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Grandes momentos olímpicos, Parte I

 por Les Thompson

Cada cuatro años, los ojos del mundo se dirigen a los juegos olímpicos. Pocos son los eventos que unen a la humanidad como éste. Algo de su historia nos puede interesar.

A veces nos olvidamos de que tú y yo también estamos en una carrera. Y esa es mucho más importante que cualquier competencia que hayamos visto este año. Leemos en Hebreos 12:1-2 una descripción de una propia carrera. Después de ver las competencias este año, pregúntese: ¿Qué clase de carrera estoy corriendo en preparación para el cielo?

Lea estas historias y escoja algunos datos de cómo comenzaron las Olimpiadas modernas. Entonces, aplique estas anécdotas con las lecturas bíblicas que hemos incluido.

1896 ATENAS, cuna de las olimpiadas

Grecia en 1896 estaba en convulsión, víctima de la peligrosa rivalidad polí­tica que existía entre Charilaos Trikoupes y Teodoro Delyannes.  El barón Pierre de Coubertin, resucitador de las olimpiadas, no se daba descanso tratando de lograr la cooperación de los funcionarios gubernamentales en la organización de los primeros juegos olímpicos modernos. Afortunadamente, los atenienses estaban tan entusiasmados con la perspectiva de los juegos que los funcionarios se vieron obligados a conceder por lo menos aprobación verbal. El sueño de inaugurar los juegos olímpicos modernos en la cuna misma de las inmemorables olimpíadas se materializó.

A las tres de la tarde del día de la inauguración, unos 50,000 espectadores esperaban con ansioso entusiasmo la primera competencia: en salto triple. James Connolly, pequeño, musculoso, pelinegro y apasionado deportista de Bastan, ganó para establecer la primera marca olímpica: 13.71 metros.

Pero más impresionante que aquello fue el extraño giro que tomaron algunas competencias, lo cual habría de producir una de las mayores sorpresas en la historia de las olimpiadas.

Los griegos en memoria de su glorioso pasado, esperaban ganar alguna de las contiendas. Al pasar revista a los 59 atletas procedentes de 9 naciones: Gran Bretaña, Francia, Austria, Alemania, Estados Unidos, Suecia, Dinamarca, Hungría y Suiza, se propusieron ganar en el lanzamiento del disco. El campeón griego se llamaba Paraskevopoulos, pero además presentaron a Versis, peligroso rival del primero. Pero ellos no contaban con la oposición que les brindaría Robert Garrett, atleta de Princeton, Estados Unidos, que había ido a Atenas por cuenta propia. En realidad Robert jamás en su vida había visto un disco y mucho menos lo había lanzado. Nunca se sabrá qué lo impulsó a entrar precisamente en aquella competencia. Más tarde admitiría:  -Me metí a lanzar aquella cosa aspirando tan sólo a quedar en el último lugar.

Garrett  fue el último en efectuar el lanzamiento aquel día. Paraskevopoulos a quien pensaban que ningún mortal podría igualar, realizó un espléndido lanzamiento de 28.95 metros. Luego se presentó Garrett, se impulsó torpemente y soltó el disco. Y este fue a parar a 29.15 metros de distancia.  Sin duda la improvisada victoria de Garrett merece ser mencionada en todas las listas como la más memorable sorpresa olímpica en pista y campo.

El milagro saltante de las olimpíadas parisienses

Este relato se puede usar en cualquier sermón que procura animar a creyentes inactivos a levantarse. Vea Efesios 5:14-15.

El mas brillante atleta de los juegos olímpicos de París lo fue un calludo contendiente de Nueva York, Ray Ewry, quien había pasado la infancia inválido y confinado a una silla de ruedas. Siguiendo las recomendaciones del médico de la familia, un día comenzó a ejercitar y fortalecer los músculos de los brazos y las piernas. Para alegría de la familia, el enfermizo muchacho respondió asombrosamente al tratamiento, abandonó la silla de ruedas y se dedicó al deporte de pista. Más tarde, siendo estudiante de la Universidad de Purdue, se destacó en los deportes. Y en el año 1900, a los 27 años de edad, compitió en las olimpiadas de París.

El campo no estaba debidamente preparado para los saltos; sin embargo, Ewry apareció sobre la empapada y pegajosa hierba y efectuó un salto de altura de 1.65 metros, que le valió para obtener la medalla de oro. A continuación compitió en el salto de longitud estático y derrotó a los rivales al saltar 3.21 metros y obtener otra de las codiciadas medallas de oro. Luego regresó a la pista para entrar en una de las más difíciles competen­cias de campo: el salto triple estático. Tras comenzar con un brinco que lo llevó 2.74 metros hacia adelante. Ewry, sin dejar de moverse, dio una zancada que lo llevó 3.35 metros más allá y finalmente, saltó de nuevo y fue a caer a 4.48 metros. En total había saltado 10.58 metros, o sea, 26 centímetros por encima de la marca anterior. Para Ewry las olimpíadas parisienses eran sólo el comienzo de una carrera.

Compitió también en otras tres olimpíadas y ganó tres victorias en los juegos de St. Louis, Missouri y dos medallas de oro en los juegos olímpicos de Londres, que se celebraron en 1908. Sin lugar a duda, los logros de Ewry constituyen una verdadera hazaña para un joven que iba a pasar inválido el resto de su vida.

1904 Las olimpiadas de St. Louis y Félix el Magnífico

Félix Carvajal, un cartero de la Habana, Cuba, ilustra a muchos cristianos que no toman su fe con mucha seriedad. Sus decisiones vienen por antojos, y no por conocimiento. Oyen de algo importante y lo persiguen, pero sin estar bien preparados. Cabe la exhortación de Pablo en 2 Timoteo 2:15.

Solo unos pocos miles de espectadores se molestaron en presenciar las ceremonias olímpicas de St. Louis. Pero los que lo hicieron jamás habrían de olvidar la pintoresca carrera de Maratón que se celebró el segundo día. En esta carrera de 40 kilómetros, los contendientes partían del estadio, corrían unos 19 kilómetros a campo abierto y regresaban al estadio. Entre los 31 participantes había 17 norteamericanos, 10 griegos, 3 sudafricanos y 1 cubano.

El cubano, Félix Carvajal, era un alegre e indefinido cartero de La Habana. Nadie sabe dónde se enteró él de los juegos olímpicos de St. Louis, pero lo cierto es que tuvo conocimiento del evento y ello fue suficiente para persuadir a aquel impulsivo cubanito de que él era un gran corredor y que la suerte lo había señalado para triunfar. Pero no tenía dinero y parece que no llegó a convencer al gobierno cubano para que creyera en su quijotesco sueño de honrar a la patria. Sin amilanarse, Félix apeló al novedoso artificio de correr en una de las plazas públicas de La Habana hasta que una multitud se congregara. Luego, saltando a una caja de madera, explicó su patriótica misión olímpica y acto seguido pasó el sombrero.

Aunque obtuvo suficiente dinero para el pasaje y los gastos, cometió el craso error de salir vía Nueva Orleans. Su entusiasmo habitual lo metió en problemas al revelar abiertamente que traía dinero y se dirigía a St. Louis. Varios tahúres lo sedujeron a jugárselo a los dados y muy campantes lo despojaron del dinero.

Como no tenía tiempo de repetir sus hazañas en el parque de La Habana, el imperturbable Félix se dispuso a recorrer a pie los 1,125 kilómetros que lo separaban de St. Louis. Solitario, aunque siempre optimista, emprendió una formidable carrera contra el tiempo y la distancia; dependía de la buena voluntad de los campesinos que se encontraba en el camino para obtener alimentos y un rincón en el henil cuando lo sorprendía la noche. Llegó a la sede de las olimpíadas andrajoso y medio muerto de hambre. Con su arribo inesperado y lo extraordinario de sus peripecias cautivó tanto a los contendientes norteamericanos que éstos lo tomaron bajo su protección, le obsequiaron una grandiosa cena y prestaron atención a sus alocados sueños.

Félix no había tenido experiencia alguna en las carreras. No tenía ni la más mínima noción sobre ritmo. Carecía de instructor. Y al colocarse en la línea del arranque, calzaba pesados zapatos de caminata, y vestía una camisa de mangas largas y pantalones largos. Los espectadores se reían de su grotesca figura. El los saludó como si aquellos hubieran estado presagiando su futura victoria y corrió a ocupar su lugar junto a los demás corredores. Un atleta norteamericano, en un gesto amistoso, le hizo el favor de arrancarle las mangas de la sucia camisa y cortarle los pantalones para que se parecieran en algo a los calzones de competencia.

Sonó el disparo de arranque y Félix salió trotando con sus botazas, tan alegre como el que corre a tomarse una taza de café. Lo precedían treinta de los mejores corredores de larga distancia del mundo. Imperturbable, confiado y siempre sonriente, Félix no permitió que la competencia lo privara de las delicias de detenerse a cada rato a hablar con los espectadores, reír y contar chistes en su pésimo inglés. De un manzano arrancó varias frutas y se las fue comiendo en el camino. En una ocasión se detuvo a aceptar dos melocotones que un periodista le ofrecía. Corredores más fuertes, corpulentos y de más experiencia que Félix comenzaban a caer al suelo víctimas del calor, el polvo y la terrible tensión a que estaban sometidos sus corazones, pulmones y músculos. Pero el alegre cubanito continuaba trotando, imperturbable.

Sólo catorce llegaron al final de la carrera, y Félix Carvajal fue el cuarto. Muchos de los atletas de St. Louis aseguraron que Félix hubiera ganado la competencia si llega a estar bien adiestrado. De todas formas, protagonizó el más colorido episodio de los juegos olímpicos de St. Louis en 1904 y regresó a Cuba portando la gloria de una inolvidable inscripción que rezaba así: “Félix el IV, el más glorioso perdedor en la historia de los juegos olímpicos”.

1908 Las borrascosas olimpiadas londinenses

Las Olimpiadas del 1908 se conocen por sus controversias (atletas descalificados, oficiales interviniendo en eventos). Nos recuerda que tristemente lo mismo ocurre en la iglesia de Cristo. Pablo habla de esto en Filipenses 1:15-18, pero nótese como aún en medio de pleitos, Pablo encuentra algo positivo.

Los fuegos olímpicos de 1908 debían haberse celebrado en Roma, pero los funcionarios de la ciudad se sintieron incapaces de enmarañarse con los problemas que encierran unas olimpíadas, y gentilmente cedieron a Londres la oportunidad de ser la sede de tan espectacular acontecimiento deporti­vo. Los británicos construyeron un estadio gigantesco con capacidad para 68,000 espectadores. El 13 de julio ya todo estaba listo.

Los juegos comenzaron bajo un vendaval; pero mucho peor fue la tormenta que se levantó contra varios displicentes funcionarios británicos por ciertas decisiones desagradables que habrían de atormentar a los contendientes durante los eventos principales.

Por ejemplo, cuando los corredores entraban ya a la recta final de la carrera de los 400 metros, un espectador muy patriota, comprendiendo que iban a derrotar a Halswelle, el campeón británico, gritó: “¡Trampa! ¡Trampa!” Inmediatamente una docena de funcionarios británicos saltaron a la pista y descalificaron a Carpenter y a Robins por sus supuestos ardides contra el corredor inglés. Tan enojados quedaron los norteamericanos que amenazaron abandonar las olimpíadas. Mas aquel incidente fue algo así como una ligera brisa antes de un huracán.

Los británicos habían decidido que el maratón empezara en los predios del castillo de Windsor y terminara ante la plataforma real dentro del estadio Shepherds Bush, lo cual significaba una adición de 260.60 metros a los 41.84 kilómetros convencionales, simplemente para complacer a la familia real. Esto en sí provocó enojos. Setenta y cinco atletas iban a competir en el maratón. Heffernon, un famoso corredor de larga distancia sudafricano, tomó la delantera a los 24 kilómetros y la mantuvo hasta estar casi dentro del estadio. Pisándole los talones iba Dorando Pietri de Italia, un caramelero. Al entrar al estadio. Pietri le arrebató la delantera al vacilante Heffernon antes de que le ocurriera el desastre.

Tan aturdido de cansancio estaba el pequeño italiano que se extravió dentro del estadio. Un funcionario lo volvió a encaminar. Pero entonces le fallaron las piernas y se desplomó. Varios funcionarios compasivos corrieron a ayudarlo y lo pusieron de pie. Pietri corrió unos pasos y se volvió a caer. Una vez más los funcionarios lo ayudaron. En total Pietri cayó cuatro veces hasta que por último lo condujeron hasta la meta.

Un empolvado joven que vestía el uniforme norteamericano penetró al estadio con lentitud, pero por sus propios medios. Era John J. Hayes, dependiente de una tienda neoyorquina. Pesadamente cruzó al lado del exhausto Heffernon y llegó a la meta junto a la plataforma real segundos después del trastabillante arribo de Pietri.

Ya habían enarbolado la bandera italiana como símbolo de la victoria de Pietri. Se levantó una tempestad de protestas. El corredor italiano, argüían los norteamericanos, había quedado descalificado desde el momento mismo en que recibió la ayuda de los funcionarios de pista. Por fin se le otorgó la victoria a Hayes, mas para acallar las furiosas protestas de los italianos, la reina Alejandra, consorte del rey Eduardo VII, tuvo que otorgar a Dorando Pietri una copa dorada especial.

Si el torneo no hubiera terminado al siguiente día, la primera guerra mundial hubiera comenzado en Inglaterra en vez de en Alemania.  1912

Thorpe, el gran cacique de Estocolmo

Uno de los famosos atletas de 1912 fue un indio norteamericano que inesperadamente ganó los honores en Estocolmo, Suecia. Luego de contar sus hazañas, y la proclama del Rey Gustavo V—“Usted es el mejor atleta del mundo”, cabe hacer comentarios sobre el texto de Mateo 25:21.

El rey Gustavo V de Suecia y sus hijos honraron a su patria por la excelente forma en que organizaron los juegos olímpicos de Estocolmo.

El más brillante de los contendientes lo fue un indio norteamericano, Jim Thorpe, cuyo nombre tribal era “Sendero Refulgente”. Desde béisbol hasta el fútbol no había detalle deportivo que aquel genial atleta no dominara mejor que cualquiera. En Estocolmo  Thorpe ofreció una demostración increíble de excelencia deportiva al conseguir el triunfo en los 200 metros planos, en la carrera de los 1,500 metros, en el salto de longitud y en el lanzamiento del disco.

Mas la victoria en el pentatlón fue para el indio algo así como una señal de humo de lo que sucedería en el evento siguiente. En el sentido cabal de la palabra, Thorpe se labró la gloria en el decatlón, al ganar con amplio margen en el lanzamiento de bala, en la carreta de obstáculos altos, en el salto de altura y en la carrera de los 1,500 metros. En sus victorias olímpicas, el formidable indio se anotó dos veces más puntos que su más cercano rival.

En la historia de los juegos olímpicos, Jim Thorpe fue el primer atleta lo suficientemente polifacético como para ganar en el mismo torneo el pentatlón y el decatlón. Tan aturdido quedó el rey Gustavo V de Suecia ante aquella proeza que, olvidando su dignidad real, corrió a la pista para unirse al indio en su danza de victoria.  —Señor, usted es el mejor atleta del mundo— le dijo el rey.

1920 El francés que la guerra no logró detener

Luego de contar la historia de Nurmi y cómo, a pesar de los obstáculos de salud pudo ganar, haga referencia a la declaración de Pablo en Filipenses 3:7-8. ¿Te importa cómo corres la carrera cristiana?

Acababa de terminar la primera guerra mundial. A consecuencia de ésta, los juegos de 1916, que debían haberse celebrado en Berlín, se cancelaron. Pero en 1920 los atletas de las naciones más grandes del mundo incluso aquellas que hasta poco antes habían sido enemigas, se reunieron de nuevo en Antwerp para celebrar los juegos olímpicos.

Al segundo día del torneo, el lunes 16 de agosto, Joseph Guillemot, un francés; y Paavo Nurmi, un finlandés, corrieron los 5,000 metros en una emocionante competencia.

Guillemot era un veterano de la guerra que había sufrido las entumecedoras consecuencias de los gases venenosos del frente de batalla. Se decía que tenía los pulmones destrozados. Era increíble que pudiera competir. Nurmi, su rival, tenía fama por su pecho poderoso, sus piernas vigorosas y sus inalcanzables zancadas.

La competencia en sí fue un duelo. Nurmi mantenía una marcha espectacular y un garboso paso. Sólo a un paso detrás, firme, iba el sorprendente francés. En la recta final parecía que Nurmi tenía ya la victoria en las manos. De pronto Guillemot, con esfuerzo increíble, realizó una última tentativa por llegar a la meta y le tomó ventaja al veloz finlandés. Nurmi hizo lo que pudo por alcanzarlo, pero el reto inesperado del francés lo había tomado por sorpresa. Joseph Guillemot, el veterano de la guerra de los gases, había ganado la batalla en 14:55.56.

1924 El pequeño David contra Goliat

Nuestra tendencia es pensar que no podemos, que otros son más poderosos y hábiles. Lo interesante es que en la carrera cristiana todos tenemos igual oportunidad. Como dice Pablo en Filipenses 4:13: “Todo lo puedo en Cristo, que me fortalece”.

A juzgar por el aspecto del poderoso equipo norteamericano presente en las olimpiadas de París, ningún otro país lo podría superar. Eran 110 hombres de campo y pista, 66 nadadores, 20 maestros de esgrima, 15 remeros, 25 boxeadores, 11 gimnastas, 16 luchadores, 12 instructores, 10 directores de equipos, 10 entrenadores y 6 masajistas. Sin embargo, no le llevó demasiado tiempo a la pequeña Finlandia demostrar que la grandeza de una nación no puede aplastar la voluntad de un pequeño país decidido a triunfar. Australia, Italia, Gran Bretaña, arrebatarían a los norteamericanos varios laureles, pero los asombrosos finlandeses, con ocho medallas de oro, aplastaron el poder del gigante americano.

Al frente del espectáculo estaba un corredor finlandés, Paavo Johannes Nurmi, atleta disciplinado que decía sustentarse con una dieta de pan negro y pescado seco, y que solía regular el ritmo de la carrera mirando periódicamente un cronómetro que portaba durante las competencias. Es interesante la forma en que practicaba. Se levantaba temprano para comenzar el día con un baño de vapor e inmediatamente salir a rodar en la nieve. Acto seguido comenzaba los ejercicios matinales, durante los cuales corría 40 ú 80 metros varias veces y a altas velocidades. Luego entraba en calor corriendo kilómetro y medio en menos de cinco minutos, ¡sólo entonces estaba listo para el desayuno! El resto de la mañana lo pasaba corriendo 400 ó 500 metros. Después del almuerzo corría 10 ó 25 minutos a campo traviesa, tras lo cual daba varias vueltas alrededor de una pista de 400 metros, a una velocidad de 60 segundos por vuelta. Después de la cena se pasaba dos horas tratando de llegar a los 1,600 metros en 15 minutos. A las once de la noche ya estaba listo para irse a dormir.

Los demás atletas tenían que detenerse a contemplarlo. Los corredores suelen avanzar con el cuerpo tirado hacia adelante; Nurmi corría con la cabeza erecta y el pecho hacia adelante. Sus proezas, obviamente constituyeron la comidilla de las conversaciones durante las olimpíadas de París.

Sólo a aquel arduo entrenamiento le debe él sus formidables actuaciones del 10 de julio de 1924, cuando ganara los campeonatos de 1,500 y 5,000 metros en un período de dos horas, estableciendo la marca olímpica en cada competencia.

Su proeza más notable, sin embargo, la realizó en la carrera de los 10,000 metros a campo traviesa. Había un calor excesivo y de los 30 que comenzaron la carrera, sólo 15 alcanzaron la raya final. A lo largo del camino iban cayendo los atletas vencidos por el calor y el agotamiento. Algunos entraban tambaleantes al estadio y se derrumbaban completamente vencidos. Un corredor entró al estadio, se equivocó de vía y fue a dar de cabeza contra una pared de concreto que quedó bañada con la sangre que manaba de la cabeza destrozada. Otro, Andia Aguilar sufrió insolación en el camino y lo tuvieron que llevar al hospital, donde pasó varios días entre la vida y la muerte.

En cambio, Nurmi llegó dos minutos antes que el segundo hombre y respirando tan normalmente como si hubiera acabado de empezar. El finlandés, en su intachable estilo, actuó como un superhombre al sobrepasar a los campeones de las demás naciones en conjunto.

En resumen, Nurmi obtuvo 7 medallas de oro en las competencias olímpicas, proeza que ningún corredor en la historia ha logrado igualar. Se ganó el título de “el finlandés volador” y los expertos dicen que es el más grande corredor de distancia que el mundo ha conocido.

Actualizado en agosto 2012. Tomado del libro Héroes Olímpicos, por Juan Rojas y Les Thompson 2008 © Logoi, Inc. Todos los derechos reservados

Si le gustó este artículo vea la segunda parte: Grandes momentos olímpicos, Parte II