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La batalla interior —anatomía de una pasión sexual

Anatomía de una pasión sexual1)Algunos datos y nombres de lugares han sido cambiados u omitidos para proteger la identidad del autor.
(Autor anónimo)

El despliegue de la insinuación sexual —más que insinuación invitación— es como una marea que invade todos los rincones de la vida moderna: en las revistas, en el cine, en la radio, la televisión y particularmente en la computadora.

Todas las inhibiciones parecen haberse desleído. Nada se excluye, nada se descarta, ni en el lenguaje, ni en los movimientos corporales, ni en las situaciones. Los límites tradicionales de la decencia y el recato se han desvanecido hasta desaparecer.

El recinto mismo de las iglesias no se libra de este aflojamiento de la discreción. Después del servicio dominical miembros y visitantes se reúnen en un salón adjunto para expansión fraternal. Hermosa costumbre. Pues en una ocasión así alguien acertó a oír a un oficial hacer cuentos de subido color a un grupo de señoras que reían alegres. Cosas de los tiempos.

Viajando por la carretera un pastor con su familia aciertan a pasar junto a una valla anunciadora en que un gran oso en actitud insinuante promete cosas “sólo para adultos”. “¿Qué es eso, papá?”, pregunta uno de los niños. “Sí, ¿qué quiere decir?”, corea otro. El pastor no sabe qué responder y busca alguna generalidad para salir del paso.

La situación se constituye en reto para el guía cristiano, que confronta en sí mismo (porque la fe no exime del aguijón del deseo) el conflicto frecuente entre la santidad y la pasión nacido de la naturaleza sexual. Esto ha sido siempre un hecho de la conformación humana; pero al rendirse hasta caer las barreras del recato social, el cristiano, incluyendo especialmente al pastor, sufre a menudo el embate de conflictos de conciencia de los que no siempre sale airoso. El artículo que sigue, escrito con cruda franqueza, es el testimonio de la experiencia personal de un pastor cuyo nombre preferimos no revelar.

PARTE I: LA CAÍDA

“La lascivia es un gorila que se agarra a nuestros lomos. Si por esfuerzo mental lo podemos controlar durante el día, se levanta con mayor salvajismo en nuestros sueños de la noche. Y cuando pensamos que estamos a salvo de sus ataques, levanta su fea cabeza y se ríe, y no hay catarata en el mundo lo bastante caudalosa y fría como para abatirla. Oh, Dios Todopoderoso, ¿por qué adornaste a los hombres con un regalo tan aborrecible?” —Frederick Buechner

Escribo este artículo anónimamente porque me siento abochornado. Abochornado por razón de mi esposa y mis hijos, sí, pero más que todo por mí mismo. Voy a hablar de mi lucha personal con la lascivia. Mas si creyera que soy el único que ha peleado esta guerra, no gastaría energía emocional desenterrando sórdidos y dolorosos recuerdos. Pero creo que mi experiencia no es nada insólita, sino al contrario, típica de pastores, escritores y oradores en convenciones religiosas. Ninguno habla sobre el particular. Ninguno escribe.

Pero está ahí, como un cáncer ignorado que se extiende en metátesis cuando no se lo busca con rayos X o se palpan sus tumores.

Sé que no estoy solo. Las pocas veces que he abierto mi corazón a mis amigos cristianos su reacción ha sido el relato de experiencias con exactamente las mismas etapas de desvelo, obsesión, posesión. De aquí a muchos años, cuando historiadores y sociólogos revisen el legado documental de estos tiempos, no hay duda de que se aparecerán con floridas explicaciones acerca de por qué los hombres que se criaron en hogares religiosos resultan de exagerado apetito sexual, vulnerables a los reclamos de la lascivia y la obsesión, y por qué las mujeres que crecieron en esa misma clase de ambiente suelen presentar una disposición rígida y más bien pobre en interés sexual. Pero eso lo dejo a los analistas del futuro.

Llevo vivo el recuerdo de la primera noche que experimenté el reclamo de la lascivia. Verdadera lascivia, no de la variedad de un estudiante de secundaria o de universidad. Por supuesto que como adolescente pasé por la etapa de ojear revistas de desnudos o de subir a escondidas al cuarto de mi tío y con nerviosa curiosidad contemplar su colección de postales pornográficas, sin faltar mi porción de palpar con torpeza las ropas de mi amiguita. Pero mi cita con la lascivia la sitúo ya como adulto en la entrega voluntaria al arrebato del reclamo sexual.

Sucedió en una de mis primeras salidas fuera de casa. Parte de mi trabajo entonces requería viajar, y en una de esas ocasiones, hojeando un folleto en el motel del aeropuerto acerca de qué hacer o ver en la ciudad, los ojos se me posaron en la foto de una bailarina exótica en el anuncio de cierto café. Era una de esas mujeres atractivas que se ven en los concursos de belleza, sólo que esta no llevaba ropas.

De un modo u otro, pasé los años 90 sin ceder a tales espectáculos ni a la cruda desnudez que se ve en los conciertos rock. Cuando vi el anuncio por primera vez, di por cierto instintivamente que no era para mí y me puse a ver un programa inconsecuente en la televisión. Pero la figura de la mujer sin ropas siguió apareciendo en mi mente a la vez que me preguntaba ¿por qué no?

Mi justificación humana comenzó a funcionar. Sí, ¿por qué no? Para ser un cristiano efectivo uno debía experimentar todos los aspectos de la vida ¿cierto? ¿Acaso el mismo Jesús no se mezcló con prostitutas y pecadoras? Yo podría ir como un simple observador en el mundo aunque no del mundo. Estos y otros razonamientos se multiplicaron en apoyo a mi deseo, y en menos de diez minutos me vi en el asiento de un taxi rumbo al distrito libertino de la ciudad.

Me bajé del taxi unas cuadras antes del lugar y anduve con precaución mirando a uno y otro lado no fuera que me topara con algún conocido. O quizás Dios mismo intervendría para apagar mis deseos y cambiar mi intención respecto a la insensatez de lo que hacía. Llegué hasta pedirle consejo… sin mucho fervor. No hubo respuesta.

Entré al café entre un acto y otro y me enfrenté a la experiencia nueva de pedir bebida. Estaba sudando frío y rebuscaba en la memoria de anuncios televisivos tratando de decidir qué ordenar. Por fin me decidí por whisky. Traté de parecer despreocupado, pero la camarera me puso en un aprieto con otra pregunta.
—¿Cómo lo quiere?
¿Que cómo lo quería? ¿Qué quería decir eso? ¿Qué podría decir? Me pareció que todo el mundo en el bar me estaba mirando.
—Un doble —dije tartamudeando.
La joven intuyó mi ingenuidad y con un movimiento de ojos preguntó:
—¿Está bien con hielo?

Animado por los primeros sorbos de whisky (que traté de espaciar lo más posible para no tener que pedir otro), me senté con la vista fija en el escenario.

La bailarina fue todo lo que el anuncio había prometido. Su figura era digna de una Miss Universo, y bailaba con la agilidad y el arte de una acróbata. Al principio estaba vestida por completo, pero comenzó a excitar al auditorio despojándose despacio pieza por pieza del ajustado ropaje. Por fin, cuando ya sólo le quedó un breve cordón, comenzó a incitar con sonrisa insinuante a aquellos junto al escenario, los que respondían poniéndole billetes debajo del cordón. Ella se reía invitadora. Yo la contemplaba incrédulo. Por fin, bajo un juego de luces teatrales, recorrió el escenario completamente desnuda.

El flujo de excitación creado por mi primer whisky —borracho demasiado pronto a pesar de mí mismo—, el espectáculo de esa estupenda mujer mostrándolo todo y moviéndose delante de mí así como el alboroto de un público únicamente masculino, todo se combinó para dejarme anonadado por completo. Salí del café dos horas más tarde sintiéndome intensamente excitado y con un calor extraño, y a la vez sorprendido de que en realidad nada extraordinario me hubiese pasado. Supongo que es el mismo sentir que se presenta después de un gran suceso, como el matrimonio, una graduación o, por supuesto, el primer encuentro sexual. En sólo unas pocas horas uno se da cuenta de que aunque en cierto sentido todo ha cambiado, en otro nada lo ha hecho. Uno sigue siendo la misma persona.

La lascivia comparte con otros pecados —como la envidia y el orgullo—, la distinción de ser invisible, sutil, difícil de fijar. ¿Fue pecado lo que ocurrió aquella noche? Lo negué mentalmente en el camino de vuelta a casa. Para que pueda catalogarse como lascivia uno tiene que mirar a una mujer con deseo de tener contacto sexual con ella. ¿No es eso lo que dijo Jesús? Sea lo que fuere lo que pasó aquella noche, ciertamente no recuerdo haber deseado tener contacto sexual con la bailarina. Fue algo más privado y distante que eso. Lo que pasó, pasó pronto y se acabó, y no dejó huellas. Por lo menos, eso es lo que pensé entonces.

Han pasado diez años desde aquel tormentoso episodio, diez años en que nunca me ha dejado un momento el apetito carnal. De vuelta al cuarto del hotel, el sentido de culpa se apoderó de mí y esa misma noche me deshice en torpes peticiones de perdón. Por un tiempo la culpa me mantuvo alejado de los espectáculos atrevidos, limitándose mi curiosidad a revistas y a algunas películas. Pero sólo por un tiempo. Todos estos años he estado librando dentro de mí una ardua guerra de guerrillas.

Siendo como soy de naturaleza reflexiva, he meditado a menudo en el fenómeno de la lascivia. No se parece a ninguna otra cosa de mi condición humana. La mayoría de las sensaciones excitantes —la montaña rusa, viajar por aire, contemplar las cataratas— pierden algo de su poder una vez que las pasamos por primera vez y las analizamos. Para mí son motivo de gozo y las repetiré cuando se presente la oportunidad. Pero luego de unas cuantas veces van perdiendo mucho de su atracción gravitacional.

El sexo es totalmente diferente. No cede fácilmente al análisis. Todo el que pasa por una clase de biología en secundaria —para no hablar de las “clases” clandestinas— está bien informado de las formas, colores y tamaños de los órganos sexuales. Todo el que haya visitado un museo de arte está bien familiarizado con la forma de los senos femeninos. Cualquiera que haya abierto un libro de ginecología en una biblioteca sabe bien cómo son los órganos genitales. Sin embargo, ningún grado de conocimiento logra reducir su atracción, más bien parecería que la aumenta. Cuán extraño es el poder que le permite a un ginecólogo pasarse todo el día examinando tranquilo genitales femeninos —nada le queda por aprender— y sin embargo excitarse al llegar a casa y ver a su esposa con una blusa reveladora.

“Un gorila que se agarra a mis lomos”, escribió el novelista Frederick Buechner acerca de la lascivia, y no existe experiencia que iguale su salvaje poder. Sin embargo, se equivoca el concepto cuando se le llama “impulso animal”. Ningún animal del que tenga noticia se pasa la vida con el instinto fijo en el sexo. Las hembras de la mayoría de las especies incitan la atención de su opuesto sólo unas pocas veces al año. Mientras tanto, los machos se pasan el tiempo en sus rutinas ordinarias, obviamente ajenos a la actividad sexual.

El humano es diferente. Nosotros tenemos la libertad de concentrarnos sin restricción alguna en este impulso, sin que la naturaleza nos imponga determinada armonía. Nuestras hembras están en disposición biológica receptiva la mayor parte del tiempo, y ningún instinto nos inhibe de concentrar nuestros pensamientos, nuestra conducta y nuestras energías en el sexo.

He tratado de analizar la lascivia, separando cada uno de sus aspectos particulares. He tomado cierta conocida revista que se especializa en fotos de mujeres en actitudes provocativas, sobre todo en un despliegue a doble página. He examinado la foto con una lente de aumento y he visto que se descompone en puntos de cuatro colores básicos puestos por una rotativa en cierto orden. El poder de esa página no es cosa de magia, sólo rasgos de tinta que, bajo la lente, muestran faltas y borrones. Y sin embargo, sí hay magia. Yo puedo contemplar la imagen y grabarla en mi mente, y darle vueltas en mi cerebro por horas y hasta días. Y en esa tesitura, la sangre me hierve a menudo en las venas.

Los primeros marxistas, con la cabeza llena de revolución, añadieron el sexo a la lista de debilidades humanas que requerían modificación. Lenin formuló su famosa “Teoría del Vaso de Agua”, legislando que el acto sexual no tenía mayor consecuencia que el de tomarse un vaso de agua cuando se tenía sed. La moralidad burguesa por cierto se derrumbaría, juntamente con los bancos burgueses, las industrias y las religiones. Pero bastaron sólo unos pocos años para que Lenin tuviera que abjurar de su teoría. Por las reglas de la lógica elemental, el sexo era como un vaso de agua, sólo que resultó ser inmune a las leyes de la lógica. Se negó a ser tenido como de menor consecuencia. Como historiador, Lenin debió haber estado mejor informado. Hubo reyes que renunciaron a sus tronos, santos a su Dios y esposas a sus compañeros de toda la vida por causa de este extraño demonio de la lascivia. En esto se le fue la musa a la dialéctica del materialismo.

Libros se escriben que cuestionan la sabiduría o la bondad de Dios por permitir tanto dolor y tanto mal en el mundo. Pero no he leído ninguno todavía que ponga en duda esa bondad y esa sabiduría por permitir tanto sexo y tanta lascivia. Aunque a mi parecer las dos son cuestiones paralelas. Sea por creación perfecta o por defectuosa (no hay espacio para discutir esto ahora), lo cierto es que nacemos dotados de impulsos sexuales que virtualmente nos impelen a quebrantar las leyes que Dios estableció. El varón alcanza su plenitud sexual a los dieciocho, según nos dicen los científicos. En algunas culturas no es permitido casarse legalmente hasta esa edad, y si el hombre se conservó casto en espera del matrimonio hasta esa edad, significa que para él pasó la época de mayor capacidad de goce sexual. El escritor estadounidense Mark Twain criticó a Dios por dar a cada ser humano una porción de la fuente universal de gozo y placer, en su plenitud en la adolescencia, y luego prohibirla hasta el matrimonio y restringirla a un solo compañero. No le falta sentido en esto.

¿No podrían nuestras hormonas y cromosomas haber sido dispuestos de manera que cada individuo encontrara su mayor satisfacción sexual sólo con su pareja? ¿Por qué no fuimos hechos de forma parecida a los animales, los cuales, excepto durante periodos específicos, van desnudos por su rutina diaria sin la menor urgencia sexual? Yo controlaría mucho mejor el deseo si supiera que sólo me asaltaría en octubre o en mayo. Es el no saber, la vulnerabilidad que no cesa, lo que me saca de quicio.

Leí en alguna parte que el deseo lascivo es como la apetencia de sal de uno que se está muriendo de sed. Hallo en esto un toque de perversidad. ¿Por qué no fuimos hechos con sólo una apetencia por agua, lo cual eliminaría la sal de cada puesto de revistas, de la televisión, del cine y de nuestras computadoras?

Sé lo que los lectores de este artículo están pensando. Que Dios jamás me hace a mí caer en el deseo o la lujuria, que soy yo el que se deja llevar y que Dios probablemente lo permite con el fin de ejercitarme en la virtud. Sí, sí, entiendo todo eso. Pero algunos de ustedes conocen de primera mano, tanto como yo, que todas esas generalidades piadosas, aun siendo perfectamente correctas, pierden toda relevancia con relación a lo que pasa biológicamente dentro de mí cuando voy a una playa o abro las páginas de cualquiera revista secular o me sorprende una anuncio erótico en mi computadora.

Algunos de ustedes saben cómo el busto femenino atrae la vista, o lo que es pasar las páginas de una revista en busca de la foto provocativa, deseando que la casa tuviera cerrojos que lo mantuvieran dentro. Y también saben lo que es batallar en el mar de culpa de esa obsesión, y llorar y orar con todo esfuerzo de fe, pidiendo ayuda a Dios, que lo cambie a uno, o que lo haga castrado como Orígenes… cualquier cosa con tal de ser librado. Y aun en medio de la oración ser asaltado el pensamiento por una sucesión de imágenes libidinosas.

Y también saben lo que es predicar un domingo en una ciudad extraña hablando sobre temas como la gracia o la voluntad de Dios, o la decadencia de la civilización, y en esa misma situación llenársele la mente con los recuerdos lujuriosos de la noche anterior con más realidad que la misma congregación que en ese momento lo está escuchando. Ustedes saben del auto—desprecio que acompaña a tan intolerable contradicción. Y uno prosigue con el sermón jurando interiormente nunca más dejarse envolver en semejante coyuntura, hasta que después del servicio se le acerca una bien formada mujer y le aprieta la mano con una sonrisa, al tiempo que le hace elogios por su predicación. En ese momento todo buen propósito se derrite, y mientras ella le dice cuánto la ha bendecido su mensaje, usted está mentalmente pecando.

Muy pronto me di cuenta de que el deseo lascivo, como el mismo acto físico del sexo, se mueve en una sola dirección. No se puede regresar a una etapa previa y quedar satisfecho. Siempre se quiere más. Una revista excita, una película alborota, pero un programa en vivo de veras pone la sangre a hervir. He conocido lo suficiente de la insaciable naturaleza del sexo para sentirme alarmado. La lascivia no satisface, lo que hace es revolver. Ya no me maravilla el hecho de que los desviados caigan en la pedofilia, el masoquismo y otras anormalidades.

Tengo un primo que está suscrito a por lo menos quince de las más atrevidas revistas, y su casa está llena de esos libros a los que a veces yo mismo les he dado un vistazo en los aeropuertos. Él me ha confesado que aun rodeado de fotografías de cuanta variedad del acto sexual se pueda imaginar y de todo tipo de cuerpos de mujeres, todavía quiere más y se devora cada nueva edición. Él y su mujer están participando de orgías y de otras desviaciones que no quiero ni mencionar. No tardará mucho sin que se desvanezca su presente atractivo y entonces quiera otra perversión peor.

Los psicólogos emplean el término obsesión para designar lo que he estado describiendo, y pueden añadir que quizás yo padezca de un grado de obsesión superior al del promedio de los hombres. Ellos buscarán el origen de mi caso en la probabilidad de una crianza rígida, y no cabe duda de que tendrán razón. Y es eso lo que me lleva a escribir para ustedes mis colegas en el servicio cristiano. Si usted mismo no ha experimentado la agonía de tal obsesión, cada domingo cuando suba al púlpito va a estar hablando a muchos que sí han pasado por ello, aunque nadie lo pueda suponer mirando a la frescura de sus rostros. La lascivia es ciertamente un pecado invisible.

Recuerdo una promesa que me hice —una más de una larga serie— de no hacer otra cosa que mirar a una o dos revistas de las que podrían considerarse “respetables”. Le pondría un alto a la desvergüenza. Yo tenía ciertas ideas en cuanto al impulso lascivo, con una penosa visión realista acerca de mi incapacidad para mantenerme puro. Concluí que todo lo que necesitaba era un concepto del límite. He aquí algunos de los razonamientos en que apoyaba mi decisión de contener, ya que no destruir, mi lascivia:
—La desnudez es un arte. Vaya a cualquier museo del mundo y verá cómo la desnudez se exhibe abiertamente. La forma humana es bella y sería exceso de puritanismo entorpecer su apreciación.
—Hay revistas que además del despliegue de desnudos incluyen artículos serios por personalidades respetables. Esto justifica el continuar leyéndolas.
—Un cierto estímulo es positivo para mi vida sexual. Tengo un problema con la manera de acercarme a mi esposa y comunicarle mi deseo de intimidad. Necesito cierto empuje, un estimulante que me anime a expresarle mis intenciones.
—Hay otros en peores condiciones, incluyendo a líderes cristianos. A este respecto vale la pena leer la Biblia. Está llena de personajes que dejan mucho que desear en lo que respecta a conducta sexual. En fin de cuentas, no existe tal cosa como el individuo totalmente puro; cada quien busca cierto desahogo.

Y ¿qué es en sí el deseo libidinoso?, me pregunto constantemente. ¿Es malo tener fantasías sexuales? En tal caso, también lo sería el tener sueños eróticos, ¿y cómo habría yo de ser responsable por mis sueños?

Así fue que volví mentalmente a la definición de lascivia a que había llegado hacía ya tiempo: deseo de contacto sexual con una determinada persona. Pero lo que solía sentir era una especie de excitación general, un aumento del voltaje, no un deseo específico del acto sexual.

Quizás algunos de estos razonamientos, si no todos, contengan elementos de verdad. Yo recurría a ellos como un paliativo aceptable de sentido común que contribuyera a calmar la disonancia consciente que me atormentaba. Pero en mi interior sabía que el deseo que yo experimentaba no estaba sujeto a la razón ni al sentido común. Para empeorar la situación, en varias ocasiones sentí como si el deseo fuera a explotar incontrolable y a tomar una dimensión siniestra. Otras veces me era posible analizar la lascivia y observarla en perspectiva. Pero cuando se presentaba, sabía bien que no podía detenerme y ponerme a analizar. Dejaría, pues, que siguiera su curso, aunque secretamente me preguntaba cuál podría ser este curso.

No quiero, sin embargo, dejar una impresión equivocada. Mi vida no giraba enteramente alrededor de la cuestión sexual. A veces pasaban muchos días, y hasta un mes o dos, sin que volviera en busca de revistas o películas pornográficas. Y en muchas ocasiones clamaba con lágrimas a Dios pidiéndole que me librara de ese deseo. ¿Por qué mis oraciones no tuvieron respuesta? ¿Por qué Dios continuó castigándome con una libertad cuya consecuencia era mi alejamiento de él?

Me leí innumerables artículos y libros sobre tentación, pero no me fueron de mucha ayuda. Si uno resume toda la palabrería y todas las listas de diez cosas a hacer que recomiendan, todo se reduce a “No lo siga haciendo”. Y es muy fácil decir eso. Conozco a algunos de esos predicadores, y sé que ellos también lucharon y fracasaron de la misma manera que yo. Irónicamente, yo mismo he predicado muchos sermones acerca de cómo lidiar con la tentación… ¡bonito ejemplo! Artículos prácticos acerca de cómo vencer la tentación resultan punto menos que inservibles. Son como decirle: “No siga teniendo hambre” a alguien que se está muriendo de inanición. En sentido intelectual, yo podría estar de acuerdo con su teología y sus consejos; pero mis glándulas continúan segregando y, ¿cuál es el consejo que pueda cambiar la función de las glándulas?

“Jesús fue tentado en todo tal como nosotros”, gritan algunos en sus sermones, como si eso pudiera servirme de consuelo. En verdad no lo es. En primer lugar, ninguno de ellos podría en manera alguna explicar cómo es que Jesús experimentó la tentación sexual. Él mismo no habló nunca sobre el particular, ni ha habido nadie que haya sido perfecto para poder dar testimonio. Esos bienintencionados comentarios me hacen pensar en alguien que le diría a un indigente: “Mi tío banquero fue también pobre como tú. Él sabe cómo te sientes”. Dígale eso a un harapiento desamparado y prepárese a esquivar su reacción.

Así es como me sentía cuando leía relatos de los que habían triunfado sobre la lascivia. Casi siempre escriben o hablan en un tono de piadosa condescendencia. O, como Jesús, me parecen demasiado distantes de mi pantano espiritual para servirme de consuelo. Agustín describió su condición doce años después de haberse convertido del pecado de lascivia. En su avanzado desarrollo espiritual oró para ser librado del asalto de otros pecados: por ejemplo, la tentación de disfrutar de la comida en vez de ingerirla como una medicina, “hasta el día en que Tú destruyas tanto al vientre como a las viandas”; la atracción de aromas y perfumes; el placer auditivo de escuchar la música de la iglesia, “movido más por el canto que por el mensaje que se canta”; el impulso de los ojos hacia las “diversas formas de belleza, de agradables y brillantes colores”; y, por último, la tentación de “saber por el hecho de saber”… Lo siento, Agustín; te respeto. Pero oraciones como esa llevan a un clima de represión y de aborrecimiento del cuerpo del que he estado tratando de escapar toda mi vida.

Me dio un placer perverso saber que ese mismo Agustín, unos años antes, había orado: “Dame castidad, pero no todavía”. Por un tiempo él demoró la pureza a fin de saborear unas cuantas delicias más. ¿Por qué es que yo despreciaba los relatos de los santos que habían triunfado sobre la tentación, pero me encantaba saber de los que habían cedido? Para este pecado debe también de haber un nombre.

Yo aborrecía el sexo la mayor parte del tiempo. No lo podía concebir como parte alguna del equilibrio de mi vida. Claro que conocía sus placeres. Tal es su atracción gravitacional. Pero esos cortos instantes de placer eran contrabalanceados por días de angustia bajo el peso de la culpa. No podía conciliar mi mundo de fantasía del placer con mi mundo corriente de sexo en el matrimonio. Empecé a ver el sexo como otra de las equivocaciones de Dios, como los huracanes o los terremotos. En último análisis, el sexo sólo traía dolor. Sin este aspecto, yo podía verme como ejemplo de pureza y santidad y todas esas otras cosas a que la Biblia nos exhorta. Pero con el sexo, todo crecimiento espiritual parecía irremediablemente inalcanzable. Quién sabe si Orígenes (que escogió la castración) realmente estaba en lo cierto.

“Ciertamente la piedad es muy difícil de adquirir. Pero esta dificultad no nace de la religión que podamos adoptar, sino de la irreligión que persiste en nosotros. Si nuestros sentidos no rechazaran la penitencia, y si nuestra corrupción no se opusiera a la pureza de Dios, no habría en esto nada de doloroso para nosotros. Sufrimos sólo en la proporción en que el vicio que es natural en nosotros opone resistencia a la gracia sobrenatural. Nuestra alma se ve atrapada entre estas dos fuerzas contrarias. Pero sería muy injusto imputarle este conflicto a Dios, que quiere atraernos, en vez de al mundo, que nos quiere retener. Es como un niño al que su madre arranca de brazos de secuestradores. En los golpes que sufre, debería aceptar complacido la legítima violencia de aquella que con amor procura su libertad, y aborrecer la violencia impetuosa y tiránica de los que sin derecho quieren retenerlo. La más cruel de las guerras que Dios podría desatar contra los hombres en esta vida es dejarlos sin aquella guerra que Él vino a traer. ‘No penséis que he venido para traer paz a la tierra —dice—. No he venido para traer paz sino espada.’ Antes de Él, el mundo vivía en una falsa paz.” —Blaise Pascal en Pensamientos

PARTE II: EL RESCATE

He descrito con algún detalle mi desliz hacia abajo no para alimentar alguna veta morbosa en el lector, y ciertamente en manera alguna para ahondar su propio conflicto si también estuviera pasando por algo parecido. Relato mis luchas porque son reales, pero también para demostrar que hay esperanza, que Dios está vivo, y que su gracia puede ponerle fin al ciclo terrible de lascivia y depresión. Aunque mi mensaje de fondo es de esperanza, hasta que no se produjo la curación, no tuve fe en que alguna vez podría ocurrir.

Yo había orado pidiendo ayuda docenas, no, cientos de veces, sin tener respuesta. Los teólogos encontrarán defecto en mis oraciones o en la fe con que las decía. Pero ¿es que alguien puede asignarse el terrible derecho de juzgar las oraciones de un semejante que se retuerce en tormento mental y en la agonía de un vacío de espiritualidad? Yo por cierto jamás me atribuiré ese derecho, especialmente luego de diez años de guerra contra el pecado de la lascivia.

Y esto sin mencionar el efecto de la lascivia en mi matrimonio. No lo destruyó, no me llevó a buscar la excitación sexual que deseaba en alguna relación de adulterio o con prostitutas, ni siquiera me indujo a tratar de extraer mayor compensación de las capacidades sexuales de mi esposa. El efecto fue de un orden mucho más sutil. Consistió, creo, en una desvalorización progresiva de ella como ente sexual. La gran mentira que emana de ciertas revistas y programas de televisión es que la belleza física y la sonrisa insinuante pueden estar al alcance de la mano. La imaginación se encarga de levantar seductores castillos en el aire.

Pero la realidad es que si acertara a tener de vecina en el asiento del avión a una de estas bellezas ni siquiera se enteraría de que existo, mucho menos me daría el regalo de una sonrisa. Y sin embargo, como las he visto tantas veces en una variedad de poses, todas destinadas a provocar el pensamiento lascivo, empiezo a hacer comparaciones con mi pobre esposa, y a echar de menos en ella los labios de esta, el busto de aquella o las piernas de la de más allá. De ahí paso a hacer una lista de las pequeñas faltas de mi esposa, y en el proceso pierdo de vista que ella es una encantadora, cariñosa, y atractiva mujer, y que yo tuve la fortuna de encontrarla en mi vida.

Pero el pecado de lascivia ha afectado mi matrimonio en otro aspecto aun más sutil y pernicioso. En el andar del tiempo comencé a tener una visión esquizofrénica del sexo. La intimidad entre marido y mujer era una cosa. Con nosotros era normal, aunque no tan frecuente como yo habría deseado y además con algunos malentendidos. Pero ¿pasión?, ah, eso era otra cosa. En nuestro matrimonio la pasión brilló por su ausencia.

Lo único que puede decirse es que el sexo conyugal sirvió como una válvula de escape, un desahogo para la pasión que se acumulaba dentro de mí, alimentada por cosas de las que ella no tenía el menor conocimiento. De esto no hablamos nunca, aunque estoy seguro de que ella intuía algo. Yo tengo la idea de que comenzó a verse a sí misma como un objeto sexual; no en el sentido feminista de ser víctima de los apetitos egoístas de su marido, sino en el crudo aspecto de ser no más que el objeto de mi necesidad física, sin ingrediente alguno de pasión o romance.

Así y todo, la esquizofrenia sexual palidece en comparación a la esquizofrenia espiritual de mi vida. ¿Puede alguien imaginar mi desgarramiento interior en las ocasiones de conducir un retiro espiritual, recibiendo suspiros de asentimiento y lágrimas de dedicación de parte de mis devotos feligreses, sólo para volver a mi cuarto y allí devorar el último número de una de mis revistas favoritas? Jamás pude reconciliarme con tal situación, pero tampoco tuve fuerzas para evitarla. Si usted me presiona para que diga en qué grado mi sucumbir a la tentación era una volición consciente, tendría probablemente que buscar alguna respuesta enigmática como la de un personaje de Faulkner cuando le pidieron su idea del pecado original. “Bueno, es algo así –dijo—. No lo tengo que hacer, pero no lo puedo remediar.”

La paradoja es que yo parecía ser más vulnerable a la tentación cuando estaba predicando o empeñado en alguna otra actividad de carácter espiritual. A aquellos que creen que Satanás maneja personalmente todas esas tentaciones no les sorprenderá esta observación.

El deseo lascivo vino a ser el rincón de mi vida en el que Dios no podía penetrar. Yo lo invité a pasar al departamento de mis finanzas personales, el cual reorganizó al tiempo que yo tomaba conciencia del mundo necesitado. Dios puso en orden muchas de mis relaciones personales. Avivó mi vida devocional y mi sentido de la comunión con Él. Pero lo de mi lascivia estaba sellado; era un cuarto prohibido. ¿Cómo puede esto compaginarse con mis protestas anteriores en que clamaba a menudo a Dios para que me librara de mi condición? Yo no lo sé. Sentía el efecto de dos sensaciones opuestas: un poderoso deseo de seguir la santidad y otro irresistible de entregarme a los placeres exóticos del apetito sexual. El magneto es un elemento que resulta igualmente atraído por dos fuerzas opuestas, ninguna de las cuales cancela la otra. Debe ser esto lo que Pablo quiere decir en algunos de esos extraños pasajes de Romanos 7 (algo que me da cierto consuelo). Pero ¿dónde entra Romanos 8 en mi vida?

Aun en los momentos en que tenía al deseo bajo control, cuando podía limitarlo al recorrido visual de ciertas revistas “para adultos”, todavía retenía aquel espacio de mi ser interior donde Dios no podía entrar. Esta condición interfería a menudo en la preparación de mis sermones, y había ocasiones en que me prometía un paso hasta el puesto de revistas si lograba terminar el sermón en hora y media. ¿Puede concebirse peor esquizofrenia?

Tal como puedo recordar los detalles de mi primera caída en los lazos de la lascivia, también recuerdo mis primeros vacilantes intentos de rectificación. Estos se produjeron también durante un viaje fuera de la ciudad en que tenía que hablar en una conferencia. Esta tendría lugar en un hotel en las montañas, cerca de uno de mis paisajes favoritos. El viaje en auto a lo largo de la costa rocosa de esa región es estimulante, casi como una experiencia espiritual. Hay quienes experimentan esto en el desierto, otros en los campos de caña, otros en las montañas. Para mí, la magnificencia de la creación se hace de ver en cada una de las vueltas del camino a lo largo de esa costa. Hice planes antes de la conferencia para alquilar un auto y pasar tres días recorriendo aquella región costera.

Pero cometí el error de pasar la primera noche en la ciudad. Estaba yo entonces en medio de un plan semirígido en el control de mi naturaleza. Hacía algún tiempo que no me había permitido una escapada de esas a cafés de mala reputación. Pero, cómo no, esa misma noche me hallé recorriendo los barrios del pecado buscando ocasión para mis impulsos lascivos. No tuve que andar mucho. Las películas pornográficas anunciadas me dejaban insatisfecho, pero pronto encontré un café donde se exhibían mujeres desnudas en una plataforma giratoria, y allí entré.

¡Qué espectáculo más degradante! Se pagaba una moneda y desde una casilla podía uno contemplar por tres minutos a aquellas infelices muchachas. No había bailes ni movimientos. Sólo mirar. Pasados tres minutos se echaba otra moneda y la cortina se levantaba otra vez. Por doble pago, una de ellas pasaba a una casilla individual donde era posible comunicarse con ella y pedirle que hiciera tal o cual cosa. ¡Pobres mujeres; ganarse el sustento de esa manera, sirviendo para satisfacer la curiosidad morbosa de hombres dominados por el vicio de la lujuria!

Y sin embargo, allí estaba yo, un miembro respetable de la sociedad a sólo tres días de ir a dirigir un retiro espiritual, ¡poniendo monedas junto a otros pervertidos para disfrutar la desnudez de unas infelices prostitutas!

Oleajes de bochorno y de culpa me envolvieron aquella noche. Una vez más mi conciencia me mostraba el cuadro de cuán bajo había yo descendido. ¿Había alguna relación entre esta lascivia animal y el romance que había inspirado la Sinfonía fantástica o el Cantar de los Cantares de Salomón? Por cierto, cada una de esas obras contiene trazas del deseo carnal, pero esto que yo experimentaba estaba desprovisto de toda belleza. Era demasiado grosero y vergonzoso.

Para mí no había nada nuevo en todo este remordimiento. Lo que más me desquició fue mi viaje a lo largo de la costa los dos días siguientes. Seguí mi programa de hospedarme en hotelitos de carácter familiar, de tener mis comidas de frente al mar, observando el paso de los barquitos de vela, de dar solitarios paseos por los rocosos promontorios, cerrando a veces los ojos para recibir en la cara las salpicaduras salinas cuando olas gigantescas rompían contra las rocas, o de parar en puestos del camino para comer langosta o pescado fresco. Pero esta vez no experimenté placer, en absoluto. Mi reacción fue como si hubiera permanecido en casa, bostezando y leyendo el periódico. Todo el romance había desaparecido, se había secado.

Percatarme de esto me trastornó profundamente. Desde todos los puntos de vista, estas experiencias superaban inmensurablemente al goce rastrero de contemplar el cuerpo ajado de una mujer desnuda pasar en una plataforma movible. Y a pesar de eso, mi mente se empeñaba —en forma increíble— en regresar a aquel sórdido lugar de exhibicionismo pornográfico. ¿Es que me estaba volviendo loco? ¿Se estaba marchitando mi espíritu para toda sensación? ¿Se me estaba escapando el alma hacia la nada? ¿O es que estaba siendo poseído por algún demonio?

Pasé como pude por las actividades de la conferencia, aunque cada una de mis charlas fue aplaudida calurosamente. Mis oyentes resultaron bendecidos. Por la noche a solas en mi cuarto mi pensamiento no se envolvió en la pornografía sino que me puse a meditar en lo que había estado ocurriendo dentro de mí en los últimos diez años, y el recuento me dejó aplastado.

Exactamente tres días después pasé la noche con un querido amigo, pastor de una de las grandes iglesias del país. Nunca antes había comunicado aspectos íntimos de mi vida pecaminosa a nadie, pero mi esquizofrenia estaba creciendo a tal grado que sentí que tenía que hacerlo. Él me escuchó callado. Se notaba su compasión y gran sensibilidad al narrarle algunos de mis incidentes, aunque me reservé los más crudos y vergonzosos. También le expuse algunos de mis temores.

Él permaneció sin decir palabra por largo rato, un velo de tristeza reflejaba su rostro. Las tazas de café hirviente que nos habían servido llegaron a enfriarse. Yo esperaba ansioso sus palabras de consuelo o de aliento o de sanidad o algo. En aquellos momentos necesitaba un sacerdote, alguien que me dijera: “Tus pecados han sido perdonados”.

Pero mi amigo no era cura. Lo que hizo él fue algo que jamás esperé. Los labios empezaron a temblarle y luego la piel de la cara se le frunció en involuntarias contracciones. Por último rompió en sollozos, grandes y profundos sollozos, tales como yo solamente recordaba haber visto en funerales.

Tras unos momentos, cuando hubo recobrado un poco la calma, supe la sorprendente verdad. Mi amigo estaba llorando no por mí sino por él mismo. Y comenzó entonces a contarme de sus propias aventuras en el campo de la lascivia. Él había pasado por lo mismo, y mucho más, cinco años antes.

Después de esa ocasión me encontré con él docenas de veces, y en cada una me enteré de nuevos y más horribles detalles de su infernal experiencia. Yo sufría mi propia contradicción; él contemplaba el suicidio. Yo leía sobre las desviaciones; él las practicaba. Yo sentía ciertos desajustes en mi matrimonio; él estaba en trámites de divorcio.

Yo no estaba en posición de juzgar a ese hombre; él simplemente se había hundido en el fango en que yo sin duda me hundiría también si seguía por el camino que llevaba. En el Sermón del Monte Jesús pone en el mismo nivel la lascivia y el adulterio, el odio y el homicidio, no para devaluar el adulterio y el homicidio, sino para destacar la terrible verdad respecto a la lascivia y el odio, entre los cuales existe conexión.

Por semanas viví bajo una nube en que se combinaban sentimientos de condenación y de terror. ¿Había cruzado alguna línea invisible que dejaba a mi alma manchada para siempre? ¿Iba yo también, como mi amigo de confianza, marchando inexorablemente por la ruta de la destrucción sistemática del cuerpo y del alma? Él había clamado por perdón y por ser librado de su esclavitud, lo había hecho con cuanta oración había aprendido en la iglesia y, sin embargo, había caído en semejante abismo. Ya los abogados estaban trabajando en la división de su familia, de su casa y de sus hijos. ¿Es que no había ya escapatoria para él… ni para mí?

Mi esposa ya se estaba dando cuenta de que algo pasaba en mí, pero en quince años de matrimonio ella había aprendido a no reclamar prematuramente una explicación. Por mi parte, yo no había sabido compartir un problema mientras estaba ocurriendo, sino después, cuando tenía algún desenlace lógico y cierta semblanza de solución.

Como al mes de mi conversación con mi amigo, comencé a leer un libro de Francois Mauriac. En el mismo, él explica por qué se abraza a la Iglesia Católica y a la fe cristiana en Francia y en una época en que muy pocos de sus contemporáneos toman en serio la ortodoxia. Yo había leído sólo una de sus novelas, pero la misma mostraba claramente que Mauriac comprendía perfectamente el problema de lascivia que yo experimentaba, y aun más. Con visión de gran artista, había captado él las profundidades de la depravación humana. En él no podía yo encontrar respuestas piadosas.

El libro de Mauriac tiene un capítulo sobre la pureza. Describe el poder de la sexualidad —“el acto sexual no guarda semejanza con ningún otro; se caracteriza por exigencias frenéticas que bordean en lo infinito. Es como una ola de marea”— y su lucha personal con la misma en la atmósfera de una estricta crianza católica. Él también descarta las corrientes apreciaciones evangélicas acerca de la lascivia y el sexo. Y admite que la experiencia de ese pecado y de la inmoralidad es cosa placentera y deseable; de nada vale tratar de fingir que el pecado contiene semillas desagradables que inevitablemente germinan en lo repulsivo. El pecado tiene sus facetas atractivas. El mismo matrimonio, el matrimonio cristiano, declara, no es un remedio para la lascivia. Más bien el matrimonio complica el problema ya que intercala una nueva serie de dificultades. La lascivia sigue buscando la atracción de lo desconocido y el sabor de encuentros y aventuras casuales.

Luego de negar atrevidamente las más comunes de las razones que haya oído para no sucumbir a una vida dominada por la lascivia, Mauriac concluye que hay sólo una razón para buscar la pureza. Es la razón que Cristo propone en las bienaventuranzas: “Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios”. La pureza, explica Mauriac, es la condición hacia un amor más elevado, dirigido hacia una posesión superior a todas las posesiones: Dios mismo.

Mauriac pasa entonces a citar cómo la mayor parte de nuestros argumentos en favor de la pureza son negativos: Mantente puro o te sentirás bajo el peso de la culpa, o tu matrimonio se deshará o tú mismo sufrirás el castigo. Pero las bienaventuranzas muestran claramente un argumento positivo que encaja a perfección en el patrón bíblico de definir el pecado. Los pecados no son una lista de irritaciones menores compuesta para satisfacer las exigencias de un Dios celoso. Más bien se trata de señalar las cosas que impiden el crecimiento espiritual. Si pecamos somos nosotros los que sufrimos, ya que con ello estamos renunciando al desarrollo del carácter y a la imagen cristiana que habríamos tenido de no haber pecado.

La idea me golpeó como un campanazo en el silencio de un salón a oscuras. Hasta ese momento, ninguno de los argumentos amenazadores y negativos contra la lascivia habían logrado refrenarme de caer en ella. Ni el temor ni la culpa pudieron moverme; lo que hicieron fue agregar autodesprecio a mis problemas. Pero he aquí que se me presentaba una lista de lo que yo me estaba perdiendo por persistir en la lascivia. Me estaba privando de tener intimidad con Dios. El amor que Él ofrece es de tal trascendencia y poder posesivo que sólo se puede recibir luego de haber pasado por un proceso de purificación y limpieza. ¿Podría Dios, pues, cambiar mi apetencia por otra que yo no había sentido nunca? ¿Podrían las aguas vivas apagar la sed de la lujuria? Ahí tenía yo el reto de la fe.

Tal vez lo que apunta Mauriac parezca obvio y de esperar a aquellos que responden a sus problemas con clichés de tono espiritual. Pero yo conocía lo suficiente acerca de Mauriac y de su historia para saber que su pensamiento era la culminación de una lucha de toda la vida. Quién sabe, supongamos, si la disciplina y la dedicación que van envueltas en la decisión de dejar que Dios nos purgue de nuestras impurezas constituyen la condición indispensable, el paso previo esencial hacia una relación con Dios que yo nunca había conocido.

La combinación del miedo profundo en que me sumió el relato espantoso de mi anciano amigo y el destello de esperanza de que un esfuerzo por alcanzar pureza pudiera de alguna manera transformar el insaciable apetito en que viví por diez años me dio impulso para tratar una vez más de acercarme a Dios en confesión y fe. Sabía que el intento sería doloroso. ¿Podría Dios darme esta vez la seguridad de que, en palabras de Pascal, era el dolor “la violencia amorosa y legítima” necesaria para que yo alcanzara mi libertad?

No puedo decir por qué es que una oración que se ha estado elevando a Dios por diez años es contestada la milésima vez luego de haber sido recibida con silencio 999 veces. No puedo explicar por qué tuve que vivir diez años prácticamente poseído del demonio antes de estar listo para ser liberado. Y, lo más triste de todo, tampoco puedo explicar por qué mi amigo pastor, a raíz de aquella conversación durante la conferencia, rodó increíblemente cuesta abajo hacia su destrucción total. Su matrimonio se desplomó.

En estos momentos él puede estar al borde de la locura o del suicidio. ¿Por qué? No tengo la respuesta.

Pero lo que sí puedo decirles, especialmente a los que han seguido este detallado relato de mi odisea, que acaso corresponda a la propia de ellos, es que Dios en verdad al fin vino en mi auxilio. Esto puede que suene a herejía, pero para mí, al cabo de tantos años de fracaso, pareció como si Dios, luego de una larga ausencia, hubiera decidido estar allí. Oré sin ocultar nada (¿ocultarle a Dios?), y me oyó.

Pero ahora tenía al frente el duro paso del arrepentimiento. Según C.S. Lewis, el arrepentimiento “no es algo que Dios exija de uno antes de recibirlo y de lo cual podría dejarlo fuera si así lo quisiera; es simplemente una descripción de lo que significa rectificar uno su rumbo”. Para mí rectificar tenía que incluir una larga conversación con mi esposa, la que por diez años había sufrido en silencio y a menudo en ignorancia. Es contra ella, no sólo contra Dios, que pequé. Es mi impureza lo que había impedido el desarrollo de nuestro amor, de la misma manera que había obstaculizado el que yo experimentara el amor de Dios. Una calurosa noche de verano descansábamos en la cama. Yo hablaba sin cesar sobre esto o aquello sin lograr concentrarme. Así transcurrió como una hora, hasta que al fin, como a la media noche, tuve fuerzas para empezar.

Se lo conté casi todo, a sabiendas de que estaba volcando sobre ella una carga que tal vez no podría soportar. A menudo me he preguntado por qué Dios me dejó agonizar por toda una década antes de buscar liberación. Quizás es que mi esposa necesitaba de todo ese tiempo para adquirir la madurez que le permitiera escuchar todo lo que le conté aquella noche. Cosas mucho menores por poco hacen naufragar nuestro matrimonio en ocasiones anteriores. Pero de alguna manera esa noche se encarnó en ella la gracia de Dios para mí.

Yo le había hecho mucho daño; solamente ella podría decir cuanto. No era cuestión de adulterio; no estaba involucrada otra mujer, cosa que le habría ayudado a volcar su resentimiento, y quizás esto hacía la situación aun más dura para ella. Esos diez años los había pasado notando cómo una invisible neblina se colaba dentro de mí, que me hacía proceder de manera extraña y me alejaba de ella. Y ahora había oído lo que a menudo había sospechado, algo que para ella debe haber sonado como total rechazo: No eras satisfactoria sexualmente para mí, por lo cual yo tenía que buscarlo en otra parte.

Y, sin embargo, a pesar de todo aquel dolor y del remolino de emociones que debe haber girado en su interior, me dio su perdón y su amor. Cargó contra mi enemigo como el suyo también. Hizo mi ansia de pureza la suya. Me dio amor, y aun ahora cuando hilvano estas palabras, las lágrimas me surcan el rostro, porque ese amor, ese inmensurable amor, es demasiado incomprensible e inmerecido para mí. Pero allí estaba. “¿Cómo podré abandonarte, oh Efraín? ¿Te entregaré yo, Israel? … Porque Dios soy y no hombre, el Santo en medio de ti” (Os 11:8-9).

San Agustín, que escribió con mucha elocuencia acerca de sus batallas interiores, compara nuestra condición aquí en la tierra a una ciudadanía simultánea en dos ciudades. Y la atracción de la ciudad del hombre a menudo entorpece el llamado de la ciudad de Dios. La ciudad del hombre es visible, sustantiva, real, y como tal su magnetismo es mucho más fuerte. La ciudad de Dios es etérea, invisible, envuelta en el manto de la duda, lejana, aceptada sólo por la fe.

Esa modelo que me mira desde las páginas de una revista frívola, con sonrisa insinuante, apenas vestida y ondulando su cuerpo, es la ciudad del hombre. Esa mujer, y lo que representa, se adapta bien a las apetencias de mi cuerpo y a las hormonas que produce, así como a los complejos de mi niñez reprimida y a todo lo demás que puede haber contribuido a mi obsesión de lascivia. Los limpios de corazón verán a Dios. Sobre el trasfondo de la atrayente modelo, esa promesa no alcanza mucha dimensión. Pero esa es la mentira del engañador, y la doblez de la realidad que somos llamados a vencer. La Ciudad de Dios es la que es real, sustantiva, la que lo es todo. Lo que llego a ser cuando fortalezco mi ciudadanía en ese reino es de mucho más valor que cuanto yo pudiera esperar de cumplirse todas mis fantasías.

Ha pasado un año desde aquella conversación tarde en la noche con mi esposa. Y un milagro ha ocurrido en este tiempo. La guerra dentro de mí ha amainado; sólo quedan algunos francotiradores. Tuve una recaída, sin embargo. Una vez, andando por las calles de Santiago, sentí que algo me empujaba —sí, literalmente— hacia uno de esos centros pornográficos. Pero no habían pasado diez segundos cuando me sentí aplastado por una sensación de horror. La cabeza me daba vueltas. El maligno me estaba reconquistando. Tuve que salir de allí como un bólido.

Salí literalmente corriendo a cuanto podía de aquel lugar. Me sorprendió comprobar todo lo que había cambiado. Antes me había sentido seguro cuando cedía al reclamo de la lascivia y la guerra interior cesaba por momentos. Pero esta vez me sentí seguro lejos de la tentación. Oré pidiendo fortaleza y me alejé de allí.

Descontando aquel encuentro, me he visto libre de tales impulsos. Por supuesto que sigo notando a las jóvenes que van con vestidos minúsculos y muestran sus encantos. Ellas saben esta realidad y por eso salen así a la calle. Pero el terror ha cesado. La gravitación ha desaparecido cuando paso frente a los puestos de revistas. Ya son doce meses los que he pasado por allí sin detenerme a hojear ninguna. Ni tampoco he entrado a las páginas pornográficas en mi computadora.

Tampoco experimento una sensación de pérdida. Solía gozarme en la contemplación de bellas mujeres, tanto en lo artístico como en lo del deseo lascivo. Pero hoy llevo por dentro una especie de contrapeso que me mantiene en equilibrio y me avisa cuando me estoy apartando del rumbo correcto. Luego de diez años tengo por fin un estanque de reserva del cual sacar fortaleza, así como una conciencia. He hallado que me es necesario mantenerme en abierta y franca comunión con Dios y con mi esposa en el más leve asomo de tentación.

La guerra interior existe todavía. Es ahora una batalla contra la idea de que nuestro destino lo da la biología. Considerando a los hombres como una especie más, algunos científicos proclaman aquello de la supervivencia de los más aptos, que ciertas cualidades como la belleza, inteligencia, fortaleza y capacidad son factores de valor para determinar la utilidad de la gente, que la lascivia es una adaptación innata para asegurar la propagación de las especies. La caridad, el amor, la compasión y el recato chocan contra tal género de filosofía materialista. Algunas veces chocan hasta con nuestros propios cuerpos. La Ciudad de Dios puede parecer un espejismo; mi lucha es dejar que Dios me convenza de su realidad.

Mi vida ha pasado por dos nuevas experiencias que, tengo que admitir, han sobrepasado a cualquier sentimiento de pérdida que pudiera quedar en mí por abandonar la lascivia.

En primer lugar, he llegado a conocer que Mauriac estaba en lo cierto. Dios ha sido fiel a su parte en la transacción. Por vías que hasta ahora no había sospechado, he llegado a ver a Dios. En ocasiones he tenido una experiencia con Él que me ha dejado anonadado por su profundidad e intimidad, una experiencia de un orden que ni siquiera imaginaba que podía existir. Algunos de estos casos han tenido lugar mientras oraba o leía la Biblia. Otros cuando sostenía conversaciones importantes con ciertas personas. Y uno, el más memorable de todos, mientras hacía uso de la Palabra en una convención de cristianos.

En tales ocasiones me he sentido poseído, pero ahora con acompañamiento de gran gozo (la lascivia es una triste parodia de la plenitud del Espíritu). Estas experiencias me han dejado conmovido y sensible, a la vez que renovado y purificado. Yo no tenía noción de que existía esta clase de experiencias con Dios. Ni tampoco las había procurado excepto en el sentido general de buscar la pureza. Dios se me reveló. La Ciudad de Dios está tomando forma ante mis ojos.

Y algo más ha sucedido, algo que ni siquiera le he pedido a Dios. La pasión está volviendo a mi matrimonio. Mi esposa se ha transformado en objeto de amor romántico. El cuerpo de ella, no el de ninguna otra mujer, está gradualmente adquiriendo un poder de gravitación que antes estaba esparcido por todo el universo del sexo. Y el mismo acto sexual, a menudo una fuente de irritación y trauma para mí tanto como de experiencia placentera, está empezando a tomar aquella calidad mística y trascendente así como de indescriptible delicia que debe de haber tenido en su diseño original.

Estos dos hechos, ocurriendo uno tras otro, me han convencido de por qué los místicos, incluyendo a los escritores bíblicos, tienden a citar la experiencia de la intimidad sexual como metáfora del éxtasis espiritual. Hay veces en que los vestigios de gracia que puedan quedar en la ciudad del hombre muestran un sorprendente parecido con lo que nos espera en la Ciudad de Dios.

La misión de la iglesia no es adaptar a Cristo a los hombres, sino los hombres a Cristo. —Dorothy Sayers

LA BATALLA ESTRATÉGICA: ALGUNOS CONSEJOS PRÁCTICOS

Al hacer el recuento de mi odisea personal he resistido el impulso de dar “consejos prácticos” en referencia al deseo lascivo. Hay ocasiones en que la obsesión es tan potente que se sobrepone a toda razón o sentido común. Y sin embargo, a todo lo largo de esa guerra interior, adquirí trazos de una valiosa estrategia que agregaré aquí con la esperanza de que ayuden a prevenir heridas innecesarias.

  1. Reconozca y defina el problema. Si es lujuria, llámelo lujuria. Es necesario que uno admita la situación antes de poder aplicarle remedio. Gran parte de mis justificaciones del principio no fueron sino burdos intentos por soslayar el nombre lascivia. Yo trataba de darle otro.
  2. Deje de cultivar el deseo. Eliminar las fantasías es como tratar de no pensar en un elefante rosado. Este es un problema para el cual no existe solución mágica. Pero desviar el pensamiento cuando el deseo sobreviene, no dejando que tome fuerza desde el principio y tratando de restarle algo de su misterio, puede ayudar en los comienzos del problema. Mientras más avance cuesta abajo con revistas, películas y la pornografía, más difícil le será dar vuelta atrás.
  3. No lo deje convertirse en mito. Lo que el estímulo sexual promete es mentira. En verdad, las sesiones en que se crean esas fotos tentadoras son de hecho cansonas y mecánicas, sin nada de erótico. Convénzase de que esas fotos han sido retocadas en el proceso de revelado con vistas a realizar una imagen irreal de sexualidad que no incluye temores de impotencia, torpeza, la menstruación mensual y otros recordatorios de la condición humana. La vida real es muy diferente de lo que presenta la pornografía.
  4. Reconozca que va en ello un alto precio. Yo lo comprendí en el último minuto, cuando oí a mi amigo pastor y vi que había rebasado el punto de regreso. Y hoy es el hombre más desgraciado del que jamás tuve noticia. Entonces la lascivia estaba demandando de mí un tributo, que se manifestaba en una creciente irritación con mi esposa y en una sutil y progresiva pérdida de intimidad con ella y con Dios. A la vez, el propio respeto de mí mismo se estaba también deteriorando.
  5. Busque la fuente de origen. De mucha ayuda me han sido los consejeros profesionales, los cuales descubrieron las raíces de mi obsesión en el ambiente de una niñez sexualmente reprimida. Para algunos la lascivia surge del intento por conquistar el amor de un padre o madre insensible, o como venganza contra un Dios que no da la talla, o para contrarrestar sentimientos de ineptitud física con mitos imaginarios.
  6. Considere en perspectiva la cuestión del sexo. La iglesia ha contribuido a una errónea interpretación del sexo poniéndolo en la categoría de pecado abominable. Un vocablo de sentido general, inmoralidad, llega a enfocarse exclusivamente en un pecado, el sexual. Desde la perspectiva de Dios, el sexo es una cualidad poderosa de la condición humana, pero la intención no fue nunca que tomara el lugar o ejerciera dominio sobre toda la creación. El tener una idea de cuál fuera la intención de Dios no logrará controlar la obsesión, pero puede ser algo a lo cual acudir cuando la llama intente encenderse, un contrapeso, un elemento que conduzca al equilibrio.
  7. Ponga su imaginación en armonía con Dios. Ello puede ayudarle a canalizar sus fantasías hacia su esposa. En la medida que su mente se haga más creativa, amorosa y sana con relación a lo sexual, la obsesión se aplacará. Y si una fantasía negativa se presenta, trate de desviarla y controlarla.
  8. Trate de hacerse hábitos positivos. Puede ser algún deporte. Y si me siento tentado a buscar la pornografía en la computadora, busco un libro inspirador y constructivo con que llenar ese tiempo. La obsesión se desvanece, por lo menos temporalmente.
  9. Comprenda que las víctimas de la lascivia son personas humanas, creadas a la imagen de Dios. Un amigo me contó que era asiduo lector de ciertas revistas de desnudos hasta que su hija alcanzó los 18 años. Solo entonces se dio cuenta de que aquellas muchachas —cuyas fotos le atraían tanto— eran seres humanos, hijas de padres como él. ¿Y quién podría decir qué pérfida operación se produjo dentro de ellas que las llevó a exhibir sus cuerpos con propósitos de excitación varonil? En tanto la obsesión lo ciegue de tal manera que no tenga otro fin que el de satisfacer sus propios deseos, usted continuará por ese camino. Pero una vez que se dé cuenta del daño que les está haciendo a otros, incluyendo no sólo a los de su propia familia sino a las mismas mujeres objeto de su lascivia, la obsesión tiende a disminuir.
  10. La obsesión proviene de una serie de ansiedades naturales, de un vacío interior cuyo origen es necesario determinar. Todo ser humano tiene gran necesidad de Dios, además de un padre, de compañía femenina, de ser amado, de amar; de sentirse valioso y que es atractivo para alguien. Esas son necesidades legítimas. Cuando la obsesión le asalte, acuérdese de estas necesidades verdaderas. Sobre todo busca llenar ese vacío con todo lo que significa su Creador para usted. En esa búsqueda verá que la sexualidad mal dirigida perderá su poder.

References   [ + ]

1. Algunos datos y nombres de lugares han sido cambiados u omitidos para proteger la identidad del autor.