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El Cordero de Dios y la certeza de salvación

por George Cutting

Varios pasajes bíblicos identifican al cordero de la Pascua (Éxodo 12) con Jesús, nuestro Cordero de la Pascua por excelencia. El apóstol Pablo, por ejemplo, hace una identificación explícita cuando escribe a los corintios:

“Vuestra jactancia no es buena. ¿No sabéis que un poco de levadura fermenta toda la masa? Limpiad la levadura vieja para que seáis masa nueva, así como lo sois, sin levadura. Porque aun Cristo, nuestra Pascua, ha sido sacrificado” (1 Corintios 5:6-7).

También, Juan el bautista hizo la misma identificación:

“Al día siguiente vio a Jesús que venía hacia él, y dijo: He ahí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29).

Sabemos que la muerte de Jesús tomó lugar durante la fiesta de la Pascua (Marcos 14; Juan 19). Curiosamente, al igual que se prohibía quebrar los huesos del cordero pascual, los soldados no le quebrantaron las piernas a Jesús tal como les hicieron a aquellos crucificados junto a Él (compare Éxodo 12:36-37 y Juan 19:31-37). De manera que aun en ese detalle se establece la identificación.

Ahora, en el libro de Éxodo encontramos las instrucciones para la primera pascua:

“Y el SEÑOR habló a Moisés y a Aarón en la tierra de Egipto, diciendo: Este mes será para vosotros el principio de los meses; será el primer mes del año para vosotros. Hablad a toda la congregación de Israel, diciendo: El día diez de este mes cada uno tomará para sí un cordero, según sus casas paternas; un cordero para cada casa. Mas si la casa es muy pequeña para un cordero, entonces él y el vecino más cercano a su casa tomarán uno según el número de personas; conforme a lo que cada persona coma, dividiréis el cordero.

“El cordero será un macho sin defecto, de un año; lo apartaréis de entre las ovejas o de entre las cabras. Y lo guardaréis hasta el día catorce del mismo mes; entonces toda la asamblea de la congregación de Israel lo matará al anochecer. Y tomarán parte de la sangre y la pondrán en los dos postes y en el dintel de las casas donde lo coman. Y comerán la carne esa misma noche, asada al fuego, y la comerán con pan sin levadura y con hierbas amargas. No comeréis nada de él crudo ni hervido en agua, sino asado al fuego, tanto su cabeza como sus patas y sus entrañas. Y no dejaréis nada de él para la mañana, sino que lo que quede de él para la mañana lo quemaréis en el fuego. Y de esta manera lo comeréis: ceñidos vuestros lomos, las sandalias en vuestros pies y el cayado en vuestra mano, lo comeréis apresuradamente. Es la Pascua del SEÑOR. Porque esa noche pasaré por la tierra de Egipto, y heriré a todo primogénito en la tierra de Egipto, tanto de hombre como de animal; y ejecutaré juicios contra todos los dioses de Egipto. Yo, el SEÑOR.

“Y la sangre os será por señal en las casas donde estéis; y cuando yo vea la sangre pasaré sobre vosotros, y ninguna plaga vendrá sobre vosotros para destruiros cuando yo hiera la tierra de Egipto. Y este día os será memorable y lo celebraréis como fiesta al SEÑOR; lo celebraréis por todas vuestras generaciones como ordenanza perpetua” (Éxodo 4:1-14).

Basado en esto, George Cutting se imaginó cómo habrá sido el sentir en las casas de los israelitas durante la pascua original en egipcio. De esas tensas circunstancias dicho autor saca a relucir principios aplicables a nuestros tiempos contemporáneos. Disfrutemos entonces y aprendamos de su escrito.

Antes de buscar el versículo que veremos con cuidado, y que habla acerca de cómo el creyente puede saber que tiene vida eterna, permítanme citarlo de la manera distorsionada en la que a menudo la presenta la imaginación torcida del hombre:

Estas felices emociones, os he dado a vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna.

Ahora, abra su Biblia, y mientras compara eso con la inmutable Palabra de Dios, pida que Él le conceda el poder decir junto con David: “Aborrezco a los divididos de mente, empero amo tu ley” (Sal 119:113). El pasaje citado de manera incorrecta es el versículo 13 del capítulo 5 de la primera epístola de Juan, y lee así en nuestra versión: “Estas cosas os he ESCRITO a vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que TENÉIS VIDA ETERNA” [énfasis del autor].

¿Cómo sabían los primogénitos de Israel que estaban seguros la noche del juicio de Egipto? Visitemos dos de esos hogares y escuchemos lo que hablaban. En la primera casa descubrimos que todos estaban preocupados y temblando atemorizados. Les preguntamos por qué estaban así. El primogénito nos informó que el ángel de la muerte pasaría por allí, y que no sabía cómo estarían las cosas con él cuando llegara ese terrible momento. “Cuando el ángel devastador haya pasado nuestro hogar”, dijo, “y la noche de juicio termine, entonces sabré que estoy seguro, pero no sé cómo puedo estarlo por completo hasta entonces. Los que viven en la casa contigua dicen que están seguros de su salvación, pero nosotros creemos que presumen. Por mi parte, lo único que puedo hacer es pasarme la triste y larga noche esperando que ocurra lo mejor”.

“Bueno”, preguntamos, “pero ¿no ha provisto el Dios de Israel una manera para salvar a Su pueblo?”

“Claro que sí”, respondió el primogénito, “y nosotros la aprovechamos. Con un hisopo rociamos la sangre de una ovejita primeriza —sin mancha ni defecto, y de un año de edad—, en el dintel y los dos postes laterales, aunque todavía no tenemos certeza de protección”.

Dejemos ahora a estos temerosos personajes y entremos en el hogar de los vecinos. ¡Qué contraste tan impresionante! Sus rostros brillan de gozo. Están listos para salir y con el cayado en la mano, mientras saborean el cordero asado. ¿Qué significará todo ese júbilo en una noche tan solemne como esa? Como si leyeran nuestros pensamientos, nos dijeron: “Ah, solo estamos esperando la orden de avanzar del SEÑOR, y entonces le diremos adiós al afán de Egipto y al látigo cruel del amo”.

“Pero, esperen un momento, ¿olvidan que esta es la noche del juicio de Egipto?”

“Bien lo sabemos; pero nuestro primogénito está seguro. La sangre ha sido rociada de acuerdo al deseo de nuestro Dios”.

“También la casa del lado fue rociada”, respondemos, “pero ellos están tristes porque no saben si saldrán bien de esto”.

“Ah”, responde el primogénito con firmeza, “pero tenemos más que la sangre rociada, tenemos la Palabra inerrante de Dios. Él dijo: ‘Y cuando yo vea la sangre pasaré sobre vosotros’. Dios descansa satisfecho con la sangre rociada por fuera, y nosotros descansamos con Su Palabra por dentro”.

La sangre rociada nos da seguridad. La Palabra hablada nos da certeza. ¿Puede algo darnos más seguridad que la sangre rociada, o proveernos más certeza que Su Palabra hablada? Nada, absolutamente nada.

Ahora, permítame hacerle una pregunta: ¿Cuál de estas dos casas piensa que era la más segura? ¿La primera, donde todos estaban ansiosos, o la segunda, donde estaban gozosos? ¿Piensa que la segunda donde todos estaban felices? No, entonces está equivocado. Ambas eran igualmente seguras. Su seguridad depende de lo que Dios piensa de la sangre rociada, y no del estado de las emociones de los habitantes de las casas.

Entonces, si quiere estar seguro de su propia bendición, no escuche el testimonio inestable de las emociones, sino el testimonio inerrante de la Palabra de Dios: “De cierto, de cierto os digo: El que cree en mí, TIENE vida eterna” (Jn 6:47, énfasis del autor).*

*Traducido y adaptado de “Safety, Security and Enjoyment, The Knowledge of Salvation”, por George Cutting, Journal of the Grace Evangelical Society, pp. 39-41.