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En el túnel oscuro

Por Les Thompson

“Como las chispas se levantan para volar por el aire, así el hombre nace para la aflicción” (Job 5:7).

Supongamos que es verdad que “el hombre nace para la aflicción”. ¿Vendrá esa aflicción como consecuencia de la estupidez y terquedad humana? ¿O será que a la vida el hombre tiene que sumar una cantidad desconocida de dolores inmerecidos? Sea como sea, cada uno de nosotros tiene que enfrentarse a la realidad de la aflicción, aunque la modalidad de ésta cambie con cada persona. Como dijo Mateo Prior Solomon, “Quien respira sufre y quien piensa tendrá que llorar. Sólo feliz puede ser el que nunca nació.”

Pero el dolor tiene sus recompensas. ¿Podríamos saber lo que es la buena salud si no fuera por la experiencia de la enfermedad? Si pasáramos la vida sin aflicción, ¿qué sabríamos del gozo?

Ya que estamos pensando en esto cabe preguntarnos: ¿No hay ocasiones cuando la aflicción viene a consecuencia de lo que escogemos? Pensemos un momento en esa actividad humana que llamamos heroísmo. Colón podría haberse quedado en España sin tratar de realizar su incierto sueño de cruzar el Atlántico. Simón Bolívar se hubiese evitado mil dolores de cabeza si en lugar de soñar y aspirar a una patria noble se hubiera quedado en Santa Marta para disfrutar de los placeres normales de la aristocracia. Igualmente podríamos decir que Cristo no tenía por qué buscar una cruz para morir, podría haber esperado morir (mientras curaba a los enfermos y hacía el bien) como la mayoría… en una cama. El simple hecho de vivir extraordinariamente parece estar entrelazado con el dolor.

Sí, no hay duda de que el dolor es un problema. Al parecer, no importa dónde busquemos respuestas, no las encontraremos.

Antes de contestar veamos otro ejemplo, a Cristo Jesús en la hora de su dolor. Allí colgado, clavado cruelmente sobre la cruz. El sol inmisericorde lanza ese mediodía sus rayos ardientes sobre el cuerpo semidesnudo. Las moscas plagan la cabeza indefensa. Insultos y abusos llenan los oídos del santo mártir. Nadie viene a su socorro. Por fin desangra, y momentos antes de morir pregunta, como todo humano en la hora de crueldad: ¿Por que? (“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”).

En la búsqueda para encontrarle sentido al dolor no pequemos llegando sólo al Calvario. Tenemos que ir a la tumba de José de Arimatea, donde le enterraron. Junto a María Magdalena y a Juana, a María la madre de Jacobo, y a Pedro, y a Juan encontraremos la tumba vacía.

“A este Jesús resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos . . .” (Hechos 2:32, 38).

¿Cuál es la respuesta al dolor? En el caso de Cristo, el propósito grandioso de Dios es proveer para la ­humanidad perdón y salvación. En el caso mío y en el caso tuyo, Dios también tiene “una resurrección”, un propósito divino. En el momento de sufrir es difícil ver objetivamente los intentos de Dios. Pero, mirando hacía atrás empezamos a entender. ¡Cuántos no hemos descubierto que en medio de la aflicción Dios ha moldeado nuestro carácter! Nos ha dotado de compasión y entendimiento. Como nos explica San Pablo… “Si vienen aflicciones a nuestras vidas, podemos regocijarnos también en ellas, porque nos enseñan a tener paciencia.”

Llega la desgracia y angustiados preguntamos: ¿Por qué, Señor? Antes de atormentarnos desmedidamente, recordemos el pasado cuando esa misma tierra producía flores y viandas y exhibía hermosos paisajes. Como la vida humana, la naturaleza es esencialmente gozo, aunque interrumpido ocasionalmente por tormentas, sequías, terremotos, y otros desastres semejantes. Hombre y tierra somos creación de Dios. Aunque nos sea difícil creerlo, “todo cuanto sucede es para nuestro bien”.

Si nuestra vida es como un andar en tinieblas, recordemos que por muy oscuro que sea el túnel tiene siempre al final habrá una salida hacia la claridad del día