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El hombre y la gracia de Dios

Por David Legters M.

 

INTRODUCCIÓN

La gracia y la misericordia aparecen con mucha frecuencia juntas en la Biblia, pero son un poco diferentes en sus connotaciones. Gracia es recibir un bien no merecido; y misericordia es no recibir un mal merecido.

Veamos como ejemplo el juez perdonador. Se trata de un señor pobre, desempleado, y padre de familia, que desesperado por llevar algo a la casa entra a robar en una tienda. Para su mala fortuna lo descubren, lo arrestan y lo llevan ante un juez. El magistrado escucha su explicación, y se siente indignado porque el sistema social actual no ofrece a personas como ésta la oportunidad de ganarse la vida y cubrir en formas lícitas sus necesidades básicas. Tiene lástima de él y no le da la sentencia que merecía, sino que se la condona. A esto se le llama misericordia.

Pero además le ofrece una cantidad de dinero para ir de compras, aparte una bolsa de despensa para llevar a la familia, y ropa para los niños. Ahora el trato es de gracia, pues el señor no había trabajado para ganar estas cosas, simplemente al juez sintió en su corazón dárselas.

En el trato de Dios con nosotros hay ambas, misericordia y gracia. O sea que Dios no nos castiga como merecemos, por lo que nos trata con misericordia; y además nos colma de bendiciones sin par, tanto en lo espiritual como en lo material, y esto es por Su gracia.

La gracia en el A.T.

Algunos piensan que el A.T. habla de ley, y el N.T. es donde leemos sobre la gracia. Como si hubiera un pacto de obras en el A.T.; y otro pacto, el de gracia, en el N.T. No es precisamente así, puesto que el plan de Dios para la salvación del hombre es el mismo en todas las edades y siendo que Dios no cambia, tampoco su plan de redención va a cambiar. Su verdad es eterna, Sus decretos son eternos, Su amor es eterno, y Su fidelidad es para siempre. Por ello, desde el momento del primer pecado, Dios trata al hombre con misericordia y con gracia. Veamos:

  1. La palabra hebrea “hesed”

Esta palabra hesed ocurre unas 250 veces en el A.T. y se traduce de diferentes maneras, pues no existe una sola voz en el español que corresponda exactamente al sentido en hebreo. Mayormente se traduce como “misericordia” (como cuando el salmista dice “porque para siempre es su misericordia”, o Jeremías que dice “por la misericordia de Jehová nos hemos sido consumidos, porque nunca decayeron sus misericordias”, Lam 3:22); y en otras ocasiones se traduce como “amor” o “fidelidad”. La idea es la de un amor fiel, o un compromiso con la persona indicada.

  1. El “evangelio” en el A.T.

Los que dicen que no hay evangelio en el A.T. no han leído con cuidado la Biblia. Por ejemplo, no han leído Heb 3:16 al 4:2. ¿Sabías que a los israelitas en el desierto se les predicó el evangelio? Así lo dice Heb 4:2, “Porque también a nosotros se nos ha anunciado la buena nueva como a ellos; pero no les aprovechó el oír la palabra, por no ir acompañada de fe en los que la oyeron”. A nosotros se nos ha anunciado la buena nueva como a ellos, y ¿quiénes fueron ellos? Según los versículos mencionados fueron los israelitas del tiempo de Moisés.

También Abraham fue evangélico, pues él y su esposa recibieron el evangelio Gál 3:8 lo dice, “Y la Escritura, previendo que Dios había de justificar por la fe a los gentiles, dio de antemano la buena nueva a Abraham, diciendo: En ti serán benditas todas las naciones”. Eso de que dio de antemano la buena nueva, quiere decir, ¡lo evangelizó!

Un texto más y es Rom 4:3-6, que claramente enseña que Abraham y David fueron dos personas que fueron justificadas por medio de la fe. Abraham fue justificado y yo he sido justificado (declarado en buenas relaciones con Dios). ¿Sobre cuál base? Respuesta: Sobre base de la obra de Jesucristo, no la obra mía. Vean el verso 3, “Porque ¿qué dice la Escritura? Creyó Abraham a Dios y le fue contado por justicia”. Y lo mismo en el caso de David: “Como también David habla de la bienaventuranza del hombre a quien Dios atribuye justicia sin obras”. ¡Esto es evangelio! La justificación por medio de la fe, y solamente por la fe, ¡qué buenísima noticia fue para ellos (A.T.), y qué buenísima noticia para nosotros! Este es el mensaje del resto del capítulo 4, y en verdad de todo el N.T.  Dios ha provisto el camino de salvación.

  1. El testamento es de pura gracia.

El argumento de Heb 9 es que el sistema sacrificial del A.T. es superado y mejorado al venir Cristo a morir por Su pueblo. En los vv 15 y siguientes argumenta que el trato de Dios con el hombre es a través de un instrumento legal. En nuestra Biblia en español se usa la voz “pacto”, pero también “testamento” (vv 16-17), pues es como un último testamento en el que debe intervenir la muerte del testador para que tome efecto las promesas que en él se dan. En el griego es una sola palabra, “diatheke”. Entonces, aun cuando en el español se traduzca como “pacto”, se trata siempre de un testamento, pues como dice el v 22, “sin derramamiento de sangre no se hace remisión”. Bien, ésta ha sido la provisión divina desde el mismo primer pecado y no es otra cosa que la provisión de gracia.

Adán recibió el testamento, y lo recibió por gracia. Y así, todos los verdaderos creyentes en el A.T. entendían que el perdón y la comunión con Dios eran de primera instancia por la gracia de Dios, y no por otra cosa. Que tenían que guardar las cláusulas del testamento, ni hablar; pero, el que la iniciativa haya venido de Dios y las promesas con sus requerimientos también, todo fue por gracia. “No por ser vosotros más que todos los pueblos os ha querido Jehová y os ha escogido, pues vosotros erais el más insignificante de todos los pueblos; sino por cuanto Jehová os amó, y quiso guardar el juramento que juró a vuestros padres, os ha sacado Jehová con mano poderosa” Dt 7:7-8.

  1. Cristo en el A.T.

Hay otros tratados (por ejemplo, de Spurgeon) que señalan con tanta abundancia de detalle las maneras y los lugares en que el A.T. habla de, y apunta, a Cristo. Incluso Jesús con los discípulos en el camino a Emaús hizo lo mismo (Lc 24:27, “Y comenzando desde Moisés, y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decía”. ¡Cuánto diéramos porque hubiese tenido Cleofas una grabadora esa tarde!)

Pero si el testamento es el instrumento legal por el que Dios promete la bendición salvífica a sus elegidos, el Mediador de este testamento es su Hijo, nuestro Señor Jesucristo, el Profeta por excelencia; al que la voz del Padre desde el cielo se refiere cuando dice, “A El oíd”, el Sumo Sacerdote según el orden de Melquisedec, y el Rey de reyes. O sea, todos estos personajes del A.T., todas las instituciones, los eventos, y hasta las ciudades, tienen un significado típico de anticipación y sombra de una realidad futura que se cumpliría en el Mesías —Su persona y Su obra— tanto en su primera venida, como en su venida en gloria.

Cristo está en el A.T., y el que no lo ve, o está ciego o es testarudo. Toda la Biblia habla de un sólo plan de redención, y de un sólo Mediador y Salvador. Toda la Biblia habla de Cristo. El N.T. en el Antiguo está escondido; y el Antiguo en el Nuevo está revelado.

  1. La ley y la gracia

Hay diferentes aspectos de la ley, que son la ley ceremonial, la ley civil y la ley moral. Jesús enseña que hay aspectos que son de mayor importancia que otros, “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque diezmáis la menta y el eneldo y el comino, y dejáis lo más importante de la ley: la justicia, la misericordia y la fe. Esto era necesario hacer, sin dejar de hacer aquello”, Mat 23:23. Los conceptos de justicia, misericordia y fe vienen de pasajes como Miqueas 6:6-8, comparado con Mat 9:13 y 12:5-7, sobre la relativa importancia entre la ley ceremonial y la ley moral. Esta es la ley eterna y permanente, y la(s) otra(s) dependen de ella. Por ello la ley ceremonial caduca, y la civil puede variar, pero la ley moral nunca, pues ella refleja el carácter de mismo Dios, que nunca varía en su carácter. Y si Dios nos pide que seamos santos como Él, pues Él es santo, luego hay que obedecer siempre y por completo—la ley moral: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón… amarás a tu prójimo como a ti mismo”.

    1. La exigencia de la ley
      El carácter de Dios es básicamente de santidad. Dios habita en la santidad. Su santidad es la que caracteriza todo lo que Él es y lo que hace (ver el libro de Sproul, La santidad de Dios). Siendo así, los diez mandamientos no son otra cosa que el reflejo de Su santidad:

      1º mandamiento: la santidad de la persona de Dios
      2º mandamiento: la santidad del culto a Dios
      3º mandamiento: la santidad del nombre de Dios
      4º mandamiento: la santidad del tiempo de Dios
      5º mandamiento: la santidad de los representantes de Dios
      6º mandamiento: la santidad de la vida
      7º mandamiento: la santidad del matrimonio
      8º mandamiento: la santidad de la propiedad privada
      9º mandamiento: la santidad de la verdad
      10º mandamiento: la santidad del corazón.

    2. La provisión de la ley (¡shhhh! es la gracia!)
      El problema es cómo cumplir. Más bien, es qué hacer porque no podemos cumplir. ¿A qué o a quién recurrir? Esta es la maravilla de la ley, que no sólo exige, sino que también provee para cuando se falla. La ley mantiene elevada la norma, pero también la ley provee del camino para retomar la relación cuando ésta se rompe. ¿Cómo? ¿Dónde? ¿Por qué? Mediante el perdón. La ley provee el perdón para todo pecador. Por ello, Noé puede ser calificado “justo” (Gén 7:1), e inclusive Lot (2 Ped 2:7-8). El momento culminante en el ceremonial mosaico era el Día de la Expiación y la provisión está en Lev. 16. Hay dos chivos que representan uno el sacerdote oficiante y el otro al ofrendante, al pecador arrepentido. Del primero se derrama la sangre, para limpieza del sacerdote. Y el segundo chivo es para confesar sobre él los pecados del pueblo. ¿Por qué el segundo chivo? Respuesta: ¡Porque no podía resucitar al primero! De modo que hay 2 sacrificios, uno muerto y uno vivo. El segundo chivo, que lleva sobre sí los pecados pronunciados sobre él, es llevado al desierto y allí se pierde. “Cuanto está lejos el oriente del occidente, hizo alejar de nosotros nuestras rebeliones”, Sal 103:12. Los pecados así son ¡perdonados y olvidados!¡Gracias a Dios por su provisión! La culpa ha sido removida, la comunión restaurada. ¡Es pura gracia! Gracias al sustituto, tengo remisión y santificación. La ley me la da, ¡pero es de pura gracia! Por eso, hasta a Lot Pedro lo llama “el justo Lot”. Por eso, yo también puedo ser “el justo David”. Tengo a Cristo como mi sustituto y lo que Él hizo por mí fue pura gracia.

Principios de la gracia divina

Yo aquí sugiero algunas reflexiones, breves, por las limitaciones del tiempo. Te sugiero que sigas reflexionando y estudiando la Biblia, a fin de aumentar estos conceptos con muchos otros más.

(Un acróstico)

Gratis
Renovadora
Antigua
Costosa
Irresistible
Aumentable

Gratis, porque a mí y a ti no nos cuesta un centavo, ni nos cuesta una gota de sudor. No depende de nuestro esfuerzo, es un obsequio ofrecido de puro amor.

Renovadora, porque sana y da vida. Purifica nuestra conciencia, renueva el gozo, renace la esperanza, “Vuélveme el gozo de tu salvación, y espíritu noble me sustente”, Sal 51:12.

Antigua, porque no es sólo del N.T., sino también desde la caída original de Adán y Eva en el huerto del Edén (como se menciona anteriormente).

Costosa, porque aun cuando gratis, sí tuvo un precio. A mí no me costó, pero a mi Señor Jesús sí. Le costó su propia vida, su preciosa sangre que derramó por mí. Costo más alto que la vida del unigénito Hijo de Dios no puede haber.

Irresistible, porque es soberana. La iniciativa es siempre de Dios, pues nosotros estamos (o estábamos) muertos en nuestros delitos y pecados, y en un estado de rebeldía contumaz en contra de su autoridad y su honor. No lo quería yo a él, hasta que un día me ofreció su testamento de amor. Cumplió en mí lo profetizado por Jeremías, “Pero este es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice Jehová: Daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón; y yo seré a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo”, (31:33). Otro profeta (Ezequiel), lo explicó así, “Esparciré sobre vosotros agua limpia, y seréis limpiados de todas vuestras inmundicias; y de todos vuestros ídolos os limpiaré. Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pongáis por obra”, (36:25-27). Esto es lo que ha hecho en mí, y lo sigue haciendo. ¡Es iniciativa suya! Es pura gracia. ¡Es irresistible!

Aumentable, porque la Biblia también nos exhorta a crecer en la gracia. Tengo, pues, que entender que yo nunca he de merecer los favores de los que soy objeto. Nunca debo creerme más de lo que soy: un pecador salvado por la gracia. Eso y nada más. Si algo puedo hacer para él, siervo inútil soy, sólo lo que debía hacer es lo que hice. Que él me sostenga, me ame, me use, me cuide, me provea, me consuele, etc., etc., yo no lo merezco. Es pura gracia, todo de gracia y siempre gracia.

 

Antes bien, creced en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. A Él sea gloria ahora y hasta el día de la eternidad. Amén.” (2ª Pedro 3:18)