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La juventud frente a un mundo nuevo y distorsionado

El Dr. Les Thompson escribió este artículo en 1984 pero podemos ver que todavía aplica para la juventud de hoy.

Hace unos años caminaba por la Plaza de Armas de México, paré a contemplar a un hippie. La cara la tenía oculta tras la desaliñada barba. Los mechones de una larga cabellera, sucia y despeinada, le caían sobre los hombros. De pantalones traía un pijama de franela roja; de camisa, una sedosa blusa azul pálido. Calzaba botas vaqueras y, para remate, ostentaba sobre la cabeza una toalla de cocina enrollada en forma de turbante sujeta con un cordón viejo y mugriento. Su expresión era triste, aunque estaba consciente de estar dando un espectáculo.

Como hippies o como seguidores de las nuevas olas, la juventud moderna ha reaccionado contra las vanidades de nuestro mundo y pretende crear un mundo mejor a través de sus extrañas costumbres, vestimenta, música y sus protestas. Sin duda, vivimos en medio de una revolución.

Recuerdo que al contemplar a ese hippie en México me preguntaba ¿cómo habría reaccionado Jesús? “De tal manera amo Dios al mundo…” pero he aquí algo del mundo que me causaba repulsión. Anduve entonces por varias calles y vi la falta de pudor con que se exhibían películas de medianoche. Por todas partes el libertinaje sexual parecía estar tan generalizado como una taza de café. Otra vez me pregunte: ¿cómo habría reaccionado Jesús? “Dios no envió al Hijo para que condene al mundo”, pero al igual que Jonás en Nínive, deseé que Dios castigara a los que ofendían la decencia.

¿Puede amar Dios a este mundo en que vivimos con sus transformaciones políticas, tecnológicas y morales? ¿O se refería el en Juan 3:16 a otro mundo, a un mundo no tan malo ni perdido como el nuestro?

Si tenemos nueva moralidad, nuevos vicios, nuevos inventos, nueva teología, nueva tecnología, nuevas matemáticas, ¿qué vamos a hacer con la vieja Biblia, las viejas leyes, el viejo amor, los viejos principios, el “viejo” Dios? Quizás lo que esta pasando no es tan nuevo después de todo, sino sólo una manifestación moderna del viejo pecado en pecadores contemporáneos.

La mayoría de nosotros no tiene inconveniente en aceptar las ventajas económicas y educativas y el ocio adicional que esta era nos brinda. En realidad, ya no nos satisface ni lo monótono, ni lo corriente, ni lo común. ¡Queremos una vida con estilo y sentido! Como que “todo es nuevo”, la religión ”vieja” parece haber perdido su influencia entre la gente joven. La ”hippiología” o la “gurumística” india gozan de más influencia en nuestras universidades que Cristo Jesús.

Pero ¿estamos forzados a aceptar todos los nuevos conceptos morales y tecnológicos si es que hemos de disfrutar las ventajas de nuestro nuevo mundo? Por ejemplo, los nuevos sistemas de transporte no sólo nos abren las puertas hacia mundos nuevos sino que traen mundos extraños a nuestras puertas. De súbito nos encontramos con cristianos que viven de manera diferente y tienen diferentes normas de conducta. Inmediatamente nos preguntamos: ¿quién está en lo cierto, ellos o nosotros? Digamos que nos mudamos del campo a la ciudad. De inmediato nos establecemos en una comunidad distinta. Como buenos cristianos al fin, tratamos de ganar amigos e influenciar en la gente. Pero pronto comienzan los roces con diferentes moldes de conducta o con interpretaciones nuevas de viejas ideas. ¿Quién está en lo correcto? La juventud va a nuestros colegios a sabiendas de que en esta era de ”meritocracia” (según el Dr. Clark Kerr) conseguirán empleos, ascensos, salarios y posiciones de acuerdo con los méritos que hayan acumulado. Por lo tanto, tienen que adquirir una educación, y de la mejor. Pero ¿qué respuesta damos cuando regresan preguntándonos nuestra opinión sobre Marx o la evolución, o el baile, o el cine, o el divorcio, la moral y el control de la natalidad, o el aborto.

Cada día más, junto al alto nivel de la vida moderna, los cristianos sienten que algo se ha escurrido de sus vidas. Semejante frustración apena. En teoría, Cristo satisface los anhelos de nuestro corazón, pero al mirar al fondo de nuestra alma nos vemos forzados a confesar que hemos estado buscando satisfacción en otras partes. ¿Significa Cristo para nosotros lo que debería significar? Quizás no, porque las promesas del mundo moderno nos han hecho pensar que podemos hallar gozo y disfrutar de la vida en plenitud con los artefactos modernos que hemos inventado en nuestra era moderna. Nuestras declaraciones parecen indicar a veces que la iglesia ya es algo del pasado y que en ella solo encontramos una fría satisfacción. ¿Cómo llenar este vacío del alma? ¿Qué deleites puede permitirse el cristiano? ¿O son mundanas estas preocupaciones, propias de pecadores pero indignas de los santos? También nos inquieta la soledad. Si Cristo debe satisfacer todos nuestros anhelos ¿por qué buscamos y anhelamos otros compañerismos? Nuestros amigos tampoco nos satisfacen del todo. No basta con nuestros familiares. ¡Y hasta llegamos a sentirnos solos en la misma iglesia! Esto es lógico, tratándose de pecadores, pero ¿por qué nos sentimos solos cuando somos cristianos? ¿No somos acaso una gran familia amorosa que pertenece a Cristo?

Entonces vienen los remordimientos. Algunos son ocasionados por lo que vemos hacer a otros creyentes. Otros son tormentos personales que provienen del deseo íntimo de romper con viejos tabúes y vivir como otros cristianos liberados. A veces son sentimientos culpables de desear cosas que no están de acuerdo con las enseñanzas de la Biblia. Y, tristemente, mucha de nuestra frustración viene al reconocer nuestra propia culpabilidad.

Creo que tenemos que reconocer que la confusión en que se vive es causada por dos clases de pecado: pecados bíblicos y pecados sociales. Permítanme explicarlo. Por pecados bíblicos me refiero a todo lo que la Biblia claramente dice que es pecado: en los Diez Mandamientos o en listas como Efesios 4:24-32; 5:1-21; Colosenses 3:12,13; 1 Tesalonicenses 4:3-7; 1 Corintios 6:9,10,12; 8:9-13; 10:31; Gálatas 5:19-21; 6:2. Aquí no hay discusión. Dios que ama al mundo, para proteger al mundo de su ira, nos ha dicho claramente cuales son las cosas que el aborrece. Desobedecer los claros mandatos de Dios resulta en una separación de Dios, que a su vez produce vacío e inquietud en el alma.

Pero seamos honestos ¿Dónde habla la Biblia condenando el cine, o el cigarrillo, o el baile? O sobre si debe o no una mujer piadosa usar cosméticos.

Ciertas culturas o agrupaciones de creyentes han determinado que ciertas cosas son pecado. A estas cosas las llamo “pecados sociales”. Es decir, aunque no son mencionadas como pecado en la Biblia, ciertos grupos las han puesto como si fueran igual a lo descrito en la Biblia. Y estas listas inventadas por los hombres varían de sociedad en sociedad. En casi todos los casos se llegan a colocar estos “pecados sociales” al mismo nivel que los pecados bíblicos.

Es tiempo de que nos demos cuenta de nuestros fariseísmos modernos y regresemos a la Biblia. Con los pecados que menciona la Biblia tenemos suficientes problemas. ¿Por qué inventar nuevos?

De repente me condenarán pensando que abogo por un libertinaje espiritual entre los creyentes. ¡De ninguna manera! El creyente que se abstiene de los “pecados bíblicos” no tendrá ningún problema con los “pecados sociales”, mas bien sabrá como agradar a Dios, lo que es mucho mas importante que agradar a los hombres.

No hay duda de que nuestro mundo ha cambiado radicalmente. Es así como miramos los conflictos raciales, las revueltas estudiantiles y las huelgas. Miramos las nuevas teologías. Miramos el comunismo, el nacionalismo, el universalismo, la apostasía, el falso testimonio de las iglesias. Miramos la depravación sexual y social. Los miramos y quisiéramos echar a correr. Pero Juan 3:16 nos detiene. Dios envió a su Hijo a salvar al mundo. Y él nos ordena: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio“. ¿Se refería Jesucristo a nosotros y a este mundo? ¿Cómo vamos a ir al mundo?

Estamos en otra era, en otro sistema; el mundo de nuestro Señor se merecía quizás sacrificios de amor y vida. Pero ¿puede Dios a través de nosotros amar a este mundo de revueltas, contrastes, cambios y confusiones? ¿Qué ama Dios? ¿Qué tenemos que amar nosotros?

Quizás esta era nos  sorprendió tambaleándonos sobre cimientos frágiles. Nuestras quietas iglesias y nuestros tranquilos sermones no están en armonía con el mundo revuelto que nos rodea. Hemos confiado demasiado en interpretaciones privadas de las Escrituras y en puntos de vista e ideas que satisfacen a otras generaciones, pero que parecen inadecuadas para estos tiempos. Las tradiciones de los hombres nos han cegado hasta el punto de impedirnos la aplicación segura de la Palabra de Dios a nuestros tiempos.

Tenemos que pensar, estudiar y aplicar la verdad divina a nuestra situación. Dios quiere darnos vidas útiles y llenas de sentido. Si existe un gozo real, profundo y verdadero, ¡y se encuentra en Cristo! En este problemático mundo moderno Él puede ayudarnos a discernir entre las “tradi­ciones de los hombres” y los “oráculos de Dios”.

Él nos ha dado ojos para leer su Palabra, mente para entender su verdad, el Espíritu Santo para detectar el error y voluntad para vivir por fe. Debemos poner artefactos, casas, tierras, dineros, costumbres y seres queridos en una perspectiva espiritual correcta. Dios ha de estar primero, como su Palabra nos lo revela. Debemos mirar al mundo a través de sus ojos, buscar primeramente su reino y su justicia en este mundo. Debemos amarlo como Dios nos ama: detestando el pecado, pero amando a los pecadores.

El  moderno hippie o punker y el viejo pecador pueden ser transformados como nosotros lo fuimos. Este es el anhelo de Dios. Y es interesante, Dios quiere tomarnos de instrumentos a pesar de nuestras preguntas, debilidades y fragilidades. El hecho de que nos tenga en este mundo obedece a un propósito. Cuando nos dice “id” al mundo, ¡claro está que no nos pide que os encerremos en claustros cristianos! No tenemos que aislarnos. Si el amor de Dios va a obrar en el pecador, obrará a través de nosotros. Dios ama al mundo, sí, a nuestro  mundo; pero sólo puede abrazarlo a través de nosotros, los que vivimos para Él de la manera que Él, y sólo Él pidió que viviéramos.