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El hombre ante la presencia De Dios

VISIO DEI

Introducción

San Agustín de Hipona: “Señor, has declarado que nadie puede ver tu rostro y vivir. Permíteme entonces morir para que pueda verte”. 

¿Cómo será ese bendito y glorioso día cuando por fin podamos ver a Dios?

Cuando niño tenía sobre mi cama tenía dos letreros:

Este libro de guardará del pecado;
El pecado te librará de este libro.

Tu, Dios, me vez.  (Era luminoso y me infundía terror. La razón: nuestro pecado)

Otro dicho de San Agustín: “Oh Dios, Tu nos has creado para ti mismo: y nunca descansaremos hasta descansar en ti”.

Nuestra búsqueda

El objeto de nuestro insaciable deseo es Dios, aunque no lo queramos reconocer. El Salmista lo expresa así: “Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas, así clama por ti, o Dios, el alma mía. Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo” (Salmo 42:1).

Por no reconocer que es a Dios a quien buscamos, vivimos en un perpetuo vacío. Procuramos llenarlo con dinero, sexo, deporte, placer, poder, y fama. La pobreza y la miseria nos llevan a pensar que si sólo llenáramos nuestro cofre con plata entonces conoceríamos la alegría y el gozo, escapando la congoja de ese persistente vacío.

Pero aun ganando la lotería encontraríamos que la posesión de dinero —aún mucho dinero— no lo llenaría. También la capacidad humana para amar nos puede llevar en busca del placer sexual.

Luego de una y otra —o numerosas conquistas— ­descubrimos que el vacío parece más profundo todavía.

Quizás pensemos que como persona no se nos da un merecido reconocimiento. Allí debe de estar la plena satisfacción. Con motivo de ganarla nos obligamos a extremados sacrificios.

Al fin lo logramos, sólo para descubrir que ni con fama ni con adulación podemos matar ese algo interior que clama insistentemente ser satisfecho. Visitamos una cantina. De lejos oímos las risas y las voces y la música de los que aparentan saber vivir. Al acercarnos y mirar las caras, parecen todas desoladas. La risa que a la distancia parecía genuina ahora se oye hueca, y el hablar forzado y tedioso.

Los que bailan se ven aburridos, cansados ya de esa rutina diaria. El licor, sumando al ambiente un estupor artificial, pareciera —junto con la incesante música estrepitosa— tapar la insensatez del placer forzado. Pero no se logra. Se parecen todos a niños perdidos en un espeso bosque, personas ni felices ni buenas, cuyas sombras crean sus propios fantasmas. ¿Gozo? ¿Alegría? ¡Jamás! Ese vacío profundo y atormentador persiste.

El trabajo, la comida, el vestir a la moda, el viajar, alguna afición o pasatiempo, inclusive todos los fascinantes entretenimientos de la tecnología moderna nos sirven para distraernos un rato, pero cuando menos lo esperamos surge la pregunta omnipresente: ¿Es esto todo lo que significa la vida? La vida bajo el sol es toda “vanidad de vanidades” (Ec. 1:9) Hay algo más, algo que en la ofuscante niebla de lo desconocido se nos escapa.

“O Dios, tú nos has creado para ti mismo, y nunca reposaremos hasta descansar en ti”.

¡Cuán exactas son estas palabras de San Agustín! Es por Dios que clama lo más íntimo del ser.

Textos que hablan de “ver a Dios”

Ver a Dios en esta tierra es imposible

No podrás ver mi rostro; porque no me verá hombre y vivirá” (Ex. 33:20).

A Dios nadie le vio jamás” (Jn. 1:18).

—Moisés logró ver sus “espaldas” (Ex. 33 y 34)
—Isaías su trono (Is. 6)
—Ezequiel su gloria (Ez. 1:26-28)
—Juan su Hijo glorificado (Ap. 1:9-20)
—Pablo su cielo (2 Co. 12:4)

Pero Dios —”que habita en luz inaccesible“— se ha mantenido invisible.

Textos como:

Hebreos 11:27
Éxodo 3:6 y 24:9-11
Jueces 6:22 y 13:22
Números 12:8

Muestran que el invisible Dios se dio a conocer, y que el hombre puede tratar con él y conocer sus atributos. Pero:

Más allá del privilegio de andar con él (Ge. 5:24)
De hablar con él “cara a cara” (Nu. 12:8)
De tener comunión con él (Sl. 25:14)
De disfrutar de su amistad (Sg.2:23)

Desde el día en que Adán pecó, Dios no ha revelado su rostro a hombre alguno.

¡Sí le veremos! La promesa de Cristo

El Señor Jesucristo … a su tiempo mostrará el bienaventurado y solo Soberano, Rey de reyes, y Señor de señores, el único que tiene inmortalidad, que habita en luz inaccesible; a quien ninguno de los hombres ha visto ni puede ver, al cual sea la honra y el imperio sempiterno” (1 Tm. 6:15, 16). En el cielo por fin sí “¡le veremos tal como él es!” (1 Jn. 3:2) 

En ese día no habrá impedimentos
“Entonces le veremos cara a cara” (1 Co. 13:12).