ese gran hombre. Pero ¡adelante! ¡Ya el puente está a la vista! Dios nos ayude a cumplir con Él tan bien como cumplió tu padre.

Está por demás decirte que en estos momentos mi alma se une a la tuya como nunca. Dios te consuele en esta pérdida.