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Cónyuge, jalando juntos

Introducción a la Teología del Matrimonio

por el Dr. Gerald Nyenhuis Hendrichse

EL MATRIMONIO COMO ORDENANZA DE LA CREACIÓN

Un enfoque cristiano sobre el matrimonio tiene que tener como punto de arranque la doctrina bíblica de la creación, esto lo aprendemos de Jesús mismo. Cuando los fariseos le preguntaron (Mat. 19:1-6, cf. Mar. 1 0:5-9) acerca del divorcio, una pregunta que a fuerza implica al matrimonio, Jesús respondió refiriéndose a las ordenanzas de la creación. La base de su argumentación es el hecho de la creación, con la idea de que todo lo creado, por el hecho de ser creado, tiene que ver con los propósitos del Creador. La naturaleza de todo lo creado está determinada por el Creador; por eso, la naturaleza del matrimonio también está determinada por el Creador. A esto se refiere Cristo cuando dice: “Él que los hizo al principio, varón y hembra los hizo”.

Para tener conocimientos sobre la creación del ser humano, tenemos que ir a los primeros capítulos de la Biblia, a Génesis 1:26-3; y 2: 7, 15-25. Estos son los textos a los que se refiere Jesús cuando responde a los fariseos. Tenemos que estudiarlos si queremos captar el pensamiento de Jesús sobre el matrimonio.

Si en cuanto al matrimonio, Jesús nos remite a la creación, tenemos que entender que el matrimonio tiene que ver con la naturaleza del ser humano. Lo primero que dice la Biblia sobre el ser humano es que su esencia es ser la imagen y semejanza de Dios. Lo dice con mucho énfasis: en 1:26 expresa su intención para hacerlo, y en v.27 se reporta que así lo hizo. El dato así se repite, haciéndolo resaltar. Se requeriría un largo tratado para examinar toda la importancia que tiene la imagen de Dios para el matrimonio. Aquí nada más nos importa mencionarla y estudiarla con más detalle en otro momento. Sin embargo, debemos notar que solamente el ser humano se casa. No se habla así de ninguna otra criatura. Los animales, los pájaros y los peces no se casan, pero el ser humano, sí. Esto se debe a que solamente éste último está creado a la imagen de Dios.

Todo esto nos hace pensar que el matrimonio no tiene que ver en primer lugar con la reproducción. Los animales, los pájaros y los peces también se reproducen, aunque no se casan. El matrimonio tiene que ver con la realización de la naturaleza humana como la imagen de Dios; y que en cuanto al ser humano, aunque incluye la reproducción, no es idéntica a ella.

La sexualidad del ser humano es parte de la creación y, por eso, parte de su naturaleza. El realizarse como imagen de Dios requiere del ser humano una actitud hacia su sexualidad que corresponda a las reveladas intenciones de Dios en cuanto al matrimonio. Esto requiere del ser humano un estudio de la Palabra de Dios en cuanto a la vida matrimonial, pero no solamente eso, requiere también el estudio de la sexualidad humana como una creación de Dios. Esto es necesario especialmente hoy en día cuando hay tantas personas que estudian la sexualidad como que si no fuera la creación de Dios, como si Dios nada tuviera que ver con ello.

Los que entran en el matrimonio, y los que ya están en este estado, deben concebirlo como algo “sagrado” por ser una “ordenanza de la creación”. Es el estado en que nos realizamos como seres creados a la imagen de Dios, de acuerdo con las normas puestas por Dios mismo, en su Palabra y en su propia creación. Decimos “sagrado”, no en el sentido místico, sino en el sentido de que es de Dios, le pertenece a Dios, tal como nosotros le pertenecemos a Dios. El matrimonio no es algo que podemos arreglar como queramos, sino tenemos que vivirlo de acuerdo con la intencionalidad de Dios, plasmada en su revelación, especial y general.

EL MATRIMONIO COMO PACTO

Si Dios nos ha hecho a su imagen, ¿Cómo puede ello incluir al matrimonio? preguntan algunos, pues Dios nunca se ha casado. Aunque la afirmación parezca normal y correcta, debemos examinarla mejor. ¿Será cierto que Dios nunca se ha casado? Por supuesto, no hablamos de ello como si Dios hubiera ido al registro civil, con testigos y documentos, o si más tarde se hubiera presentado en la iglesia para cumplir con la ceremonia acostumbrada. Sin embargo, Dios mismo se presenta en la Biblia, su especial auto-revelación, como casado, o por lo menos, como marido. Hay muchos textos bíblicos que nos permiten afirmar esto: ver, por ejemplo, Isaías 54:5; Jer 3:14; Oseas 2:16, 19-20. Este último texto es especialmente interesante: en v. 16, se emplea la palabra “Ishi” [mi marido], y en vv. 19 y 20, se emplea la expresión “te desposaré” [me casaré contigo]. Otro texto interesante es Isaías 62: 4, donde nuestras Biblias ponen las palabras en el Hebreo, sin traducirlas. “Hefsibá” y “Beula” [“en ti me deleito” y “desposada”], dos términos que tienen referencia directa al matrimonio. Vemos, entonces, que en el lenguaje de la Biblia, Dios tiene esposa, que es su pueblo, y Él mismo se ha desposado con ella.

Esto nos transmite conceptos sobre la naturaleza del matrimonio que son indispensables si hemos de entender el matrimonio tal como Dios nos lo presenta en la Biblia. Cuando Dios usa esta manera de hablar, quiere que su pueblo entienda que la relación entre Él y su pueblo es la de un pacto. Un pacto es un compromiso por palabra. Dios se comprometió con su pueblo por medio del pacto. El pacto es su compromiso y así se lo comunicó a su pueblo. Este compromiso que llega a ser mutuo, ya que su compromiso con nosotros nos compromete, es la base de la relación que llamamos pacto.

Este compromiso es una liga inquebrantable, ya que Dios, quien hizo el compromiso, es fiel. Dios, en su Palabra, habla de este compromiso en términos del matrimonio. Por eso dice que es el esposo y marido de su pueblo y que está desposado con él. De la misma manera el pueblo está comprometido —es la novia, la esposa y la desposada de su Hacedor.

El matrimonio entonces es una relación de Pacto. La esencia del matrimonio es que es un pacto, inquebrantable porque los que hacen el pacto, el compromiso por palabra, prometen ser fieles. Solamente la infidelidad puede romper la relación. El divorcio es la declaración de que la relación está irreparablemente rota. No se da el divorcio para romper la relación, esto no cabría en la ética bíblica; el divorcio es el reconocimiento “legal” de que la relación ya está rota, por razón de infidelidad, aunque los jueces seculares no siempre lo conciben así. En Malaquías 2: 14-16 se refiere al matrimonio como pacto, y al repudio (divorcio) en el sentido que hemos hablado aquí.

La esencia del matrimonio, entonces, es el juramento, el acto por el cual el contrayente hace su “compromiso por palabra”. Y una vez dada la palabra, no se le puede retraer. Por eso, el momento más solemne en la ceremonia matrimonial es el momento en que los contrayentes hacen sus votos, hacen su compromiso por palabra, y establecen su pacto, cuya inquebrantabilidad se asegura por su propia promesa de ser fieles. Es aquí, quizá, donde vemos la importancia del “culto” de acción de gracias cuando celebramos una boda en la iglesia. El acto civil establece un cierto “contrato” matrimonial, un contrato “social”; pero no da la importancia necesaria a los votos, al juramento, al hacer pacto. En este sentido, la boda civil es un poco incompleta. Es bueno y necesario pero no ofrece todos los elementos necesarios para establecer un “pacto” en el sentido bíblico.

Imitamos a Dios, como creados a su imagen y semejanza, cuando establecemos el pacto en el matrimonio. A diferencia de todas las otras criaturas, el ser humano puede casarse, porque, como imagen de Dios, puede hacer un pacto y vivir y determinar sus acciones y actividades por este pacto. Es de suma importancia que, en nuestros días y en nuestras iglesias, promovamos el concepto bíblico de que el matrimonio es un pacto.

EL MATRIMONIO COMO EXPERIENCIA DE SER LA IMAGEN DE DIOS

Todos sabemos, aun los que no son creyentes, que el ser humano fue creado a la imagen y semejanza de Dios. En el matrimonio seguimos siendo la imagen de Dios. Cada persona humana, varón o mujer, lo es, y lo es igualmente, ni uno o la otra más, ni menos. Génesis 1:27 lo deja muy claro. Algunos piensan que en parte el ser humano participa en el mundo animal y en parte en el mundo espiritual. Las relaciones físicas como comer, beber, hacer ejercicio, etc., que tienen que ver con el cuerpo y, por eso, son cosas materiales, las tenemos en común con todos los animales; mientras que el aspecto divino en nosotros nos inclina hacia lo espiritual, que tiene que ver con cosas de la mente, el arte, la música y los nobles sentimientos. Este, sin embargo, no es el punto de vista bíblico. La Biblia no hace esta distinción. Toda la vida es espiritual, y todo ser humano es espiritual. Tenemos que vivir espiritualmente en la carne, pero como dijo el Espíritu Santo por medio de Pablo: “Si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios”. (He puesto “hacéis otra cosa” en letras cursivas y negritas para mostrar que el matrimonio, y todo Jo que hacemos en el matrimonio, cabe dentro de esta recomendación.) El matrimonio, que realizamos en este mundo, materialmente, es donde tenemos que vivir espiritualmente para la gloria de Dios, cumpliendo para la gloria de Dios con todos los aspectos, deberes y responsabilidades de este estado creado por Dios. En toda la vida, también en el matrimonio, somos la imagen de Dios.

Cuando estudiamos la doctrina de Dios es de una gran importancia práctica para nosotros si somos la imagen de Dios —porque si nos vamos a conocer a nosotros mismos tenemos que conocer a Dios— tenemos que hablar de los atributos de Dios, porque sus atributos tienen que ver con su revelación para con nosotros y para nuestro conocimiento de Él. Estos atributos los dividimos en dos: hay atributos incomunicables y comunicables. Los atributos incomunicables son los que tienen que ver con Dios solamente. No los comparte con nadie, por ejemplo, su aseidad y su infinidad. Ninguna criatura los tiene. Los atributos comunicables son los que Dios comparte con la criatura que lleva su imagen. Son los puntos en que somos (o podemos ser) semejantes a Dios. El desarrollar estos atributos en nosotros es el deber de todo creyente, y el campo especial donde tenemos que practicarlos es en el matrimonio.

Los atributos comunicables son: la soberanía, la veracidad, la justicia, la santidad, el amor, la sabiduría, la bondad, y el conocimiento. Estos son los atributos de Dios que Él mismo quiere ver reflejados en nosotros, aun si somos casados. Son pautas de nuestro comportamiento como cónyuges, y cuando vemos estos atributos en el cónyuge, los tenemos que reconocer como la imagen de Dios en él o en ella. Si los cónyuges, cada uno, se esfuerzan para desarrollar estos atributos en su vida y en su matrimonio, experimentarán las grandes bendiciones que Dios da a los matrimonios.

Somos la imagen de Dios. Es nuestro deber, entonces, por el simple hecho de seria, practicarla. Tenemos que vivir en nuestra vida los atributos comunicables concretamente, practicándolos en el matrimonio, que en sí es un aspecto de la imagen de Dios. No podremos vivir como la imagen de Dios en el matrimonio si no ponemos en práctica, en nuestra vida conyugal, los atributos comunicables de Dios.

EL MATRIMONIO COMO EXPERIENCIA DE PAREJA

Unas palabras de Dios, en el momento de la creación del ser humano y repetidas por Cristo, nos revelan un aspecto importante del matrimonio, tanto para agradar a Dios en el matrimonio como para experimentar las sublimes bendiciones que el matrimonio nos proporciona. Las palabras son: “serán una sola carne” (Génesis 2:24). Jesús agrega un énfasis significante, cuando las repite, dice: “Así que no son ya más dos, sino una sola carne” (Mat. 19:6). Jesús agrega su énfasis después de repetir las palabras de Génesis, (ver v.5).

Tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo, hay otras palabras que preceden a estas. Estas palabras también son importantes, son: “dejará a su padre y a su madre”. Tanto la revelación dada por Moisés como la dada por Mateo ponen este “preludio” a la descripción de la sublime experiencia del matrimonio, de que las dos personas sean una sola carne. Estos versículos aluden a algo nuevo e inusitado que pasa en el matrimonio, que podemos llamar: La experiencia de pareja. Pero, parece, en base a las Escrituras, que en el preludio a esta verdad hay una condición: la de dejar padre y madre. Cosa esencial en el matrimonio es la experiencia de pareja y también su más alto premio. No se debe sacrificar esta experiencia de pareja incumpliendo con la condición puesta por Dios para ella.

No siempre son los novios los que no están dispuestos de dejar padre y madre; muchas veces son los padres y las madres quienes no quieren que los hijos los dejen para formar una nueva unidad. Ellos les hacen muy difícil a sus hijos que los “dejen”, recurriendo a veces a cierto tipo de chantaje. Sin embargo, lo más usual es que los novios, al casarse, no hayan adquirido la debida madurez necesaria para un matrimonio; dependen demasiado de sus padres emocionalmente. Cuando no pueden solucionar los inevitables problemas que surgen en todo matrimonio, no teniendo la madurez para enfrentarlos, corren a mami o a papi, quienes seguramente les van a apoyar (y lo triste es que frecuentemente los padres lo hacen), y así dan un paso gigantesco hacia atrás en la búsqueda de la experiencia de pareja. No es inusitado que uno de los cónyuges trabaje en el negocio familiar y, de esta manera, dependa económicamente del padre. Esta situación hace más fuerte la tentación y presenta dificultades especiales, pero no son insuperables. Lo importante es establecer las familias separadas; la nueva de las anteriores. En esto los padres no solamente tienen que cooperar sino que tienen que insistir.

Los nuevos casados tiene que aprender hacer sus actividades juntos y a pensar juntos. En lugar de “negociar”, convirtiéndose en “socios” de una empresa, una sociedad de consentimiento mutuo y voluntario, pero no en un matrimonio; Tienen que aprender pensar lo mismo, sentir lo mismo, y actuar como una nueva unidad. El énfasis está en la unidad. No es asunto de que uno complazca al otro en turnos, primero uno y luego el otro: esto acentúa el hecho de son dos, pero Jesús dijo no son ya más dos. Se ha dicho que en el matrimonio todo es 50/50; pero no es así. En el matrimonio la proporción es 100/100. Cada uno tiene que dar una entrega de 100% al matrimonio. Nada de “yo cumpliré si tú cumples”; simplemente “yo cumpliré”.

La luna de miel es un factor importante en el desarrollo de la experiencia de pareja. Quizá por eso la práctica está tan difundida. En el Israel antiguo, el varón no tenía que hacer el servicio militar, u otros deberes, en el primer año de matrimonio; se quedaba en casa para “alegrar a su mujer” (Deuteronomio 24:5). Dios está a favor del buen matrimonio y da consejos a fin de que se encuentre en él la rica experiencia de pareja. Las palabras de Jesús, citando a Génesis, nos hacen concluir que la experiencia de pareja tiene que ver con la esencia del matrimonio. “No son ya más dos, sino una sola carne”.

EL MATRIMONIO COMO UNIDAD SOCIAL

Cuando hablamos del matrimonio como una unidad social, tenemos que recordar que la esencia de un matrimonio es que los dos son una nueva unidad. En este sentido este tema es una extensión de la idea de que se puede hablar del matrimonio como la experiencia de pareja. La idea de pareja no se reduce a que la pareja sea solamente una experiencia subjetiva, sino también una identificación social: los casados son identificados como una unidad social, reconocidos como pareja. Los casados mismos se reconocen como pareja, y la sociedad así también los reconoce.

Dios hizo al ser humano como ser social. Las palabras de Dios “No es bueno que el hombre esté solo” lo indican. El hombre, creado para vivir para siempre, pudo haber disfrutado eternamente el contemplar la belleza de la creación y gozar de su comunión con Dios. Pero Dios dijo que no; no quería que el hombre estuviera solo, sino que fuera una sociedad, y que se gozara de Dios y que le sirviera y le glorificara en compañía de su esposa (y familia).

La unidad básica de la sociedad humana es la familia, y el núcleo de la familia es la pareja. Cuando se disuelve la pareja, la materia prima de la sociedad queda defectuosa y la familia se daña, y así esta unidad básica ya no sirve como el elemento fundamental sobre el cual se puede construir una sociedad. Hacerlo sería como construir un edificio con ladrillos rotos o con columnas deformes.

La pareja tiene que aprender pensar en sí misma como una unidad, unidas las dos personas por sus votos y su comportamiento amoroso en base a los votos. Están ligadas por su pacto y viven esta liga, emocional y físicamente. Se consideran como unidad, en todos los sentidos, y se presentan así ante la sociedad. La sociedad las recibe como unidad y las reconoce como pareja. Un acontecimiento importante en este reconocimiento es la boda, la fiesta cuando la pareja se presenta a la sociedad como unidad.

A veces, los parientes y amigos no cooperan en esto. Siguen tratándoles como solteros, estorbando de esta manera, la plena realización del matrimonio como una unidad social. Las personas casadas se consideran diferentes, por ser una unidad, correctamente, y la sociedad, especialmente la más cercana, tiene que tratarlas también de una forma diferente, por la misma razón.

Por saberse la unidad básica de la sociedad, los matrimonios, como un deber social, impuesto por Dios, tienen que esforzarse diligentemente para preservar la unidad que son. Si hay niños en la familia el deber es más apremiante. No hay situaciones tan dañinas para los niños como las familias rotas, o peor, rompiéndose. Y, lo que hace daño a los niños, también hace daño, casi irreparable, a la sociedad.

Los casados, entonces, deben participar en la sociedad como unidad. Un aspecto de la sociedad que figura de forma sobresaliente en este sentido es la iglesia. Los matrimonios que participan activamente, como unidad, en la iglesia tienen una tasa de durabilidad muy por encima de lo normal en nuestra cultura. Parece que Pablo hace referencia a la importancia de que el matrimonio se presente como unidad en su participación en la iglesia cuando, al hablar de los oficiales, dice “y la mujer también” (1 Tim. 3:1 1; Tito 2:3).

Los cristianos todos, y las iglesias en particular, tienen que tomar en serio el hecho de que, en el plan de Dios, en la estructura de la sociedad (que tiene que ver con la naturaleza del ser humano, creado a la imagen de Dios) Dios mismo ha colocado, como pieza fundamental, la familia, y la esencia de la familia es la pareja, las dos personas unidas por Dios, en “una sola carne”.

CÓNYUGE, JALANDO JUNTOS

Desde hace años se han hecho chistes con la palabra “cónyuge”, ya que en su raíz está la palabra “yugo”. Por tener esta raíz, la palabra nos hace pensar en cargas, obligaciones y pesados quehaceres, aunque según su raíz, ésta no es la acepción de la palabra. Esta connotación fue agregada a la palabra a través de siglos de uso.

La idea básica de “yugo” es algo que liga a uno con otro. La palabra tiene dos partes en su raíz “con” y “yugo”, es decir “ligado con”. Cuando se unieron a dos animales, mayormente bueyes, para aumentar su fuerza y eficacia, los unieron por medio de un yugo. Cada uno de los dos, entonces, era un “cónyuge”. Desde el momento en que fueron unidos por este yugo tuvieron que “jalar juntos”. Tuvieron que aprender a “jalar juntos”.

No es lo mismo tener dos bueyes que tener una yunta. Los bueyes tienen que aprender a ”jalar juntos”, y la yunta de bueyes, que en efecto sabe como ”jalar juntos”, tiene más valor que el que tienen los dos bueyes por separado.

En culturas rurales, en las que la ”yunta” era de las posesiones más apreciadas, había competencias de ”yuntas de bueyes”, en las que los dueños ganaban premios por las yuntas que jalaban mejor. Y los espectadores “echaban porras” con admiración a las yuntas que mejor ”jalaban juntos”. De hecho, es una escena bella ver a los dos animales coordinando su fuerza y acoplando sus esfuerzos para hacer un buen equipo. Si hay competencia entre los dos, si hay fuerzas individuales contrarias y renuencia para ”jalar parejo”, la escena, lejos de ser bella, es desagradable; y en Jugar de lograr las metas, hay fracaso. Lo bello está en el acto de ”jalar juntos”.

Todo esto, a través de los siglos, ha llegado a ser una metáfora del matrimonio. Aún en la Biblia encontramos el uso de la palabra “yugo” en este sentido. La connotación de una pesada carga fue agregada mucho más tarde, quizá por personas malhumoradas y amargadas, o por aquellos que hacen malos chistes acerca del matrimonio.

El cónyuge forma parte de la pareja; ”jalar parejo” quiere decir ”jalar en pareja”. El (la) cónyuge tiene que acoplar sus esfuerzos y sus energías con el (la) otro(a); tienen que colaborar con el esfuerzo de vivir como ciudadanos del reino de Dios dentro del matrimonio. Desechamos, entonces, todo intento de retener un exagerado individualismo, o de defender nuestra propia personalidad, con el afán de “ganarle” al otro, o de negociar entre sí, cada uno buscando ventaja sobre el otro como si fuésemos todavía dos. Jesús, citando el Antiguo Testamento, dijo que no son ya más dos sino una sola carne.

Cuando jalamos juntos en el matrimonio, las cargas son compartidas, y podemos hacer más, y hacerlo más eficazmente, en el hogar, en la iglesia y con los hijos. También en cuanto a nuestro testimonio, podemos beneficiar mejor a la sociedad dejándoles una ilustración de lo que es el modelo bíblico del matrimonio. Al ver a una pareja, los dos cónyuges, “jalando juntos”, se contempla algo bello, que causa admiración en los demás y es un buen testimonio.

Como cónyuges cristianos, tenemos que aprender a “jalar juntos”.

Fundación Gerald Nyenhuis
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