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La familia necesita autoridad — El Rebelde

por Les Thompson

La familia es la más antigua de las instituciones humanas. Pero, como toda institución funciona únicamente bajo la disciplina de ciertos principios o pierde su carácter. Cualquiera puede fundar una familia; pero no todos saben cómo gobernarla. El secreto consiste en la combinación adecuada del principio de autoridad con el principio del amor. La autoridad por sí sola conduce a la opresión. El amor por sí solo puede caer en sentimentalismo.

El autor, padre de una hermosa familia, nos cuenta cómo aplicó con éxito la fórmula de la autoridad y el amor frente a las pruebas de la desobediencia infantil, de los desajustes de la adolescencia y del consentimiento maternal. Algo que debieran saber todos los padres… y también los hijos.

Cuando Dios quiso fundar una nación grande y poderosa eligió como padre a Abram, diciendo: “Porque yo sé que mandará a sus hijos y a su casa después de sí, que guarden el camino de Jehová.” (Gn 18:19). A otro padre, Elí, que fue infiel, Dios lo castigó (1 S 2) porque:

  • Permitió a sus hijos hacer lo que querían,
  • Honró más a sus hijos que a Dios, y
  • No les enseñó los caminos de Jehová.

Lamentablemente, el ambiente del mundo moderno está acabando con los hogares. Más y más madres —con el fin de incrementar los ingresos— están dejando sus hogares para trabajar fuera. Los padres, por las cosas de este complicado mundo, pasan menos y menos tiempo en casa. En consecuencia, son las criadas u otros familiares quienes cuidan los hijos. La casa sirve más de hotel que de hogar. El cariño y el calor que debieran caracterizar al hogar han desaparecido, y en su lugar hay malentendidos, falta de comunicación, en suma, un pésimo ambiente. Los hijos, en lugar de sentirse amados y queridos se sienten como un estorbo a sus padres.

Muchos de estos padres, sabiendo que son fracasos en el hogar, procuran arreglar las cosas “comprando” el afecto de sus hijos. Los colman de regalos, creyendo que con cosas van a satisfacerlos. Pero el único interés de los hijos es el verse aceptados, amados, y apreciados por sus padres. Los niños saben que un hombre y una mujer viven con ellos en una casa. Pero ellos quieren que sean un padre y una madre con unos hijos viviendo en un hogar. Y, dígase además, este último es el diseño de Dios para una familia.

Ahora bien, para tener un verdadero hogar —y no meramente una casa— hay que luchar y esforzarse. Lleva tiempo y dedicación. Y el que más tiene que esforzarse es el padre.

Algunos piensan que la responsabilidad del hogar descansa en la mujer. Tal idea es pagana más bien que cristiana. La Biblia hace al hombre el responsable. Dios no regañó a la madre de los hijos de Elí —la Biblia ni siquiera nos da el nombre de ella—; Dios culpó al padre. Es sobre los hombros del padre donde descansa la responsabilidad hogareña. Es el padre el que establece:

  • El ambiente de amor para que los hijos sientan que el hogar es un refugio seguro en este mundo inseguro y
  • El clima de disciplina para que sientan la seguridad que ofrece el conocer los límites de su conducta.

Recuerdo un episodio en mi hogar —que parecerá increíble pero es rigurosamente cierto— cuando nuestro tercer hijo, Gregorio, tenía dos años de edad. Llegué una tarde, luego del trabajo, a casa. Cenamos. Después mi señora y yo nos sentamos en la sala para conversar. Gregorio entró a la sala y empezó a jugar. En esto se le ocurrió tomar un fino florero de madera que nos habían regalado mis suegros y tirarlo al piso. Me levanté y lo regañé y volví el florero a la mesita de la sala. Gregorio —que salió como su padre, cabeciduro— no me hizo caso y fue a la mesita, tomó el florero otra vez, y volvió a tirarlo

Me levanté y le calenté los fondillos. Como si nada: volvió al florero y otra vez lo tiró al piso. Le tomé en brazos y esta vez sí que le di duro. Ni echó una lágrima. Cuando le solté, otra vez regresó al florero y lo volvió a tirar al suelo. Ya esto era una declaración de guerra. La pregunta era quién iba a ganar: ¿El hijo pequeñito e inocente aunque travieso, o el padre grande y fuerte, responsable pero de corazón tierno?

Mi subconsciente me decía: Si le pasas esta travesura jamás podrás controlar a tu hijo. Mi corazón me decía: Es tan pequeñito y no sabe lo que está haciendo: déjalo que se salga con las suyas. Mi Dios me decía: “El que detiene el castigo, a su hijo aborrece” (Pro 13:24).

¡Era increíble la determinación del testarudo muchacho! Aunque cumplía sólo dos años, estaba empeñado en vencerme, Cada vez que le pegaba, regresaba al florero y volvía a tirarlo al suelo. Y con los ojos me desafiaba. Le pegué tantas veces que mi esposa empezó a llorar; pero él ni aun había derramado tan sólo una lágrima. Fui al lado de mi esposa y le pregunté si quería qué desistiera. Entre sollozos me dijo que no, que a pesar del dolor que nos causaba, teníamos que enseñar al muchacho a obedecer.

No sé cuántas veces le pegué. Sinceramente creo que fueron más de veinte veces y duro. Yo amaba a aquel niño y os aseguro que el dolor que yo sentía al castigarle era indescriptible. En fin, yo también me encontré llorando y en un dilema entre la convicción de la necesidad de disciplinar a mi hijo y el temor de hacerle un daño físico.

Creo que pasaron como dos horas en este conflicto con el desobediente y obstinado muchacho. Él tomaba el florero y lo tiraba y yo lo alzaba en mis brazos y le pegaba. Por fin, una vez más Gregorio dio unos pasos hacia el florero, extendió su mano como si fuera a repetir su travesura y deteniéndose un instante, se volvió y corrió hacia mí. Tiró sus brazos alrededor de mi cuello y me abrazó, y por fin soltó un río de lágrimas. Entre sollozos me dijo: “¡Te quiero, papa!, ¡te quiero!”

Debo añadir que desde ese episodio difícil, Gregorio ha sido el más obediente de los cuatro varones que tengo. Todavía es cabeciduro y determinado, pero obediente. Tiene ese tipo de carácter que no se deja vencer fácilmente. Y esa tenacidad, en manos de Dios, servirá para llevarle lejos. Al aprender a obedecerme a mí, creo que también ha aprendido a obedecer a Dios.

Por extraño que parezca, la disciplina es un factor que contribuye a mantener el amor

AUTORIDAD QUE PERDURA

Fácil es para el padre relegar en la esposa estos deberes. Pero el resultado es fatal para los hijos y para el hogar. Escuchad la historia de Jacob:

La Biblia nos cuenta —Génesis capítulos 34 y 35— la trágica consecuencia de ser un mal padre. Jacob estaba tan interesado en hacerse rico y de prestigio que descuidó la atención de su hogar. Permitió que sus hijos crecieran en un ambiente malsano. Su hija Dina fue víctima de un rapto. Sus hermanos Simeón y Leví quisieron vengarla y el resultado fue que: “entonces dijo Jacob a Simeón y a Leví: Me habéis turbado con hacerme abominable a los moradores de esta tierra, el cananeo y el ferezeo; y teniendo yo pocos hombres, se juntarán contra mí y me atacarán, y seré destruido yo y mi casa. Pero ellos respondieron: ¿Había él de tratar a nuestra hermana como a una ramera? Dijo Dios a Jacob: Levántate y sube a Betel, y quédate allí; y haz allí un altar al Dios que te apareció cuando huías de tu hermano Esaú. Entonces Jacob dijo a su familia y a todos los que con él estaban: Quitad los dioses ajenos que hay entre vosotros, y limpiaos, y mudad vuestros vestidos. Y levantémonos y subamos a Betel; y haré allí altar al Dios que me respondió en el día de mi angustia, y ha estado conmigo en el camino que he andado. Así dieron a Jacob todos los dioses ajenos que había en poder de ellos, y los zarcillos que estaban junto a Siquem y salieron, y el terror de Dios estuvo sobre las ciudades que había en sus alrededores, y no persiguieron a los hijos de Jacob” (Gn 34:30-35).

Las enseñanzas de esta historia son fáciles de entender. Cuando un padre olvida sus deberes de tal y descuida la disciplina en su casa, el resultado es que la familia entera llega a ser “abominada” en el vecindario. Pero hay remedio.

Dios dijo: “Levántate y sube a Betel y quédate allí.”

Jacob tenía que regresar al lugar donde tenía comunión con Dios, a los caminos de Dios. El padre que se desvía de los principios sagrados se verá en problemas hasta que se vuelva a Dios. Jacob descubrió que las posesiones materiales no podían salvar su hogar.

Pero ¡qué nobleza de carácter encontramos en uno que fue tan materialista! Una vez que se dio cuenta de su fracaso amó tanto a sus hijos que dio espaldas a sus ideas equivocadas y regresó a Betel.

El regreso a Betel, sin embargo, no es suficiente. El padre que quiera reformar su hogar tiene que reconocer que Dios demanda algo más. “¡Quitad los dioses ajenos que hay entre vosotros y limpiaos, y mudad vuestros vestidos, y levantémonos, y subamos a Betel; y haré allí altar a Dios…” Jacob acepta plenamente la responsabilidad de ser el líder espiritual de su familia. Demanda de sus hijos un cambio total de vida. En lugar de servirse a sí mismos, ahora han de servir a Dios y vivir para él. En lugar de contaminarse con la suciedad de los impíos, ahora han de limpiar su conducta y andar en los caminos de Dios. Su misma apariencia personal —”mudad vuestros vestidos”— tiene que cambiar para evidenciar que pertenecen a Dios. ¡Qué altar deben de haber alzado a Dios cuando llegaron a Betel! ¡Cuán hermoso es ver a una familia, guiada por el padre, unidos adorando a Dios!

Y, como padre que es usted, querido lector, no salte el versículo que dice: “Así dieron a Jacob todos los dioses ajenos que había en poder de ellos, y los zarcillos que estaban en sus orejas, y Jacob los escondió debajo de una encina que estaba junto a Siquem.”

¡Cuando el padre actuó firmemente como padre, los hijos al punto le obedecieron y aparentemente sin queja le siguieron: Si los hogares cristianos fracasan, es porque el padre tiene miedo de implantar los principios cristianos. Teme quizás la crítica de los vecinos. Teme una posible rebeldía de los hijos. Teme que la esposa no le siga… Olvida que el hogar es “invento” de Dios y no de los hombres. Y, como la idea y los principios, son divinos, el hombre que firmemente resuelva seguir las instrucciones de Dios recibirá la ayuda de Dios.

Yo tengo la fortuna de haber conocido a un verdadero padre. Con una mezcla de amor sincero y disciplina firme nos crió a seis hermanos y hermanas. Muchas fueron las veces que él se levantó como padre contra la corriente y, como Abram, “mandó a sus hijos y a su casa después de sí, para que guardásemos el camino de Jehová”.

Jamás olvidaré aquel domingo en que aprendí que la casa de Dios es un lugar sacrosanto. Tenía sólo seis años de edad: Estaba sentado en una banca de atrás con mamá, y mi padre predicaba. Como muchacho que era me puse a jugar con unos papeles, no prestando atención a la prédica. Inesperadamente mi padre se detuvo en medio del mensaje y con voz severa dijo: “Leslie, estamos en la casa de Dios, siéntate correctamente y escucha el mensaje”. Algo apenado me enderecé en el asiento y por unos minutos pretendí escuchar. Pero, la tentación al juego era más fuerte. Pronto estuve en lo mismo de antes: y hasta me bajé del asiento para jugar en el piso.

Tan entretenido estaba con mis papeles que no me di cuenta de que papá había dejado de predicar. Había bajado del púlpito, venido a donde estaba yo, y sacándome de entre los asientos, allí, con la congregaci6n observando, me dio una paliza sagrada y me sentó al lado de mamá. Enseguida regresó al púlpito y luego de unas observaciones apropiadas en cuanto a reverencia en la casa de Dios, siguió con su mensaje.

Eso es ser padre responsable. La conducta del hijo le importa más que las opiniones de la gente. Reconoce que el deber más sagrado que tiene es cumplir con la responsabilidad de que sus hijos guarden el camino de Dios. Esta es la instrucción que San Pablo da a Timoteo y a Tito, indicando que Dios espera que el buen padre “gobierne bien su casa, que tenga a sus hijos en sujeción con toda honestidad, pues el que no sabe gobernar su propia casa, ¿cómo cuidará de la iglesia de Dios?” (1 Ti 3:4).

Debo decir de paso que como resultado de aquel valiente acto de disciplina por parte de mi padre, la casa de Dios ha sido para mí de veras un lugar santo, donde debo guardar toda reverencia y respeto. Como muchacho, nunca más volví a jugar en una iglesia. Ni siquiera he podido dormir —como hacen a veces algunos— durante un sermón por aburrido que sea. Además, empecé a esa temprana edad a escuchar sermones y creo que el giro hacia Dios en mi vida empezó aquel mismo momento en qué mi padre cumplió con su deber de padre ante la malacrianza de su hijo.

Como decía antes, en el hogar de mi padre fuimos seis hijos, tres mujeres y tres varones. Los tres varones somos ministros del Señor Jesucristo. Una hermana es misionera en Brasil; otra con su esposo sirven en una escuela evangélica como profesores; y la tercera es casada con un joven que estudia para el santo ministerio. Y ahí no termina. Dios me ha dado a mí cuatro varones. Todos han entregado sus vidas al Señor Jesucristo. Al escribir estas líneas, los dos mayores están estudiando en un seminario preparándose también para servir a Dios. Andar en los principios bíblicos trae grandes recompensas.

Entre los hombres hay grandes artistas, deportistas, financieros, políticos, educadores, y otros en diferentes áreas de la vida. Pero ¿dónde están los que tienen talento de padres? Este parece ser el más raro de los talentos.

Puede ser que hayamos confundido el papel de padre con el de proveedor. O puede ser que la conciencia nos reprenda al reconocer que hemos fracasado como padres. Lo triste es que, en lugar de corregir el error, nos hemos excusado al compararnos con otros padres fracasados. Pero recordemos que la norma no la establece el vecino, sino Dios. El padre que sigue el patrón de la sociedad, sea cual fuere esa sociedad, anda en caminos de fracaso. Dios, quien nos creó, es el que sabe los ideales que convienen a la humanidad. Es a él a quien tenemos que seguir si queremos ser el tipo de padre ideal que nuestros hijos contemplan y merecen.

Examinemos nuestra conducta. Comparemos lo que hemos sido con lo que Dios espera. Y si ocurre que nos encontramos faltos, “lejos de Betel”, hagamos como Jacob. Sin demora reunamos a la familia y pongamos en orden la casa espiritual. Asumiendo la autoridad que como padres nos corresponde, guiemos a los nuestros por los caminos que Dios quiere. El nos sostendrá en el empeño, pues también se agrada en que le tengamos como padre.

EL FUNDAMENTO

Si nuestros deberes determinan nuestras relaciones y las relaciones crean responsabilidades, entonces el hecho de ser padres nos hace seres responsables. El hogar con los hijos que Dios ha dado es el dominio del padre. De acuerdo con las normas de conducta que establezca el padre, habrá allí paz o guerra.

Se ha dicho que el 75 por ciento de los hogares del mundo constituyen un fracaso donde reinan la discordia y la infelicidad. Las buenas relaciones entre esposo y esposa son raras y ni hablar de las relaciones entre padres e hijos. Tan común es este estado de conflicto que se acepta como lo normal. ¡Qué triste! ¡Lo que debería verse como un pedacito de cielo parece más un rincón del infierno!

Para que el hogar alcance su pleno sentido, es necesario que cada miembro de la familia conozca sus deberes y que cada uno se ajuste al patrón que le corresponda.

Para mí, los capítulos más básicos de toda la Biblia para entender al hogar son Génesis uno, dos y tres. Empecemos, pues por el principio para ver cuál fue la intención de Dios respecto a la familia al crear al hombre. La historia bíblica nos relata que primero Dios creó a Adán. Lo creó del polvo de la tierra. En un acto de divina omnipotencia, ese hombre se levantó del polvo y en el mismo momento su cuerpo quedó inundado por el aliento divino. El hombre vino a ser así cuerpo y alma viviente.

No sabemos cuánto tiempo vivió solo Adán en el paraíso de Edén. Pero sí tenemos razón para pensar que jamás tuvo el hombre sitio más grato donde vivir: clima ideal, árboles fructíferos, flores incomparables, paisajes encantadores, variedad de animales pacíficos. Como si fuera poco, diariamente venía Dios y hablaba con Adán cara a cara.

No obstante, algo le faltaba a, Adán todavía.

Nos dice la Biblia que un día le pidió Dios a Adán que diera nombre a las criaturas. Tan familiarizado estaba Adán con todas ellas que le puso nombre a cada bestia de los bosques y a cada ave de los cielos y a todo ganado del campo. Los nombres que inventó Adán fueron tan perfectos que Dios quedó satisfecho. La Escritura dice: “Y todo lo que Adán llamó a los animales vivientes, ese es su nombre,” Pero es aquí que añade la Escritura: “Mas para Adán no se halló ayuda idónea para él”.

Fue así que un día Dios “hizo caer sueño profundo sobre Adán, y mientras este dormía, tomó una de sus costillas y cerró la carne en su lugar. Y de la costilla que Jehová Dios tomó del hombre, hizo una mujer y la trajo al hombre”. La mujer, pues, no fue creada del polvo sino del hombre, porque ella fue formada para unión y comunión inseparable del hombre. Fue creada así para establecer un fundamento sólido para la ordenanza moral del matrimonio. El hombre primero y la mujer después, para así mostrar la dependencia de ella en él y establecer el orden divino de las relaciones entre uno y otra.

Pero, a fin de que el hombre no se crea superior y dueño de la mujer, establece Jehová el principio que lo define: “Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó”. Esta imagen de Dios se manifiesta en la naturaleza espiritual que tienen tanto el hombre como la mujer. El resto de la creación existe por la Palabra de Dios; el hombre, por el “soplo” divino. Este soplo es el sello y confirmación de su relación especial con el Creador. Mientras que el respiro de los animales es respiro común, la respiración natural de la naturaleza, el aliento del hombre es el aliento de Dios, distinguiéndose así como ser privilegiado y único. Varón y hembra, ambos igualmente creados a la imagen de Dios —y no a la imagen de ángeles ni de animales. El varón creado para complacer a Dios, la mujer para complacer al hombre y a Dios.

Es impresionante la reacción de Adán al ver por primera vez a la mujer. Como en éxtasis incontenible dice: “¡Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne! Esta será llamada Varona, porque del varón fue tomada”. Adán reconoció inmediatamente que ante él había por fin alguien a su nivel: hueso de sus huesos, carne de su carne. Son estas palabras expresión del gozo incontenible al ver a otra persona idónea para él. (Permitidme intercalar aquí que es por esta razón que Dios hizo —específicamente para el hombre— una creación tan perfecta que condena Dios tan severamente el homosexualismo. Y de la misma manera condena la fornicación, ya que en esa ilícita relación el hombre hace un juego lo que Dios quiso que fuera tan sublime.)

Moisés, quien escribe estas palabras, añade el profundo sentimiento que embarga a todo hombre cuando en amor sincero escoge a una mujer: “Por lo tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne”. Es decir, tan ideal es esta creación de Dios para el hombre que cuando toma a una mujer en amor como esposa todo otro lazo queda abolido. En perfecta naturalidad deja toda otra devoción —especialmente la de padre y madre— para vivir aparte con la mujer que cautivó su corazón. ¡Así fue como lo planeó Dios!

Lamentablemente, sin embargo, ocurre a veces que el soñado paraíso de los primeros tiempos de enamorados cede el paso al desajuste y al conflicto. El jardín de bellas plantas y perfumadas flores se transforma en un yermo de espinas y cizañas. ¿Por qué es esto así?

La respuesta la da el mismo Dios que dispuso primero las condiciones ideales. Se hallan en el tercer capítulo del Génesis. Si esposo y esposa desean buscar una fórmula de entendimiento, deberán indagar cuidadosamente en la Palabra de Dios por las causas que frustran sus relaciones e impiden su felicidad.

No entraremos en los detalles de la tentación, ya bien conocidos. Más bien consideraremos las consecuencias, porque ellas están presentes y explican, desde entonces todo cuadro de discordia.

Empecemos por el lado positivo. Mientras el hombre vivió obediente a Dios en el paraíso de Edén, disfrutó de armonía perfecta en todas sus relaciones. Esa armonía podría describirse de esta manera:

  • Relación del ser y Dios (espiritual) —armoniosa.
  • Relación del ser y el universo (científica) —fructífera.
  • Relación del ser y su semejante (social) —amorosa.
  • Relación del ser consigo mismo (psicológica) —normal.

Veamos ahora el lado negativo. Cuando el hombre desobedeció a Dios para seguir el camino de sus ambiciones personales, la armonía previa de que gozaba en el Edén se quebró, con la pérdida consiguiente de la felicidad y la paz, y este fue el resultado:

  • La relación con Dios (espiritual) produjo culpa
  • La relación con el universo (científica) produjo sudor y  lágrimas
  • La relación con el semejante (social) produjo conflictos
  • La relación consigo mismo (psicológica) produjo vergüenza

Tal es el significado del episodio de “la fruta prohibida”. Las consecuencias de la desobediencia primitiva de Adán y Eva quedaron como una sentencia permanente sobre todo el desarrollo ulterior de la historia humana.

La desobediencia a la instrucción divina tiene un nombre: pecado, y una consecuencia inevitable: separación de Dios. Por placentero que cualquier pecado parezca ser —el atractivo de la fruta prohibida, su realización resulta automáticamente en la ruptura de la armonía con el Creador. En el orden de la vida terrenal esto equivale a “la pérdida del paraíso”.

¿Cómo se aplica esto al caso particular de las relaciones entre el hombre y su mujer? Veámoslo en el libro del Génesis. Luego de consumada la desobediencia de la pareja —por haber cedido la mujer a las insinuaciones de Satanás, Dios se dirige a ella y le dice: “Multiplicaré en gran manera los dolores de tus preñeces; con dolor parirás tus hijos; y tu deseo será a tu marido, y él se enseñoreará de ti” (Gn 3: 16).

En estas breves palabras hay todo un caudal de revelaciones. Que la mujer diera a luz hijos era la voluntad original de Dios. Pero que de allí en adelante la función de la maternidad estuviera acompañada del dolor fue castigo divino. Este dolor materno no se limita al acto del alumbramiento. En realidad, se extiende simbólica y literalmente a todo lo largo de la vida en la carga típica que la madre lleva siempre por los hijos. No hace falta extraordinaria agudeza mental para ver esto. Mucho más que el padre, es la madre la que vive en perpetua inquietud y preocupación por sus hijos. No es que el padre ame menos a los hijos; sencillamente que Dios puso sobre la mujer en particular el peso de esta sentencia.

Otro aspecto de la sentencia se encuentra en las palabras “tu deseo será a tu marido”. El acto de tomar Eva la fruta del árbol prohibido fue como una declaración de independencia. Adán hasta ese momento había obedecido a Dios. Pero Eva, en franco desacato a esa obediencia, decidió no sólo ir en contra de Dios sino en contra también de los deseos de su propio esposo. En consecuencia, fue castigada a experimentar un “deseo” que le afectaría la voluntad con las características de un mal psicopático —la palabra hebrea que se traduce ‘deseo’ quiere decir “anhelo ferviente por algo”—.

Queda una tercera parte: “Él se enseñoreará de ti”. Aunque a la mujer le parezca esto como otro agravante de su castigo, es en realidad una bendición. Aquí Dios establece una norma de relación familiar y social. Originalmente, para las condiciones ideales del paraíso, Dios creó a la mujer a la par del hombre, aunque “como ayuda idónea” para él. Ahora, rota por el pecado la armonía edénica, la sabiduría de Dios, para el buen funcionamiento del nuevo orden terrenal, sienta el principio orgánico de la subordinación de la mujer al hombre. Este principio no implica necesariamente el despotismo del varón ni la reducción de la mujer al estado de esclavitud. Tampoco implica un privilegio de “superioridad” masculina en el sentido sociológico del término. Es simplemente una condición necesaria e indispensable para que la sociedad no degenere en la anarquía y el caos. A mayor abundamiento, el principio opera únicamente sobre bases de amor y de respeto mutuo.

El reverso de la medalla es la emancipación recíproca y el distanciamiento progresivo de los sexos. ¿Sus consecuencias?: la sustitución del amor por la promiscuidad y de la familia por el rebaño; el tomar cada uno por su rumbo; la fragmentación total de la sociedad, la abolición de toda ley y disciplina; el descenso en picada a las formas más rudimentarias de la vida animal.

Si no Se nos alcanza a vislumbrar la sabiduría que hay detrás de las leyes y disposiciones que emanan de la Palabra de Dios; tampoco podremos comprender que las buenas relaciones entre el hombre y la mujer, entre esposo y esposa, dan su fruto únicamente en un clima de amor y comprensión: La mujer fue hecha para el hombre —¡qué bueno es Dios!—, no como sirvienta o esclava sino para complementarlo. La idea de complemento indica ya de por sí que el hombre sin la mujer está incompleto. El hombre necesita de la “ayuda idónea” de la mujer. La voluntad de Dios es que juntos compartan la vida, en el gozo y el placer del amor y la alegría de los hijos.

Sin embargo, ¡cómo obstaculiza el pecado la realización de este hermoso ideal! Desde los tiempos de la caída de la gracia y la expulsión del paraíso el hombre y la mujer han podido conocer la armonía y la paz sólo en la medida en que se han ajustado a las disposiciones del Creador. La agonía humana consiste en la incapacidad de cumplir a perfección lo que la ley de Dios exige luego de haber perdido la oportunidad del Edén.

Pero la profundidad del amor de Dios es sólo comparable a la altura de su justicia. En la misma sentencia por el pecado cometido el Padre eterno incluyó a la vez una gloriosa promesa de escape. De la propia mujer, agente inicial del pecado, vendría un día en la historia el Salvador de la humanidad. Sobre la cruz, heriría en golpe de muerte a la serpiente —Satanás— y saldaría con su sangre derramada la deuda imperdonable del pecado (Gn 3:15). ¡Oh paradoja bendita de los misterios de Dios! De la mujer, que no fue capaz de resistir la sutileza de la tentación, nació Jesús, el Salvador: Eva, instrumento de maldición; María, instrumento de salvación.

En ese hijo de María y descendiente de Eva está el camino hacia las relaciones armoniosas entre el hombre y la mujer y hacia el fundamento firme de la familia. Cristo Jesús abre de nuevo la puerta que había quedado cerrada por el pecado de desobediencia. En él se hace real y visible el secreto del amor verdadero. Es él quien, por su mediación ante el Padre, dignifica y eleva la condición complementaria de la mujer como “ayuda idónea” para el hombre. Por él, y únicamente por él, podrán el hombre y la mujer reconocerse en igualdad de amor y el hogar y la familia tener una base permanente sobre la tierra.

FRENTE A LA REALIDAD

Habiendo reconocido el fundamento espiritual de la relación hombre-mujer, veamos cómo pueden aplicarse en la práctica las enseñanzas de la Palabra de Dios a la institución del matrimonio y del hogar.

El padre es la cabeza del hogar

En el libro de Efesios San Pablo nos describe los papeles respectivos del esposo y la esposa: “Las casadas estén sujetas a sus propios maridos, como al Señor; porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la iglesia, la cual es su cuerpo, y él es su Salvador. Así que, como la iglesia está sujeta a Cristo, así también las casadas lo estén a sus maridos en todo. Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra, a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha. Así también los maridos deben amar a sus mujeres como a sus mismos cuerpos. El que ama a su mujer, a sí mismo se ama. Porque nadie aborreció jamás a su propia carne, sino que la sustenta y la cuida, como también Cristo a la iglesia” (Ef 5:22-29).

El padre no es un dictador

El hombre y la mujer reconocen sólo a un dictador: Dios. Es El quien manda. Pero en el buen juicio divino Dios puso al hombre al frente del hogar, como cabeza, para dar dirección y orden. Tal como Cristo no impone imperativamente su voluntad sobre el hombre, tampoco el esposo ha de actuar como un déspota. El esposo que se comporta en la casa como un Hitler está totalmente fuera de las instrucciones bíblicas. Con esa conducta autoritaria demuestra más bien que sufre de serios problemas emocionales y, bajo el manto de ser “cabeza del hogar”, ventila sus frustraciones descargando sobre la familia las demandas enfermizas de su ego.

El esposo no es superior

En Gálatas 3:28 leemos que en Cristo “no hay varón ni hembra”. Quiere decir que ninguno es más importante que el otro. Ahora, el ser igual no quiere decir que no se tengan funciones distintas. Ya hemos visto que el hombre es cabeza del hogar; esta es su responsabilidad. Esto no lo hace al hombre superior; sólo le da una mayor responsabilidad, véase también 1 Corintios 11:3: “Pero quiero que sepáis que Cristo es la cabeza de todo varón, y el varón es la cabeza de la mujer, y Dios la cabeza de Cristo”.

Ese orden lo establece Dios para el bien del hogar feliz la familia que vive bajo ese principio.

El esposo buscará la ayuda y el consejo de la esposa

Introduciendo su exhortación sobre el hogar, el apóstol Pablo dice: “Someteos unos a otros en el temor de Dios” (Ef 5: 22). Debe haber en el hogar tanto aprecio del uno para con el otro que se les dé igual consideración a las opiniones de cada uno. Hay ocasiones cuando el esposo tiene que tomar una decisión que está en desacuerdo con la esposa. La debe hacer, pero sólo después de haber escuchado y de darle todo el valor y el mérito a las sugerencias de su mujer. Como vemos, ella fue creada como “ayuda idónea” y triste es el caso cuando el esposo se llega a creer tan sabio que no necesita la ayuda de nadie. Ese tipo de orgullo no cabe en los planes de Dios y contradice el espíritu de la admonición: “Someteos unos a otros en temor de Dios.” Hemos de estar conscientes de la potencialidad de error en las decisiones que hacemos. Sabio es el hombre que antes de hacer decisiones busca el consejo de la que es su ayuda idónea.

El esposo a veces se equivoca

No hay modo de eludir la responsabilidad. Sea su decisión correcta o incorrecta, el hombre es el que tiene que responder a Dios por las decisiones que hace. El es el que toma el timón en la mano, el que dirige. No es el elemento pasivo sino el activo. Dios nunca hará responsable a la mujer por una mala decisión del marido. Ella sí será responsable si no se somete a su esposo. Como humanos que somos cometeremos errores. La mujer que critica al esposo por haber tomado decisiones que resultaron equivocadas no conoce su propio corazón. Dios demanda de la mujer respeto hacia su marido, pues es él quien tendrá que dar cuentas a Dios. Feliz el hombre que encuentra una mujer con un amor tan fiel que lo siga con aprecio y lealtad a pesar de sus errores.

El esposo como amante

San Pablo declara: “Maridos, amad a vuestras mujeres así como Cristo amó a la iglesia y se entregó a sí mismo por ella” (Ef 5: 25). El hombre ha de ser no sólo la cabeza sino también el corazón del hogar. La cabeza provee la dirección; el corazón crea el ambiente de afecto. El hombre debe ser un guía amoroso. Si dirige sin amor es un déspota; si es amante sin aptitud de dirigente es sólo un sentimental. La felicidad del hogar depende de la proporción adecuada de cabeza y corazón.

¿A qué clase de amor se refiere el apóstol? Es un amor con la calidad de Cristo. A fin de enseñarla, Cristo en ocasiones permite que la iglesia sufra. Un amor verdadero hace siempre lo que es mejor, aunque en ello a veces vaya envuelto el sufrimiento del objeto amado. El hombre habrá de amar a su mujer como a sí mismo (Ef 5:28). ¡Imaginad el hogar donde el esposo ama como nos ama Cristo!

La relación padre-hijo

Un buen día el dúo se torna en trío. Antes eran sólo dos: el esposo y la esposa; ahora el hogar se ha aumentado con la llegada de un bebé que emite balbuceos y da pataditas o chilla en demanda de atención. Y tú eres el padre. Lo amas, lo cuidas, y lo hallas hermoso como todo padre a su primer hijo. Sueñas con un futuro venturoso para él. ¿Qué debes hacer para que esos sueños se cumplan? ¿Cómo debes vivir? El secreto se esconde en un amor verdadero, que es un amor con sabiduría. Cuando los padres aman a Dios y se aman entre sí, el amor a los hijos es fruto natural de hogar donde reina la armonía. A la inversa, si los padres se olvidan de Dios y de los principios que él ha dado para el hogar y la familia, en vez de armonía prevalecerá el caos. Permíteme ofrecerte unos consejos que te pueden ayudar a ser un padre feliz en un hogar de armonía:

Tu hijo es persona y merece que le trates como tal. No hablo de las impertinencias o malacrianzas infantiles que demandan corrección. Estoy pensando más bien en esas ocasiones en que los niños necesitan ser escuchados por sus padres. Necesitan respuesta a algo, consuelo, comprensión. Como padre debes estar muy atento a esas necesidades. No abuses del” ¡Cállate!”, o del” ¡Déjame tranquilo!”, o del “¡Sal a jugar; no me molestes!” Tal actitud da lugar al alejamiento y corta las líneas de comunicación.

Ten oído para las demandas de tus hijos. El niño vendrá a ti a menudo con toda clase de peticiones y tu primer impulso oscilará entre el mimo y el rechazo. Enséñale desde el principio los valores de la vida. Amor no es sólo dar regalos, sino saber cuándo darlos y cuándo no. Dile siempre a tu hijo la verdad. La formación de su carácter y de su personalidad está en tus manos. No lo malcríes. Aprovecha cada oportunidad para inculcarle los principios de una vida sabia y ordenada.

Ayúdale a desarrollar sus propias capacidades. Como padre deberás prepararle para vivir en un mundo lleno de vicisitudes. Usa incidentes como nacimientos, bodas, muertes, catástrofes, etc., para instruirle acerca de la vida. Enséñale qué cosas temer y qué peligros evitar. Enséñale a confiar en Dios. Enséñale a leer la Biblia y a orar. Tu propia actitud como padre en cuanto a las cosas del espíritu será el modelo que más influya sobre las decisiones de tu hijo.

Ayúdale a escoger metas de valor. Tu asistencia de padre es muy importante cuando llegue para tu hijo la hora de tomar decisiones. Enséñale las posibilidades y consecuencias de cada una. No le impongas tus propias preferencias, pero enriquece sus conocimientos a fin de que él sea capaz de elegir sabiamente. Enséñale no sólo a triunfar sino también a perder —pues en la vida real son más las veces en que se pierde que las que se gana—. Sírvele siempre de aliento y de estímulo en todo.

Enséñale que hay límites y linderos en la vida. Establece reglas en tu hogar y no consientas que sean desobedecidas. Un niño aprecia el No tanto como el Sí. Experimenta una sensación de seguridad cuando sabe que dentro de la cerca que se le pone tiene refugio y una base firme. Aprendiendo a obedecerte como padre, le será más fácil llegar a obedecer a Dios, lo cual es aun más importante. La vida no tolera la anarquía y mientras más pronto lo entienda así mejor será. De esa manera estará preparado para hacerle frente a circunstancias inesperadas o adversas fuera de su control.

Finalmente, he aquí las cosas que como padre no debes hacer:

  • No conmines a tu hijo si no tienes intenciones de cumplir tu amenaza. Tal falla de la palabra destruirá tu autoridad. Si has prometido castigarle si repite alguna mala acción, hazlo sin vacilación alguna. Probablemente él quería probar si tú tenías palabra.
  • No le ofrezcas premios a cambio de su obediencia. Esos caramelos o juguetes te irán siendo más y más costosos. La obediencia no se obtiene con propinas; viene como resultado de una actitud tan razonable como firme.
  • No te enfades por sus travesuras. Si pierdes el control de tus emociones, lo pierdes también sobre tu hijo. Puede ser que atemorizado por tu enojo te obedezca; pero tal obediencia es forzada, no producto del respeto y el amor. Tu enfado te disminuye en estatura a los ojos de tu hijo.
  • No dejes de lado las explicaciones. Los niños pequeños tienen siempre mil preguntas. Apenas están descubriendo el mundo y su curiosidad es natural. Si tú no tienes respuestas para tu hijo, él las buscará en otra parte. En este caso, existe el peligro de que obtenga información torcida o inadecuada que deforme sus procesos mentales.
  • Protégele de ese peligro siendo tú el que le expliques los misterios de la naturaleza y de la vida.
  • No seas tú el que destruya sus sueños dorados. Aunque sí tienes que ayudarle a irse enfrentando a la realidad, ello no implica que hayas de ridiculizar sus ilusiones infantiles. Soñar no le hará daño: Deja que el tránsito de la ilusión a la realidad lleve su tiempo. Recuerda a José, el hijo de Jacob; soñaba tanto con grandezas que sus hermanos le apodaron “el soñador”: Y mira hasta dónde llegó José.
  • No descuides su educación espiritual. Con frecuencia los padres piensan equivocadamente que esto es responsabilidad exclusiva de la madre o de la iglesia. Por el contrario, es principalmente del padre. La fe en Cristo es un concepto masculino y varonil. Dios es el Padre eterno; Jesús la más elevada expresión de hombre que el mundo haya conocido. Enseña a tu hijo a andar en los caminos de Cristo y a respetar la iglesia.

¿Qué más te podré decir? Dios fue quien te hizo esposo y padre. Gloríate en este privilegio y esta vocación. Consciente de la responsabilidad que descansa en ti, cumple tu deber como conviene. Con la ayuda de Dios, tendrás una familia feliz en un hogar de armonía y de paz.