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Día de las Madres: Mi triste flor blanca

por el Rev. Martín Añorga

Una linda muchachita – a punto de graduarse de la secundaria-, me decía con tristeza en su tierno semblante de adolescente, que quisiera que no existiera el Día de las Madres. “Me duele mucho”, explicaba, “tener en el pecho una flor blanca en tanto que casi todos mis amigos y compañeros lucen con orgullo una flor roja”.

La flor blanca del mes de mayo es probablemente el más elocuente símbolo de la desolación. Sobre el vestido de una persona anciana quizás refleje más la nostalgia y la añoranza de los años idos; pero sobre el traje de un niño o de un joven en plena adolescencia refleja un profundo sentimiento de angustia y frustración. Las madres no deben morir hasta que seamos viejos; pero el diseño de la creación no nos pertenece, así que no tenemos otra alternativa que de la de aceptar los inapelables veredictos de Dios.

A mí me tocó prender mi primera flor blanca del ojal de mi chaqueta cuando estaba entrando en los sesenta años; pero no por eso fue menos dolorosa mi experiencia. En “La Progresiva” conocí a varios niños huérfanos para quienes la ausencia de sus madres era como una espada que les traspasaba. La flor blanca – he pensado siempre – colocada sobre el pecho de un niño es como una queja con perfume o un puñado de lágrimas convertidas en pétalos.

Hace años les pedí a los niños que se congregaban cada viernes para escuchar mi plática semanal en el colegio, que escribieran algunos pensamientos acerca de las madres y que después los compartieran en clase.  No recuerdo la mayoría de lo que produjeron los muchachos; pero jamás he olvidado a un jovencito cuya madre había muerto abatida por los dolores del cáncer. “Dicen que mi mamá murió y yo hasta  la vi en la funeraria; pero es mentira, ella sigue viviendo en mi corazón”., escribió Víctor.

Pasaron quizás unos dieciocho años y un día reciente me encontré con Víctor en el pasillo de un hospital. Me dijo que era oncólogo y que en nombre de su madre había decidido ayudar a todas las personas enfermas de cáncer. Este joven, quien cuando tenía apenas diez años soportó el dolor de ver morir a su madre ha convertido la flor blanca en su insignia de médico y sus tristezas infantiles en el esfuerzo grande de salvar vidas.

Recuerdo también a Carmen. Cuando la conocí era una mujer de veintitantos años que estaba totalmente dedicada a cuidar a su madre, quien sufría de diversas enfermedades y entre éstas de un incipiente desorden mental. Cuando celebrábamos el Día de las Madres en la iglesia, Carmen iba acompañada de su mamá hasta que se lo permitieron las circunstancias.  La mamá de Carmen murió en sus setenta años y su hija única se destruyó emocionalmente de forma tal que hubo que internarla para tratamiento psiquiátrico en un hospital. Por varios meses invertimos esfuerzo y esperanza en la recuperación de Carmen. Cuando regresó a su casa una amiga le llevó de regalo un jarrón lleno de rosas rojas y lo rechazó, gritando que para ella solamente existían las flores blancas.

No he olvidado las flores blancas de Carmen, una mujer que gastó su vida en aras de la de su madre. Nunca más Carmen volvió a compartir con su familia de la iglesia, se acogió a su dolor y se internó en un oscuro rincón para rociar de lágrimas el transcurso de sus años.

Hay dos maneras de llevar una flor blanca: la de Víctor y la de Carmen. Yo siempre que predico en el domingo dedicado a las madres me hago – y comparto con otros -, la siguiente pregunta: ¿Cómo querría mi madre que yo estuviera hoy?. En cierta oportunidad un hombre, corpulento y elegante, se me acercó después de un servicio religioso dedicado a las madres y me dijo que a pesar de que trataba de ocultarlo, él era un alcohólico. “Si mi madre viviera de seguro que estaría sufriendo horriblemente. Usted me ha hecho pensar que no debo continuar haciéndola sufrir después de muerta”. Este señor, un respetable comerciante y un ejemplar cristiano, acudió en procura de ayuda profesional y hoy día se coloca sobre su pecho, con orgullo de vencedor, la sugestiva flor  blanca.

No hay que llevar la flor blanca con desconsuelo ni incomprensiones. La flor blanca no proclama la ausencia insalvable, sino que señala la separación temporal. Quienes lucen la brillante rosa roja sobre el pecho anuncian que sus madres están vivas en la tierra. Quienes lucimos la blanca flor testificamos que nuestras madres están vivas en los cielos.

Yo nací antes de que mi madre cumpliera diecisiete años, así que pude disfrutarla joven, carismática y alegre hasta el día en que le correspondió terminar la caminata de su vida. Mi flor blanca es un canto de gratitud a Dios por su bendición de conservármela a lo largo de mis ya abundantes días. Y si he dicho  que es triste, es porque el color blanco, símbolo de la pureza y de la inocencia, siempre tiene para mí connotaciones nostálgicas.  Pero quiero confesar que la tristeza de mi flor blanca es bonita. Me recuerda la preferencia de mi madre por las mariposas, flores símbolos de mi patria. Todas las tardes pasaba frente a mi casa de niño un vendedor de mariposas que dejaba varios ramos en las inquietas manos de mi madre. La flor blanca me recuerda la noble sonrisa de mi madre, la pureza de sus sentimientos y la limpieza de sus actos de bondad.

Estamos celebrando el mes de las madres. Los cementerios acogerán a miles de peregrinos cargados de flores y de lágrimas, y los hijos olvidadizos se acordarán de manera muy especial de las ancianitas que deslizan resignadamente su vejez en asilos o lugares de retiro. Habrá muchos hijos y muchas hijas que se prenderán del pecho el semblante entristecido de una flor blanca, y otros que solo saben lucirlas de color rojo una vez al año. Es mucho mejor tener muertas a madres que honramos con nuestras vidas, que tenerlas como muertas mientras viven.

En el Día de las Madres: los que prendan de sus corazones la flor roja, háganlo con orgullo legítimo y con amor ofrendado diariamente a sus madres. Quienes luzcamos la flor blanca, hagámoslo con gozo y devoción.

Las madres nunca mueren: unas viven en la tierra, otras en el cielo.