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La esperanza futura del cristianismo –

GP-Pastoral 20
por Humberto Pérez

En estos días navideños se cumplen muchas expectativas acumuladas durante el año. La Navidad llega esplendorosa para aquellos que la esperan con ansias. Como el saco lleno de regalos que carga San Nicolás, muchos en esta época esperan el cumplimiento de promesas —a través de acciones y objetos—, que ayudan a hacer de esta fecha del año una de alegría. Pero en Enero… otra vez las promesas y a esperar de nuevo.

Ahora bien, en cuanto a esperas, los cristianos somos expertos. Llevamos casi dos mil años esperando el cumplimiento de la bendita promesa de la segunda venida de Cristo. Mucho se puede decir y escribir acerca de ese evento glorioso. Debemos destacar que al apóstol Juan —en su destierro— le fue concedido el privilegio de conocer los grandes misterios del futuro.

La revelación de Jesucristo a Juan tuvo un propósito práctico.

El apóstol Juan no escribió el libro de Apocalipsis para sembrar controversias; estos escritos —llenos de tantos simbolismos extraños— no son para que medren los curiosos. Son para atizar la seguridad de la victoria final del Cordero de Dios (13:10; 14:12; 6:2).

Juan está confinado en la isla de Patmos, y la Iglesia mira hacia allá esperando alguna palabra del Espíritu. El apóstol amado les devuelve la mirada diciéndoles que muchos sufrirán la muerte (6:9-11), y que la persecución no cesará; pero que al fin todo saldrá bien.

La revelación se hace preciosa e invalorable al darnos cuenta de que fue escrita para la edificación de la iglesia, para limpiar de pecado, para alentar la esperanza, para decirle al mundo sobre todo, que ¡Cristo reina!, que ¡está vivo!, y que está plenamente identificado con los sufrimientos de ellos, ya que «anda entre los siete candelabros» (2:1), y sus ojos, como si fuesen llamas de fuego, arden de indignación contra el pecado (1:14; 2:18; 19:12).

Además, es importante notar que la «ira del Cordero» está muy clara en el libro. El Señor no es indiferente a lo que pasa. Él se enoja con la maldad (6:16; 14:10), y llegará el día cuando desatará su ira sobre los enemigo

El clamor de la iglesia

En el alma de la Iglesia yace un clamor: la esperanza de un futuro eterno con Cristo. Lo que ocurre en el cielo siempre es motivo de inspiración. Apocalipsis nos invita a levantar los ojos para que no desmayemos con lo que nos pasa aquí en la tierra (5:7; 13. 7:15; 19:4, 20:11; 21:5).

Por un lado, Apocalipsis y la venida del Señor ofrecen una catarsis para la iglesia, ella se refleja en el cielo. «Las almas de los santos» —que han sufrido el martirio— se identifican con los que se muestran impacientes —y tienen «hambre y sed de justicia»—, y han dejado la venganza al Señor. Este libro interpreta muy bien el deseo de venganza de los que sufren y les promete satisfacerlos hasta la bienaventuranza (18:20).

Por otra parte, es un gran llamamiento a la fidelidad de las iglesias, un esfuerzo para animarlas a seguir fieles testificando por Jesús (19:10; 20:4; 22:16).

La segunda venida de Cristo

La venida del Señor y las bodas del Cordero, como los describe Juan, deben colocarse al mismo nivel de los evangelios y las epístolas paulinas. Para conocer el mensaje apocalíptico acerca del regreso del Señor, hay que aplicar el sistema de interpretación que se emplea para todos los libros del canon. Quien lo quiera entender bien tiene que resistir la tentación a crear un tipo de misticismo en cuanto al futuro, y a no relacionar todo lo escrito a las edades por venir.

Revelación —como los evangelios y las epístolas de Pablo— destaca la inminencia de la venida del Señor. Juan dice que ocurrirá pronto, no en una edad remota sino en un momento cercano. La expresión: «El reino de los cielos se ha acercado», se toma en serio y como algo muy próximo; lo que alcanzarían a ver muchos de esa generación (Mateo 24:34).

El Apocalipsis, como los evangelios, involucra a los cristianos en una expectación teológica, provechosísima para la expresión práctica de la fe. Las cosas que descubre no van mucho más allá de lo que se sabe por Mateo 24 y 25. Contiene una expectativa abierta en cuanto al retorno de Jesucristo, cosa que puede ocurrir en cualquier momento.

Cuando venga Cristo, para los impíos no habrá danzas ni risas, sino sangre y lágrimas, juicio y condenación (19:17-18). Hay que estar preparado para ese tremendo evento, pues Cristo no vendrá sonriente prodigando besos y sonrisas al mundo, sino con sus ojos «como llama de fuego», para castigar a los pecadores, y con la espada en su boca para matar al falso profeta.

Su venida presenta la solución a la histórica situación caótica que vivimos. Es la culminación de una serie de acontecimientos.

Para mí la secuencia salvífica neotestamentaria no permite una interrupción literalmente milenial sino simbólica (20:4; 6:9). Si en los evangelios no hay distanciamiento alguno entre la venida del Señor y los eventos posteriores, no debemos introducirlo en ninguna interpretación del Apocalipsis. Si se trata de acomodar un período, como algunos hacen al interpretar el capítulo 20, romperá su armonía y echará a volar la secuencia paulina de los hechos señalados en 1 Corintios y 2 Tesalonicenses.

El llamamiento a la praxis del cristianismo aparece como un eco por todo el libro. Si lo vamos a leer y explicarlo a la iglesia, debe tener ese propósito. No es un libro para deslumbrar a los santos ni dejarlos asombrados y boquiabiertos con especulaciones. Es un libro para edificarlos con su mensaje sencillo y práctico. Jesús, en Apocalipsis, dice: «Vengo en breve» (22:20); y las profecías son cosas que deben ocurrir «pronto» (1:1; 2:5; 2:16, 3:1 1; 11:14; 12:4; 22: 6, 7, 12).

Nadie puede dudar de que en Apocalipsis como en los evangelios, la venida del Señor se anuncia como inminente, con una expectativa abierta: algo que puede ocurrir en cualquier momento, «como ladrón en la noche». Jesús avisa que «vengo en breve» (22:20), para que lo esperemos listos.

Jesús vino cuando Jerusalén cayó, en el año 70, y vendrá algún día para cumplir los acontecimientos que le faltan por sellar, porque así son todas las profecías del Antiguo Testamento. Si miramos atrás, al ahora y al futuro, notaremos —conforme se dice— que Él es «el que es, el que era y el que ha de venir» (1:8; 4:8).

La iglesia y el mundo necesitan que hablemos de Él no solo en base a cataclismos y eventos sobrenaturales, sino en particular respecto a la salvación, a la obra del Cordero, a la santidad de su pueblo, al triunfo del que salió venciendo y para vencer (6.2). Si lo que Jesús anunció y lo que los apóstoles enseñaron fue una expectativa sobre el retorno, cualquier fijación de fechas es contraproducente, e intentar organizar una agenda al respecto seguramente se convertirá en una ilusión y un fraude.

Si ni los ángeles, ni el Hijo, ni los escritores del Nuevo Testamento saben la fecha de su retorno, nosotros tenemos que fijarnos en su promesa, «vengo en breve», y esperarlo en cualquier momento. Nos basta la promesa segura de Cristo, y saber que Él nos ha preparado lugar en el cielo, pues sabemos que Él reina y que es soberano y todopoderoso, el Alfa y la Omega (1:5, 8).

La santidad de la iglesia y su esperanza

La palabra «Santo», se repite continuamente en Apocalipsis, refiriéndose a Dios y a los cristianos. La santidad de Dios es constantemente exaltada (3:7; 4:8; 16:5; 20:6); la iglesia se define como una comunidad de santos (11:8; 13:7,10; 14:12; 15:3), y se le pide que viva muy cerca de la sangre de Cristo (7:14; 12:11) para ser santa y poder resistir la horrible persecución.

Estudiemos Apocalipsis para mejorar nuestra vida espiritual. Estemos firmes en el Espíritu Santo «en el día del Señor» (1:10), y compartamos con los que nos oyen las palabras de esta profecía. Llamémoslos a que beban gratuitamente el agua de vida que Él provee (22:17). Invitémosles a que coman del dulce fruto de ese Santo Árbol que es Jesús y cuyas palabras, como hojas medicinales, sanarán cualquier herida que el pecado y la brava lucha contra Satanás les haya ocasionado (22.2).

Dependeremos, nos nutriremos, y recibiremos de Él nuestra inmortalidad, ya que «agradó al Padre que el Hijo tuviera vida en sí mismo».

¿Está listo para ir a las Bodas de Cristo?

Los profetas neotestamentarios anunciaron persistentemente la boda, la unión entre Cristo y los cristianos, el misterioso vínculo matrimonial final (Ap 19:6-8 junto con Ef 5:30-32). Anunciaron la formación de una inseparable unidad espiritual entre ambos, Él y la iglesia, para que nosotros, «en Él, seamos uno» (Ef 5:29-32; 1 Co 6:17).

Cristo en nosotros, nosotros en él y Dios el Padre en nosotros y sobre nosotros (1 Co 15:28). Nos preparamos para nuestra boda eterna con Jesús, a quien amamos, y quien nos redimió con su sangre (5:9) y nos pide que seamos «santos y fieles» (no se puede ser fiel si antes no se es santo), y que nos vistamos de Él mismo para esa gran boda (Mt 22:12.; Ro 13:14).

Apocalipsis, un libro lleno de promesas, insiste mucho en las acciones justas de los cristianos que, como lino fino, cubran sus vidas (19:8); para así dar testimonio de la fe.

Conclusión

En estos días en que nos acordamos del nacimiento de nuestro Salvador, no permitamos que nuestro festejo nos quite de vista la verdadera razón por la cual vino: darnos nueva vida, limpiarnos, santificarnos, hacernos más y más como Cristo Jesús. Y todo lo hizo con un propósito, en esa anticipación del cielo nuevo, la tierra nueva, esa ciudad santa (la nueva Jerusalén) donde habitaremos para siempre con Dios, y Él con nosotros.