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Diez “no” y un “sí”

por Martín Añorga

Para muchas personas la religión no es otra cosa que una serie de prohibiciones. Hace unos días escuché a un joven que le decía a otro estas palabras:

—Entre mi casa y mi iglesia no me dejan tranquilo con tantos “no hagas es­to” y “no hagas aquello… ”

¿Será cierto que la fe cristiana se re­duce a una insoportable colección de pro­hibiciones? Desde que éramos niños nos enseñaron los Diez Mandamientos y es cierto que cada uno de ellos comienza con un certero NO, pero reducir el cristianismo a estas diez famosas leyes es desconocer el sentido de la prédica de nuestro Señor Jesucristo.

Los Diez Mandamientos fueron dados al pueblo judío en los momentos en que comenzaban a formarse como na­ción independiente y necesitaba, por tan­to, una legislación que estableciera nor­mas para la conducta personal y colectiva. Todos los pueblos tienen sus leyes. Las leyes establecen tanto lo que es legal ha­cerse como determinan lo que no es legal­mente permisible. Todos nosotros, no tan sólo en el hogar, sino también en la es­cuela, en el trabajo y en la sociedad hemos de atenernos a lógicas prohibiciones. A nadie se le ocurriría, a menos que fuera un delincuente, volverse contra las leyes de su país porque éstas contengan prohi­biciones que, al fin y al cabo, sólo con­vergen hacia el bien de todos.

Los Diez Mandamientos son leyes que, si bien es cierto reflejan la forma­ción moral y religiosa de un pueblo, re­flejan también en un sentido mucho más amplio la voluntad de Dios para el género humano. Dios, quien es nuestro Hacedor, tiene derecho a decirnos lo que no debe­mos hacer y a encomendarnos lo que sí debemos hacer. Pretender negarle este de­recho es una rebeldía, que en el orden social denominaríamos anarquía y que en el orden espiritual llamamos, sin rodeos, pecado.

Sin embargo, hay una gran diferencia entre los Diez Mandamientos y cualquier otro tipo de legislación. Quien transgre­de una ley se convierte en un delincuente a quien la sociedad, en aras de salvaguar­dar su integridad, tiene que aplicar un castigo. Los Diez Mandamientos, con sus normas religiosas y éticas, son un espejo en el que nos vemos como pecadores; pero al transgresor de estas leyes Dios le ofre­ce más que la posibilidad de un castigo, la experiencia de un Salvador.

El cristianismo no es, por tanto, una colección de prohibiciones, sino la expe­riencia personal de una redención. Nadie va a Cristo por el camino de una legis­lación. Uno sólo es capaz de cumplir las leyes de Dios cuando está en Cristo. A la luz de una experiencia personal con Cristo la obediencia a los diez Mandamientos se convierte más que en un preámbulo, en una consecuencia.

El joven cristiano no se abstiene de rendir culto a dioses falsos porque se lo prohíban, sino porque halla gozo en su adoración al único y verdadero Dios. No se abstiene del delito de matar porque someta su naturaleza a una obligación negativa, sino porque ha llenado su corazón de un generoso amor para todos sus semejantes. No es adúltero porque se le impida serlo con una prohibición rotunda, sino porque ha llenado su mente de limpieza y su corazón de sentimientos bellos y rectos.

A la luz de la comunión con Jesús no hay prohibiciones que molesten, sino ener­gía creadora que nos hace actuar como seres verdaderamente libres. Con Cristo eludimos el mal, no porque nos lo envuel­van en una adusta prohibición, sino porque hallamos gozo y paz en hacer voluntariamente lo que es bueno.

Para muchos jóvenes, claro está, los Diez Mandamientos pueden lucir algo re­moto. Suelen mirar con desconfianza a la iglesia porque la asocian con “No fumes” o con un “No bailes” … La iglesia tampoco es este No. Un joven cristiano puede proclamar a toda voz esta verdad:

—Yo no fumo, no porque no pueda fu­mar, sino porque puedo no fumar. No es que no pueda beber licores, es que puedo no beberlos.

La iglesia, con todo un millar de leyes, no podrá jamás prohibirnos algo que Cris­to mismo no nos haya hecho vencer. El cristianismo no es un mundo enredado de leyes y normas, es un encuentro per­sonal y redentor con Jesús. Cristo ha ve­nido a fortalecer nuestra voluntad, a ordenar nuestra inteligencia, a limpiar nuestros corazones. Cuando le entregamos nuestra vida no tendremos que enfren­tarnos con prohibiciones hostiles. Esta­remos por encima de todo lo negativo afirmando nuestra vida en la vocación invariable del bien.

Cuando alguien pidió a Jesús que men­cionara el mandamiento más importante de la ley, la respuesta de Jesús fue ésta:

Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente“. Este es el más importante y el primero de los mandamientos. Y el segundo es parecido, y dice: “Ama a tu prójimo como te amas a ti mismo“. Estos dos mandamientos son la base de toda la ley de Moisés y de las enseñanzas de los profetas.

Es claro que Jesús convirtió los diez famosos “NO” del Antiguo Testamento en el “SÍ” más sonoro de toda La Biblia.

Ama a Jesús, entrégale gozoso tu vida y disfruta con gozo de la presencia serena de Dios. Esto es Cristianismo, Cuando aprendas así tu fe, tendrás una vida cristiana alegre y feliz.