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El recado de un viejo pastor

 (Experiencias en el campo administrativo)
por Martín Añorga

Empecé mi pastorado relativamente joven. Tenía apenas veintitrés años de edad cuando me asignaron una iglesia. Recuerdo que después del primer domingo de predicación me sentí el hombre más feliz de la tierra; pero al despertarme el lunes, me vino la pregunta a la mente, “¿qué hago?”.

Descubrí bien temprano que si yo mismo no me administraba, mal podría administrar la iglesia. Hay que recordar el recado de Pablo a Timoteo: “si uno no sabe gobernar su propia casa, ¿cómo podrá cuidar la iglesia de Dios?” Mi primera meta fue la de determinar el mejor uso de mi tiempo. Un pastor no tiene ni jefe ni supervisores que le den una lista de las cosas que tiene que hacer, ni les marcan las horas de servicio en una tarjeta. En el seminario el sonido de una campana me despertaba, y de inmediato me internaba en un horario que se encargaba de determinar la manera en que tenía que vivir cada momento del día. En la parroquia no.

Un consejo que les doy a mis estudiantes cuando enseño un curso sobre administración tiene que ver siempre con lo que llamo las dos grandes tentaciones del pastor: el mal uso del tiempo y el mal uso del dinero. Aprendí ciertas cosas que me han sido muy útiles. Algo muy cierto, y la cita no es mía, es que “el tiempo es como las maletas, los espacios vacíos se llenan con cosas pequeñas”. Cada vez que un pastor amigo me dice “no tengo tiempo”, mi respuesta es señalarle que lo más probable es que no sepa administrarlo.

Mi sugerencia a cada pastor es que haga un itinerario para su vida. Hay que separar tiempo para la devoción, la lectura y el estudio, y después para entrevistas, reuniones, visitas a enfermos y hospitales, y hasta donde se pueda, visitas a los feligreses. Es necesario separar tiempo para atender la correspondencia personal y para instruir a la secretaria (si es que se dispone de estos servicios) acerca de sus deberes diarios. Y no asumir jamás una actitud negativa ante los hechos inesperados que suelen aparecer (y fíjense que no uso el vocablo “interrumpir”) en la vida cotidiana del pastor. He sido consciente siempre de que el ministerio espiritual conlleva muchas experiencias no programadas, las que al atenderlas nos ensanchan los límites de nuestras posibilidades de testimonio y servicio. Hay pastores que no saben el daño que hacen estas palabras: “no puedo atenderlo ahora. Estoy demasiado ocupado”.

En mi primer pastorado, en una ciudad de 40,000 habitantes y una congregación de no más de 150 personas, decidí dedicarle tiempo al evangelismo personal, a hacer contactos con individuos que no abrazaban la fe cristiana y a ofrecer servicios comunitarios desde la iglesia. Era fascinante ver como se me acababan los días sin que me molestara el tedio o la frustración. Conocí a dos personas que conducían una emisora local de radio y negocié con ellos que yo condujera un par de programas los fines de semana y que no me cobraran, pero que tampoco yo les pagaría.. A las dos semanas ya entrevistaba a chóferes de alquiler, amas de casa, estudiantes, y en fin, a cuantas personas se me ocurriera No tan solo la emisora aumentó su número de oyentes, sino que me quedé con una hora diaria de transmisión. Para usar más provechosamente mi tiempo, solicité un espacio para escribir comentarios en un semanario provincial. Me lo otorgaron y fue así que descubrí mi vocación de escritor, que hasta hoy subsiste. Parte de la administración del tiempo es buscar qué hacer. Les aseguro que fuera de la iglesia hay recursos y posibilidades disponibles para que las usemos para extender el contenido de nuestro ministerio.

Una vez que el pastor ordena su vida, puede sentirse capaz de ordenar la vida de la iglesia. Ese fue precisamente mi gran reto cuando en Miami, Dios me colocó al frente de una iglesia que crecía abruptamente con la llegada de centenares de refugiados políticos provenientes de Cuba. Descubrí entonces, casi después de doce años de previa experiencia, el secreto de trabajar con líderes de diferentes procedencias a quienes había que insertarlos en el trabajo de la iglesia. Voy a señalar tres realidades que aprendí.

Primero, el pastor tiene que aceptar a los demás como son. Eso no nos exime del privilegio de ir erosionando defectos ajenos, pero sin señalarlos como acusación ni permitir que se conviertan en obstáculos en el mejoramiento de nuestras relaciones. Aún las personas que parezcan ser menos dotadas tienen habilidades personales que pueden ponerse al servicio del Señor. Pudiera citar numerosos casos reales que ratifican esa aseveración, pero basta decir que en las iglesias hay actividades simples que podemos delegar: prender las velas, (donde se usen, por supuesto); repartir los programas, saludar a los visitantes, dejar en orden el santuario una vez terminadas las actividades, y la lista pudiera extenderse. Durante varios años disponíamos en la iglesia de tres autobuses que iban a buscar personas mayores para que pudieran participar de los servicios religiosos. No nos costó trabajo entrenar a seis chóferes para que sirvieran en este ministerio. Uno de ellos, que tenía formidable voz y sabía cantar preparó un coro de adultos de 21 voces: ¡eran los pasajeros de su autobús!

Segundo, el pastor debe ir descubriendo los dones y habilidades de aquellos a quienes puede involucrar en el trabajo de la iglesia. Yo soy un pastor que carece del don de la música, lo que me ha permitido apreciar de manera muy especial a los que lo tienen. En nuestra iglesia tuvimos coros de niños, de jóvenes, grupos musicales y coros de adultos, además de un impresionante desfile de solistas. Recuerdo que descubrí a varias personas que tenían una formidable voz para la radio y las invité a que me acompañaran a los espacios radiales de que disponía. Dos de estas personas fueron contratadas como profesionales en la emisora en la que yo conducía mis programas. Hoy día, cuando escasean las personas que sienten vocación pastoral, el futuro crecimiento de la iglesia depende mucho de los laicos. Los que estamos en posición de poder detectar, promover y convertir en servicio la vocación cristiana que existe entre los miembros de nuestras congregaciones hacemos un aporte efectivo y duradero en beneficio de las mismas.

Mantener un tarjetero personal en el que exista una lista de las profesiones y habilidades de las personas de la iglesia es un recurso extraordinario. Yo podía disponer, en un momento dado de nuestra iglesia, de carpinteros, electricistas, plomeros, farmacéuticos y médicos con tan solo marcar un número de teléfono. Logré tener tantos maestros y pedagogos en mi lista que invité a muchos de ellos a que se me unieran en la aventura de organizar una escuela parroquial. Ya teníamos establecido un eficiente centro de cuidado infantil. Surgió así “La Progresiva”, un colegio cristiano que ha alcanzado alto prestigio público a la vez que les ha forjado caminos de logros y rectitud a innumerables jóvenes.

Y tercero, aprendí a determinar objetivos con el asesoramiento de personas capacitadas que podían aportar sus ideas. En muchas de nuestras iglesias se desarrollan ministerios en los que no se determinan objetivos específicos. Se habla de evangelización, educación religiosa, trabajo entre niños y ancianos; pero no se pasa de las generalidades a lo concreto. Hay tres preguntas básicas que deben acompañar a un proyecto. ¿Cuándo y cómo empezamos? ¿Quiénes son los  responsables del mismo?, y ¿qué queremos conseguir?

Hay personas que tienen un mal concepto de los comités. Es cierto que algunas veces no trabajan y lo que hacen es complicar el trabajo de otros; pero no es que los comités sean de por sí infecundos, sino que suelen carecer de liderazgo y clara información de las responsabilidades a asumir y de un tiempo limitado para el cumplimiento de las mismas.

Hay iglesias en las que existe “un manual de operaciones”. En otras, quizás la mayoría, ni siquiera existe la idea de que sea útil la adopción de uno. En mi caso, cada año, en diciembre publicábamos una Memoria Anual en la que se detallaban los logros del año vencido y se señalaban las metas para el año entrante. Se publicaba la lista de comités de trabajo con los nombres de sus integrantes, y en un Servicio especial de Adoración se instalaban por medio de la oración y la imposición de manos. Nuestro propósito era el de enfatizar que el compromiso que se hace con el Señor y su iglesia no puede tomarse a la ligera. Muchos toman con cierta fragilidad las responsabilidades que asumen. Para ellos tiene que funcionar la ayuda pastoral, ejercida con amor y comprensión, nunca de forma autoritaria.

De veras que existe una gran diferencia entre una iglesia organizada y otra que no lo es. Debido a que cada congregación tiene su propia geografía y vive en medio de condiciones que le son peculiares, es necesario que el pastor desarrolle su liderazgo administrativo de acuerdo con las circunstancias dadas. Lo que nunca debe descuidarse en cada caso, es que el pastor y los que con él trabajan desempeñen sus funciones organizadamente, con un sentido vocacional de la administración.

Siempre las personas esperan respuestas muy concretas a sus preguntas. En cierta ocasión un pastor joven me pidió que le enumerara lo que para mí eran los principios básicos en la administración de la iglesia local. He rescatado de memoria la lista, y la comparto como epílogo de este modesto trabajo:

  1. Al llegar a una iglesia no cambie lo que funciona. Cambiar por el gusto de cambiar generalmente es un mal paso administrativo.
  2. Cuando considere un proyecto para la iglesia, llévelo a cabo en equipo. Si no hay respaldo, busque la manera de conseguirlo por medios persuasivos.
  3. Tenga en cuenta que todo programa o proyecto requiere varios pasos. Es muy importante determinar gastos, tiempo y objetivo. Siempre es una buena ayuda hacer revisiones periódicos del proceso en desarrollo.
  4. La vida de la iglesia es corriente continua. Cuando concluya un proyecto o consolide exitosamente un programa, planee nuevos retos y mantenga  la congregación en actividad y expectativa.
  5. Mantenga siempre informada a la iglesia. Aunque haya grupos de liderazgo, la congregación tiene derecho y necesidad de saber qué se hace, cómo se hace y qué se espera.