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De la Ira a la Violencia

Jesús le dijo: Vuelve tu espada a su lugar;
porque todos los que tomen espada, a espada perecerán.
Mt. 26:52 (47-52; 5:38-48); Ro. 12:17-21.

No digas: Yo me vengaré;
Espera a Jehová, y Él te salvará.
Pr. 20:21.

 

ESQUEMA

1. La espiral de la violencia.

2. Jesús y los zelotes.

3. El amor a los enemigos.

4. Una nueva cultura de la paz.

CONTENIDO

Según el Evangelio de Mateo, Jesús, cuando fue prendido, rechazó el recurso de Pedro a las armas, argumentando que quien empuña la espada muere por la espada: Pero uno de los que estaban con Jesús, extendiendo la mano, sacó su espada, e hiriendo a un siervo del sumo sacerdote, le quitó la oreja. Entonces Jesús le dijo: Vuelve tu espada a su lugar; porque todos los que tomen espada, a espada perecerán. Desde luego, el apóstol Pedro podía haber alegado que se trataba de un caso de legítima defensa, de esos que aceptaría una moral clásica. Sin embargo, el argumento de Jesús fue que la violencia desata una lógica interna que termina por destruir al mismo que la ejerce.

1. La espiral de la violencia.

Cuerno de cabra, una película búlgara no demasiado conocida, propone un argumento que pretende ilustrar esta espiral de violencia. Una mujer casada madre de una niña pequeña es violada y asesinada por tres desalmados. A partir de tal acontecimiento, el marido y padre de la pequeña vive sólo con el único objetivo de vengar la muerte de su esposa, de modo que educa a la niña para que le ayude a llevar a cabo dicha venganza. La adiestra en el manejo de las armas. Se prohíbe a sí mismo toda ternura hacia ella, y trata de eliminar en su hija cualquier rasgo de feminidad y debilidad. Cuando se acerca el día de cumplir con su propósito, el padre descubre que su hija se ha enamorado de un muchacho. Enfurecido, prende fuego a la choza donde yace dicho joven, pero ella se arroja y mucre con él por amor. El padre desesperado rescata a la muchacha pero ya demasiado tarde. Sube con el cadáver de su hija en los brazos hasta la cumbre de una montaña y allí, entre sollozos mudos, llora su propia soledad, la pérdida de su hija y la frustrada vida de ambos, marcada por la temible espiral de la violencia.

Jesús dijo: ¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus polluelos debajo de las alas, y no quisiste! He aquí vuestra casa os es dejada desierta (Mt. 23:37-38). La soledad es una de las consecuencias de la violencia. Ésta posee una especie de lógica cancerígena. La espiral de la violencia hace que quien mata a hierro, muera también a hierro de una u otra forma.

2. Jesús y los zelotes.

Pero no pensemos que esto aclara o facilita el tema de la violencia. Jesús, que fue un no violento radical, que no fue un zelote y que de hecho rompió con los zelotes —esto es lo que probablemente provocó la traición de Judas— no se nos presenta allí donde esperaríamos encontrarle. Incomprensiblemente, Jesús aparece, a pesar de todo, más cercano a los zelotes que a otros grupos teóricamente menos violentos del Israel de entonces. ¿Por qué?

Es probable que en el grupo de los doce discípulos hubiera más de un militante del zelotismo. Entre las numerosas críticas que contienen los Evangelios, ninguna se dirige contra los zelotes violentos. El blanco de las denuncias de Jesús suelen ser siempre los fariseos, el partido nacionalista de Palestina, y en el terreno social, los ricos de su tiempo. Quizás porque para el Maestro había algo más radicalmente inhumano que el ejercicio de la violencia. Jesús se fija, sobre todo, en aquellos que aunque no cometían directamente actos violentos visibles, se apropiaban del beneficio generado por la violencia.

Como distinguía el cantante Raimon en una de sus letras, hay manos de los que matan, …sucias y manos finas que mandan matar. Aún podemos encontrar a aquellos que aunque no manden matar, saben capitalizar muy bien la violencia y la sangre en provecho propio. Estos eran precisamente los fariseos: los que en Jerusalén se presentaban ante el pueblo como antitromanos encendidos, pero ante Roma esgrimían como arma la violencia de los otros, para presentarse como la única solución y cobrarse así los intereses. Esta ambigüedad política y moral, este doble lenguaje, es lo que Jesús no tolera.

El Señor cree que al mal no se le puede vencer a base de fuerza, sino sólo a base de bien. Sabe que toda victoria que no sea la de la convicción degenera necesariamente en imposición, y que la imposición crea infaliblemente sentimientos de opresión, y el sentimiento de opresión suministra argumentos y motivos psicológicos para una nueva rebelión. Este círculo es fatídico e irrompible si no optamos, de entrada, por colocarnos fuera de él.

El Evangelio de Jesucristo condena la violencia, porque toda violencia engendra nueva violencia. Desde esta óptica, el enemigo no dejará de ser enemigo porque se le venza, se le coaccione o se le aniquile en lo físico, sino sólo porque se elimine de raíz su enemistad. Es posible que, a veces, el comportamiento de Cristo, en relación a la violencia, pueda parecernos contradictorio: Oísteis que fue dicho a los antiguos: No matarás; y cualquiera que matare será culpable de juicio. Pero yo os digo que cualquiera que se enoje contra su hermano, será culpable de juicio; y cualquiera que diga: Necio, a su hermano, será culpable ante el concilio; y cualquiera que le diga: Fatuo, quedará expuesto al infierno de fuego (Mt. 5:21-22). Jesús lleva el precepto de no matar hasta la radicalidad de condenar al que llama “tonto” a su hermano.

Sin embargo, en otras ocasiones, Él mismo usa la violencia verbal y llama a sus hermanos: “hipócritas”, “generación de víboras” y “sepulcros blanqueados”. El mismo el Maestro que clamó contra sus enemigos: Ay de vosotros escribas y fariseos…, fue también quien —ya sin voz— pronunció a favor de sus enemigos aquel: perdónalos porque no saben lo que hacen. Esta actitud, aparentemente contradictoria, tiene una explicación bien simple: Jesús parece ser agresivo cuando la injusticia o la necesidad de defensa afectan a los demás, pero se vuelve no resistente cuando le afectan a Él mismo. Semejante doble medida, según se trate de los demás o de sí mismo, es el criterio que atraviesa todos los Evangelios, y en esta doble actitud es donde entra ya en juego la radicalidad máxima de la no violencia evangélica: el amor a los enemigos.

3. El amor a los enemigos.

Puede que en el mundo de hoy estas palabras de Jesús suenen a utopía irrealizable, pero, si queremos ser fieles al mensaje evangélico, no tenemos más remedio que reconocer que toda la vida de Jesús, y la de los primeros cristianos, pregona la misma cosa: es mejor dejarse matar por una causa justa, que matar por ella. Tenemos el ejemplo de Esteban, el primer mártir cristiano que murió por su fe, perdonando a los que lo apedreaban (Hch. 7:59-60).

La moral cristiana ya no puede ser la del Antiguo Testamento; nuestro código actual no son las tablas de la ley convertidas luego en los diez mandamientos, sino el sermón de la montaña y, especialmente, las bienaventuranzas. Cuando esto no se ha entendido así, el Cristianismo se ha deformado generando un dios de la violencia que no es el Dios revelado en Jesucristo. El resultado no ha podido ser más desastroso para la historia: Inquisición, cruzadas, guerras santas, reconquistas, muertes y más muertes de inocentes, en nombre de la defensa de la fe, olvidándose de que matar es injustificable en cualquier caso.

4. Una nueva cultura de la paz.

Por tanto, ¿qué podemos hacer?, ¿luchamos contra los violentos que nos acosan, contra el terrorismo, contra los que nos agreden de cualquier forma, o nos quedamos con los brazos cruzados y aprendemos a morir estoicamente? El apóstol Pablo les dijo a los romanos: No os venguéis vosotros mismos, amados míos, sino dejad lugar a la ira de Dios; porque escrito está: Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor (Rom. 12:19). No creo que el camino sea la venganza, es decir, responder al daño con otro daño igual o superior. Ni razonar así: “¡como los terroristas han matado a 5.000 inocentes, vamos nosotros ahora a matar a 10.000 inocentes más!” Ese no es el camino. Como escribió el profeta Isaías, la verdadera paz sólo puede ser fruto de la justicia (y el efecto de la justicia será paz, Is. 32:17).

Es cierto que hay que encontrar a los culpables y hacer justicia. Pero, a partir de ahí, conviene empezar a tomar medidas sabias para que la violencia no tenga lugar. Vivimos en un mundo enormemente agresivo, que es el fruto de una cultura que nos ha educado más para la confrontación y la competitividad, en todos los terrenos de nuestra vida, que para la convivencia y la solidaridad. Pero la paz que nos trae Cristo no es como la que propone el mundo, sino que brota del amor, incluso a los enemigos, lo que supone una conversión radical en el corazón de cada hombre y una transformación de las estructuras sociales y políticas existentes.

Los cristianos estamos aquí para fomentar una nueva cultura de la paz, y, para conseguirlo, más que vencer con violencia o agresividad, hemos de “con-vencer”, que es lo mismo que vencer con el otro y llegar al acuerdo mutuo. Es decir, vencer los dos juntos, salir ganando los dos a la vez. Es verdad que se ha de hacer justicia a los violentos, pero también tenemos que luchar por erradicar la miseria y el hambre del mundo, y por eliminar las dramáticas diferencias entre el Norte y el Sur. Esto no se va a conseguir arrasando pueblos, masacrando a víctimas inocentes, ni devolviendo proyectil por proyectil. Se ha de buscar un nuevo orden económico mundial y una solución pacífica a los conflictos, por la vía del diálogo político.

Marx dijo que la violencia era la que daba luz a la Historia, pero la Biblia afirma que Dios aborrece al que ama la violencia (Sal. 11:5). El defensor del pueblo negro en los Estados Unidos, el pastor bautista, Martin Luther King, poco antes de morir asesinado, escribió en su último artículo estas palabras: Si todos los negros americanos se dedicasen a la violencia, yo seguiría siendo la voz solitaria que les diría: os equivocáis de camino para conseguir el triunfo de vuestra causa justa.

En pleno siglo XXJ, y ante la inquietud que existe por la amenaza del terror mundial, estas palabras continúan señalando el camino que debemos seguir: No devolviendo mal por mal, ni maldición por maldición, sino por el contrario, bendiciendo, sabiendo que fuisteis llamados para que heredaseis bendición (1 P. 3:9). Después de hacer justicia, hay que construir todo lo que ha sido destruido. Bendecir es también restaurar el bien, donde éste había sido erradicado por el mal.