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El rey ha muerto

Como les venía diciendo…¡El rey ha muerto!
por Les Thompson

¡Qué día ese martes 30 de junio! Un amigo me comentó que la condena recibida por Bernard Madoff (el estafador que robó $65 billones a sus amigos) le recordaba el confuso encuentro de Alicia en el país de las maravillas con Humpty Dumpty (que en realidad era un huevo). Se mostraba muy firme y seguro de sí mismo, encaramado precariamente sobre aquel antiguo muro, pero de pronto, mientras Alicia se alejaba…

Humpty Dumpty se cayó del muro…
Humpty Dumpty se cayó muy duro
Ni la guardia civil, ni la caballería
Supieron cómo se reincorporaría…

Así pasó con Bernard Madoff, autor de la estafa financiera más grande de la historia que fue sentenciado a 150 años de cárcel. Al dictar el veredicto, el juez lo declaró culpable de un fraude “extraordinariamente malo”, tanto que sacudió la fe estadounidense en sus sistemas financieros y legales, causando “asombrosa pérdida” tanto entre ricos como entre pobres. Mientras tanto la nación observaba los acontecimientos con suspiros de alivio viendo la caída de este hombre que poco antes había sido venerado por sus proezas financieras.

Al considerar los eventos expuestos en la prensa y que guiaron a la condena de Madoff, ¿qué pensamientos acudieron a su mente? Por mi parte, soy un poco sentimental y no pude evitar ponerme en el lugar de ese criminal. ¿Cómo me sentiría yo si me sucediera eso mismo?

La mayoría de las personas tienen causales para ser juzgadas y condenadas (el apóstol Pablo dice que “todos han pecado…”). ¿Qué pasaría si tus pecados y los míos fueran llevados ante un tribunal? Estoy seguro —si hubiéramos podido hacerlo— que los habríamos borrado dondequiera que estuvieran. ¿Qué pasaría si la prensa nos hubiera perseguido sin tregua a cada uno de nosotros, como lo hizo con Madoff? ¿Qué habrían encontrado? ¿Qué pasaría si tanto nuestros amigos como nuestros enemigos hubiesen sido citados a comparecer como testigos en contra nuestra?

¡La mayoría de nosotros hubiéramos resultado acusados!

¡El hombre tiene una opinión muy alta de sí mismo y otra muy baja de su prójimo! Sin embargo, cuando mira a la humanidad objetivamente llega a tristes conclusiones. El ateísmo, el agnosticismo, el existencialismo, el nihilismo y hasta el humanismo, concuerdan en que el hombre es sólo un animal con cerebro y, por lo tanto, carece de un propósito relevante. El humorista Mark Twain lo expresa en esta forma: “Dios no sabe que nosotros estamos aquí y, si lo supiera, no le importaría”.

Por tanto, ¿sabrá Dios que Bernard Madoff fue condenado a 150 años de cárcel? ¿Le importará algo? Recuerdo que en uno de mis viajes, hace dos años, pasé por encima de Bolivia. Mientras el DC-3 se remontaba a miles de metros sobre los altos, helados y rocosos Andes, pude divisar unas cuantas chozas dispersas y a varios seres humanos pastoreando ovejas y llamas. Eso me llevó a reflexionar en que esa gente vive alejada de todo, arañándole una existencia mísera a aquellas escarpadas y desoladas montañas, y ganando apenas unos 100 dólares al año. Si a Dios no le importa eso, si lo desconoce, ¿por qué me ha de importar a mí? Total, el hombre no es nada, ¡sólo otro animal más!

Volviendo al caso de Madoff, consideramos de nuevo el juicio de ese delincuente de cuello blanco junto con todos sus ayudantes. Y pensamos: Si Dios desconoce eso, si no le importa, ¿por qué me ha de importar a mí? ¡El hombre no es nada! ¡Madoff no es nada! Y como la ciencia moderna afirma que el hombre no tiene ningún propósito útil, todo ese asunto del juicio, la acusación, la sentencia es sólo una absurda comedia existencial.

Los filósofos se han empeñado en enseñarnos que la palabra “pecado” está pasada de moda y que la moral es relativa; nos han animado a seguir nuestras divagaciones e inclinaciones particulares. Sin embargo, observando las reacciones de ellos mismos ante la moral de gente como Madoff, podríamos cuestionar su honestidad.

Según ellos los ciudadanos pueden y deben disfrutar de la vida —y olvidar su pasado puritano—, pero esos mismos ciudadanos esperan que sus pares vivan de acuerdo a los antiguos códigos. ¿Hasta dónde, entonces, puede llegar nuestra hipocresía? Como individuos normales podemos dejar atrás a Dios y a la moral; ¡ah! pero las figuras famosas, sin embargo, tienen que vivir bajo Dios y sus antiguos preceptos.

El juicio de Madoff es algo más que los intentos de los filósofos por evadir el pecado. Eso nos ha revelado el lado feo de la fachada humana, lo que quizás preocupa a todo pensador cristiano interesado en el rumbo que lleva el mundo. Si creemos en la Biblia y en preceptos como la pureza y la honestidad, Madoff nos incomoda a todos, como hijos pródigos que realmente somos. Nosotros también, como el joven de la parábola, nos sentimos perturbados en cualquier corral de cerdos. Por desdicha, no estamos todavía listos para regresar al Padre. Estamos aún alimentándonos de algarrobas y, en cierta forma, creyendo que nuestro ingenio va a hallar una solución para el problema de la inmoralidad que se extiende como una plaga a través del mundo.

Hace mucho tiempo, un hombre llamado David se miró a sí mismo y a la humanidad en general. Aparentemente no le gustó lo que vio, por lo que se volvió a Dios y le preguntó: “¿Qué es el hombre para que tengas de él memoria y el hijo del hombre para que lo visites?” A pesar de lo que el hombre pueda hacer en su peor momento, David sintió que Dios no sólo lo sabía sino que le importaba.

Jesús, por su parte, habló del valor del ser humano. Un día, hablando como si tuviera al mundo en una mano y al hombre en otra, declaró: “¿Qué aprovechará al hombre si ganare todo el mundo y perdiere su alma?” Por un lado, menciona el valor inestimable del hombre y, por el otro, indica su habilidad para perderse y degradarse a sí mismo en una forma total, su capacidad hasta para “perder su propia alma”. ¡Aquí está el asunto! Los pensadores modernos ven claramente el valor del hombre y su potencial, pero en cierto modo rehúsan admitir su capacidad para y propensión a cometer actos malvados.

De esa manera nos han hecho creer que sólo se trata de Madoff, sus compinches y otros cuantos tipos locos. El resto somos personas completamente normales… sin embargo, la Biblia afirma que “Todos han pecado”. Por tanto cada uno de nosotros será juzgado. Lo único que necesitamos ahora es una confrontación para que nos demos cuenta de esa realidad.

¡Imagínese usted formando parte de aquel decidido grupo! ¡Al fin encontraron a un verdadero pecador!, lo atraparon con las manos en la masa. Así que muy ufanos llevan ante un tribunal un montón de copias de las evidencias condenatorias enviadas por correo electrónico. Reúnen a los testigos; comienza el juicio. Sólo que, en esta ocasión el juez no es Chin (el magistrado asignado por el Presidente Obama para juzgar a Madoff); es Jesús, que despacha el asunto con estas palabras: “El que esté limpio de pecados, que arroje la primera piedra”. ¿No le recuerda esto el caso de la mujer adúltera? (Juan 8:1-11). ¡Imagínese que usted es uno de sus acusadores!

Observe de nuevo a esa pobre mujer convicta y desamparada. Imagínese ahora que usted ocupa el lugar de ella confundido, avergonzado, aterrorizado, indefenso. Ante usted se yergue como Juez el puro, sin mancha y santo Hijo de Dios. Usted espera la sentencia y, sin embargo, encuentra comprensión, amor, perdón. A Jesús —Dios encarnado— ¡sí le importa usted! Y en ese momento le otorga, como a la mujer desesperada, su divino perdón.

Tratemos ahora de reunir dentro de la perspectiva divina al mundo cristiano, a los pecadores en general, a Madoff con todos esos billones robados. ¿Le importará todo eso a Dios? ¿Tendrá noticias de ello? ¿Acaso Madoff, y otros tantos como él, no merecen la salvación? ¿Es que hemos pasado los límites del perdón? La solución a nuestros males, por pródigos que seamos, no es virar la espalda y dejar a Jesús solo con la mujer culpable (o con Bernard Madoff), como hicieron aquellos hombres hace tantísimo tiempo. Mucho más inteligente sería quedarnos con ella y pedir ser incluidos en ese perdón divino. Por ejemplo, si yo estuviera en el lugar de Madoff, quisiera tener a Jesucristo como juez. Como pecador que soy quiero estar donde estaba aquella mujer; culpable, sí, pero compareciendo ante el clemente Salvador. En otras palabras, podemos darle la espalda al Salvador y seguir por nuestro rumbo; pero nos iremos sin haber sido perdonados. El perdón, para que sirva, tiene que ser aceptado.

Vemos, quizás con sorpresa, que la mayoría de los estadounidenses quieren que Madoff y sus secuaces sufran todas las consecuencias del infierno en 150 años de cárcel. No obstante me parece que muchas de esas personas son los mismos que se burlan de la Biblia porque enseña que hay un infierno eterno para los pecadores no arrepentidos. Sin embargo, ahora dicen que el pecador (Madoff) debe pagar por sus pecados hasta el último día de su sentencia.

¡Qué bíblicos nos hemos vuelto! Eso es exactamente lo que Dios nos dice desde el Génesis hasta el Apocalipsis. El hombre ha roto los estatutos establecidos por Dios y, por lo tanto, merece ser condenarlo al castigo eterno del infierno. “Dios, incluye a Bernard Madoff por ha¬ber traicionado la confianza de sus amigos y abusado escandalosamente de sus conocimientos como economista. Él debe ser castigado, no sólo ahora, sino eternamente…” ¡Eso debe satisfacer a la muchedumbre que pide su cabeza!

Sin embargo, la Biblia no se detiene ahí. Nos dice que el castigo de Madoff ya ha sido impuesto. ¡Lo mismo que el de la mujer que fue encontrada en adulterio! ¡Lo mismo que el tuyo y el mío! Jesús, el Hijo de Dios, no queriendo que sufriéramos ese temible castigo, que merecíamos por nuestros pecados, sufrió en lugar nuestro y pagó por nuestras culpas. Y, ahora en calidad de Dios, ofrece a los hombres un perdón total y eterno.

“Es que yo soy como soy y hago las cosas que quiero”, decimos; también Bernard Madoff es como es e hizo las cosas que quiso, y tú eres como eres y haces lo que quieres; pero Dios, en su amor infinito, nos ofrece a todos la solución. No te excusa a ti, ni a Madoff, ni a la mujer adúltera ni a mí. Al contrario, decidió llevar sobre sí mismo tu pecado, el de ellos y el mío. Por tanto, de alguna manera considera que somos dignos de ese sacrificio.

Y al ver al hombre y todo lo que es capaz de hacer, comprendemos por qué el rey David preguntó: “¿Qué es el hombre para que tengas de él memoria y el hijo del hombre para que lo visites?” ¡Cuán felices nos debemos sentir al saber que Dios lo sabe todo… y que se interesa por cada uno de nosotros… y no solo eso, sino que lo demuestra otorgándonos un perdón eterno y total!