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El Chisme

por el Rev. Martín N. Añorga

Es curioso que La Biblia le dedique más espacio al tema del chisme que a muchos otros asuntos aparentemente de más importancia. “La gente chismosa todo lo cuenta; la gente confiable sabe callar”, se dice en el libro de los Proverbios, y otra cita que resulta actual, aunque carga sobre sus lomos miles de años, es ésta: “el hombre perverso levanta contienda, y el chismoso aparta a los mejores amigos”.

El chisme no es simplemente un “pecadillo” de insensatos habladores, es daño que destruye valores ajenos, confunde a gente ingenua, diluye relaciones afectivas y siembra dudas insensibles sobre personas que merecen respeto y cordialidad.

“Si alguno se cree religioso, pero no refrena su lengua, sino que engaña a su propio corazón, la religión del tal es vana”, se afirma en la epístola bíblica de Santiago. El chisme es como un fuego, que empieza con una simple llama y se extiende, convirtiéndose en un incendio arrasador. El problema es que al chisme no se le condena como pecado, sino que muchos lo manejan como un inofensivo entretenimiento. Asesinar a una persona es un crimen que conlleva serios castigos. Se trata de convertir en cadáver a un ser humano; y aunque el chisme no mata, destruye la integridad de personas inocentes, que siguen viviendo, pero con una mancha de traición que les traspasa el alma. Hemos conocido casos en los que adolescentes se han suicidado debido a que los han convertido en víctimas de chismes absurdos y groseros. El que inventa o propaga chismes se equipara a un asesino, peor que el que usa armas, porque lo que hace el chisme es matar caracteres, destruir la integridad ajena y humillar impunemente a los demás. Aunque no conocemos ni el origen ni el autor de este interesante diálogo, queremos compartirlo por lo esclarecedor que es en cuanto a la nociva práctica del chisme:

“El joven discípulo de un sabio filósofo llega a casa de éste, y le dice: ‘oye, maestro, un amigo tuyo estuvo hablando de ti con malevolencia…’.
-¡Espera!. -lo interrumpe el filósofo-, ¿ya has hecho pasar por las tres rejas lo que vas a contarme?”
-¿Las tres rejas?
-Sí, la primera es la verdad. ¿Estás seguro de que lo que quieres decirme es absolutamente cierto?
-No. Lo oí comentar a unos vecinos.
-Al menos lo habrás hecho pasar por la segunda reja, que es la bondad. Eso que deseas decirme, ¿es bueno para alguien?
-No, en realidad no. Al contrario …
-¡Ah, vaya!. La última reja es la necesidad. ¿Es necesario hacerme saber eso que tanto te inquieta?
-A decir verdad, no.
Entonces dijo el sabio, sonriendo, “Si no es verdadero, ni bueno, ni necesario, entonces enterrémoslo en el olvido”.

“Las palabras del chismoso son como bocados suaves, y penetran hasta las entrañas”, se afirma en el libro de los Proverbios. El silencio oportuno es una virtud en la medida en que nunca son necesarias las palabras inoportunas. Hay que aprender a callar. El poeta mexicano Amado Nervo dijo que “el que sabe callar es siempre el más fuerte”. “Cuando se comete una indiscreción, creemos que nos libramos de ella recomendando a otro que sea más discreto de lo que nosotros mismos hemos sido”, es una sensata expresión de Jules Renard. ¿Cómo le vamos a decir a otro “no lo repitas”, si somos nosotros los que estamos diciéndolo? Pitágoras, el sabio filósofo griego de hace 2,500 años lo dijo muy bien de forma irónica: “Más le vale a un hombre tener la boca cerrada, y que los demás lo crean tonto, que abrirla y que los demás se convenzan de que lo es”.

De acuerdo con el etimólogo Corominas el vocablo “chisme” procede del latín Cimex Icis que significa “niñería” o “cosa despreciable”. Debemos tener en cuenta que “el chisme no tiene que ser falso para ser maligno, hay mucha verdad que no debe ser pasada alrededor”, según afirmó Frank A. Clark, que añadió que “un hábito es algo que hacemos sin pensar, lo que explica que siempre seamos esclavos de alguno”. Los que consideran simplemente el chisme como un hábito, no se dan cuenta de que un hábito no es lo que uno hace porque quiere, sino lo que está obligado a hacer por su falta de voluntad. Poca distancia hay entre hábito y vicio, ambos se dan la mano generalmente para convertir en abúlicas a personas que han renunciado a ser pensantes. Disfrazar de hábito lo que es impertinente y nocivo para otros es una manera de rebajar nuestra integridad dañando la de los demás. El chisme no es un hábito, es una ausencia de virtud.

Hay ciertas expresiones que nos indican que estamos ante la presencia de un chisme. Cuando alguien nos dice: “A mí no me lo creas, pero ….” lo mejor es reaccionar diciendo si no puedo creerte, no me lo digas. Cuando alguien empieza una oración con estas palabras “por ahí andan diciendo que ….”, detenla, porque los rumores son el mejor disfraz con el que se disimulan los chismes. Al ser humano, generalmente, le encanta tener acceso a los secretos de las otras personas. El chisme azuza nuestra curiosidad y suele proveer una sensación de raro placer el que descubramos que los demás son como nosotros mismos.

Fernando Díaz Plaja, el extraordinario escritor español dijo que “el chisme es como un espejo, con la ventaja de que el chismoso cuando se mira en el mismo lo que ve son los defectos ajenos”. Tenemos que haber oído a los que se ufanan de sus virtudes a expensas de las imperfecciones de sus amigos. Cuando nos comparamos con otros siempre la ventaja está de nuestra parte. El chisme viene a ser como una dimensión del orgullo y de la vanidad. En el evangelio según San Lucas, Jesús, por medio de una parábola define a un fariseo: “el fariseo, puesto en pie, oraba para sí de esta manera: Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, estafadores, injustos, adúlteros … yo ayuno dos veces por semana y doy el diezmo de todo lo que gano”. Una oración como esta se quedó trabada en las telarañas del techo. El fariseo era un chismoso compulsivo: todo el mundo es malo, menos él, por eso enumera los pecados de otros y exalta su supuesta santidad. Esa es precisamente la mecánica del chisme. Es bueno que meditemos en las palabras de la primera epístola de San Pedro: “el que quiere amar la vida y ver días buenos, refrene su lengua del mal y sus labios no hablen engaño”.

En estos tiempos el chisme cuenta con muy favorables escenarios. El teléfono es un vehículo preferido y manoseado por los chismosos. No hace mucho nos llamó una señora, prominente en una congregación religiosa, y en su conversación empezó a mencionar las faltas de algunos líderes cristianos a los que ella les asignaba determinadas faltas. La interrumpí tan pronto tomó ese camino, y le dije: “mejor que criticarlos es orar por ellos y hablarles frontalmente de los cambios que deben insertar en sus vidas”. Si es que el chismoso cobra conciencia de los males ajenos, debiera dedicarse a remediarlos, no a publicarlos.

Hoy día tenemos los mensajes de texto, las comunicaciones cibernéticas y páginas como “Facebook” y otras. Son instrumentos para promover la comunicación; pero lamentablemente se han convertido en avenidas propicias para el chisme, la calumnia, la intriga y la perversa diversión de la denuncia falsa y destructora.

Debo concluir diciendo que el chisme no es un pecado exclusivamente femenino, es también practicado por los hombres. Todos los seres humanos estamos inclinados a la murmuración, la calumnia y el chisme, prácticas infames que siempre engendran penas, disensiones, innecesarias separaciones y agudos resentimientos. Lo mejor, para terminar, es citar este bello pensamiento pletórico de sabiduría, “el que guarda su boca y su lengua, su alma libra de angustias”.