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Grandes momentos olímpicos, Parte II

 por Les Thompson

Negros contra blancos
Tan fácil nos es sentirnos superiores los unos a los otros, olvidando que “de una sangre Dios ha hecho todo el linaje de los hombres” (Hch 17:26). Nos dice Col. 3:11 que el racismo es una equivocación, pues ante Dios y ante un cristiano “donde no hay griego ni judío, circuncisión ni incircuncisión, bárbaro ni escita, siervo ni libre, sino que Cristo es el todo, y en todos.”

El primero de agosto de 1936, el coliseo de Berlín estaba atestado con 110,000 espectadores. Al sonar las trompetas, retumbar el cañón y alzar el vuelo 3,000 palomas, el canciller Hitler declaró inaugurado el torneo. Tres mil antorchas se unieron para encender la hoguera ceremonial.

Como si hubiera estado planeado, en el mismo instante en que los corredores encendían la llama olímpica de Berlín, España entera se veía envuelta de pronto en las llamas de una guerra civil sangrienta. El equipo español, ya completamente instalado en la villa olímpica, se retiró en el último momento para regresar al infierno hogareño.

Los cielos brasileños estaban también arrumados de problemas. Los partidos políticos rivales habían enviado a las olimpíadas equipos rivales. Los jueces olímpicos de Berlín no habían podido armar el rompecabezas que representaban los alegatos de los dos equipos, y al fin pusieron fin a la disputa enviando a ambos equipos de regreso a su patria.

El frente alemán no andaba nada tranquilo. Hitler había pronunciado algunas declaraciones alarmantes sobre la superioridad de la raza nórdica y predijo jactanciosamente que sus superhombres nazis habrían de demostrar la grandeza del pueblo alemán. Mas su extremo racismo le haría vivir unos de los momentos más embarazosos de su no muy gloriosa carrera.

Tan pronto entraron al campo los atletas norteamericanos, el panorama se le ennegreció al Fuehrer. Los atletas negros de los Estados Unidos —a quienes los periódicos nazis los llamarían “los auxiliares prietos”— entraron en acción encabezados por el fabuloso Jesse Owens, gran corredor de la Universidad Estatal de Ohio.

De inicio, Cornelio Johnson de California, negro como el azabache, saltó 2.03 metros para establecer una nueva marca olímpica. Le correspondió el turno entonces a Owens, quien obtuvo la victoria en la carrera de los cien metros. Los atletas negros estuvieron tan por encima de los demás que a la gente le dio por decir jocosamente que aquel había sido un “martes negro”. Para añadir insulto a la injuria, Jesse volvió a sus andadas y estableció esta vez un nuevo récord de salto de longitud de 8.06 metros. Seguidamente Johnny Woodruff, estudiante negro de primer año de la Universidad de Pittsburg, le ennegreció aun más el día a Hitler al ganar la carrera de los 800 metros. Jesse Owens se presentó de nuevo y obtuvo la victoria en los 110 metros con obstáculos: su tercera medalla de oro. Finalmente, Archie Williams sobrepasó a todo el mundo al ganar la carrera de los 400 metros. Entre los cuatro hombres negros habían ganado seis medallas de oro. Los negros, sin diplomacia ninguna, demostraron —si así se demuestran estas cosas— que eran superiores a los nórdicos.

Ni muy viejo,  ni muy joven,  ni muy desconocido
“No se alabe el sabio en su sabiduría, ni en su valentía se alabe el valiente, ni el rico se alabe en sus riquezas. Mas alábese en esto el que se hubiere de alabar: en entenderme y conocerme, que yo soy Jehová, que hago misericordia, juicio y justicia en la tierra; porque estas cosas quiero, dice Jehová” (Jeremías 9:23-24).

En la vida Cristiana encontramos —parecido a las olimpiadas de 1948— que los que triunfan a veces son  los menos esperados. Por tanto, cada uno debemos siempre dar lo mejor que tenemos a Dios.

Lo menos que el mundo pensaba era que la segunda guerra mundial, con todas sus consecuencias trágicas, iba pisándole los talones a las olimpíadas de 1936. Durante doce años recesaron las olimpíadas. En 1948, cuando el mundo comenzaba a respirar de nuevo alguna calma, un nuevo grupo de atletas viajó a Londres para tratar de superar las marcas de la pre-guerra. Dos atletas —una ama de casa y un joven prodigio— iban a convertirse en los supremos héroes de los juegos de Londres.

Desde la niñez misma había algo extraordinario en aquella hermosa holandesita, llamada Fanny Koen, cuyas destrezas en los deportes la elevaron al rango de genio. A los 16 años de edad estaba ya arrollando en todas las pistas y ganando en todas las competencias de Holanda. Fue en aquel entonces que Jan Blankers la vio correr los 800 metros y, al reconocer en ella a una corredora innata, se le acercó para ofrecerle matrimonio y ser su instructor. Al terminar la guerra y llegar el 1948, Fanny tenía ya 30 años y era madre de dos hijos.

Los cronistas deportivos de Londres concordaban en que aquella matrona jamás podría ofrecer una actuación de importancia. Los pies voladores de Fanny habrían de ridiculizar aquellas palabras. De inicio ganó la carrera de los 800 metros. Luego la de los 200 metros en 24.4 segundos y, finalmente, la carrera de los 80 metros con obstáculos en la que estableciera una nueva marca olímpica de 11.12. Mas la actuación cumbre de la “holandesa voladora” fue la carrera de relevo. Sucedió así: El equipo holandés vacilaba en la carrera de relevo de los 400 metros. La “maravillosa mamá”, como reverentemente la llamaban, actuaba de ancla; cuando se dispuso a tomar la batuta, el equipo ocupaba el cuarto lugar. Para ganar tendría que correr aquellos últimos 100 metros como un torbellino. Vertiginosamente fue acortando la distancia que la separaba de la australiana que la precedía, Joyce King. ¿Tendría tiempo de tomar la delantera? Ciertamente que sí, pues casi en la última zancada se pasó a la King para ganar la competencia y la atención de los espectadores mundiales.

Pero tuvo que compartir la gloria con otro atleta: el adolescente Robert Bruce Mathias, de Tulare, California.  A duras penas había alcanzado formar parte del equipo norteamericano. A pesar de su poca experiencia, había pasado las pruebas del decatlón y sus variados eventos; las carreras de los 100 y los 400 metros, los 110 metros de valla alta, el salto de longitud, el salto de altura, el lanzamiento del disco, el lanzamiento de la pesa de 7.24 kilos, el lanzamiento de la jabalina, el salto de garrocha y la carrera de los 1,500 metros. Dieciséis días más tarde el equipo olímpico le concedía la aprobación al ganar el campeonato del decatlón de la A.A.U. de Bloomfield, New Jersey. Ocho semanas más tarde se convirtió en joven prodigio al competir contra los más grandes atletas del mundo congregados en Londres. Interesante es notar que al sumar la puntuación del decatlón, Mathias tenía 7,139 puntos y el rival más cercano 6,974. Había sido una actuación brillantísima para uno tan joven contra los mejores y más experimentados atletas del mundo.

1948 fue también el año de lo inesperado. Por supuesto, en el maratón siempre hay cabida para las sorpresas.

En la tortuosa pista del maratón corría el joven de 19 años de edad llamado Delfo Cabrera, corredor totalmente desconocido (aunque en Buenos Aires había corrido en cinco competencias). Cabrera se las arregló para mantenerse inmediatamente detrás del bien conocido belga Etienne Gailly y el coreanito Yun Chil Choy. ¿Lograría triunfar? En el estadio se produjo una verdadera algarabía al escucharse en los altoparlantes que los finalistas se acercaban. Los cuellos se alargaron al aparecer la primera figura en la curva. Era el que todos esperaban; el campeón belga. Atontado y semidesmayado, el valiente Gailly realizaba un esfuerzo por ganar. Pero era obvio que estaba en peligro de caer rendido de cansancio. ¡No podría darle la última vuelta a la pista! E inmediatamente detrás de él apareció la figura desconocida de Cabrera. Antes que los espectadores pudieran enterarse quién era, ya había dado la última vuelta y ganado la competencia.

Una familia en busca de oro
Lo que logró la familia Zatopek en las olimpiadas de 1952 ilustra lo que san Pablo nos dice en 1 Corintios 9:24, “¿No sabéis que los que corren en el estadio, todos a la verdad corren, pero uno solo se lleva el premio? Corred de tal manera que lo obtengáis”.  Pero, ¿qué si uno no corre, no entra en la carrera? Tristemente muchos cristianos quieren pasar la vida en las estradas.

Aunque la Unión Soviética había expresado interés en los juegos de 1948 fue en 1952 que Rusia participó por primera vez en las olimpiadas. Desde un principio se supo que los atletas rusos habrían de ocupar pronto un lugar en los titulares de la prensa deportiva. Pero en Helsinki los checoslovacos habrían de aportar la estrella más prominente.

Emil Zatopek acababa de pasar la influenza, y los críticos afirmaban que no podría resistir las agotadoras exigencias del importante torneo. Sin embargo, aquel oficial del ejército checo era un corredor dedicado y científico que sabía exactamente hasta dónde podía llegar su cuerpo. Zatopek se alineó en la carrera de los 10,000 metros contra dos oponentes formidables: el ruso Alexander Anoufriev y el franco argentino Alain Mimoun. Corrieron más de 10 kilómetros; al llegar al décimo kilómetro ningún corredor se imponía aún; Zatopek llevaba el rostro contraído y el brazo recogido contra el corazón como si sufriera un intenso dolor. Pero aunque los contrarios se esforzaban, Zatopek era demasiado para ellos. Tras un último esfuerzo ganó con 91.44 metros de ventaja. El ruso Anoufriev terminó en tercer lugar. Fue el primer atleta soviético en ganar una medalla olímpica.

La actuación de Zatopek en los 5,000 metros fue una repetición de la misma hazaña. Obtuvo otra medalla de oro al rebajar 9 segundos a la marca mundial que Hannes Kolehmainen. Los días de triunfo no se habían acabado para el apellido Zatopek. Poco después de aquella victoria, en los 5,000 metros, la esposa de Zatopek, Dana, estableció una nueva marca olímpica femenina al lanzar la jabalina a 50.46 metros de distancia. ¡Otra medalla de oro para la familia!

Quizás animado por el triunfo de la esposa, Zatopek decidió competir en el maratón, carrera en la cual jamás había participado. Durante casi la mitad de la pista de 42,159 metros, Zatopek dejó que el británico Peters mantuviera la delantera. Tras esto, cansado de la pesadez de la competencia, aceleró para ponerse al frente y anotar una nueva marca de 23 minutos y 3.2 segundos ¡El oro en esta olimpíada parecía ser sólo para los Zatopek!

Tomado del libro Héroes Olímpicos, por Juan Rojas y Les Thompson 2008 © Logoi, Inc.  Todos los derechos reservados.

Si le gustó este artículo, lea la primera parte: Grandes momentos olímpicos, Parte I