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El Cristo resucitado nos hace felices: Juan 10:19-20

TEXTO: “…y cuando les hubo dicho esto, les mostró las manos y el costado, y los discípulos se regocijaron viendo al Señor” (Juan 20:20)

LECTURA BIBLICA: Juan 20:19-29

ORACION POR LA OFRENDA: Nuestro Padre celestial, ayúdanos a adorarte en espíritu y en verdad en este día. Haz que nos concentremos en las cuantiosas bendiciones de la vida. No permitas que nos quejemos de las circunstancias. Ayúdanos a recordar que tú soportaste penurias e incomodidades, afrontaste peligros, y por último diste tu vida para que toda persona que crea en ti pueda tener vida, y está en abundancia.

Te rogamos hoy que nos guíes al ofrendar nuestro dinero. Reconocemos que tú nos has dado salud y fuerza para obtener los bienes materiales. Con nuestros diezmos reconocemos que todo lo que tenemos te pertenece. Con nuestra ofrenda adoramos tu nombre y anhelamos que por el uso que se le dé muchos puedan llegar a conocerte.

Pedimos esto en el nombre de aquel que es Señor de todos, Cristo Jesús. Amén.

INTRODUCCIÓN: En el tercer año del ministerio de Jesús llegó un viernes fatídico. Por espacio de tres años Jesús había ministrado a los seres humanos. Durante este tiempo los dirigentes de los judíos trataron de matarlo. Finalmente lograron sus propósitos utilizando falsas acusaciones. Los judíos conspiraron con las autoridades romanas y Jesús murió en una cruz. Después de su muerte, muy pocas personas se sintieron contentas. Pilato, el gobernador-romano, sufrió crisis de remordimiento; sabía que había permitido que un hombre inocente fuese crucificado. Los soldados romanos supieron, antes que el espíritu dejara el cuerpo del Señor, que alguien más que humano había muerto aquel viernes. Quizás Herodes había tratado de borrar la memoria de Jesús con una noche de bacanal, pero Jesús persistía en su conciencia haciéndole desgraciado. En cada miembro del sanedrín, también, la conciencia acuciaba. Los peregrinos, cansados y malhumorados, volvieron a sus hogares después de la fiesta de la Pascua. Pero probablemente los más infelices en Jerusalén después de aquel viernes fueron los discípulos de Jesús, pues su Mesías había muerto en una cruz.

La noche del domingo que siguió a aquel viernes, el Cristo resucitado vino a estos desalentados seguidores, desilusionados y tristes. Después de su visita, dice la Biblia, “los discípulos se regocijaron viendo al Señor” (Juan 20:20). Se regocijaron porque el mismo Jesús que había muerto ahora los visitaba en forma viviente. Su amigo más querido había vuelto de la tumba.

La experiencia de los abatidos discípulos con su Señor resucitado puede significar mucho para los seguidores de Jesús en el día de hoy. A menudo las circunstancias de la vida nos entristecen, perro un Señor resucitado entre nosotros puede hacer que nos regocijemos. Lo que realmente cambió las cosas para los discípulos del primer siglo fue no un relato de la resurrección sino un Cristo resucitado. No fue el anuncio de su resurrección sino su aparición en persona. Veamos algunas de las maneras en que Jesús puede alegrar a sus discípulos hoy en día.

I. EL SEÑOR RESUCITADO QUITA NUESTROS TEMORES

Las circunstancias de la vida nos inquietan. Después de la crucifixión los discípulos se reunieron atemorizados en un aposento alto. Distintos sucesos en la vida hacen que los creyentes en Cristo tengan temor. Este temor adopta muchas formas. Tememos el futuro, la posibilidad de perder el empleo, el hecho de envejecer, la enfermedad, la crítica, los problemas desconocidos, la muerte, y tantas cosas más.

El miedo trae consecuencias negativas. Los discípulos no podían cumplir la voluntad de Cristo mientras les agobiaba ese temor. El temor nos priva de nuestra máxima eficiencia, nos conduce a pensamientos negativos. El temor produce mayor temor. Nos debilita y nos hace más vulnerables a lo mismo que tememos.

El Cristo resucitado puede quitar todos nuestros temores. Fue a un grupo de hombres llenos de pánico que Jesús dijo: “Paz sea a vosotros” (Juan 20:19b). Jesús nos da valor interior para enfrentamos a nuestros temores. La voluntad de recibirle trae la compañía del Señor y nos da coraje en presencia del miedo.

II. EL SEÑOR RESUCITADO DESARROLLA NUESTRA FE

Ningún discípulo es una persona perfecta. Aunque estos hombres habían vivido en estrecho contacto con Jesús durante tres años, su fe era débil. Jesús les había hablado en muchas ocasiones acerca de su resurrección, pero ellos no creían. Estaban llenos de dudas. Todo creyente tiene una fe inmadura. Necesitamos continuamente ir desarrollándonos para alcanzar el carácter del Maestro. Los discípulos de hoy a menudo dejan de valerse de algunas de las promesas positivas que nuestro Señor hizo.

La fe crece con cada nuevo encuentro con el Señor y Jesús ayudó a los discípulos del primer siglo visitándoles.

Esos encuentros con el Cristo resucitado les hicieron crecer. Para que nosotros, los creyentes modernos, desarrollemos nuestra fe, debemos encontrarnos diariamente con el Señor resucitado.

Los tiempos de duda más bien que destruir la fe la hacen crecer. Porque Tomás dudó, creció. Los discípulos estuvieron más convencidos de la realidad de Jesús al cabo de tres días de dudas. Cuando los creyentes pasan por períodos de duda resultan más fuertes seguidores de Cristo.

III. EL SEÑOR RESUCITADO REVELA EL FUTURO

La desesperación con respecto al futuro se apodera de muchas mentes. Quizás el tema de la conversación de los discípulos en el aposento alto haya sido acerca de lo que les traería el futuro. Se habían rendido al hecho de que la muerte física era el fin; sus mentes estaban llenas de desesperación en cuanto al porvenir. Hace algunos años los arqueólogos que excavaban los cementerios romanos notaron que casi todas las lápidas llevaban grabadas siete letras: NF F NS NC. Estas son las iniciales de las palabras que formaban cuatro breves frases bien conocidas en el mundo romano: Non fui. Fui. Non sumo Non curo, que significan: Yo no era. Yo fui. Yo no soy. No me importa. Algo parecido a estos sentimientos llenaba a los discípulos.

El Señor resucitado revela un futuro glorioso al mostrarse vivo. Había sido postrado por la muerte, pero ahora se detiene ante los discípulos mostrándoles las señales de los clavos: se había levantado victorioso del reino tenebroso de la muerte. Revela que porque él vive, todo seguidor suyo también vivirá.

CONCLUSIÓN. ¿Has hallado gozo en medio de las circunstancias penosas del mundo de hoy? No podrás encontrar felicidad fuera del Señor resucitado. Busca su presencia hoy y permite que Jesús traiga la felicidad a tu vida. ¡Cristo está aquí! Él espera que estés dispuesto a recibirle. Como hizo con sus discípulos la noche de aquel primer domingo, él puede hablarte y disipar tus temores, desarrollar tu fe y revelarte un futuro victorioso y glorioso después de la muerte.