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Eva, la tentación y la caída

Por Les Thompson

Mi amigo Roberto hasta hace poco ganaba una fortuna cada año. Era dueño de una compañía que construía apartamentos y edificios de oficinas. Vivía en un palacio y tenía cuantas comodidades se podía comprar con dinero. Pero lo inesperado ocurrió. La ciudad donde vivía y trabajaba llegó a pasar por un período de retroceso. De un día para el otro, mi amigo perdió su compañía, su casa, sus autos y sus riquezas. Hoy trabaja de cocinero con el Ejército de Salvación.

Trágico como parezca esta pérdida de mi amigo, ni siquiera comienza a explicar lo que sucedió en ese triste día cuando Eva, en desobediencia, tomó del fruto del árbol prohibido y lo compartió con su marido.

LA CAÍDA

Dios había dado la orden: “Puedes comer de todos los árboles del jardín; pero del árbol del conocimiento del bien y del mal no comerás, porque el día que comas de él, ciertamente morirás” (Gé 2:16-17). Nuestros padres desobedecieron ese mandato. El resultado fue la desgracia.

De la luz bendita del rostro amigable de Dios, ahora se encontraron en las tinieblas horribles del que vive bajo el divino enojo. De los maravillosos deleites del paraíso edénico, ahora se encontraron manchados, cubiertos de culpabilidad, y en un planeta inhóspito. De una vida llena de abundancia y felicidad, ahora se encontraron exiliados, luchando contra resistentes cizañas y dolorosos espinos. De un mundo lleno de una naturaleza indescriptible, ahora rodeados de un mundo tenebroso y maldito.

Habría solo otra ocasión en la historia en que se vería semejante humillación: cuando el bendito Hijo de Dios escogería abandonar la luz inaccesible de la gloria celestial para identificarse con esta humanidad manchada, perdida, y caída. Jesucristo dio ese paso, del cielo a la tierra, para abrazarnos, levantarnos del embarro del pecado, limpiarnos, y llevarnos a su eterno Paraíso.

LOS DOS ARBOLES DEL EDÉN

EDÉN significa “deleite”. Era un lugar sin maldición y sin pecado. Allí reposaba todo bajo la esplendorosa bendición y presencia de Dios el magnánimo creador. Dentro de ese jardín estaba “el árbol del conocimiento del bien y del mal”. Ahora, después de la caída, sabemos cuán grande era su potencial destructivo. Pero, al considerar su historia, nos preguntamos: ¿por qué lo colocó Dios en un lugar tan bendito?

El árbol sencillamente representaba la autoridad del Creador sobre su creación. La obediencia al mandato de no comer de su fruta representaba reconocimiento de su dependencia ante el Dios Creador.

Cabe, entonces, la pregunta: ¿era injusto pedir un solo y simple requerimiento de Adán y Eva para que demostrasen su lealtad y sumisión ante Aquel que les había creado? Por supuesto que no. A su vez, nos molesta pensar que Dios pone al hombre a prueba. Reconozcamos, sin embargo, que el origen de tal molestia es nuestro orgullo humano: queremos ser seres totalmente independientes de todo control, no importa cual sea su origen.

Y ¿qué del otro árbol, el “árbol de la vida”? A nuestra estima, este tiene amplia cabida en el Edén, pues es sinónimo de todo aquello que nos parece bueno: vida, salud, alegría, abundancia, perpetuidad.

A Dios le pareció bien colocar ambos árboles en el Edén. Por tanto, inclinamos la cabeza en reconocimiento de Aquel que es Rey Soberano y que nunca se equivoca. Los dos árboles hablan de responsabilidad y del honor que se debe al Creador que da vida, y tiene derecho de pedir lealtad y obediencia. A su vez, también son símbolos de autonomía y responsabilidad. Dios no creo al hombre para que fuese un títere indefenso y manipulado, sino un ser con libre albedrío:

Cuando contemplo tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que tú has formado, digo: ¿Qué es el hombre, para que de él te acuerdes; y el hijo de hombre, para que lo visites? Lo has hecho un poco menor que los ángeles y le has coronado de gloria y de honra. Le has hecho señorear sobre las obras de tus manos; todo lo has puesto debajo de sus pies: ovejas y vacas, todo ello, y también los animales del campo, las aves de los cielos y los peces del mar: todo cuanto pasa por los senderos del mar. Oh Jehová, Señor nuestro, ¡cuán grande es tu nombre en toda la tierra!” (Sal 8:3-9).

¡Qué gran carga de responsabilidad lleva este libre albedrío! Y fue sobre este mismo punto que el Tentador enfocó su estrategia nefasta:” ¿De veras Dios os ha dicho: “No comáis de ningún árbol del jardín“? (Ge 3:1)

EL TENTADOR, AUTOR DE TODA MALDAD

¿De dónde viene Satanás? La Biblia nos informa muy poco de su origen. Estudie los siguientes pasajes: Isaías 14.12-15, Ezequiel 28.12-19, y Lucas 10.18. Muchos comentaristas bíblicos creen que el pasaje encontrado en Isaías 14, versículos 12 al 20 tiene doble aplicación: a) al Rey de Babilonia: b) pero más específicamente al “príncipe de la potestad del aire” (Ef 2.2). Por ejemplo, La Biblia de estudio de Harper/Caribe dice acerca de este pasaje:

En este pasaje (14.12) se emplea el título Lucero (o Lucifer).  Es una mofa dirigida por los habitantes del Seol al rey de Babilonia (v.4), pero la desmesurada ambición del desafiante de Dios, expresada en los vv. 13,14, supera a cuanto pudiera ponerse en boca de un ser humano, aun hiperbólicamente. Jamás rey humano alguno aparece en la literatura semita antigua, ni hebrea ni pagana, haciendo alarde de establecer su trono sobre las alturas de las nubes como el Dios Altísimo.  Por lo tanto, en este pasaje es posible ver al humano rey de Babilonia como instrumento en la mano del mismo diablo, quien le ha dado poder y lo ha dirigido en su oposición al pueblo y a la causa de Dios.

Satanás es un ser creado, un arcángel poderoso que se rebeló contra Dios (1 P 5.8). El hecho de haber sido creado indica la limitación de su poder. El no es todopoderoso ni eterno, al mismo nivel del Trino Dios.

¿Qué hace el tentador? Entre lo mucho que se puede decir de sus actividades, resaltan dos:

a) Procura destruir lo que Dios ha hecho (véase Is. 14.17).
b)  Tienta al hombre a rebelarse contra Dios (Ge 3.1-5; Mt 4.1-11).

¿Cómo lo hace? Se disfraza: nunca muestra su persona diabólica (2 Co 11.14). Aquí, en Génesis capítulo tres, se apodera de “la serpiente”, “que era el más astuto de todos los animales del campo” para que Eva no pueda sospechar de sus intenciones malvadas. Es así que, para avanzar sus planes destructivos, se aprovecha del engaño y la mentira (Jn 8.44; Ge 3.1-5).

LA TENTACIÓN

La pregunta que la serpiente (Satanás encarnado en la criatura) le hace a Eva no ha perdido vigencia. Hasta el día de hoy el hombre —ayudado por las sugerencias subversivas del diablo— cuestiona el derecho de Dios de hacer demandas y establecer leyes. Nuestra especulación sobre lo que Dios ha dicho, o no ha dicho, es la esencia de nuestro pecado. Nos encanta decir: “¡Vivo por gracia, y no por la ley!”, como si las demandas de Dios, y su ley moral (los Diez Mandamientos, el Sermón del Monte, etc.) fueran odiosas, órdenes sin razón y sin vigencia. No queremos que nadie —ni el mismo Dios— nos dicte cómo vivir y qué hacer.

La semilla del pecado comenzó a crecer en el corazón de Eva cuando ella cuestionó tanto el carácter como el derecho de Dios al poner esa fruta en el paraíso.

Como maestro de la Biblia, me he preguntado un sinnúmero de veces, ¿Fue necesario que comieran Adán y Eva de ese árbol? La respuesta siempre es: ¡Mil veces no! El árbol fue puesto allí para probarlos, prueba esencial para su desarrollo espiritual como seres auto determinantes. Habiendo recibido de Dios el derecho de tener dominio sobre los animales, no tenían por qué prestarle atención a las directrices de esa serpiente que se acercó para tentarlos. Y si hubieran ejercido ese dominio que tenían sobre los animales, ¡cuánta miseria nos hubieran evitado! Pero, comieron de la fruta prohibida, desobedecieron a Dios.

LA CAÍDA

Ahora saltan por lo menos dos preguntas:

1) ¿Por qué comieron?

Viene a la mente tres respuestas: 1) infidelidad, 2) rebeldía, 3) orgullo. Infidelidad porque la orden de Dios había sido muy clara. Además, Dios no les había dado motivo para que dudasen de su carácter —siempre el Señor fue fiel a su palabra, bondadoso en sus acciones, amoroso en su trato. Rebeldía porque, especialmente en el caso de Adán, tomó de la fruta a sabiendas de lo que hacía (1 Ti 2.14), deliberadamente desafiando el mandato de Dios. Orgullo porque el acto de desobediencia daba a conocer su estado de mente. La serpiente les había prometido “seréis como Dios”. Tanto Adán como Eva comenzaron a decirse: “Subiré sobre las alturas de las nubes y seré semejante al Altísimo” (Is 14:14). No estaban satisfechos con su estado natural.

¿Por qué pecamos nosotros? ¡Por las mismas tres razones!

2) ¿Cuáles fueron las consecuencias?

Dios había dicho: “el día que de él comieres, ciertamente morirás”. Recuerdo a un pastor en Lima, Perú, que me vino reclamando: “Pero, Adán y Eva no murieron; dice más bien que Adán vivió 930 años. . .”

A veces se piensa de la muerte sólo en términos de un ataúd y un hueco en la tierra. Hay que reconocer que tiene una aplicación mucho más amplia. Tal como mi amor hacia alguien puede “morir” sin que yo sea enterrado, de igual forma la relación del hombre con Dios puede inmediatamente “morir” a consecuencia del pecado de desobediencia. Es así que Dios cumplió su palabra, tal como lo había declarado. El día que comieron del fruto prohibido murieron en cuanto a su relación con Dios. Lo que tenemos que comprender es el cómo de esa muerte.

EL SENTIDO DE “MUERTE” EN GÉNESIS TRES

Examinemos lo que comprende la frase “el día que de él comieres, ciertamente morirás”.

En el instante en que Eva apretó entre sus dientes la fruta prohibida, ella “murió”. Murió hacia Dios, es decir, la palabra “muerte” se usa de forma figurativa para describir la separación drástica que ocurrió entre ella y su Creador. Pero como veremos, esa muerte también afectó la relación que tenía con su esposo y con la naturaleza que la rodeaba. Fíjese en la evidencia provista en el tercer capítulo del Génesis.

Su primer acto fue llevarle la fruta a su marido, pues, no satisfecha con su propia desobediencia, perversamente se apresura para sumir a su marido en la misma desobediencia. ¡Qué falta de amor muestra ésta que poco minutos antes había sido la amorosa compañera del hombre! Pero ahora que ha pecado, ella es otra. Ahora se ha convertido en seductora. Así que leemos esas terribles palabras: “Y dio también a su marido.”

A su vez, no pensemos en Adán como la inocente víctima de las estrategias de una mujer hermosa. Cuando él vio la fruta en la mano de Eva, sabía lo que era. Como nos recuerda el apóstol Pablo, “Adán no fue engañado” (1 Ti 2.14). El tomó de la fruta y deliberadamente comió —un acto desafiante, orgullosamente declarando su independencia de Dios.

Veamos en el mismo texto las evidencias de esa “muerte” espiritual figurativa para con Dios. (A cada evidencia le daremos un número.) Dice:

1) Y fueron abiertos los ojos de ambos, y (2) se dieron cuenta de que estaban desnudos. (3) Entonces cosieron hojas de higuera, y se hicieron ceñidores. Cuando oyeron la voz de Jehová Dios que se paseaba en el jardín en el fresco del día, el hombre y su mujer (4) se escondieron de la presencia de Jehová Dios entre los árboles del jardín. Pero Jehová Dios llamó al hombre y le preguntó: —¿Dónde estás tú? El respondió: —Oí tu voz en el jardín y (5) tuve miedo, porque estaba desnudo. Por eso me escondí. Le preguntó Dios: —¿Quién te dijo que estabas desnudo? ¿Acaso has comido del árbol del que te mandé que no comieses? El hombre respondió:  (6) —La mujer que me diste por compañera, ella me dio del árbol, y yo comí. Entonces Jehová Dios dijo a la mujer: —¿Por qué has hecho esto? La mujer dijo: (7) —La serpiente me engañó, y comí” (Ge 3:7-13).

  1. Ojos abiertos; ¿será que andaban ciegos en el huerto? De ninguna manera. Habían perdido, como dice un comentarista, “esa bendita ceguera que produce la ignorancia de la inocencia”.1)Keil – Delitzsch, The Pentateuch, Eerdmans, p.96.
  2. Conciencia de su desnudez; en su inocencia no habían tenido nada que esconder el uno del otro. Ahora se ven en su nueva naturaleza, y el descubrimiento de su desnudez espiritual les proporciona vergüenza.
  3. Cobertura de hojas; procuran taparse, ya que tienen interna vergüenza de lo que han llegado a ser. Han perdido su inocencia.
  4. Huida de Dios: el sentimiento de culpa por haberle desobedecido les agobia y les hace esconderse del mismo Dios en el cual antes se habían deleitado.
  5. Temor; es impresionante ver que lo que motiva su temor no es el pecado que han cometido, sino la vergüenza que sienten por su desnudez: “tuve miedo, porque estaba desnudo”. Dios tiene que hacerles la pregunta: “¿Acaso has comido del árbol del que te mandé que no comieses?” para apuntar a su pecado.
  6. La disculpa del hombre; no siente, al parecer, pesar por su pecado. Irresponsablemente culpa a la mujer, aquella en la que antes se había gloriado (“¡carne de mi carne y hueso de mis huesos”!) y a Dios por haberla creado (“la mujer que me diste”).
  7. La excusa de la mujer; acusa a la serpiente; no está dispuesta a reconocer su propia responsabilidad.

En la manera que actuaron tanto Adán como Eva evidenciaron que algo trágico les había sucedido. Habían caído de la perfección en que habían sido creados. Ahora se ven cambiados, trastornados, víctimas de un nuevo tipo de ceguera.

EL PECADO ORIGINAL

Todos podemos identificarnos con Adán y Eva, pues, siendo descendientes de esta primera pareja, hemos salido manchados por el mero hecho de ser sus descendientes. En la teología se designa esta mancha como “pecado original”.

La frase “pecado original” se aplica, no al hecho del primer pecado cometido por seres humanos, sino al hecho de que todo descendiente de Adán y Eva ha heredado esta corrupción moral—esa innata tendencia de la voluntad hacia el mal. Se llama “original” porque se deriva de Adán, nuestro padre, raíz de la raza, por el cual pasa de generación a generación. Se llama “original” porque es la raíz interna traspasada a cada miembro de la raza que da origen a todo acto pecaminoso.

Esta raíz se manifiesta en dos aspectos: 1) La pérdida de aquella justicia original que disfrutaron Adán y Eva antes de pecar (es decir, nadie nace en inocencia al igual que Adán y Eva cuando fueron creados) y 2) La presencia activa de prácticas y hechos injustos, o pecaminosos en todos. Donde quiera que miramos en el mundo hay evidencia tras evidencia de la maldad innata en el corazón de cada ser humano.

Sin embargo, tú y yo no nos vemos malos, aunque hemos cometido el mal. Porque, como nos dice San Pablo, ”El dios de este siglo [Satanás] nos ha cegado el entendimiento” (2 Co 4:4). El pecado ciega. E igual que Adán y Eva, ¡cuántos no hay que vagan por el mundo ciegos en cuanto a su condición, muertos —igual que Adán y Eva— en sus delitos y pecados. No reconocen su propia responsabilidad. Culpan a otros por todo lo que hacen (véase 1 Co 2.14; 2 Co 4.4; Ef 4.18; Co 1.21).

SEPARACIÓN DE DIOS EQUIVALE A MUERTE

Vemos que nuestros primeros padres en un momento vivían bajo el favor de Dios, disfrutando de todos los beneficios con que él les había rodeado. Sin embargo, al desobedecer en tomar de la fruta prohibida, sufrieron un increíble cambio. Fueron echados de la presencia de Dios —expulsados del Edén. Como dice el profeta Habacuc acerca de Dios: “Eres demasiado limpio como para mirar el mal” (1:13). Porque pecaron, Dios se separó de ellos. Como les había advertido: “el día que comas de él, ciertamente morirás” (Ge 2:17). Adán comió, y él, como nuestro padre federal, nos impartió la misma condena, de separación de Dios a cuenta de nuestra relación con él.

San Pablo dice: “por la ofensa de aquel uno murieron muchos” (Ro 5.15). “Por la ofensa de uno reinó la muerte” (v.17). “La ofensa de uno alcanzó a todos los hombres para la condenación” (v.19). “En Adán todos mueren” (1 Co 15.22). “Porque todos pecaron y no alcanzan la gloria de Dios” (Ro 3.23).

Es así que a través de la Biblia la palabra “muerte”, en este sentido figurativo de separación de Dios, se usa para describir la condición espiritual de la humanidad que no ha venido al arrepentimiento y al conocimiento de Dios (véase Dt 30.15; Jer 21.8; Ez 18.21 ff,. 31 f; Lc 15.24; Jn 5.24; 8.51; 11.25; Ro 5.12-21; 1 Co 15.21; Ef 2.1, 5; Co 2.13; nótese que He 6.1; 9.14 declaran que aun las obras de justicia del hombre sin Dios son “muertas”, y Stg 2.17, 26 va un paso más allá para indicar que la “fe” de ellos es una fe muerta, si no se da a ver en una manifestación de vida visible).

LAS PROMESAS DE PERDÓN Y RESTAURACIÓN

A través de las edades los comentaristas bíblicos han apuntado a Génesis 3.15 como el “protoevangelio”. Proto quiere decir “primero”, así que apuntan a este texto como conteniendo el primer anuncio de perdón y restauración para el hombre caído:

Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu descendencia y su descendencia; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el talón.

Como que Dios se dirige a la serpiente, el texto se entiende al decir que habrá “enemistad” entre los que siguen a la serpiente y los que siguen a la “simiente” de la mujer, es decir, a Jesús. El Hijo, descendiente de la mujer (María), daría un golpe destructivo (heriría en la cabeza) a la serpiente, mientras que la serpiente le heriría en el talón a Jesús, significando la cruz. La herida sufrida por Jesús sería momentánea (en el talón), ya que resucitaría de entre los muertos para dar perdón y vida a los que en Él creyeran. La herida sufrida por Satanás (en la cabeza) significaba que, a causa de la muerte de Jesús por los pecadores, el poder de Satanás sobre los hombres sería vencido, y Satanás y su simiente serían destinados al infierno eterno (Ap 20.10).

Los analistas de este pasaje ven otras dos indicaciones muy sugestivas del perdón y la restauración provista por Dios.

El versículo 20 dice: “El hombre llamó el nombre de su mujer Eva”. “Eva” suena como la palabra hebrea que significa “vida”. De aquí interpretan que Adán se dio cuenta que por vía de la mujer vendría el Salvador que daría vida eterna.

El versículo 21 dice: “Jehová Dios hizo vestidos de piel para Adán y para su mujer, y los vistió“. De este texto, explican, se anticipa las enseñanzas del sacrificio de animales, que por todo el Antiguo Testamento representarían al Cordero de Dios que daría su vida por los pecadores.

References   [ + ]

1. Keil – Delitzsch, The Pentateuch, Eerdmans, p.96.